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El cuento de nunca aca’var’

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 12-02-2019

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Que el Atlético no mereciera ganar el derbi por méritos propios y que el Atlético mereciera perder el partido por el buen hacer del rival son cosas muy distintas. Y es que, los de Simeone mostraron su versión pobre y menos esperable, erráticos en el pase, débiles en el cuerpo a cuerpo y flojos en todas las áreas del campo. Su superioridad duró lo que aguantó el arreón inicial, apenas quince minutos donde el Real Madrid, quién sabe si aturdido por una lluvia de peluches sobre su portero o por el colorido de una grada que de rojiblanca gana enteros (ya podrían haberlo pensado a la hora de hacer los asientos) aún no había entrado en calor. Tampoco fue nada del otro jueves lo que plantearon los muchachos de Solari para llevarse un partido en el que, si bien no cometieron los errores que sí hizo su rival, no destacaron por nada sumamente excelso.

Hubo un tiempo en que uno, cuando pensó que la tecnología iba a entrar a formar parte del día a día futbolístico, pensó que podía funcionar como suele hacerlo en la NFL o como el ojo de halcón en el tenis. Tampoco duró mucho. El VAR, como herramienta, bien. Ahora, los que lo aplican… Hay aún mucho por pulir para no seguir viendo errores de bulto, como un gol en posición legal anulado. Ni qué decir de una falta que no lo es y acaba en gol.

Y ahí es donde entra la exigencia de unos muchos con poca voz: que apliquen bien el VAR o que lo quiten. Antes, cuando no existía la tecnología, el árbitro, humano, se podía equivocar. Ahora, el hecho de que trencilla y tecnología acaben por determinar algo totalmente contrario a lo que ha pasado, le da a uno la sensación de sentirse no solo perjudicado, sino humillado. Vamos, robado con premeditación y alevosía. Porque ahora, gracias al VAR, ya no es el árbitro el que puede equivocarse solo, ahora el error lo cometen árbitro y VAR.

Hemos visto penaltis escandalosos no señalados, goles anulados por toquecitos en campo propio o goles con más de dos metros de fuera de juego. Hemos visto jugadores que se van expulsados por doble amarilla cuando en una de las dos infracciones él ha sido el derribado y no el infractor y hemos visto cómo árbitros autoritarios son reacios a ir a mirar el monitor con tal de conservar una visión que han tenido a más de 40 metros. No entro a valorar los supuestos en los que puede actuar la maquinita, porque se me hacen escasos.

El truco de la interpretación que se han sacado de la manga bien sirve para justificar cualquier jugada. Menganito estaba tres mil millones de kilómetros en fuera de juego pero como Fulanito ha ido primero a por el balón, aunque no lo toque, se interpreta que son jugadas distintas. Y tragamos, como con todo. Esa interpretación, por cierto, ya ha sido bautizada también como espíritu. Hay que entender el “espíritu del VAR”, sin importar que el eso acabe llevando a la justicia cualquier acción.

No es culpa del VAR que Giménez cometa una locura a pocos centímetros del área. El uruguayo, que no estuvo bien, consideró que una falta al borde del área era mejor a que Vinicius ganara la línea de fondo. Pero sí lo es que, sin una sola toma donde el charrúa toca al brasileño dentro del área el colegiado señale los once metros. Es posible que haya roce entre los dos dentro del área mientras Vinicius ya está cayendo por una falta que se ha cometido antes. Pero de ahí a decir que le toca dentro… Tampoco lo es que Morata, en un gol en el que es imposible decidir si es fuera de juego o no siquiera con las repeticiones de la televisión, vea al linier levantar el banderín. La tecnología más avanzada, la que tira líneas milimétricas, dice que el gol es legal, pero el Atleti se quedó sin él. Y es que en caso de duda no se pita. A no ser que se pite.  

Luego está el hecho de que el colegiado, que decidió señalar como falta cualquier toquecito durante el partido, dejara seguir en el choque de Correa y Vinicius que acabó en gol de Griezmann. Puede que en cualquier partido esa acción no sea falta, pero el sábado, según estaba el listón arbitral, la falta es bastante clara. 

Nadie entiende el VAR. Jornada tras jornada, todos los equipos piden explicaciones que nadie quiere dar. Siempre se remite a la charla de principio de temporada que casi todos los clubes piden repetir y hay quienes dicen saberse el reglamento y estar dentro del estamento que no paran de contradecirse. El VAR, su espíritu y la interpretación. La Santa Trinidad que lo ha cambiado todo para que nada cambie. 

El Atlético, que no fue mejor que su rival, tampoco fue peor. No es lógico que, ante una medida que debería acabar con todo tipo de polémica, esta se vea incluso multiplicada. En el mundo en el que la controversia es la salsa de la sociedad, parece que no se puede permitir uno un solo escenario sin debate, sin polémica, sin Fútbol Deluxe. Lo que debería servir para unir está cada día distanciando más. Y así, el Atlético, que no estaba haciendo nada de otro mundo pero que ahí estaba molestando, se ha visto otra vez con la miel en los labios. El cuento de nunca acaVAR.

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Que el Atlético no mereciera ganar el derbi por méritos propios y que el Atlético mereciera perder el partido por el buen hacer del rival son cosas muy distintas. Y es que, los de Simeone mostraron su versión pobre y menos esperable, erráticos en el pase, débiles en el cuerpo a cuerpo y flojos en todas las áreas del campo. Su superioridad duró lo que aguantó el arreón inicial, apenas quince minutos donde el Real Madrid, quién sabe si aturdido por una lluvia de peluches sobre su portero o por el colorido de una grada que de rojiblanca gana enteros (ya podrían haberlo pensado a la hora de hacer los asientos) aún no había entrado en calor. Tampoco fue nada del otro jueves lo que plantearon los muchachos de Solari para llevarse un partido en el que, si bien no cometieron los errores que sí hizo su rival, no destacaron por nada sumamente excelso.

Hubo un tiempo en que uno, cuando pensó que la tecnología iba a entrar a formar parte del día a día futbolístico, pensó que podía funcionar como suele hacerlo en la NFL o como el ojo de halcón en el tenis. Tampoco duró mucho. El VAR, como herramienta, bien. Ahora, los que lo aplican… Hay aún mucho por pulir para no seguir viendo errores de bulto, como un gol en posición legal anulado. Ni qué decir de una falta que no lo es y acaba en gol.

Y ahí es donde entra la exigencia de unos muchos con poca voz: que apliquen bien el VAR o que lo quiten. Antes, cuando no existía la tecnología, el árbitro, humano, se podía equivocar. Ahora, el hecho de que trencilla y tecnología acaben por determinar algo totalmente contrario a lo que ha pasado, le da a uno la sensación de sentirse no solo perjudicado, sino humillado. Vamos, robado con premeditación y alevosía. Porque ahora, gracias al VAR, ya no es el árbitro el que puede equivocarse solo, ahora el error lo cometen árbitro y VAR.

Hemos visto penaltis escandalosos no señalados, goles anulados por toquecitos en campo propio o goles con más de dos metros de fuera de juego. Hemos visto jugadores que se van expulsados por doble amarilla cuando en una de las dos infracciones él ha sido el derribado y no el infractor y hemos visto cómo árbitros autoritarios son reacios a ir a mirar el monitor con tal de conservar una visión que han tenido a más de 40 metros. No entro a valorar los supuestos en los que puede actuar la maquinita, porque se me hacen escasos.

El truco de la interpretación que se han sacado de la manga bien sirve para justificar cualquier jugada. Menganito estaba tres mil millones de kilómetros en fuera de juego pero como Fulanito ha ido primero a por el balón, aunque no lo toque, se interpreta que son jugadas distintas. Y tragamos, como con todo. Esa interpretación, por cierto, ya ha sido bautizada también como espíritu. Hay que entender el “espíritu del VAR”, sin importar que el eso acabe llevando a la justicia cualquier acción.

No es culpa del VAR que Giménez cometa una locura a pocos centímetros del área. El uruguayo, que no estuvo bien, consideró que una falta al borde del área era mejor a que Vinicius ganara la línea de fondo. Pero sí lo es que, sin una sola toma donde el charrúa toca al brasileño dentro del área el colegiado señale los once metros. Es posible que haya roce entre los dos dentro del área mientras Vinicius ya está cayendo por una falta que se ha cometido antes. Pero de ahí a decir que le toca dentro… Tampoco lo es que Morata, en un gol en el que es imposible decidir si es fuera de juego o no siquiera con las repeticiones de la televisión, vea al linier levantar el banderín. La tecnología más avanzada, la que tira líneas milimétricas, dice que el gol es legal, pero el Atleti se quedó sin él. Y es que en caso de duda no se pita. A no ser que se pite.  

Luego está el hecho de que el colegiado, que decidió señalar como falta cualquier toquecito durante el partido, dejara seguir en el choque de Correa y Vinicius que acabó en gol de Griezmann. Puede que en cualquier partido esa acción no sea falta, pero el sábado, según estaba el listón arbitral, la falta es bastante clara. 

Nadie entiende el VAR. Jornada tras jornada, todos los equipos piden explicaciones que nadie quiere dar. Siempre se remite a la charla de principio de temporada que casi todos los clubes piden repetir y hay quienes dicen saberse el reglamento y estar dentro del estamento que no paran de contradecirse. El VAR, su espíritu y la interpretación. La Santa Trinidad que lo ha cambiado todo para que nada cambie. 

El Atlético, que no fue mejor que su rival, tampoco fue peor. No es lógico que, ante una medida que debería acabar con todo tipo de polémica, esta se vea incluso multiplicada. En el mundo en el que la controversia es la salsa de la sociedad, parece que no se puede permitir uno un solo escenario sin debate, sin polémica, sin Fútbol Deluxe. Lo que debería servir para unir está cada día distanciando más. Y así, el Atlético, que no estaba haciendo nada de otro mundo pero que ahí estaba molestando, se ha visto otra vez con la miel en los labios. El cuento de nunca acaVAR.

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