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El gran final de «La Gran Final»

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 28-11-2018

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Cuando era solo un niño, mi padre me llevó al campo de mi ciudad a conocer a algunos de mis ídolos balompédicos. Los veía cada semana en televisión y en algunos números del Don Balón o del AS que rondaban por casa a menudo, pero eso era mucho más grande. Iba a tener en frente a mi equipo, en carne y hueso. Al gritar sus nombres durante el calentamiento, veía con emoción que se giraban, pero mi ilusión se esfumaba con los improperios llegados desde puntos cercanos a nuestras localidades. La vileza de aquellos que sentían más importante destacar en el insulto al rival que dejar volar los sueños de un chaval de diez años, se me quedó grabada a fuego.

He regresado a esa sensación, a ese duelo terrible entre vileza e inocencia, el pasado fin de semana, viendo las imágenes de quienes con ilusión poblaban las localidades de El Monumental. En las gradas, la gente no entendía qué pasaba, cómo había pasado y qué iba a suceder con el partido del año, del siglo… y casi, de sus vidas. Las caras lo decían todo. Como todo lo decía la mía, al mirar a mi padre y preguntar: “¿por qué los insultan?”. Debía de ser una pregunta complicada, pues nunca tuve una respuesta. Supe el por qué años más tarde, aunque nunca acabé de entenderlo. El pasado sábado, incrédulo, pasaba uno a uno los tweets de todos aquellos que, en Buenos Aires o en cualquier lugar del planeta, iban informando sobre los acontecimientos en la llegada del bus visitante a Núñez. 

Vivo en España. No tengo relación alguna con Argentina, con River Plate o con Boca Juniors. Si le voy a alguno en este país americano es a Newell´s, y no sé decir ni por qué. Quizá, por el “Loco” Bielsa, qué sé yo. Leo mucho, eso sí, de la pasión que desata el fútbol en Buenos Aires, en especial entre estos dos clubes hermanos, que nacieron del mismo barrio y de la misma sangre genovesa, pero que han crecido odiándose. Demasiados años aplaudiendo ese odio desde la cobertura de la pasión futbolera en tierras argentinas, demasiado bulo barato de que “así es el fútbol”, de que es normal que estas cosas se den, de qué bonito el estadio con el humo y los papelitos, rojos, blancos, azules o amarillos… A esa madre, a esa que en imágenes rodeaba con celofán a su hija para asegurarse la entrada de las bengalas al estadio de River Plate, seguro que también le encantaban los colores y el ambiente de batalla con el balón como excusa. 

Ese sábado maldito, en el que a muchos niños del mundo se les ocurrió mirar hacia su padre y su madre y preguntar “¿por qué?”, tampoco tuvo respuesta. Ni el domingo. Ni el lunes. Apenas un amago de solución sacando al balón del centro de la contienda. Llevándose el fútbol de la guerra, pero dejando a los soldados y sus armas donde estaban, sabiendo que no tardarán en volver a tomarlas para seguir con la rutina. En la cancha, de niños, también aprendemos que quien lleva el balón, manda. Y hoy la Conmebol tiene el balón y se lo lleva cuando quiere. Hoy, a los que nos dejan sin ilusiones es a los que hemos intentado entender esta película desde que tenemos diez años, puesto que nadie se paró a contarnos qué pasaba. Nadie. Hoy, tampoco. Hoy se sigue mirando atrás y comparando, diciendo “esto ya pasó tal día, en tal campo, a tal hora”, sabiendo que desde ese momento nadie hizo nada para que no volviera a suceder. El “en América esto es normal, en Europa no pasa” también está caduco, con la imagen despreciable de los molotov volando hacia aficionados del Ajax en Atenas, en la última jornada de Champions League. Pero de esto, cosa curiosa, no he leído tanto tweet. Estaría la gente distraída, qué cosas. 

El caso es que aquí seguimos sin “Superfinal”. Y seguimos con las mismas ganas de ver fútbol. A dos equipos con hambre de competir, de seguir jugando. A esos niños, de cualquier edad entre 0 y 99, que el sábado pasado querían ver a sus ídolos, se les ha robado la ilusión. Se les ha cercenado la memoria de un día que pudo ser historia y que terminó siendo parte de la crónica negra de un país, de una organización y de un deporte. La gran final que pudo ser, no fue gracias al odio de unos y de otros, que, durante tantos años, a otros muchos les pareció tan bello, tan irracional, tan exótico. 

La única esperanza vive dentro de aquellos que seguimos mirando hacia nuestros padres y madres, buscando una respuesta. Y es que, de una vez por todas, esperamos que “La Gran Final” que no fue, haya podido suponer por siempre el gran final de toda la violencia que mancha cada día esa pelota a la que amamos. Me podrán decir “tu no entiendes”, “tú no sabes” o “tú no debes opinar”, porque no soy de allá o porque no lo vivo igual… Pero insisto, somos muchos ya. Somos muchísimos los que queremos a la bola y la queremos impoluta. Recuerden, que lo dijo “El Diego”: “La pelota no se mancha”.

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Cuando era solo un niño, mi padre me llevó al campo de mi ciudad a conocer a algunos de mis ídolos balompédicos. Los veía cada semana en televisión y en algunos números del Don Balón o del AS que rondaban por casa a menudo, pero eso era mucho más grande. Iba a tener en frente a mi equipo, en carne y hueso. Al gritar sus nombres durante el calentamiento, veía con emoción que se giraban, pero mi ilusión se esfumaba con los improperios llegados desde puntos cercanos a nuestras localidades. La vileza de aquellos que sentían más importante destacar en el insulto al rival que dejar volar los sueños de un chaval de diez años, se me quedó grabada a fuego.

He regresado a esa sensación, a ese duelo terrible entre vileza e inocencia, el pasado fin de semana, viendo las imágenes de quienes con ilusión poblaban las localidades de El Monumental. En las gradas, la gente no entendía qué pasaba, cómo había pasado y qué iba a suceder con el partido del año, del siglo… y casi, de sus vidas. Las caras lo decían todo. Como todo lo decía la mía, al mirar a mi padre y preguntar: “¿por qué los insultan?”. Debía de ser una pregunta complicada, pues nunca tuve una respuesta. Supe el por qué años más tarde, aunque nunca acabé de entenderlo. El pasado sábado, incrédulo, pasaba uno a uno los tweets de todos aquellos que, en Buenos Aires o en cualquier lugar del planeta, iban informando sobre los acontecimientos en la llegada del bus visitante a Núñez. 

Vivo en España. No tengo relación alguna con Argentina, con River Plate o con Boca Juniors. Si le voy a alguno en este país americano es a Newell´s, y no sé decir ni por qué. Quizá, por el “Loco” Bielsa, qué sé yo. Leo mucho, eso sí, de la pasión que desata el fútbol en Buenos Aires, en especial entre estos dos clubes hermanos, que nacieron del mismo barrio y de la misma sangre genovesa, pero que han crecido odiándose. Demasiados años aplaudiendo ese odio desde la cobertura de la pasión futbolera en tierras argentinas, demasiado bulo barato de que “así es el fútbol”, de que es normal que estas cosas se den, de qué bonito el estadio con el humo y los papelitos, rojos, blancos, azules o amarillos… A esa madre, a esa que en imágenes rodeaba con celofán a su hija para asegurarse la entrada de las bengalas al estadio de River Plate, seguro que también le encantaban los colores y el ambiente de batalla con el balón como excusa. 

Ese sábado maldito, en el que a muchos niños del mundo se les ocurrió mirar hacia su padre y su madre y preguntar “¿por qué?”, tampoco tuvo respuesta. Ni el domingo. Ni el lunes. Apenas un amago de solución sacando al balón del centro de la contienda. Llevándose el fútbol de la guerra, pero dejando a los soldados y sus armas donde estaban, sabiendo que no tardarán en volver a tomarlas para seguir con la rutina. En la cancha, de niños, también aprendemos que quien lleva el balón, manda. Y hoy la Conmebol tiene el balón y se lo lleva cuando quiere. Hoy, a los que nos dejan sin ilusiones es a los que hemos intentado entender esta película desde que tenemos diez años, puesto que nadie se paró a contarnos qué pasaba. Nadie. Hoy, tampoco. Hoy se sigue mirando atrás y comparando, diciendo “esto ya pasó tal día, en tal campo, a tal hora”, sabiendo que desde ese momento nadie hizo nada para que no volviera a suceder. El “en América esto es normal, en Europa no pasa” también está caduco, con la imagen despreciable de los molotov volando hacia aficionados del Ajax en Atenas, en la última jornada de Champions League. Pero de esto, cosa curiosa, no he leído tanto tweet. Estaría la gente distraída, qué cosas. 

El caso es que aquí seguimos sin “Superfinal”. Y seguimos con las mismas ganas de ver fútbol. A dos equipos con hambre de competir, de seguir jugando. A esos niños, de cualquier edad entre 0 y 99, que el sábado pasado querían ver a sus ídolos, se les ha robado la ilusión. Se les ha cercenado la memoria de un día que pudo ser historia y que terminó siendo parte de la crónica negra de un país, de una organización y de un deporte. La gran final que pudo ser, no fue gracias al odio de unos y de otros, que, durante tantos años, a otros muchos les pareció tan bello, tan irracional, tan exótico. 

La única esperanza vive dentro de aquellos que seguimos mirando hacia nuestros padres y madres, buscando una respuesta. Y es que, de una vez por todas, esperamos que “La Gran Final” que no fue, haya podido suponer por siempre el gran final de toda la violencia que mancha cada día esa pelota a la que amamos. Me podrán decir “tu no entiendes”, “tú no sabes” o “tú no debes opinar”, porque no soy de allá o porque no lo vivo igual… Pero insisto, somos muchos ya. Somos muchísimos los que queremos a la bola y la queremos impoluta. Recuerden, que lo dijo “El Diego”: “La pelota no se mancha”.

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