_Rugby

El deporte que une

Enrique Julián Gómez @EnriqueJulian23 07-11-2019

Da cada vez más la impresión de que casi todo impacto mediático, especialmente a través de las redes sociales, va destinado a buscar la confrontación. Azuzadas por medios de comunicación irresponsables y otros agitadores profesionales ahuyentan cualquier tipo de moderación para exacerbar a las masas en sus más primitivos odios. Una situación perfectamente aplicable al deporte profesional y su tendencia mayor a la desunión que a la confraternización. 

Afortunadamente, la realidad se permite ofrecer historias muy diferentes. 

Siya Kolisi nació en un depauperado suburbio de Port Elizabeth con unos padres demasiado jóvenes y demasiado pobres como para asegurarle un futuro, criado una abuela que murió cuando apenas contaba con 15 años, poco después del fallecimiento de su madre. En 1991, cuando aun seguía vigente el sistema racista del apartheid, era absolutamente impensable que Kolisi podría levantar la Copa del Mundo de rugby para Sudáfrica 28 años más tarde

El país, y con él, el rugby sudafricano, han evolucionado mucho desde entonces. El camino de la reconciliación y la igualdad es largo todavía, y nuevos problemas sociales Sudáfrica sigue poniendo obstáculos a los avances. Algunos gestos no dejan de ser eso, simples gestos simbólicos. Pero siempre ayudan a mirarse al espejo. 

Fue la mentalidad de Nelson Mandela cuando se enfundó la camiseta de los springboks en la final del Mundial en Ellis Park, Johannesburgo. Un deporte, el rugby, reservado hasta muy poco antes para las élites blancas del país -la selección fue excluida de los dos primeros Mundiales por racismo- y que en 1995 seguía generando lógico desprecio por parte de la mayoría negra de Sudáfrica. El gesto de Mandela y su mano entrelazada con la del capitán Pienaar al levantar al trofeo, aunque solo había un jugador negro en la plantilla, fue inspirador. 

(Getty Images)

Inspirador para jóvenes como Bryan Habana, un chaval mulato que a partir de ese éxito comenzó a jugar a un deporte que hasta entonces le había sido completamente ajeno. 12 años después, en 2007, un espectacular Habana destrozó registros y fue el mejor jugador del segundo Mundial vencido por Sudáfrica. 

El propio Habana fue figura de referencia para nuevas generaciones de jóvenes sudafricanos que no tenán edad para recordar la era del apartheidy estaban mentalizados para romper cualquier molde en el rugby local. Uno de ellos fue el propio Siya Kolisi, que desde un bar vio la final ese triunfo en 2007. 

Kolisi, que había recibido una beca deportiva gracias al rugby para acceder a uno de los mejores institutos de Port Elizabeth, pudo avanzar en su carrera sin los prejuicios que le habrían denostado apenas dos décadas antes, convertirse en un elemento clave en la tercera línea de los Stormers en el Super Rugby del hemisferio sur y llegar a la selección de Sudáfrica.

Cuando Rassie Erasmus accedió al puesto de seleccionador del país en 2018 para cambiar en poco más de un año a un equipo perdido y convertirlo en campeón, tomó una decisión histórica: Kolisi se convirtió en el primer capitán negro de los springboks. El capitán de un equipo que, en la final del Mundial contra Inglaterra, contaba con mitad y mitad de personas que, por razones raciales, ni siquiera habrían podido sentarse en el mismo banco no hace tanto tiempo. 

Las palabras de Siya Kolisi tras levantar al cielo de Yokohama el trofeo Webb Ellis como campeón del mundo también fueron inspiradoras para un país. Otro de esos gestos simbólicos, que por sí solos no sirven para arreglar los problemas de nadie, pero sí permiten concienciar, saber que, unidos, es posible cambiar las cosas. Y esta es la fuerza del deporte, del rugby, que más allá de resultados, hay que saber valorar

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Da cada vez más la impresión de que casi todo impacto mediático, especialmente a través de las redes sociales, va destinado a buscar la confrontación. Azuzadas por medios de comunicación irresponsables y otros agitadores profesionales ahuyentan cualquier tipo de moderación para exacerbar a las masas en sus más primitivos odios. Una situación perfectamente aplicable al deporte profesional y su tendencia mayor a la desunión que a la confraternización. 

Afortunadamente, la realidad se permite ofrecer historias muy diferentes. 

Siya Kolisi nació en un depauperado suburbio de Port Elizabeth con unos padres demasiado jóvenes y demasiado pobres como para asegurarle un futuro, criado una abuela que murió cuando apenas contaba con 15 años, poco después del fallecimiento de su madre. En 1991, cuando aun seguía vigente el sistema racista del apartheid, era absolutamente impensable que Kolisi podría levantar la Copa del Mundo de rugby para Sudáfrica 28 años más tarde

El país, y con él, el rugby sudafricano, han evolucionado mucho desde entonces. El camino de la reconciliación y la igualdad es largo todavía, y nuevos problemas sociales Sudáfrica sigue poniendo obstáculos a los avances. Algunos gestos no dejan de ser eso, simples gestos simbólicos. Pero siempre ayudan a mirarse al espejo. 

Fue la mentalidad de Nelson Mandela cuando se enfundó la camiseta de los springboks en la final del Mundial en Ellis Park, Johannesburgo. Un deporte, el rugby, reservado hasta muy poco antes para las élites blancas del país -la selección fue excluida de los dos primeros Mundiales por racismo- y que en 1995 seguía generando lógico desprecio por parte de la mayoría negra de Sudáfrica. El gesto de Mandela y su mano entrelazada con la del capitán Pienaar al levantar al trofeo, aunque solo había un jugador negro en la plantilla, fue inspirador. 

(Getty Images)

Inspirador para jóvenes como Bryan Habana, un chaval mulato que a partir de ese éxito comenzó a jugar a un deporte que hasta entonces le había sido completamente ajeno. 12 años después, en 2007, un espectacular Habana destrozó registros y fue el mejor jugador del segundo Mundial vencido por Sudáfrica. 

El propio Habana fue figura de referencia para nuevas generaciones de jóvenes sudafricanos que no tenán edad para recordar la era del apartheidy estaban mentalizados para romper cualquier molde en el rugby local. Uno de ellos fue el propio Siya Kolisi, que desde un bar vio la final ese triunfo en 2007. 

Kolisi, que había recibido una beca deportiva gracias al rugby para acceder a uno de los mejores institutos de Port Elizabeth, pudo avanzar en su carrera sin los prejuicios que le habrían denostado apenas dos décadas antes, convertirse en un elemento clave en la tercera línea de los Stormers en el Super Rugby del hemisferio sur y llegar a la selección de Sudáfrica.

Cuando Rassie Erasmus accedió al puesto de seleccionador del país en 2018 para cambiar en poco más de un año a un equipo perdido y convertirlo en campeón, tomó una decisión histórica: Kolisi se convirtió en el primer capitán negro de los springboks. El capitán de un equipo que, en la final del Mundial contra Inglaterra, contaba con mitad y mitad de personas que, por razones raciales, ni siquiera habrían podido sentarse en el mismo banco no hace tanto tiempo. 

Las palabras de Siya Kolisi tras levantar al cielo de Yokohama el trofeo Webb Ellis como campeón del mundo también fueron inspiradoras para un país. Otro de esos gestos simbólicos, que por sí solos no sirven para arreglar los problemas de nadie, pero sí permiten concienciar, saber que, unidos, es posible cambiar las cosas. Y esta es la fuerza del deporte, del rugby, que más allá de resultados, hay que saber valorar

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