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El discípulo de Mozart

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 03-10-2018

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La primera sensación que genera ver jugar a Sandro Tonali es que no parece un futbolista de Serie B como actualmente es. Quizá por eso, en ocasiones, destaca tanto su académica forma de desenvolverse en el círculo central e iniciando la fase ofensiva de su equipo y quizá por eso, en otras, su fútbol puede pasar desapercibido si el encuentro se torna, como suele ocurrir en la segunda categoría del Calcio, en un duelo excesivamente trabado y en el que el dominio de la posesión pasa a ser muy inconstante, directo y disputado. Transcurran más o menos minutos entre cada toque suyo de pelota, cuando el balón pasa por sus pies, la jugada, el partido y el espectáculo siempre mejoran sin excepción. Los párpados se abren y las pupilas se dilatan. El fútbol se abre paso, se hace presente. Verlo en acción es ver al jugador joven, es del año 2000, más especial de toda la categoría y uno de los más especiales de la interesantísima generación italiana que consiguió el subcampeonato en la reciente EURO sub-19 de Finlandia.

La segunda sensación que genera, ya con el paso de algunos minutos de juego, es la llegada a la mente de un paralelismo inevitable, que nace casi sin querer, obvio. La imagen de una figura sin la cual, directamente, ni siquiera se entendería y se asumiría como medianamente normal que un futbolista de su edad, de su fisonomía, de su corte y con sus tan específicas aptitudes estuviese actuando por delante de la zaga en solitario, como el mediocentro titular de un equipo de Serie B que, además, está pasando recientemente por ciertos apuros en cuanto a resultados se refiere y que ya ha vivido un cambio de entrenador. Aunque es cierto que no es cualquier equipo, sino el mismo que vio nacer a alguien que rompió todos los moldes de la demarcación. Su instintiva agilidad mental, sus dotes de playmaker, su técnica de golpeo para los envíos en largo, la camiseta azul con la V blanca del Brescia en el pecho y su versión invertida, el entorno que supone el estadio Mario Rigamonti, el gesto corporal, la cabeza levantada, la media melena… 

Todo ese compendio de hechos y de circunstancias conduce a que el pensamiento del espectador rememore el paso del señor Andrea por ese mismo escenario y con esas mismas virtudes dos décadas atrás. Si el genuino maestro marcó un contracultural modo de ser y de actuar en esa demarcación en toda Italia, Sandro Tonali, nacido a apenas setenta kilómetros de distancia de la cuna del gran compositor moderno de la región, es el primer futbolista que ha germinado completamente dentro de esa horma, el primero que aspira a ser el heredero legítimo de ese legado, el primero que se erige como discípulo directo de Pirlo, alguien al que, observándolo, realmente puedes viajar unos años atrás en el tiempo y, al mismo tiempo, estar apreciando en el presente cómo, en su bota derecha parece portar, incluso acercándote mucho, la misma batuta que hacía oscilar el mítico 21 hasta hace no mucho, mientras comienza a aprender a crear música con algunas partituras prestadas, pero con sus propios instrumentos y por sus propios medios.

Sandro Tonali es un mediocentro que en corto siempre intenta jugar de primeras para agilizar el ritmo y que detecta y ejecuta muy rápido y preciso la oportunidad de ser vertical y de romper líneas mediante el pase. Su toque es evidentemente depurado, aunque lo que más viste su juego es su gran desplazamiento en largo y sus cambios de orientación, todavía por limar en cuanto a las parábolas que le otorga en algunas ocasiones a esos envíos, para dar todavía mejores ventajas a sus compañeros en las recepciones de esas pelotas. Es trotón, demasiado reactivo todavía en términos puramente defensivos y si tiene que salir mucho de su zona, a veces le cuesta recuperar la referencia posicional, aunque es un jugador bastante robusto en el cuerpo a cuerpo para su estatura y con una inesperada buena lectura defensiva para encimar al portador y para ejercer el quite, lo que no hace otra cosa que añadir matices a su catálogo de aptitudes, muy positivos especialmente para la posición que ocupa y que suponen un extra con respecto al espejo, que no espejismo, que supone para él Andrea Pirlo sin que sea necesario siquiera que lo declare abiertamente.

A sus maduros 18 años y escoltado por dos interiores de doble recorrido en un 4-3-1-2 o 4-3-3, él es quien decide por dónde irá y cómo discurrirá la acción en sus primeros compases debido a su sentido posicional y a sus constantes ofrecimientos para estar liberado de cara a los centrales, y también quien decide por dónde irá y cómo saldrá la jugada del campo propio de su equipo para lograr trasladar y asentar después la posesión en la mitad adversaria gracias a su visión de juego periférica. A cada encuentro que disputa mejora su sapiencia para ser paciente y no bajar excesivamente a la altura de la defensa ni acercarse demasiado al cuero, decidiendo esperar cada vez más en un escalón superior, cuando el contexto lo favorece, para dejar así atrás la primera línea de presión del rival y fomentar una construcción más ordenada. Es un organizador, un regista puro y canónico, un director de orquesta que parece ser absolutamente consciente de quién es y más aún de quién quiere ser, con unas dotes de mando para ordenar a sus compañeros inauditas para alguien de su edad. Es diestro, sin embargo, también es capaz de manejar la zurda en situaciones críticas de posible pérdida de una forma muy intuitiva. 

Además, lee muy bien cuándo acelerar y cuándo dar pausa y poso a la jugada en la medular, cuándo ser agresivo y cuándo conservador. Un manejo de los ritmos que es fundamental para ese rol, aunque en algunas fases del juego se queda demasiado anclado, por miedo a perder el sitio y no poder recuperarlo, sin acompañar el ataque, a pesar de ser un constructor de juego que también tiene último pase y cierta presencia y remate en la frontal cuando se asoma a ella. Un aspecto a mejorar, este último, junto a un primer control que debe cuidar y pulir con mayor detenimiento para no alejarlo tanto del pie cuando el balón no le llega o no le vuelve todo lo fino que desearía y, de este modo, hacer aún mejores sus posteriores virtudes con la posesión en sus botas, y a la anticipación sobre las recepciones contrarias con la que pueda compensar ese primer paso lento en la persecución defensiva. Con el balón, en cambio, todavía hay que comprobar cómo se desenvuelve con presiones muy intensas sobre su posición, que le obliguen a tener que girarse frecuentemente para encontrar opciones de continuidad. Una circunstancia que no se suele ver demasiado en Serie B antes de que un futbolista cruce la divisoria.

Todos los grandes sin excepción, italianos y también del extranjero, ya lo tienen en su radar y ya han escrito su nombre con letras mayúsculas en sus blocs de notas. Sandro Tonali es, sin ninguna duda, el presente deportivo y también el futuro económico del club, el jugador con un mayor valor de mercado de toda la Serie B, la gran joya de la cantera del Brescia desde que un jovencísimo Marek Hamsik aterrizase en la ciudad y en el equipo Primavera del club en el año 2004 y también la gran joya que el excéntrico Massimo Cellino, el actual propietario del Brescia tras su salida del Leeds, tiene entre manos. Exactamente igual que lo fue Dybala, otro destinado a firmar por un grande desde su debut en el Calcio profesional, para otro controvertido personaje de los despachos del fútbol italiano como es el caso de Maurizio Zamparini. 

El precoz futbolista lombardo es, evidentemente, un jugador todavía por hacer, pero su materia prima es abrumadora y tan estética para el espectador como capital para hacer funcionar a su equipo a 360 grados. Su amplio repertorio de pases, su pasmosa tranquilidad en la gestión del balón, su clase y su pausa para controlar lo que sucede a su alrededor, su primer regate para generarse el espacio de cara a orientarse, su capacidad para activar a sus compañeros en el ataque pese a lanzarlos desde 25 metros atrás… son atributos que te levantan del sofá y que evocan de manera natural varias de las sinfonías de su preceptor. “La melodía es la esencia de la música y la música es el único camino hacia lo trascendente”, decía Mozart. Ahora le toca al discípulo intentar emular las melodías de su maestro para que su propia música adquiera con el paso de los años un grado similar de trascendencia en la élite futbolística. 

Tócala, ‘San’. Déjame recordar.

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La primera sensación que genera ver jugar a Sandro Tonali es que no parece un futbolista de Serie B como actualmente es. Quizá por eso, en ocasiones, destaca tanto su académica forma de desenvolverse en el círculo central e iniciando la fase ofensiva de su equipo y quizá por eso, en otras, su fútbol puede pasar desapercibido si el encuentro se torna, como suele ocurrir en la segunda categoría del Calcio, en un duelo excesivamente trabado y en el que el dominio de la posesión pasa a ser muy inconstante, directo y disputado. Transcurran más o menos minutos entre cada toque suyo de pelota, cuando el balón pasa por sus pies, la jugada, el partido y el espectáculo siempre mejoran sin excepción. Los párpados se abren y las pupilas se dilatan. El fútbol se abre paso, se hace presente. Verlo en acción es ver al jugador joven, es del año 2000, más especial de toda la categoría y uno de los más especiales de la interesantísima generación italiana que consiguió el subcampeonato en la reciente EURO sub-19 de Finlandia.

La segunda sensación que genera, ya con el paso de algunos minutos de juego, es la llegada a la mente de un paralelismo inevitable, que nace casi sin querer, obvio. La imagen de una figura sin la cual, directamente, ni siquiera se entendería y se asumiría como medianamente normal que un futbolista de su edad, de su fisonomía, de su corte y con sus tan específicas aptitudes estuviese actuando por delante de la zaga en solitario, como el mediocentro titular de un equipo de Serie B que, además, está pasando recientemente por ciertos apuros en cuanto a resultados se refiere y que ya ha vivido un cambio de entrenador. Aunque es cierto que no es cualquier equipo, sino el mismo que vio nacer a alguien que rompió todos los moldes de la demarcación. Su instintiva agilidad mental, sus dotes de playmaker, su técnica de golpeo para los envíos en largo, la camiseta azul con la V blanca del Brescia en el pecho y su versión invertida, el entorno que supone el estadio Mario Rigamonti, el gesto corporal, la cabeza levantada, la media melena… 

Todo ese compendio de hechos y de circunstancias conduce a que el pensamiento del espectador rememore el paso del señor Andrea por ese mismo escenario y con esas mismas virtudes dos décadas atrás. Si el genuino maestro marcó un contracultural modo de ser y de actuar en esa demarcación en toda Italia, Sandro Tonali, nacido a apenas setenta kilómetros de distancia de la cuna del gran compositor moderno de la región, es el primer futbolista que ha germinado completamente dentro de esa horma, el primero que aspira a ser el heredero legítimo de ese legado, el primero que se erige como discípulo directo de Pirlo, alguien al que, observándolo, realmente puedes viajar unos años atrás en el tiempo y, al mismo tiempo, estar apreciando en el presente cómo, en su bota derecha parece portar, incluso acercándote mucho, la misma batuta que hacía oscilar el mítico 21 hasta hace no mucho, mientras comienza a aprender a crear música con algunas partituras prestadas, pero con sus propios instrumentos y por sus propios medios.

Sandro Tonali es un mediocentro que en corto siempre intenta jugar de primeras para agilizar el ritmo y que detecta y ejecuta muy rápido y preciso la oportunidad de ser vertical y de romper líneas mediante el pase. Su toque es evidentemente depurado, aunque lo que más viste su juego es su gran desplazamiento en largo y sus cambios de orientación, todavía por limar en cuanto a las parábolas que le otorga en algunas ocasiones a esos envíos, para dar todavía mejores ventajas a sus compañeros en las recepciones de esas pelotas. Es trotón, demasiado reactivo todavía en términos puramente defensivos y si tiene que salir mucho de su zona, a veces le cuesta recuperar la referencia posicional, aunque es un jugador bastante robusto en el cuerpo a cuerpo para su estatura y con una inesperada buena lectura defensiva para encimar al portador y para ejercer el quite, lo que no hace otra cosa que añadir matices a su catálogo de aptitudes, muy positivos especialmente para la posición que ocupa y que suponen un extra con respecto al espejo, que no espejismo, que supone para él Andrea Pirlo sin que sea necesario siquiera que lo declare abiertamente.

A sus maduros 18 años y escoltado por dos interiores de doble recorrido en un 4-3-1-2 o 4-3-3, él es quien decide por dónde irá y cómo discurrirá la acción en sus primeros compases debido a su sentido posicional y a sus constantes ofrecimientos para estar liberado de cara a los centrales, y también quien decide por dónde irá y cómo saldrá la jugada del campo propio de su equipo para lograr trasladar y asentar después la posesión en la mitad adversaria gracias a su visión de juego periférica. A cada encuentro que disputa mejora su sapiencia para ser paciente y no bajar excesivamente a la altura de la defensa ni acercarse demasiado al cuero, decidiendo esperar cada vez más en un escalón superior, cuando el contexto lo favorece, para dejar así atrás la primera línea de presión del rival y fomentar una construcción más ordenada. Es un organizador, un regista puro y canónico, un director de orquesta que parece ser absolutamente consciente de quién es y más aún de quién quiere ser, con unas dotes de mando para ordenar a sus compañeros inauditas para alguien de su edad. Es diestro, sin embargo, también es capaz de manejar la zurda en situaciones críticas de posible pérdida de una forma muy intuitiva. 

Además, lee muy bien cuándo acelerar y cuándo dar pausa y poso a la jugada en la medular, cuándo ser agresivo y cuándo conservador. Un manejo de los ritmos que es fundamental para ese rol, aunque en algunas fases del juego se queda demasiado anclado, por miedo a perder el sitio y no poder recuperarlo, sin acompañar el ataque, a pesar de ser un constructor de juego que también tiene último pase y cierta presencia y remate en la frontal cuando se asoma a ella. Un aspecto a mejorar, este último, junto a un primer control que debe cuidar y pulir con mayor detenimiento para no alejarlo tanto del pie cuando el balón no le llega o no le vuelve todo lo fino que desearía y, de este modo, hacer aún mejores sus posteriores virtudes con la posesión en sus botas, y a la anticipación sobre las recepciones contrarias con la que pueda compensar ese primer paso lento en la persecución defensiva. Con el balón, en cambio, todavía hay que comprobar cómo se desenvuelve con presiones muy intensas sobre su posición, que le obliguen a tener que girarse frecuentemente para encontrar opciones de continuidad. Una circunstancia que no se suele ver demasiado en Serie B antes de que un futbolista cruce la divisoria.

Todos los grandes sin excepción, italianos y también del extranjero, ya lo tienen en su radar y ya han escrito su nombre con letras mayúsculas en sus blocs de notas. Sandro Tonali es, sin ninguna duda, el presente deportivo y también el futuro económico del club, el jugador con un mayor valor de mercado de toda la Serie B, la gran joya de la cantera del Brescia desde que un jovencísimo Marek Hamsik aterrizase en la ciudad y en el equipo Primavera del club en el año 2004 y también la gran joya que el excéntrico Massimo Cellino, el actual propietario del Brescia tras su salida del Leeds, tiene entre manos. Exactamente igual que lo fue Dybala, otro destinado a firmar por un grande desde su debut en el Calcio profesional, para otro controvertido personaje de los despachos del fútbol italiano como es el caso de Maurizio Zamparini. 

El precoz futbolista lombardo es, evidentemente, un jugador todavía por hacer, pero su materia prima es abrumadora y tan estética para el espectador como capital para hacer funcionar a su equipo a 360 grados. Su amplio repertorio de pases, su pasmosa tranquilidad en la gestión del balón, su clase y su pausa para controlar lo que sucede a su alrededor, su primer regate para generarse el espacio de cara a orientarse, su capacidad para activar a sus compañeros en el ataque pese a lanzarlos desde 25 metros atrás… son atributos que te levantan del sofá y que evocan de manera natural varias de las sinfonías de su preceptor. “La melodía es la esencia de la música y la música es el único camino hacia lo trascendente”, decía Mozart. Ahora le toca al discípulo intentar emular las melodías de su maestro para que su propia música adquiera con el paso de los años un grado similar de trascendencia en la élite futbolística. 

Tócala, ‘San’. Déjame recordar.

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Redacción @SpheraSports
30-11-2021