_Destacado

El fútbol moderno

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 10-12-2019

Una de las peores cosas de las ciudades británicas son sus semáforos. Cruzar la calle es una proeza. O una temeridad. Los coches no paran porque su verde parece sempiterno, así que juégatela tú una tarde de miércoles con chubascos dispersos a ir a la otra acera. Si quieres llegar al centro de la ciudad tendrás que mirar dos veces a los lados y rezar. Así, estuvo el Everton en el derbi en Anfield: en medio de la carretera, encogido, intentando no llorar. Y acabó a moco tendido. Como el que quiere encontrar un restaurante a las 21:00 para cenar. Suerte con ello.

Disfrutar de Anfield y Goodison Park en el espacio de tres días es un sueño que llegué a suponer inasumible. El estadio del Liverpool, en ebullición por el derbi, significó un viaje a un fútbol mucho más continental. Los reds han renovado su querido estadio en los últimos años hasta conseguir que sea un complejo más grande y con mejor visibilidad, todo lo contrario a sus vecinos. En Goodison Park hay que buscar fortuna. Muchos de los asientos tienen la visión obstruida. Si te apetece ver un buen encuentro igual te encuentras con una columna delante de ti. Y no puedes decir nada.

Me ubiqué en la zona baja de Gwladys Street. Allí, imaginé los saques de puerta de Jordan Pickford y Kepa Arrizabalaga. Simplemente, porque el cuero, cuando cogía el vuelo en los golpeos de ambos guardametas, se escapaba de nuestra zona visual. Por ello, al acabar el encuentro quise cuajar el ejercicio que me pregunté durante gran parte del encuentro. ¿Cómo lo verán los que tengo varios asientos más atrás? Pues en sueños. Aquí, en el hogar del Everton, la gente se levanta una y otra vez de la silla para vivir la ocasión. Y cuando digo una oportunidad de gol, me refiero a cuando un local cruza el centro del campo. Cuando me ensordeció el primer traqueteo de las sillas por una apertura de Schneiderlin a Sidibé, supe que solo vería el partido de pie, cercanos al techo. Mejor, pensé. Apenas cabíamos en nuestro asiento.

David Moyes, cuando llegó a los toffees, tuvo una ocurrencia. En su presentación aseguró que “el Everton es el equipo de la gente”, algo así como que todas las personas en la ciudad del Mersey son blues. Nada más lejos de la realidad. El potente boom del conjunto de Jurgen Klopp, multiplicado por la Champions League, transforma el centro de la ciudad en un sinfín de camisetas reds por todos los rincones. Quizás, los del Everton estén un pelín más escondidos. Puede llegar a ser lógico. En una ciudad en la que el orgullo es una de las señas de identidad de la gente, porque quieren ser distintos al resto de Inglaterra, el fútbol es un aspecto para ser más que tu compañero de trabajo. Para la risa. Y cuando a uno le va tan bien y al otro no, se pasa mal.

Trent Alexander-Arnold es uno de ellos. Quizás, y aunque suene exagerado, es uno de los futbolistas más imprescindibles en el esquema de Jurgen Klopp. Defiende como pocos y ataca como nadie. Si a todo eso le añades que habla como un scouser, con un acento complejísimo para los de fuera, solo puede significar un amor eterno por toda su afición. Por eso le cantan, porque los canteranos que han nacido allí tienen ese punto superior de cariño por su gente. Aunque allí, en Anfield, sea mucho más sencillo levantarse para rendir pleitesía sin molestar al de atrás. En Goodison Park, un niño cercano a mí acabó jugando, lastimosamente, con el IPad a pesar de estar viviendo una impresionante atmósfera de fútbol inglés: pasión, balón largo y pierna dura; una amalgama amada por Duncan Ferguson, que acabó abrazándose a todos los recogepelotas, como los de la grada, que se estrujan a cualquiera somo si se conocieran de toda la vida. Por ello, su estadio tiene fecha de caducidad. El nuevo campo se situará a la vera del río, cerca de Albert Dock, un precioso lugar, especialmente para los turistas. Entre souvenirs se situará un coliseo mucho más moderno y cómodo para su afición. Aunque el encanto, quizás, haya partido.

Sp_

siguenos en:

©2019 Copyright Sphera Sports | Derechos reservados

Una de las peores cosas de las ciudades británicas son sus semáforos. Cruzar la calle es una proeza. O una temeridad. Los coches no paran porque su verde parece sempiterno, así que juégatela tú una tarde de miércoles con chubascos dispersos a ir a la otra acera. Si quieres llegar al centro de la ciudad tendrás que mirar dos veces a los lados y rezar. Así, estuvo el Everton en el derbi en Anfield: en medio de la carretera, encogido, intentando no llorar. Y acabó a moco tendido. Como el que quiere encontrar un restaurante a las 21:00 para cenar. Suerte con ello.

Disfrutar de Anfield y Goodison Park en el espacio de tres días es un sueño que llegué a suponer inasumible. El estadio del Liverpool, en ebullición por el derbi, significó un viaje a un fútbol mucho más continental. Los reds han renovado su querido estadio en los últimos años hasta conseguir que sea un complejo más grande y con mejor visibilidad, todo lo contrario a sus vecinos. En Goodison Park hay que buscar fortuna. Muchos de los asientos tienen la visión obstruida. Si te apetece ver un buen encuentro igual te encuentras con una columna delante de ti. Y no puedes decir nada.

Me ubiqué en la zona baja de Gwladys Street. Allí, imaginé los saques de puerta de Jordan Pickford y Kepa Arrizabalaga. Simplemente, porque el cuero, cuando cogía el vuelo en los golpeos de ambos guardametas, se escapaba de nuestra zona visual. Por ello, al acabar el encuentro quise cuajar el ejercicio que me pregunté durante gran parte del encuentro. ¿Cómo lo verán los que tengo varios asientos más atrás? Pues en sueños. Aquí, en el hogar del Everton, la gente se levanta una y otra vez de la silla para vivir la ocasión. Y cuando digo una oportunidad de gol, me refiero a cuando un local cruza el centro del campo. Cuando me ensordeció el primer traqueteo de las sillas por una apertura de Schneiderlin a Sidibé, supe que solo vería el partido de pie, cercanos al techo. Mejor, pensé. Apenas cabíamos en nuestro asiento.

David Moyes, cuando llegó a los toffees, tuvo una ocurrencia. En su presentación aseguró que “el Everton es el equipo de la gente”, algo así como que todas las personas en la ciudad del Mersey son blues. Nada más lejos de la realidad. El potente boom del conjunto de Jurgen Klopp, multiplicado por la Champions League, transforma el centro de la ciudad en un sinfín de camisetas reds por todos los rincones. Quizás, los del Everton estén un pelín más escondidos. Puede llegar a ser lógico. En una ciudad en la que el orgullo es una de las señas de identidad de la gente, porque quieren ser distintos al resto de Inglaterra, el fútbol es un aspecto para ser más que tu compañero de trabajo. Para la risa. Y cuando a uno le va tan bien y al otro no, se pasa mal.

Trent Alexander-Arnold es uno de ellos. Quizás, y aunque suene exagerado, es uno de los futbolistas más imprescindibles en el esquema de Jurgen Klopp. Defiende como pocos y ataca como nadie. Si a todo eso le añades que habla como un scouser, con un acento complejísimo para los de fuera, solo puede significar un amor eterno por toda su afición. Por eso le cantan, porque los canteranos que han nacido allí tienen ese punto superior de cariño por su gente. Aunque allí, en Anfield, sea mucho más sencillo levantarse para rendir pleitesía sin molestar al de atrás. En Goodison Park, un niño cercano a mí acabó jugando, lastimosamente, con el IPad a pesar de estar viviendo una impresionante atmósfera de fútbol inglés: pasión, balón largo y pierna dura; una amalgama amada por Duncan Ferguson, que acabó abrazándose a todos los recogepelotas, como los de la grada, que se estrujan a cualquiera somo si se conocieran de toda la vida. Por ello, su estadio tiene fecha de caducidad. El nuevo campo se situará a la vera del río, cerca de Albert Dock, un precioso lugar, especialmente para los turistas. Entre souvenirs se situará un coliseo mucho más moderno y cómodo para su afición. Aunque el encanto, quizás, haya partido.