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El factor Giroud

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 11-11-2022

No estuvo Olivier Giroud por sanción en el último partido del Milan en Cremona y los de Pioli no pasaron del 0-0. Casualidad o no, el nueve francés llevaba unas semanas resolviendo los partidos de los rossoneri con su don de la aparición en los momentos clave. Lo hizo ante el Salzburgo para meter a su equipo en los octavos de Champions con un doblete de goles y asistencias y también ante el Spezia con un fantástico y decisivo remate acrobático en el 89’, demostrando que lo suyo sí que no tiene nada que ver con factores casuales de ningún tipo.

Giroud había llegado a Milán para ejercer de vice-Ibrahimovic y, sin embargo, ha acabado ocupando un espacio mucho más relevante a base de carisma, utilidad táctica, determinación y goles. Un nueve capaz de no aparecer durante todo el partido, de tocar el balón menos veces que el número de dedos de una mano, de dedicarse a abrir espacios para el resto, más técnicos y rápidos que él, con un trabajo comprometido e intangible, de fomentar la fluidez de la circulación fijando centrales o acudiendo al apoyo, pero acabar decantando el resultado con un cabezazo, una talentosa dejada de espaldas o un remate veteado de magia o sutileza.

El francés es un tipo que siempre aparece cuando más se le necesita. Y que lo hace también cuando ya nadie le espera, siendo capaz a lo largo de toda su carrera de superar una y otra vez las expectativas cuando ya todos le habíamos dado por acabado. Como si estuviera obligado constantemente a demostrar que es un ganador, casi como lo está este Milan de Pioli, pese a haber ganado ya un Scudetto, en su periplo hacia ser algún día el gigante que hace poco fue.

La realidad es que Giroud siempre ha estado bajo sospecha, como si fuese un intruso en el fútbol de élite, como si no hubiese sido un delantero centro que siempre ha rendido bien, aunque a su manera, en grandes plantillas como la del Arsenal, el Chelsea o la de este Milan.

Es cierto que nunca ha sido un supergoleador, pero sí un nueve que protagoniza la foto de momentos importantísimos y que lo hace de la más estéticas de las maneras y con los remates más complicados, bellos e inverosímiles posibles. Una mezcla de reivindicación, liderazgo, experiencia, oportunismo y genialidad que, junto al ya citado e inadvertido trabajo para que otros luzcan y el equipo fluya, ha caracterizado su carrera. Una carrera envidiable, por cierto.

Ya en el Chelsea, jugando relativamente poco, había demostrado esa rara capacidad para aparecer con goles, la mayoría increíblemente bonitos, en los momentos de mayor necesidad colectiva. Y es algo que ha seguido manteniendo también en Milán. No solo en las pletóricas últimas semanas, también en el último derbi ante el Inter y meses atrás en Nápoles o en Roma ante la Lazio en dos encuentros a la postre fundamentales para levantar el título.

“Es uno de esos futbolistas que en el momento en el que lo necesitas siempre está”, dijo Maurizio Sarri en su momento, que lo tuvo a sus órdenes precisamente en Londres. Unas declaraciones que entroncan con las más recientes de Zlatan Ibrahimovic sobre su compañero: “Es un ganador. No es alguien que te vaya a dar 40 goles por temporada, pero aporta algo al equipo que pocos logran porque no es egocéntrico en el campo. Giroud juega para todos”.

A una semana de que empiece el Mundial de Catar, incluso aunque tampoco vuelva a marcar ni un solo gol para su selección, tendremos una nueva ocasión, la última en este escenario, cuatro años después del segundo cetro de Francia, para constatar que cualquier equipo que cuente con Giroud en su punta de ataque siempre estará más cerca de ganar que sin él. Más cerca de asestar el golpe final que sin él. Más cerca de arañar la victoria con el as en la manga que el ex del Montpellier siempre guarda que si él no está sobre el verde. Allí donde los márgenes del juego más se estrechan y los partidos se acercan a su crepúsculo, Giroud reina. Un crepúsculo como delantero en el que Giroud está sabiendo brillar tanto o más que nunca.

De momento, sus goles y esa particular clase que tiene a la hora de marcarlos son los que en última instancia han permitido al Milan seguir agarrado a la Champions, una competición que estaban empezando dejar de sentir como propia, y el motivo principal en la práctica por el que los de Pioli son el equipo que más cerca ha ido remando de un Napoli incontestable, en su lucha por intentar revalidar el Scudetto que aún portan en el pecho. Como si las finalizaciones imposibles fuesen a ser el signature move que recordaremos cuando se retire. Como si él mismo estuviese invirtiendo en ese recuerdo que legará al imaginario colectivo del fútbol.

Giroud siempre vuelve cuando parece que ya no podrá hacerlo. Y con Francia ha pasado tres cuartos de lo mismo tras ser excluido por Deschamps el pasado mes de junio y acabar regresando recientemente para ocupar una de las 25 plazas para repetir presencia en la cita mundialista. Aunque la figura de Benzema le cierra ahora bastantes puertas, el nueve rossonero siempre ha sido y aún es un recurso útil y valioso. Y ganador, como bien sabe Ibra. Y, además, la mística le acompaña. Olivier lleva tatuado en su brazo la frase en latín “dominus regit me et nihil mihi deerit”. O lo que es lo mismo: “El señor es mi pastor, nada me falta”.

Aunque con él de por medio más bien habría que decir “Giroud es mi pastor, nada me falta”. Para el nueve del Milan todo lo que le sucede forma parte de un plan superior. Tanto si marca cero goles en un Mundial que su selección acaba ganando, como si vuelve a rescatar con un remate acrobático a su equipo más allá del minuto 90 sin importar que haya estado sobre el césped sin que realmente lo haya parecido hasta ese preciso y precioso instante.

El delantero galo vive en ese espacio silencioso, a veces invisible durante largos periodos de tiempo, en el que habitan algunos goleadores, algunos predadores, que solo se activan si es para marcar goles en absoluto banales, para cazar grandes presas antes de regresar a su aparente letargo. Y en la Copa del Mundo tiene una nueva oportunidad, ahora como revulsivo, para demostrar que su oportuna grandeza se terminará solamente cuando él decida hacerlo.

Imagen de cabecera: @ACMilan

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No estuvo Olivier Giroud por sanción en el último partido del Milan en Cremona y los de Pioli no pasaron del 0-0. Casualidad o no, el nueve francés llevaba unas semanas resolviendo los partidos de los rossoneri con su don de la aparición en los momentos clave. Lo hizo ante el Salzburgo para meter a su equipo en los octavos de Champions con un doblete de goles y asistencias y también ante el Spezia con un fantástico y decisivo remate acrobático en el 89’, demostrando que lo suyo sí que no tiene nada que ver con factores casuales de ningún tipo.

Giroud había llegado a Milán para ejercer de vice-Ibrahimovic y, sin embargo, ha acabado ocupando un espacio mucho más relevante a base de carisma, utilidad táctica, determinación y goles. Un nueve capaz de no aparecer durante todo el partido, de tocar el balón menos veces que el número de dedos de una mano, de dedicarse a abrir espacios para el resto, más técnicos y rápidos que él, con un trabajo comprometido e intangible, de fomentar la fluidez de la circulación fijando centrales o acudiendo al apoyo, pero acabar decantando el resultado con un cabezazo, una talentosa dejada de espaldas o un remate veteado de magia o sutileza.

El francés es un tipo que siempre aparece cuando más se le necesita. Y que lo hace también cuando ya nadie le espera, siendo capaz a lo largo de toda su carrera de superar una y otra vez las expectativas cuando ya todos le habíamos dado por acabado. Como si estuviera obligado constantemente a demostrar que es un ganador, casi como lo está este Milan de Pioli, pese a haber ganado ya un Scudetto, en su periplo hacia ser algún día el gigante que hace poco fue.

La realidad es que Giroud siempre ha estado bajo sospecha, como si fuese un intruso en el fútbol de élite, como si no hubiese sido un delantero centro que siempre ha rendido bien, aunque a su manera, en grandes plantillas como la del Arsenal, el Chelsea o la de este Milan.

Es cierto que nunca ha sido un supergoleador, pero sí un nueve que protagoniza la foto de momentos importantísimos y que lo hace de la más estéticas de las maneras y con los remates más complicados, bellos e inverosímiles posibles. Una mezcla de reivindicación, liderazgo, experiencia, oportunismo y genialidad que, junto al ya citado e inadvertido trabajo para que otros luzcan y el equipo fluya, ha caracterizado su carrera. Una carrera envidiable, por cierto.

Ya en el Chelsea, jugando relativamente poco, había demostrado esa rara capacidad para aparecer con goles, la mayoría increíblemente bonitos, en los momentos de mayor necesidad colectiva. Y es algo que ha seguido manteniendo también en Milán. No solo en las pletóricas últimas semanas, también en el último derbi ante el Inter y meses atrás en Nápoles o en Roma ante la Lazio en dos encuentros a la postre fundamentales para levantar el título.

“Es uno de esos futbolistas que en el momento en el que lo necesitas siempre está”, dijo Maurizio Sarri en su momento, que lo tuvo a sus órdenes precisamente en Londres. Unas declaraciones que entroncan con las más recientes de Zlatan Ibrahimovic sobre su compañero: “Es un ganador. No es alguien que te vaya a dar 40 goles por temporada, pero aporta algo al equipo que pocos logran porque no es egocéntrico en el campo. Giroud juega para todos”.

A una semana de que empiece el Mundial de Catar, incluso aunque tampoco vuelva a marcar ni un solo gol para su selección, tendremos una nueva ocasión, la última en este escenario, cuatro años después del segundo cetro de Francia, para constatar que cualquier equipo que cuente con Giroud en su punta de ataque siempre estará más cerca de ganar que sin él. Más cerca de asestar el golpe final que sin él. Más cerca de arañar la victoria con el as en la manga que el ex del Montpellier siempre guarda que si él no está sobre el verde. Allí donde los márgenes del juego más se estrechan y los partidos se acercan a su crepúsculo, Giroud reina. Un crepúsculo como delantero en el que Giroud está sabiendo brillar tanto o más que nunca.

De momento, sus goles y esa particular clase que tiene a la hora de marcarlos son los que en última instancia han permitido al Milan seguir agarrado a la Champions, una competición que estaban empezando dejar de sentir como propia, y el motivo principal en la práctica por el que los de Pioli son el equipo que más cerca ha ido remando de un Napoli incontestable, en su lucha por intentar revalidar el Scudetto que aún portan en el pecho. Como si las finalizaciones imposibles fuesen a ser el signature move que recordaremos cuando se retire. Como si él mismo estuviese invirtiendo en ese recuerdo que legará al imaginario colectivo del fútbol.

Giroud siempre vuelve cuando parece que ya no podrá hacerlo. Y con Francia ha pasado tres cuartos de lo mismo tras ser excluido por Deschamps el pasado mes de junio y acabar regresando recientemente para ocupar una de las 25 plazas para repetir presencia en la cita mundialista. Aunque la figura de Benzema le cierra ahora bastantes puertas, el nueve rossonero siempre ha sido y aún es un recurso útil y valioso. Y ganador, como bien sabe Ibra. Y, además, la mística le acompaña. Olivier lleva tatuado en su brazo la frase en latín “dominus regit me et nihil mihi deerit”. O lo que es lo mismo: “El señor es mi pastor, nada me falta”.

Aunque con él de por medio más bien habría que decir “Giroud es mi pastor, nada me falta”. Para el nueve del Milan todo lo que le sucede forma parte de un plan superior. Tanto si marca cero goles en un Mundial que su selección acaba ganando, como si vuelve a rescatar con un remate acrobático a su equipo más allá del minuto 90 sin importar que haya estado sobre el césped sin que realmente lo haya parecido hasta ese preciso y precioso instante.

El delantero galo vive en ese espacio silencioso, a veces invisible durante largos periodos de tiempo, en el que habitan algunos goleadores, algunos predadores, que solo se activan si es para marcar goles en absoluto banales, para cazar grandes presas antes de regresar a su aparente letargo. Y en la Copa del Mundo tiene una nueva oportunidad, ahora como revulsivo, para demostrar que su oportuna grandeza se terminará solamente cuando él decida hacerlo.

Imagen de cabecera: @ACMilan

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Joel Sierra @_JoeLSierra_
11-11-2022

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Joel Sierra @_JoeLSierra_
28-10-2022