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El genio incomprendido

Rubén Gómez @rubengp26 26-04-2019

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Vivimos en una época en la que en el tenis masculino triunfa la potencia, la resistencia física y el perfeccionamiento táctico. Deportistas que basan sus éxitos en la extenuante preparación previa. Atrás quedan aquellos tiempos en los que la élite del deporte de la raqueta la conformaban talentos innatos que no tenían la necesidad de trabajar diariamente para demostrar su valía. Ya no queda casi nadie en este grupo. Aunque quizás alguien sí.

El triunfo de Fabio Fognini en el pasado Masters 1000 de Montecarlo es la muestra de que el talento y la genialidad también pueden tener cabida en el tenis masculino actual. “Si hubiera tenido cabeza, llevaría 10 años de top-10”, reconocía entre risas el italiano en su primera rueda de prensa como campeón del legendario torneo monegasco. Lo decía en tono jocoso y con el ventajismo de que se ha alzado con el triunfo, pero probablemente tuviera razón.

Nacido sólo dos días después que Novak Djokovic, Fognini no tuvo el ascenso meteórico de sus coetáneos -no sólo el serbio, sino también Nadal o Murray-. No se dio a conocer al mundo hasta los 24 años, cuando alcanzó los cuartos de final en Roland Garros. Ya ahí el planeta vislumbró lo que era Fognini: logró la hazaña de ganar cuatro partidos en París -en octavos en un épico quinto set ante Montañés-, pero decidió no presentarse en cuartos ante Djokovic.

Esa fue su lanzadera, pero su increíble talento se terminó de concretar dos años más tarde, cuando completó una mágica gira veraniega en arcilla, logrando sus dos primeros títulos ATP (Stuttgart y Hamburgo), y jugando una tercera final en menos de un mes, cediendo ante Robredo en Umag. Este espectacular ‘run’ le valió para llegar al top-20, donde, por talento, siempre debió estar, pero que él mismo se autonegaba por su fragilidad emocional.

Como David Nalbandian una década antes, Fognini se convirtió en un tenista especial: capaz de tumbar a los mejores -derrotó tres veces a Nadal en 2015- y de jugar un tenis de dimensiones inolvidables, pero también incapaz de acercarse a los grandes títulos, pues hasta la fecha no ha vuelto a pasar de octavos de final en un Grand Slam desde aquel Roland Garros de 2015.

Casado con Flavia Pennetta, sorprendente ganadora del US Open 2015, Fognini continuó acumulando títulos en tierra batida -Viña del Mar, Umag, Gstaad, Sao Paulo, Bastad- esperando la gran oportunidad. Esperando una gran semana en la que a su increíble talento le acompañaran las circunstancias. Y eso ocurrió en Montecarlo. Sí, Murray y Ferrer bordean la retirada. Sí, Federer descansa en su casa preparando otro memorable retorno. Sí, Djokovic ya estaba eliminado. Pero el bueno de Fabio pasó por encima de Nadal, indiscutible rey del Principado, en semifinales (6-4, 6-2).

¿Y ahora qué? No, este triunfo no cambiará la vida de Fabio Fognini. Seguirá siendo aquel jugador desenfadado que juega por instinto y disfrute personal. Seguirá siendo aquel jugador que no se lleva títulos ni portadas de periódicos pero que es admirado por casi todos los aficionados al tenis. Seguirá siendo un genio incomprendido.

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Vivimos en una época en la que en el tenis masculino triunfa la potencia, la resistencia física y el perfeccionamiento táctico. Deportistas que basan sus éxitos en la extenuante preparación previa. Atrás quedan aquellos tiempos en los que la élite del deporte de la raqueta la conformaban talentos innatos que no tenían la necesidad de trabajar diariamente para demostrar su valía. Ya no queda casi nadie en este grupo. Aunque quizás alguien sí.

El triunfo de Fabio Fognini en el pasado Masters 1000 de Montecarlo es la muestra de que el talento y la genialidad también pueden tener cabida en el tenis masculino actual. “Si hubiera tenido cabeza, llevaría 10 años de top-10”, reconocía entre risas el italiano en su primera rueda de prensa como campeón del legendario torneo monegasco. Lo decía en tono jocoso y con el ventajismo de que se ha alzado con el triunfo, pero probablemente tuviera razón.

Nacido sólo dos días después que Novak Djokovic, Fognini no tuvo el ascenso meteórico de sus coetáneos -no sólo el serbio, sino también Nadal o Murray-. No se dio a conocer al mundo hasta los 24 años, cuando alcanzó los cuartos de final en Roland Garros. Ya ahí el planeta vislumbró lo que era Fognini: logró la hazaña de ganar cuatro partidos en París -en octavos en un épico quinto set ante Montañés-, pero decidió no presentarse en cuartos ante Djokovic.

Esa fue su lanzadera, pero su increíble talento se terminó de concretar dos años más tarde, cuando completó una mágica gira veraniega en arcilla, logrando sus dos primeros títulos ATP (Stuttgart y Hamburgo), y jugando una tercera final en menos de un mes, cediendo ante Robredo en Umag. Este espectacular ‘run’ le valió para llegar al top-20, donde, por talento, siempre debió estar, pero que él mismo se autonegaba por su fragilidad emocional.

Como David Nalbandian una década antes, Fognini se convirtió en un tenista especial: capaz de tumbar a los mejores -derrotó tres veces a Nadal en 2015- y de jugar un tenis de dimensiones inolvidables, pero también incapaz de acercarse a los grandes títulos, pues hasta la fecha no ha vuelto a pasar de octavos de final en un Grand Slam desde aquel Roland Garros de 2015.

Casado con Flavia Pennetta, sorprendente ganadora del US Open 2015, Fognini continuó acumulando títulos en tierra batida -Viña del Mar, Umag, Gstaad, Sao Paulo, Bastad- esperando la gran oportunidad. Esperando una gran semana en la que a su increíble talento le acompañaran las circunstancias. Y eso ocurrió en Montecarlo. Sí, Murray y Ferrer bordean la retirada. Sí, Federer descansa en su casa preparando otro memorable retorno. Sí, Djokovic ya estaba eliminado. Pero el bueno de Fabio pasó por encima de Nadal, indiscutible rey del Principado, en semifinales (6-4, 6-2).

¿Y ahora qué? No, este triunfo no cambiará la vida de Fabio Fognini. Seguirá siendo aquel jugador desenfadado que juega por instinto y disfrute personal. Seguirá siendo aquel jugador que no se lleva títulos ni portadas de periódicos pero que es admirado por casi todos los aficionados al tenis. Seguirá siendo un genio incomprendido.

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