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El fútbol o yo

Héctor Ruiz @HectorRuizPardo 27-10-2020

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Fútbol

«El fútbol o yo» , me dijo. Espero que le haya ido bien en la vida. En ese enunciado había tanto de retórica que una simple interrogación me habría ofendido. Ella sabía que disfrazaba su respuesta de pregunta. Sólo necesitaba haber prestado un poco de atención los últimos años.

En mi vida, hasta cuando pierdo, el fútbol gana. Me ganó en la cuna y me dejó una cicatriz de por vida cerca del ojo que utilizaba para no perder de vista mi primer balón. Si había que saltar, se saltaba. Le ganó al logopeda que se resignó, como mi madre, al ver que mi primera palabra fue gol. Le ganó a mis piernas lastimadas durante años en campos de tierra que pensaba que serían trampolines de sueños. Y cuando más carrerilla quise coger, le ganó a mi rodilla.

Para el que lo ha vivido, que pare de leer. Para el que no, que no se arrugue. Un cruzado roto te puede cambiar la vida. Asusta más de lo que es, pero la dirección depende de ti. A mí me ahuyentó de lo que me estimulaba de verdad, por un tiempo. Esa es la carrera más difícil y cara dicen, la de un tiempo que te quiere poner en tu lugar aunque te resistas.

El fútbol siempre le ha ganado a mis estudios, pero me ha generado inquietudes del autodidacta. Me ha ayudado a expresar mis pulsiones con la inmediatez de un piloto rojo encendido que no te permite dudar. Lo que mi fútbol imaginaba para mis piernas ahora lo saca espumando por la boca.

El fútbol le ha ganado a casi todas mis relaciones. Las buenas, las malas, las de mesa y mantel o trasnoche. Me vincula a mi padre por el veneno compartido, me vincula a compañeros por las horas vacías que poco tienen que ver con el giro habitual del mundo y me acerca a ese yo que quiso y no pudo ser, pero no parece que vaya a sanar de celos para permitirme otra vida.

Quizá sea así porque un día, cuando aún pensaba que mi rodilla curada daría para más, me dejé ganar. Esas traiciones no se perdonan. La noche anterior se hizo corta entre ruidos y tentaciones y el despertador, si sonó, acabó desguazado por impertinente. Último partido de liga: un punto nos mantenía. 25 llamadas perdidas. Fuera de cuerpo y forma, carretera de curvas de las de jugarte la vida. Llegar y quedarte fuera, mamando grada. Derrota y descenso.

El fútbol no espera a nadie, pero eso ya lo sabía. Me permití apostar por su clemencia pero siempre le ha ganado a mi yo. Sirva esto de presentación derrotista de lo que pretende este espacio, que el fútbol, aunque perdamos, nos gane.


Imagen de cabecera: NELSON ALMEIDA/AFP via Getty Images

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«El fútbol o yo» , me dijo. Espero que le haya ido bien en la vida. En ese enunciado había tanto de retórica que una simple interrogación me habría ofendido. Ella sabía que disfrazaba su respuesta de pregunta. Sólo necesitaba haber prestado un poco de atención los últimos años.

En mi vida, hasta cuando pierdo, el fútbol gana. Me ganó en la cuna y me dejó una cicatriz de por vida cerca del ojo que utilizaba para no perder de vista mi primer balón. Si había que saltar, se saltaba. Le ganó al logopeda que se resignó, como mi madre, al ver que mi primera palabra fue gol. Le ganó a mis piernas lastimadas durante años en campos de tierra que pensaba que serían trampolines de sueños. Y cuando más carrerilla quise coger, le ganó a mi rodilla.

Para el que lo ha vivido, que pare de leer. Para el que no, que no se arrugue. Un cruzado roto te puede cambiar la vida. Asusta más de lo que es, pero la dirección depende de ti. A mí me ahuyentó de lo que me estimulaba de verdad, por un tiempo. Esa es la carrera más difícil y cara dicen, la de un tiempo que te quiere poner en tu lugar aunque te resistas.

El fútbol siempre le ha ganado a mis estudios, pero me ha generado inquietudes del autodidacta. Me ha ayudado a expresar mis pulsiones con la inmediatez de un piloto rojo encendido que no te permite dudar. Lo que mi fútbol imaginaba para mis piernas ahora lo saca espumando por la boca.

El fútbol le ha ganado a casi todas mis relaciones. Las buenas, las malas, las de mesa y mantel o trasnoche. Me vincula a mi padre por el veneno compartido, me vincula a compañeros por las horas vacías que poco tienen que ver con el giro habitual del mundo y me acerca a ese yo que quiso y no pudo ser, pero no parece que vaya a sanar de celos para permitirme otra vida.

Quizá sea así porque un día, cuando aún pensaba que mi rodilla curada daría para más, me dejé ganar. Esas traiciones no se perdonan. La noche anterior se hizo corta entre ruidos y tentaciones y el despertador, si sonó, acabó desguazado por impertinente. Último partido de liga: un punto nos mantenía. 25 llamadas perdidas. Fuera de cuerpo y forma, carretera de curvas de las de jugarte la vida. Llegar y quedarte fuera, mamando grada. Derrota y descenso.

El fútbol no espera a nadie, pero eso ya lo sabía. Me permití apostar por su clemencia pero siempre le ha ganado a mi yo. Sirva esto de presentación derrotista de lo que pretende este espacio, que el fútbol, aunque perdamos, nos gane.


Imagen de cabecera: NELSON ALMEIDA/AFP via Getty Images

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