_Alemania

El consuelo del bronce

Juanma Perera @juanmaHumilAfic 15-07-2018

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El
partido por el tercer y cuarto puesto, el que nadie quiere disputar en un
Mundial, porque jugarlo, significa que has perdido tus opciones de estar en la final.
Que lo juegas, tras haber caído en el último paso antes de poder optar a la
gloria. En resumen, que la del tercer y cuarto puesto es la final del consuelo,
la de los perdedores, la lucha por el premio de bronce. A ella llegaron, en
esta ocasión, dos selecciones que se conocen muy bien, Bélgica e Inglaterra.
Una que ya tiene el título de campeona en sus vitrinas contra otra que, tras
años de intentos fallidos, por fin llegó a optar a cosas importantes, pero se
quedó a las puertas. Y es que no era la primera vez que se veían las caras en
tierras rusas. Hace unas dos semanas, ambas selecciones cerraban su grupo
luchando por la 1ª plaza, tras haber salido ganadores de sus duelos ante Panamá
y Túnez. El que ganara, se iría por el lado complicado del cuadro y el
derrotado, por el lado más fácil, por llamarlo de alguna manera. Tanto
Southgate como Roberto Martínez dejaron en las alineaciones a dos de sus
teóricos titulares, para darles minutos a los que no habían participado antes.

Aquella
decisión no es que sentara muy bien a los aficionados en general, pero siendo
un torneo de un mes y teniendo cada seleccionador a 23 jugadores en su
plantilla, lo lógico era poder utilizarlos a todos y, en ese caso, con la
clasificación ya conseguida para las eliminatorias, nada tenían que perder. En
aquella ocasión ganó Bélgica, como también lo hiciera en esta final de pega, la
que cuando empieza el torneo, nadie quiere disputar, a no ser que sea una
selección menor que no se ha visto en algo parecido a lo largo de su historia.
Bélgica no es menor, pero esta final le iba a servir para intentar superar su
mejor clasificación en un Mundial, el 4º puesto conseguido en México, en 1986,
la época en la que coincidió la otra gran generación de jugadores belgas. Los
actuales tenían la oportunidad de mejorar lo conseguido por históricos como
Scifo, Pfaff, Ceulemans, Gerets y compañía. Para los belgas era más que una
final de consolación, un alivio. El alivio de no quedarse estancados. De
comprobar que, esta vez sí, podían hacer algo importante. Y con la caída de
muchas de las grandes potencias actuales, la de Martínez y Henry se fue, poco a
poco, convirtiendo en una de las favoritas, pero se topó con Francia.

Y en
el otro lado, Inglaterra, que tiene una estrella en su escudo por haber ganado
el Mundial de 1966 y que, su mejor puesto quitando ese, había sido el
conseguido en 1990. Una selección que finalizó el torneo con tantas derrotas
como los países peor clasificados en la competición, pero que rozó el podio y
se quedó sin final por culpa de una prórroga, que forzaron los croatas.
Inglaterra siempre está ahí, aunque nunca lo demuestre. En esta ocasión, con
una de las selecciones más jóvenes de la competición acabaron sufriendo por
partida doble. Por un lado, terminar jugando por el tercer puesto y no en la
final; por otro, haber perdido, de nuevo con Bélgica, esa final para
perdedores, la lucha por el bronce. Y eso que tenían a Harry Kane, ganador de
la Bota de Oro, el único premio que se han llevado los ingleses en este torneo.

En
tierras británicas y belgas tienen que estar contentos. Sus dos combinados
nacionales estuvieron luchando hasta el penúltimo día de competición. Se
quedaron cerca del ansiado último partido. Con todo lo bueno sobre el campo, el
encuentro empezó con un gol tempranero, por parte de Meunier. El poderío belga
a la hora de hacer las contras se puso de manifiesto muy pronto. Y así jugaron
todo el partido, como ya lo habían hecho durante todo el campeonato. Inglaterra
tuvo sus opciones y lo intentó de muchas maneras, siendo una de Dier la más
clara, que despejó Alderweireld, compañero de equipo, sobre la misma línea de
gol. El marcador se cerró con un tanto de Eden Hazard. Lo estaban acariciando,
se iban a convertir en la mejor selección de Bélgica en la historia de los
Mundiales, aunque eso les sirviera, solamente, para ganar la mal llamada ‘final
de consolación’. Mal llamada porque no es un consuelo para nadie. En muchas
ocasiones, más que un consuelo, es un marrón, pero hay que jugarla. Aunque eran
los mismos rivales que el pasado 28 de junio, lo que estaba en juego era otra
cosa. Lo que se jugaban Bélgica e Inglaterra era la honra de ganar la final de
los olvidados, un triunfo si la ganas y días perdidos si la pierdes.

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El
partido por el tercer y cuarto puesto, el que nadie quiere disputar en un
Mundial, porque jugarlo, significa que has perdido tus opciones de estar en la final.
Que lo juegas, tras haber caído en el último paso antes de poder optar a la
gloria. En resumen, que la del tercer y cuarto puesto es la final del consuelo,
la de los perdedores, la lucha por el premio de bronce. A ella llegaron, en
esta ocasión, dos selecciones que se conocen muy bien, Bélgica e Inglaterra.
Una que ya tiene el título de campeona en sus vitrinas contra otra que, tras
años de intentos fallidos, por fin llegó a optar a cosas importantes, pero se
quedó a las puertas. Y es que no era la primera vez que se veían las caras en
tierras rusas. Hace unas dos semanas, ambas selecciones cerraban su grupo
luchando por la 1ª plaza, tras haber salido ganadores de sus duelos ante Panamá
y Túnez. El que ganara, se iría por el lado complicado del cuadro y el
derrotado, por el lado más fácil, por llamarlo de alguna manera. Tanto
Southgate como Roberto Martínez dejaron en las alineaciones a dos de sus
teóricos titulares, para darles minutos a los que no habían participado antes.

Aquella
decisión no es que sentara muy bien a los aficionados en general, pero siendo
un torneo de un mes y teniendo cada seleccionador a 23 jugadores en su
plantilla, lo lógico era poder utilizarlos a todos y, en ese caso, con la
clasificación ya conseguida para las eliminatorias, nada tenían que perder. En
aquella ocasión ganó Bélgica, como también lo hiciera en esta final de pega, la
que cuando empieza el torneo, nadie quiere disputar, a no ser que sea una
selección menor que no se ha visto en algo parecido a lo largo de su historia.
Bélgica no es menor, pero esta final le iba a servir para intentar superar su
mejor clasificación en un Mundial, el 4º puesto conseguido en México, en 1986,
la época en la que coincidió la otra gran generación de jugadores belgas. Los
actuales tenían la oportunidad de mejorar lo conseguido por históricos como
Scifo, Pfaff, Ceulemans, Gerets y compañía. Para los belgas era más que una
final de consolación, un alivio. El alivio de no quedarse estancados. De
comprobar que, esta vez sí, podían hacer algo importante. Y con la caída de
muchas de las grandes potencias actuales, la de Martínez y Henry se fue, poco a
poco, convirtiendo en una de las favoritas, pero se topó con Francia.

Y en
el otro lado, Inglaterra, que tiene una estrella en su escudo por haber ganado
el Mundial de 1966 y que, su mejor puesto quitando ese, había sido el
conseguido en 1990. Una selección que finalizó el torneo con tantas derrotas
como los países peor clasificados en la competición, pero que rozó el podio y
se quedó sin final por culpa de una prórroga, que forzaron los croatas.
Inglaterra siempre está ahí, aunque nunca lo demuestre. En esta ocasión, con
una de las selecciones más jóvenes de la competición acabaron sufriendo por
partida doble. Por un lado, terminar jugando por el tercer puesto y no en la
final; por otro, haber perdido, de nuevo con Bélgica, esa final para
perdedores, la lucha por el bronce. Y eso que tenían a Harry Kane, ganador de
la Bota de Oro, el único premio que se han llevado los ingleses en este torneo.

En
tierras británicas y belgas tienen que estar contentos. Sus dos combinados
nacionales estuvieron luchando hasta el penúltimo día de competición. Se
quedaron cerca del ansiado último partido. Con todo lo bueno sobre el campo, el
encuentro empezó con un gol tempranero, por parte de Meunier. El poderío belga
a la hora de hacer las contras se puso de manifiesto muy pronto. Y así jugaron
todo el partido, como ya lo habían hecho durante todo el campeonato. Inglaterra
tuvo sus opciones y lo intentó de muchas maneras, siendo una de Dier la más
clara, que despejó Alderweireld, compañero de equipo, sobre la misma línea de
gol. El marcador se cerró con un tanto de Eden Hazard. Lo estaban acariciando,
se iban a convertir en la mejor selección de Bélgica en la historia de los
Mundiales, aunque eso les sirviera, solamente, para ganar la mal llamada ‘final
de consolación’. Mal llamada porque no es un consuelo para nadie. En muchas
ocasiones, más que un consuelo, es un marrón, pero hay que jugarla. Aunque eran
los mismos rivales que el pasado 28 de junio, lo que estaba en juego era otra
cosa. Lo que se jugaban Bélgica e Inglaterra era la honra de ganar la final de
los olvidados, un triunfo si la ganas y días perdidos si la pierdes.

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