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El futuro de la lucha por el Scudetto

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 23-05-2018

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Recién finalizada la
lucha por el Scudetto más disputado desde que comenzó la dinastía de la Juventus
allá por 2012 y quizá la Serie A de mayor nivel global de la década, al
menos en su parte alta de la tabla, es buen momento para preguntarse y analizar
hasta cuándo puede extenderse y mantenerse vigente la imperial mano de
hierro con la que los turineses han dominado el Calcio, con cuatro
dobletes liga y Coppa consecutivos, en los últimos años. Obviamente, la
respuesta no podrá ser totalmente certera hasta ver cómo se refuerzan -o se
debilitan- los tres proyectos con hechuras más o menos sólidas y con perspectivas
relativamente optimistas para aspirar a batir a los bianconeri, pero la
situación actual y el panorama que se dibuja hoy día puede dejarnos ya varias
pistas.

Hay que recordar que la
Juventus, en estos siete años, ha sacado una media de puntos de distancia por
temporada de 14, 17 y 30 con respecto a Napoli, Roma e Inter. Aunque su
superioridad ha redundado en que los proyectos partenopeos y giallorosso hayan
acentuado su propia exigencia y que en sus dos últimos campeonatos
«solo» hayan marcado una distancia de cuatro puntos respecto al
subcampeón, los turineses volverán otro verano más a orientar su planificación
deportiva y su política de fichajes no para ser mejores que sus rivales
directos otra vez, sino para competir consigo mismos, con su pasado más
inmediato. Sin obviar el lógico «todos contra mí», pero intentando
hacer acopio de los argumentos que quizá se quedaron cortos unos meses atrás,
para seguir así superándose a sí misma y haciendo que el nivel de exigencia
siga rayando en los máximos históricos del club. En definitiva, a través de su
mayor capacidad de maniobra y de la captación de futbolistas de primer nivel
puestos al servicio de la idea de ganar como estilo futbolístico, seguir
marcando e imponiendo una mentalidad ganadora a la que todavía no se le atisba
parangón.

La Juventus nunca ha
dejado de añadir piezas y matices al ecléctico pero firme sello de Allegri,
permitiendo al técnico toscano la posibilidad de contar con alternativas que
serían titulares en cualquiera de los otros tres contendientes, fomentando de
esta forma la dosificación -Dybala, posiblemente el mejor jugador del Calcio,
ha jugado 2/3 de los minutos y un talento determinante como Douglas Costa
únicamente la mitad- y la competitividad interna hasta límites insospechados
para el resto y supliendo cada baja aparentemente crucial con la sapiencia y el
acierto más que suficientes para que el bloque, lejos de resquebrajarse, se
solidifique todavía más. Una ética de trabajo que abarca el corto y el medio
plazo y que ha llevado al heptacampeón a cubrir eventuales salidas, incluso
antes de que estas se produzcan, a través de su siempre activa captación de
jóvenes de gran futuro por toda Italia y de fichajes como los de Benatia,
Szczesny o Bernardeschi, destinados a convertirse con el tiempo en titulares
fijos que vayan supliendo a las vacas sagradas que se han ido yendo y que
seguirán yéndose de Turín. Una compleja e inteligente construcción de una
grandeza competitiva muy madura y que, a base de la riqueza de sus múltiples
ingredientes, siempre termina por imponerse, incluso en los momentos de máxima
dificultad.

El equipo que más cerca
ha estado de poner fin al implacable dominio bianconero en Italia ha
sido, sin duda, el Napoli de Maurizio Sarri en esta última campaña.
Sin embargo, el deficiente manejo de la tensión, los cortos efectivos numéricos
de primer orden con los que ha podido contar o de los que ha hecho uso su
entrenador, la excesiva jerarquización de roles, la necesidad de despreocuparse
del resto de competiciones para intentar ganar la Serie A y la sobreexplotación
de los límites de sus recursos futbolísticos hacen pensar que el conjunto
partenopeo ha dado más y rendido por encima de lo que, con estos mimbres,
estaba capacitado. Y, aun así, no le ha dado para derrocar a la Juventus.
Nadie, en toda la historia de la Serie A, había terminado segundo clasificado
con 91 puntos en su particular casillero. Ni siquiera el mítico equipo de
Maradona, llevando sus victorias a los tres puntos por partido actuales y
contando como ganadas las jornadas de menos que se disputaban en la entonces
Serie A de 16 equipos y de 18 equipos, habría alcanzado tamaña cifra,
quedándose con esta hipotética peripecia matemática con 81 puntos en 1987 y con
84 en 1991.

Es evidente que el
ciclo en Nápoles se ha agotado. Los rumores cada vez más contundentes acerca de
la salida de Sarri del club y la posible desbandada de varios de los tótems del
sarrismo, incluyendo al gran capitán Hamsik, no hace sino refrendar esta
sensación de que el año propicio para acometer la gesta era este. El más que
posible reinicio del proyecto vuelve a alejar forzosamente al Napoli de los
altísimos ritmos de puntuación necesarios para un tête à tête ante la
Juventus, aunque el sustituto de Sarri sea un técnico tan contrastado y de
tanto prestigio como Carlo Ancelotti. Una decisión entendible y perspicaz que,
sin duda, atraerá futbolistas interesantes, personificará en su nuevo
entrenador la cimentación de la nueva era y amortiguará las consecuencias del
cierre de la anterior y sobresaliente etapa, permitiendo al Napoli no degradar
en demasía su actual estatus. Sin embargo, el cambio no deja de despojar al
equipo de la etiqueta de primera alternativa de garantías que había venido
luciendo, le obliga al mismo tiempo a volver a construir desde cero una
cohesión estilística que ahora mismo era fantástica y a hacerlo con un técnico
poco acostumbrado a lidiar con ese tipo de vicisitudes desde un club alejado de
la primerísima línea europea.

La gran o, mejor dicho,
la mejor esperanza para que la Juventus no sume su octavo Scudetto consecutivo
es actualmente la Roma. Con dinero fresco, con una línea
futbolística ya marcada en primera instancia, con el gran estímulo de confianza
que le ha dado al grupo su excelente participación en la última Champions
League y con un timonel de tanto valor y pulso a cargo de la planificación
deportiva como es Monchi -capaz de sacar ventajas económicas y deportivas en el
mercado de fichajes como ningún otro y como ya ha demostrado en la propia Roma
con los fichajes de dos perfiles opuestos de gran rendimiento como han sido
Kolarov y Ünder-, los giallorossi vuelven a asumir la condición de
aspirante. Un equipo que ya sabe, fue dos veces subcampeón con Rudi García y
una con Spalletti en 2017 en la que se quedó a cuatro puntos de la Juventus, lo
que es intentar arrebatar el Scudetto a su legítimo amo hasta el final y
fracasar, con el valioso aprendizaje que se puede extraer de este tipo de
experiencias a la hora de volver a acometer la misma empresa. Aunque es cierto
que los de Di Francesco parten, en principio, desde más atrás, con respecto a
las múltiples potencialidades de los juventinos, de lo que lo hizo el Napoli el
verano pasado.

Precisamente y pese a
que el manejo del mercado es prácticamente una garantía de éxito y a que no hay
un segundo proyecto ganador en Italia como el que puede armar la Roma tras el
reseteo que tendrá lugar en Nápoles, parte de las dudas existentes en el hecho
de que la Roma pueda acortar esa distancia hasta permitirle disputar el campeonato
hasta la última fecha residen en la figura de su entrenador, sin olvidar que
Eusebio Di Francesco ha completado un año notable en un curso destinado a
servir de transición hacia, precisamente, la posibilidad de pelear por el
Scudetto desde su segundo año. Y es que el extécnico del Sassuolo ha sumado
esta temporada nueve puntos menos contra los siete primeros clasificados de los
que han registrado tanto la Juventus, como el Napoli y cuatro menos que un
Inter que ha acabado cinco puntos por debajo.

Ese día a
día altamente competitivo es lo que la Roma, un poco más alejada del
cortoplacismo de los otros tres equipos desde el arranque de su nuevo proyecto
el pasado verano, tiene que buscar en el mercado y lo que el fútbol de Di
Francesco, basado en el poder de las transiciones y que pone el peso en el
tridente ofensivo,
está por ver que pueda
llevar a cabo sin contar con
tanta capacidad de
defenderse con la pelota o con un bloque bajo, ni de sacar resultados jornada
tras jornada variando eventualmente su idea general como la que sí poseen
Allegri o Spalletti. Aunque, en ese sentido, el entrenador romanista demostró
tener cierta cintura, sobre todo en la Champions, para variar su canónico 4-3-3
en busca de adaptarse al rival y, además, ha construido una estructura
defensiva propicia para su juego vertical y que se ha erigido como la segunda
zaga menos goleada de la Serie A, aunque siendo Alisson -que se quede en la
capital parece fundamental- clave en este sentido y dando muchos puntos con sus
intervenciones y rendimiento puramente individual.

Una permanente
adaptación que Luciano Spalletti sí maneja desde siempre y que es una de sus
mejores bazas competitivas, lo que lo convierte en
el técnico más similar a Massimiliano Allegri a la hora de mantener el pulso
táctico en una carrera de fondo durante todas y cada una de las 38 jornadas. No
hay que olvidar, pese a la irregular campaña de los nerazzurri, a que no
contaban con ninguna «distracción» en forma de competición europea y
que puede considerarse ahora mismo tercera alternativa al Scudetto gracias a
una agónica victoria conseguida en los últimos quince minutos del último
partido del curso; que el Inter llegó líder a la jornada 16 de la primera
vuelta y que solamente perdió un partido de catorce ante los ocho primeros
clasificados de la Serie A y fue en el polémico 2-3 ante la Juventus en San
Siro. Lo que demuestra una actitud sobre la que seguir edificando su
renacimiento como grande de Italia. Y es que el tamaño del escudo no juega,
pero sí pesa. Lo hace como lastre cuando el viento sopla en contra, pero se
convierte en acicate cuando este cambia de dirección y pasa a soplar a favor, y
esa es una coyuntura a tener en cuenta.

Parece
fundamental para que el Inter piense, aunque sea vagamente, en poder levantar
un nuevo Scudetto el hecho de poder conservar a sus mejores hombres en el
inminente mercado estival -principalmente Icardi, Skriniar y Perisic, por este
orden- y pueda sino comprar definitivamente, sí encontrar sustitutos de plenas
garantías y total adaptación a la idea como lo han sido Cancelo y Rafinha, las
dos bazas imprescindibles que ha utilizado Spalletti para sacar al club, con
suma inteligencia, del bache sufrido en diciembre y enero que casi se lleva por
delante otra temporada. Por nombres y relevancia, la plantilla nerazzurra ya
es hoy día la segunda más potente del Calcio y con un entrenador que sabe
plenamente lo que necesita y las piezas que tocar para la elevar los límites de
su equipo, que acumula en su figura buena parte de la presión, que ha
demostrado saber gestionar momentos críticos y que casi siempre termina por
encontrar los tan buscados empaque y equilibrio para competir al máximo nivel;
el Inter por fin puede, siete años después de haber comenzado a disputar la
última edición de la Champions de la que tomo parte, comenzar a mirar hacia
arriba, estar en disposición de cumplir con las expectativas generadas a su
alrededor, asentar una concepción dominante de su juego y poner fin a su
ciclotimia crónica. Algo que, por otra parte, ya le tocaba.

Que haya
o no posibilidades reales para que veamos un nuevo campeón de Italia ocho años
después del vigente ciclo incontestable de la Juventus es algo que no
palparemos ya con algunas evidencias hasta que pase el verano, con todas las
circunstancias propias del mercato que pueden hacer cambiar, y mucho,
los horizontes de cada equipo; y tome cuerpo la próxima Serie A con el paso de
un buen puñado de jornadas. Roma e Inter son, sin duda, buenos candidatos en
clara progresión y el bagaje competitivo del Napoli de las últimas temporadas
hay que mantenerlo en consideración, al menos hasta que el tiempo diga lo
contrario. Sin embargo, a poco que la Juventus vuelva a moverse con el tino
habitual en materia de fichajes, volverá a partir con unos mimbres impensables
para los demás contendientes. El mayor mérito de los bianconeri es que,
siete Scudetti consecutivos después, su ciclo parece todavía lejos de estar en
peligro de extinción. De sus contrincantes depende ponerle fin, porque la
Juventus no parece mostrar síntomas de poder gripar ni siquiera a medio plazo y
ni mucho menos está dispuesta a levantar el pie del acelerador.

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Recién finalizada la
lucha por el Scudetto más disputado desde que comenzó la dinastía de la Juventus
allá por 2012 y quizá la Serie A de mayor nivel global de la década, al
menos en su parte alta de la tabla, es buen momento para preguntarse y analizar
hasta cuándo puede extenderse y mantenerse vigente la imperial mano de
hierro con la que los turineses han dominado el Calcio, con cuatro
dobletes liga y Coppa consecutivos, en los últimos años. Obviamente, la
respuesta no podrá ser totalmente certera hasta ver cómo se refuerzan -o se
debilitan- los tres proyectos con hechuras más o menos sólidas y con perspectivas
relativamente optimistas para aspirar a batir a los bianconeri, pero la
situación actual y el panorama que se dibuja hoy día puede dejarnos ya varias
pistas.

Hay que recordar que la
Juventus, en estos siete años, ha sacado una media de puntos de distancia por
temporada de 14, 17 y 30 con respecto a Napoli, Roma e Inter. Aunque su
superioridad ha redundado en que los proyectos partenopeos y giallorosso hayan
acentuado su propia exigencia y que en sus dos últimos campeonatos
«solo» hayan marcado una distancia de cuatro puntos respecto al
subcampeón, los turineses volverán otro verano más a orientar su planificación
deportiva y su política de fichajes no para ser mejores que sus rivales
directos otra vez, sino para competir consigo mismos, con su pasado más
inmediato. Sin obviar el lógico «todos contra mí», pero intentando
hacer acopio de los argumentos que quizá se quedaron cortos unos meses atrás,
para seguir así superándose a sí misma y haciendo que el nivel de exigencia
siga rayando en los máximos históricos del club. En definitiva, a través de su
mayor capacidad de maniobra y de la captación de futbolistas de primer nivel
puestos al servicio de la idea de ganar como estilo futbolístico, seguir
marcando e imponiendo una mentalidad ganadora a la que todavía no se le atisba
parangón.

La Juventus nunca ha
dejado de añadir piezas y matices al ecléctico pero firme sello de Allegri,
permitiendo al técnico toscano la posibilidad de contar con alternativas que
serían titulares en cualquiera de los otros tres contendientes, fomentando de
esta forma la dosificación -Dybala, posiblemente el mejor jugador del Calcio,
ha jugado 2/3 de los minutos y un talento determinante como Douglas Costa
únicamente la mitad- y la competitividad interna hasta límites insospechados
para el resto y supliendo cada baja aparentemente crucial con la sapiencia y el
acierto más que suficientes para que el bloque, lejos de resquebrajarse, se
solidifique todavía más. Una ética de trabajo que abarca el corto y el medio
plazo y que ha llevado al heptacampeón a cubrir eventuales salidas, incluso
antes de que estas se produzcan, a través de su siempre activa captación de
jóvenes de gran futuro por toda Italia y de fichajes como los de Benatia,
Szczesny o Bernardeschi, destinados a convertirse con el tiempo en titulares
fijos que vayan supliendo a las vacas sagradas que se han ido yendo y que
seguirán yéndose de Turín. Una compleja e inteligente construcción de una
grandeza competitiva muy madura y que, a base de la riqueza de sus múltiples
ingredientes, siempre termina por imponerse, incluso en los momentos de máxima
dificultad.

El equipo que más cerca
ha estado de poner fin al implacable dominio bianconero en Italia ha
sido, sin duda, el Napoli de Maurizio Sarri en esta última campaña.
Sin embargo, el deficiente manejo de la tensión, los cortos efectivos numéricos
de primer orden con los que ha podido contar o de los que ha hecho uso su
entrenador, la excesiva jerarquización de roles, la necesidad de despreocuparse
del resto de competiciones para intentar ganar la Serie A y la sobreexplotación
de los límites de sus recursos futbolísticos hacen pensar que el conjunto
partenopeo ha dado más y rendido por encima de lo que, con estos mimbres,
estaba capacitado. Y, aun así, no le ha dado para derrocar a la Juventus.
Nadie, en toda la historia de la Serie A, había terminado segundo clasificado
con 91 puntos en su particular casillero. Ni siquiera el mítico equipo de
Maradona, llevando sus victorias a los tres puntos por partido actuales y
contando como ganadas las jornadas de menos que se disputaban en la entonces
Serie A de 16 equipos y de 18 equipos, habría alcanzado tamaña cifra,
quedándose con esta hipotética peripecia matemática con 81 puntos en 1987 y con
84 en 1991.

Es evidente que el
ciclo en Nápoles se ha agotado. Los rumores cada vez más contundentes acerca de
la salida de Sarri del club y la posible desbandada de varios de los tótems del
sarrismo, incluyendo al gran capitán Hamsik, no hace sino refrendar esta
sensación de que el año propicio para acometer la gesta era este. El más que
posible reinicio del proyecto vuelve a alejar forzosamente al Napoli de los
altísimos ritmos de puntuación necesarios para un tête à tête ante la
Juventus, aunque el sustituto de Sarri sea un técnico tan contrastado y de
tanto prestigio como Carlo Ancelotti. Una decisión entendible y perspicaz que,
sin duda, atraerá futbolistas interesantes, personificará en su nuevo
entrenador la cimentación de la nueva era y amortiguará las consecuencias del
cierre de la anterior y sobresaliente etapa, permitiendo al Napoli no degradar
en demasía su actual estatus. Sin embargo, el cambio no deja de despojar al
equipo de la etiqueta de primera alternativa de garantías que había venido
luciendo, le obliga al mismo tiempo a volver a construir desde cero una
cohesión estilística que ahora mismo era fantástica y a hacerlo con un técnico
poco acostumbrado a lidiar con ese tipo de vicisitudes desde un club alejado de
la primerísima línea europea.

La gran o, mejor dicho,
la mejor esperanza para que la Juventus no sume su octavo Scudetto consecutivo
es actualmente la Roma. Con dinero fresco, con una línea
futbolística ya marcada en primera instancia, con el gran estímulo de confianza
que le ha dado al grupo su excelente participación en la última Champions
League y con un timonel de tanto valor y pulso a cargo de la planificación
deportiva como es Monchi -capaz de sacar ventajas económicas y deportivas en el
mercado de fichajes como ningún otro y como ya ha demostrado en la propia Roma
con los fichajes de dos perfiles opuestos de gran rendimiento como han sido
Kolarov y Ünder-, los giallorossi vuelven a asumir la condición de
aspirante. Un equipo que ya sabe, fue dos veces subcampeón con Rudi García y
una con Spalletti en 2017 en la que se quedó a cuatro puntos de la Juventus, lo
que es intentar arrebatar el Scudetto a su legítimo amo hasta el final y
fracasar, con el valioso aprendizaje que se puede extraer de este tipo de
experiencias a la hora de volver a acometer la misma empresa. Aunque es cierto
que los de Di Francesco parten, en principio, desde más atrás, con respecto a
las múltiples potencialidades de los juventinos, de lo que lo hizo el Napoli el
verano pasado.

Precisamente y pese a
que el manejo del mercado es prácticamente una garantía de éxito y a que no hay
un segundo proyecto ganador en Italia como el que puede armar la Roma tras el
reseteo que tendrá lugar en Nápoles, parte de las dudas existentes en el hecho
de que la Roma pueda acortar esa distancia hasta permitirle disputar el campeonato
hasta la última fecha residen en la figura de su entrenador, sin olvidar que
Eusebio Di Francesco ha completado un año notable en un curso destinado a
servir de transición hacia, precisamente, la posibilidad de pelear por el
Scudetto desde su segundo año. Y es que el extécnico del Sassuolo ha sumado
esta temporada nueve puntos menos contra los siete primeros clasificados de los
que han registrado tanto la Juventus, como el Napoli y cuatro menos que un
Inter que ha acabado cinco puntos por debajo.

Ese día a
día altamente competitivo es lo que la Roma, un poco más alejada del
cortoplacismo de los otros tres equipos desde el arranque de su nuevo proyecto
el pasado verano, tiene que buscar en el mercado y lo que el fútbol de Di
Francesco, basado en el poder de las transiciones y que pone el peso en el
tridente ofensivo,
está por ver que pueda
llevar a cabo sin contar con
tanta capacidad de
defenderse con la pelota o con un bloque bajo, ni de sacar resultados jornada
tras jornada variando eventualmente su idea general como la que sí poseen
Allegri o Spalletti. Aunque, en ese sentido, el entrenador romanista demostró
tener cierta cintura, sobre todo en la Champions, para variar su canónico 4-3-3
en busca de adaptarse al rival y, además, ha construido una estructura
defensiva propicia para su juego vertical y que se ha erigido como la segunda
zaga menos goleada de la Serie A, aunque siendo Alisson -que se quede en la
capital parece fundamental- clave en este sentido y dando muchos puntos con sus
intervenciones y rendimiento puramente individual.

Una permanente
adaptación que Luciano Spalletti sí maneja desde siempre y que es una de sus
mejores bazas competitivas, lo que lo convierte en
el técnico más similar a Massimiliano Allegri a la hora de mantener el pulso
táctico en una carrera de fondo durante todas y cada una de las 38 jornadas. No
hay que olvidar, pese a la irregular campaña de los nerazzurri, a que no
contaban con ninguna «distracción» en forma de competición europea y
que puede considerarse ahora mismo tercera alternativa al Scudetto gracias a
una agónica victoria conseguida en los últimos quince minutos del último
partido del curso; que el Inter llegó líder a la jornada 16 de la primera
vuelta y que solamente perdió un partido de catorce ante los ocho primeros
clasificados de la Serie A y fue en el polémico 2-3 ante la Juventus en San
Siro. Lo que demuestra una actitud sobre la que seguir edificando su
renacimiento como grande de Italia. Y es que el tamaño del escudo no juega,
pero sí pesa. Lo hace como lastre cuando el viento sopla en contra, pero se
convierte en acicate cuando este cambia de dirección y pasa a soplar a favor, y
esa es una coyuntura a tener en cuenta.

Parece
fundamental para que el Inter piense, aunque sea vagamente, en poder levantar
un nuevo Scudetto el hecho de poder conservar a sus mejores hombres en el
inminente mercado estival -principalmente Icardi, Skriniar y Perisic, por este
orden- y pueda sino comprar definitivamente, sí encontrar sustitutos de plenas
garantías y total adaptación a la idea como lo han sido Cancelo y Rafinha, las
dos bazas imprescindibles que ha utilizado Spalletti para sacar al club, con
suma inteligencia, del bache sufrido en diciembre y enero que casi se lleva por
delante otra temporada. Por nombres y relevancia, la plantilla nerazzurra ya
es hoy día la segunda más potente del Calcio y con un entrenador que sabe
plenamente lo que necesita y las piezas que tocar para la elevar los límites de
su equipo, que acumula en su figura buena parte de la presión, que ha
demostrado saber gestionar momentos críticos y que casi siempre termina por
encontrar los tan buscados empaque y equilibrio para competir al máximo nivel;
el Inter por fin puede, siete años después de haber comenzado a disputar la
última edición de la Champions de la que tomo parte, comenzar a mirar hacia
arriba, estar en disposición de cumplir con las expectativas generadas a su
alrededor, asentar una concepción dominante de su juego y poner fin a su
ciclotimia crónica. Algo que, por otra parte, ya le tocaba.

Que haya
o no posibilidades reales para que veamos un nuevo campeón de Italia ocho años
después del vigente ciclo incontestable de la Juventus es algo que no
palparemos ya con algunas evidencias hasta que pase el verano, con todas las
circunstancias propias del mercato que pueden hacer cambiar, y mucho,
los horizontes de cada equipo; y tome cuerpo la próxima Serie A con el paso de
un buen puñado de jornadas. Roma e Inter son, sin duda, buenos candidatos en
clara progresión y el bagaje competitivo del Napoli de las últimas temporadas
hay que mantenerlo en consideración, al menos hasta que el tiempo diga lo
contrario. Sin embargo, a poco que la Juventus vuelva a moverse con el tino
habitual en materia de fichajes, volverá a partir con unos mimbres impensables
para los demás contendientes. El mayor mérito de los bianconeri es que,
siete Scudetti consecutivos después, su ciclo parece todavía lejos de estar en
peligro de extinción. De sus contrincantes depende ponerle fin, porque la
Juventus no parece mostrar síntomas de poder gripar ni siquiera a medio plazo y
ni mucho menos está dispuesta a levantar el pie del acelerador.

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