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El hombre que desafió a la muerte, al dolor y a los imposibles

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 09-10-2018

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Poseía
el título de Campeón del Mundo de Triatlón logrado en Suiza en 2006. A sus 39
años, vivía una segunda juventud y en las últimas tres citas del Ironman 70.3
(medio Ironman) había logrado dos medallas de bronce. Solo restaban dos días
para disputar el Ironman World Championship y Tim Don estaba entrenando con las
ganas de un novato para intentar hacer frente a un Jan Frodeno (que buscaba su
tercera corona consecutiva) que no parecía tener rival. Don venía de bajar de
las 8h (7h 40 min. 23 segundos) en la distancia, logrando así el record de la
franquicia Ironman, y se había colado como invitado especial en la fiesta del
alemán en una prueba que consta de nadar 3’86km, ir en bici 180km y luego
correr a pie 42km. Pero ninguno pudo lograr su objetivo. Frodeno colapsó a
mitad de la prueba y realizó casi todo el maratón entre el trote y un andar
ligero con motivo de un desgarro muscular. Tim Don fue brutalmente arrollado
por un coche cuando se entrenaba en bicicleta a 48 horas de la prueba y su vida
corrió peligro.

Se
fracturó la segunda vértebra cervical y los doctores, que afirmaron que estuvo a
segundos de morir en la cuneta, le aseguraron que la operación necesaria
derivaría en el adiós de su carrera deportiva y, en probablemente, perder la
movilidad del cuello. Se puede decir que el británico tuvo suerte, porque por
apenas unos segundos  no murió ahogado en
la cuneta. Se lo debe agradecer de por vida a los rápidos servicios médicos que
acudieron en su ayuda. “Tim, se acabó correr. Tu vida deportiva está
terminada”, le dijeron. Él, tozudo, se negó en rotundo, y se tiró de cabeza
cuando le hablaron del halo.

Estaba
a punto de cumplir 40 años, había logrado todo y no le debía absolutamente nada
a nadie. Pero dicen que los triatletas están hechos de otra pasta. Al fin y al
cabo su vida se resume en forzar los límites del dolor cada día, de bordear el
colapso de su cuerpo, de sufrir de manera constante como forma de vida. “Pero
Tim, esto es algo más parecido a una tortura medieval que a una recuperación
médica”, le avisaron, intentando disuadirle de esa idea que se le había metido
entre ceja y ceja. Y cuanto más feo se lo pintaban, más ganas tenía él de
hacerle frente. Tim quería volver a ser Tim Don.

Y así
fue. Igual que hiciera en el pasado el boxeador Vinny Paziencia, Tim Don se
puso el halo alrededor de la cabeza. “El dolor es insufrible. Se trata de
atornillar cuatro clavos en la cabeza, dos en la parte delantera y otras dos en
la nuca. Después, unirlas mediante una barra metálica y cerrarlo con otras
dos”, le insistió el médico, que incluso le llegó a avisar que no sabía mucho
de las posibles consecuencias porque no era un experto en la materia. En
realidad no había nadie con demasiado conocimiento. “Apenas se instalan dos o
tres de estos al año porque nadie quiere someterse a ello”. Y aunque todo podía
salir mal, la decisión ya estaba tomada. Tim Don iba a tener que vivir los
próximos meses con la cabeza inmóvil y encerrada en una jaula clavada a su
cabeza.

Cuenta
Tim Don en el documental que narra su historia que fue un trimestre de
absolutas torturas, que el dolor fue mucho mayor de lo que le habían anticipado.
“En realidad, no sabía muy bien qué estaba haciendo. Pero sí sabía que me
habían dicho que esta era la única opción que tenía para volver a competir”. Apenas
pudo dormir (el aparatoso sistema le impedía tumbarse en la cama) en esos 90
días sentado en una silla. Nunca en tres meses llegó a poder echar una
cabezadita durante más de 30 minutos sin despertarse fruto del dolor y la
migraña constante de tener cuatro hierros rozándole el cerebro. El sangrado era
continuo por los recovecos que dejaban ver los tornillos, sufría mareos,
pérdidas de consciencia por el dolor y se pasaba el día vomitando. Y pese a
todo, nunca dejó de entrenar. Sobre todo en bicicleta estática, lo que mejor le
venía para su reducida movilidad. Ya que no podía dormir, pensó, qué mejor que
aprovechar y matar el tiempo haciendo un poco de rodillo.

Cuando
pasó el trimestre y la pieza le fue retirada en sustitución de un collarín,
empezó con un entrenamiento algo más severo, sobre todo de carrera y de
ciclismo. Nadar le costó un poco más, porque no podía girar apenas el cuello y eso
le impedía sacar la cabeza del agua para respirar, aunque se fue apañando con
un tubo de buceo y con tiempo todo llegó. Dice que la nueva posición de su
cuello le ayudó en la bicicleta a ser más aerodinámico, pero que en carrera, su
gran baza, perdía tiempo. Nadie le creyó cuando dijo que iba a estar en Boston,
para terminar el maratón. Habían pasado solo siete meses del accidente, desde
que casi muriera en plena carretera, desde que los médicos le dijeran que no
podría siquiera volver a trotar. Y él estaba pensando en correr un maratón.

Todo
aquel que no le conoce, que no le tuvo cerca en la recuperación, intentó
disuadirle de aquella locura. Los más optimistas pensaban que se acabaría
retirando a los pocos kilómetros o que, en menor medida, acabaría último en la
prueba, andando tramos y simplemente tomándose la pequeña licencia de entrar en
meta con horas y horas de retraso. Al principio, su objetivo estuvo en terminar
la prueba. Después, con algún entrenamiento de buenas sensaciones, insinuó a
los más cercanos que incluso creía que podía hacerlo por debajo de las tres
horas. Entonces entró en juego uno de sus patrocinadores, que le ofreció mil
euros si era capaz de clavar los 42 kilómetros y 192 metros en menos de 2:56.

Por
último, la prensa, que le retó a hacer un 2:44, que había sido el tiempo que había
empleado en el maratón durante su triatlón más rápido. Todos ellos sabían que
lo que le proponían era imposible, pero Tim Don, cuando salió de casa, le dijo
a sus amigos que el 2:44 era impensable, pero que iba a volver con mil euros en
el bolsillo. Tim Don acabó el maratón por debajo de las 3 horas (2h 49 min 42
segundos), un tiempo directamente impensable para el resto de los mortales,
para runners aficionados y para muchos profesionales.

Su
objetivo pasaba por volver al Ironman en Kona, justo un año después de su
accidente. Pero para ello necesitaba clasificarse, conseguir puntos y entrar en
el corte. Y él iba con desventaja. El 24 de junio se inscribió al Ironman 70.3
de Costa Rica. Y allí, en la mitad de la distancia, Tim Don ganó, demostrándole
al mundo que si uno se lo propone, casi nada es imposible. Dar el gran salto a
una distancia larga es un paso enorme, sobre todo para alguien que tampoco
había corrido más de cinco Ironman en su vida. A Tim Don se le había metido
entre ceja y ceja volver allí donde hace un año casi perdía la vida.

Tras
muchos puntos acumulados, Don tuvo dos matchs balls. Uno en Hamburgo, donde le
bastaba estar entre los cuatro primeros. El estado del agua adulteró una prueba
que cambió en distancias y suprimió la disciplina a nado y Don, tras estar
siempre en el grupo de cabeza, se acabó descolgando hasta una novena plaza que
le decepcionó. No todo estaba perdido. Con la prueba en Copenhague en el
horizonte, Tim Don estaba de los primeros en las 10 plazas que aún quedaban
vacantes para Kona. Parecía que Dinamarca iba a ser idílico cuando, tras la
prueba de natación, Don seguía en el grupo cabeza. Voló sobre la bicicleta,
siempre clasificado entre los cinco primeros y se llegó a poner segundo en
algunos tramos antes de la carrera a pie, que siempre ha sido su punto fuerte.
Pero esta vez no fue así y en el kilómetro 28, su live tracker se perdió. Había
pasado en cuarta posición 3km antes, y la organización no sabía si se trataba
de un problema humano o técnico. Es decir, si Tim Don había colapsado o si su
GPS había dejado de emitir señal. Fue lo primero, dejando al británico a solo
una hora de su sueño.

Don se
quedó a un solo puesto del corte de acceso. Quiere la fortuna que estas
historias tengan un final feliz, e igual que Tim Don no pudo estar en Kona hace
un año “por lesión”, ha sido la renuncia de algunos compañeros (en concreto la
de Jonathan Shearon) a ir a la prueba de 2018 la que ha hecho que el británico,
que estaba el primero de la lista reserva para ir al evento, sea oficialmente
corredor en Hawuai.

Allí,
por loco que parezca, Tim Don quiere ganar, aunque sabe que es impensable.
Quizás igual de imposible que volver a correr siquiera después de aquel
accidente. La prueba se desarrollará el 13 de octubre y tendrá una duración
próxima a las 8 horas. En ella no estará Jan Frodeno, gran favorito a su
tercera corona y reciente campeón del mundo de medio Ironman. El alemán, que
parecía no iba a tener rival más que su propio cuerpo, ha sufrido una fractura
de cadera por estrés y tendrá que ver la prueba desde otro ángulo, aunque sí ha
viajado a Kona para seguirla de cerca. Para recoger el título, entonces, se
prestan voluntarios y firmes candidatos el español Javier Gómez Noya, los
alemanes Sebastian Kienle y Patrick Lange (vigente campeón), Josh Amberger,
Luke McKenzie, Lionel Sanders, y Frederik Van Lierde. Tendrá sus opciones Iván
Raña, que ha vuelto a entrenar con zapatillas de cara a la prueba. Pero también
estará Tim Don. Nunca den por muerto a Tim Don.

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Poseía
el título de Campeón del Mundo de Triatlón logrado en Suiza en 2006. A sus 39
años, vivía una segunda juventud y en las últimas tres citas del Ironman 70.3
(medio Ironman) había logrado dos medallas de bronce. Solo restaban dos días
para disputar el Ironman World Championship y Tim Don estaba entrenando con las
ganas de un novato para intentar hacer frente a un Jan Frodeno (que buscaba su
tercera corona consecutiva) que no parecía tener rival. Don venía de bajar de
las 8h (7h 40 min. 23 segundos) en la distancia, logrando así el record de la
franquicia Ironman, y se había colado como invitado especial en la fiesta del
alemán en una prueba que consta de nadar 3’86km, ir en bici 180km y luego
correr a pie 42km. Pero ninguno pudo lograr su objetivo. Frodeno colapsó a
mitad de la prueba y realizó casi todo el maratón entre el trote y un andar
ligero con motivo de un desgarro muscular. Tim Don fue brutalmente arrollado
por un coche cuando se entrenaba en bicicleta a 48 horas de la prueba y su vida
corrió peligro.

Se
fracturó la segunda vértebra cervical y los doctores, que afirmaron que estuvo a
segundos de morir en la cuneta, le aseguraron que la operación necesaria
derivaría en el adiós de su carrera deportiva y, en probablemente, perder la
movilidad del cuello. Se puede decir que el británico tuvo suerte, porque por
apenas unos segundos  no murió ahogado en
la cuneta. Se lo debe agradecer de por vida a los rápidos servicios médicos que
acudieron en su ayuda. “Tim, se acabó correr. Tu vida deportiva está
terminada”, le dijeron. Él, tozudo, se negó en rotundo, y se tiró de cabeza
cuando le hablaron del halo.

Estaba
a punto de cumplir 40 años, había logrado todo y no le debía absolutamente nada
a nadie. Pero dicen que los triatletas están hechos de otra pasta. Al fin y al
cabo su vida se resume en forzar los límites del dolor cada día, de bordear el
colapso de su cuerpo, de sufrir de manera constante como forma de vida. “Pero
Tim, esto es algo más parecido a una tortura medieval que a una recuperación
médica”, le avisaron, intentando disuadirle de esa idea que se le había metido
entre ceja y ceja. Y cuanto más feo se lo pintaban, más ganas tenía él de
hacerle frente. Tim quería volver a ser Tim Don.

Y así
fue. Igual que hiciera en el pasado el boxeador Vinny Paziencia, Tim Don se
puso el halo alrededor de la cabeza. “El dolor es insufrible. Se trata de
atornillar cuatro clavos en la cabeza, dos en la parte delantera y otras dos en
la nuca. Después, unirlas mediante una barra metálica y cerrarlo con otras
dos”, le insistió el médico, que incluso le llegó a avisar que no sabía mucho
de las posibles consecuencias porque no era un experto en la materia. En
realidad no había nadie con demasiado conocimiento. “Apenas se instalan dos o
tres de estos al año porque nadie quiere someterse a ello”. Y aunque todo podía
salir mal, la decisión ya estaba tomada. Tim Don iba a tener que vivir los
próximos meses con la cabeza inmóvil y encerrada en una jaula clavada a su
cabeza.

Cuenta
Tim Don en el documental que narra su historia que fue un trimestre de
absolutas torturas, que el dolor fue mucho mayor de lo que le habían anticipado.
“En realidad, no sabía muy bien qué estaba haciendo. Pero sí sabía que me
habían dicho que esta era la única opción que tenía para volver a competir”. Apenas
pudo dormir (el aparatoso sistema le impedía tumbarse en la cama) en esos 90
días sentado en una silla. Nunca en tres meses llegó a poder echar una
cabezadita durante más de 30 minutos sin despertarse fruto del dolor y la
migraña constante de tener cuatro hierros rozándole el cerebro. El sangrado era
continuo por los recovecos que dejaban ver los tornillos, sufría mareos,
pérdidas de consciencia por el dolor y se pasaba el día vomitando. Y pese a
todo, nunca dejó de entrenar. Sobre todo en bicicleta estática, lo que mejor le
venía para su reducida movilidad. Ya que no podía dormir, pensó, qué mejor que
aprovechar y matar el tiempo haciendo un poco de rodillo.

Cuando
pasó el trimestre y la pieza le fue retirada en sustitución de un collarín,
empezó con un entrenamiento algo más severo, sobre todo de carrera y de
ciclismo. Nadar le costó un poco más, porque no podía girar apenas el cuello y eso
le impedía sacar la cabeza del agua para respirar, aunque se fue apañando con
un tubo de buceo y con tiempo todo llegó. Dice que la nueva posición de su
cuello le ayudó en la bicicleta a ser más aerodinámico, pero que en carrera, su
gran baza, perdía tiempo. Nadie le creyó cuando dijo que iba a estar en Boston,
para terminar el maratón. Habían pasado solo siete meses del accidente, desde
que casi muriera en plena carretera, desde que los médicos le dijeran que no
podría siquiera volver a trotar. Y él estaba pensando en correr un maratón.

Todo
aquel que no le conoce, que no le tuvo cerca en la recuperación, intentó
disuadirle de aquella locura. Los más optimistas pensaban que se acabaría
retirando a los pocos kilómetros o que, en menor medida, acabaría último en la
prueba, andando tramos y simplemente tomándose la pequeña licencia de entrar en
meta con horas y horas de retraso. Al principio, su objetivo estuvo en terminar
la prueba. Después, con algún entrenamiento de buenas sensaciones, insinuó a
los más cercanos que incluso creía que podía hacerlo por debajo de las tres
horas. Entonces entró en juego uno de sus patrocinadores, que le ofreció mil
euros si era capaz de clavar los 42 kilómetros y 192 metros en menos de 2:56.

Por
último, la prensa, que le retó a hacer un 2:44, que había sido el tiempo que había
empleado en el maratón durante su triatlón más rápido. Todos ellos sabían que
lo que le proponían era imposible, pero Tim Don, cuando salió de casa, le dijo
a sus amigos que el 2:44 era impensable, pero que iba a volver con mil euros en
el bolsillo. Tim Don acabó el maratón por debajo de las 3 horas (2h 49 min 42
segundos), un tiempo directamente impensable para el resto de los mortales,
para runners aficionados y para muchos profesionales.

Su
objetivo pasaba por volver al Ironman en Kona, justo un año después de su
accidente. Pero para ello necesitaba clasificarse, conseguir puntos y entrar en
el corte. Y él iba con desventaja. El 24 de junio se inscribió al Ironman 70.3
de Costa Rica. Y allí, en la mitad de la distancia, Tim Don ganó, demostrándole
al mundo que si uno se lo propone, casi nada es imposible. Dar el gran salto a
una distancia larga es un paso enorme, sobre todo para alguien que tampoco
había corrido más de cinco Ironman en su vida. A Tim Don se le había metido
entre ceja y ceja volver allí donde hace un año casi perdía la vida.

Tras
muchos puntos acumulados, Don tuvo dos matchs balls. Uno en Hamburgo, donde le
bastaba estar entre los cuatro primeros. El estado del agua adulteró una prueba
que cambió en distancias y suprimió la disciplina a nado y Don, tras estar
siempre en el grupo de cabeza, se acabó descolgando hasta una novena plaza que
le decepcionó. No todo estaba perdido. Con la prueba en Copenhague en el
horizonte, Tim Don estaba de los primeros en las 10 plazas que aún quedaban
vacantes para Kona. Parecía que Dinamarca iba a ser idílico cuando, tras la
prueba de natación, Don seguía en el grupo cabeza. Voló sobre la bicicleta,
siempre clasificado entre los cinco primeros y se llegó a poner segundo en
algunos tramos antes de la carrera a pie, que siempre ha sido su punto fuerte.
Pero esta vez no fue así y en el kilómetro 28, su live tracker se perdió. Había
pasado en cuarta posición 3km antes, y la organización no sabía si se trataba
de un problema humano o técnico. Es decir, si Tim Don había colapsado o si su
GPS había dejado de emitir señal. Fue lo primero, dejando al británico a solo
una hora de su sueño.

Don se
quedó a un solo puesto del corte de acceso. Quiere la fortuna que estas
historias tengan un final feliz, e igual que Tim Don no pudo estar en Kona hace
un año “por lesión”, ha sido la renuncia de algunos compañeros (en concreto la
de Jonathan Shearon) a ir a la prueba de 2018 la que ha hecho que el británico,
que estaba el primero de la lista reserva para ir al evento, sea oficialmente
corredor en Hawuai.

Allí,
por loco que parezca, Tim Don quiere ganar, aunque sabe que es impensable.
Quizás igual de imposible que volver a correr siquiera después de aquel
accidente. La prueba se desarrollará el 13 de octubre y tendrá una duración
próxima a las 8 horas. En ella no estará Jan Frodeno, gran favorito a su
tercera corona y reciente campeón del mundo de medio Ironman. El alemán, que
parecía no iba a tener rival más que su propio cuerpo, ha sufrido una fractura
de cadera por estrés y tendrá que ver la prueba desde otro ángulo, aunque sí ha
viajado a Kona para seguirla de cerca. Para recoger el título, entonces, se
prestan voluntarios y firmes candidatos el español Javier Gómez Noya, los
alemanes Sebastian Kienle y Patrick Lange (vigente campeón), Josh Amberger,
Luke McKenzie, Lionel Sanders, y Frederik Van Lierde. Tendrá sus opciones Iván
Raña, que ha vuelto a entrenar con zapatillas de cara a la prueba. Pero también
estará Tim Don. Nunca den por muerto a Tim Don.

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