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El chico de los recados

Diego G. Argota @Diego21Garcia 14-05-2019

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Cuando
tenía 15 y 16 años, jugaba con aquellos que le doblaban en experiencia y que
por edad podían ser su padre en el fútbol de Segunda B y Tercera.
Centrocampista todoterreno, su potente carrocería a esa edad pero su falta de partidos
en la élite le hicieron tener que jugar sus primeros duelos zafándose con
defensas. Y es que Saúl Ñíguez jugó un puñado de encuentros en el Atleti B como
segundo delantero e incluso, por momentos, como hombre más adelantado en una
posición que jamás había probado.

Cuando
yo era pequeño pensaba que un jugador polivalente era aquel que no destacaba en
ningún puesto y que era utilizado como comodín en posiciones en las que nunca
brillaría. Hacía de menos a ese jugador que era capaz de abarcar todo. Me
equivocaba, mucho.

A Saúl
siempre se le vio ser un jugador distinto. Útil, versátil, capaz de todo.
Simeone vio eso desde el primer día y por eso, con apenas 17 años, le hizo
debutar con el primer equipo del Atleti. Fue en competición europea y en una eliminatoria
ante el Besiktas de una Europa League que acabaría siendo el primer título de
su palmarés y el primero de Simeone como entrenador en el Atlético.

La
conexión fue total, pero Simeone, sabedor de que es el ilicitano un jugador de
brega, de hacerse a base de errores y golpes que da la vida, prefirió que se
acabara formando como jugador en un equipo que le pudiera brindar los 30 o 40
partidos que en el Atlético no podía disputar por nivel de la plantilla y falta
de experiencia. Puede que, si se hubiera quedado ese año, tras estar casi otro
entero entre el banquillo y la grada, hubiera incluso tirado la puerta abajo.

Saúl
dio un último toque de cocción en el Rayo Vallecano, y lo hizo jugando la mitad
de los partidos como central en un equipo que solo entendía el fútbol de toque
desde atrás. Saúl, mediapunta llegador, jugador más de fuerza que de control,
estaba en un equipo con tremendos problemas de resultados jugando como zaguero
y con el balón quemándole en los pies cada dos por tres. Un sobresaliente en
una nueva demarcación en la que jamás había imaginado jugar.

Tras un
año dificilísimo, el Rayo acabó en mitad de tabla, aunque a cuatro puntos del
descenso, y el Atlético fue campeón de Liga. Y Simeone recuperaba a un soldado
para revalidar todo lo que había logrado y para asaltar aquello que se le
resistía. A base de esfuerzo y sacrificio, Saúl ha jugado en el Atleti de todo
menos de portero. Ha sido capaz de adaptarse a todo lo que se le ha pedido, e
incluso ha llegado a jugar poniendo en riesgo su salud. Ha estado dos años
jugando partidos con un catéter, orinando sangre, e incluso le pidió al doctor
que le quitara un riñón para poder jugar el domingo siguiente.

Obvio,
donde más ha destacado, ha sido jugando como interior, con libertad. Así fabricó
un gol de dibujos animados contra el Bayern de Múnich, así ajustició al
Barcelona con varios zarpazos, así enganchó una chilena ante Casillas directa
al Fondo Sur del Calderón y así eliminó al Leicester de la Champions. Porque ha
sido, el pequeño de la saga de los Ñíguez, un jugador esencial para los
partidos a vida o muerte. Siempre en el momento idóneo. Saúl era el rey de las
eliminatorias. Ese que se inventaba un pase con el exterior, digno del FIFA,
para que Griezmann marcara.

Por
eso, Luis Enrique le ha sabido sacar el máximo rendimiento. Si bien a veces se
le ha considerado el heredero natural de Busquets, donde iba sobrado en
categorías inferiores por su superioridad física ante sus iguales, ha sido en
posiciones más adelantadas donde con la selección absoluta, tras el Mundial,
reventó los titulares.

Y
quizás esa amplitud de virtudes donde es seriamente notable e incluso
sobresaliente, le ha impedido ser matrícula de honor en ninguna asignatura en
particular pero le ha hecho ser el favorito de la clase para el profesor.
Porque en una temporada en la que los rojiblancos acumulan más de 50 lesiones y
casi todas musculares, que debe ser algún tipo de récord si miramos el
Guinness, Saúl, que solo ha caído en combate en dos ocasiones, ha tenido que
hacer de chico de los recados para el técnico argentino.

Hoy, de
mediocentro con libertad, mañana de pivote posicional, el fin de semana que
viene de interior izquierdo, en Champions de interior derecho y no te resfríes,
que el sábado vas a jugar de lateral izquierdo. ¿Cómo llevas lo de central?
Esta temporada, salvo bajo palos, de delantero puro y de lateral derecho, Saúl
ha jugado de todo. En muchos partidos, además, ha tenido que ir mutando de
posición dos y tres veces por encuentro, con la dificultad de asimilar
registros que eso conlleva, con el intercambio de marcas y de nombres y con un
caos infernal en la cabeza. Y no ha desentonado en ninguna, aunque en el clamor
popular se haya quedado que no ha metido goles tras regatearse a siete
adversarios y poner el balón en la escuadra.

Hay
quien comenta, quien dice, que su temporada no es acorde a su cartel. Y ante el
sanedrín de ofertas en esta burbuja económica, su cláusula de tres cifras y el
runrún de la proximidad del Manchester City de turno dispuesto a sacar la
chequera, hacen que el aficionado, creyéndose que puede encontrar un jugador
mejor en el mercado a un precio de mercadillo, esté atando el nudo al lazo y
ofreciéndose de Uber para llevar al jugador al aeropuerto.

Y el
caso es que Saúl, que firmó un contrato de nueve años hasta 2026, no parece
tener ninguna intención de irse. Su entrenador, que en tres temporadas solo le
ha dejado en tres ocasiones sin minutos estando disponible, no parece querer
dejar de contar con él. No sea que un día vaya a lesionarse Oblak.

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Cuando
tenía 15 y 16 años, jugaba con aquellos que le doblaban en experiencia y que
por edad podían ser su padre en el fútbol de Segunda B y Tercera.
Centrocampista todoterreno, su potente carrocería a esa edad pero su falta de partidos
en la élite le hicieron tener que jugar sus primeros duelos zafándose con
defensas. Y es que Saúl Ñíguez jugó un puñado de encuentros en el Atleti B como
segundo delantero e incluso, por momentos, como hombre más adelantado en una
posición que jamás había probado.

Cuando
yo era pequeño pensaba que un jugador polivalente era aquel que no destacaba en
ningún puesto y que era utilizado como comodín en posiciones en las que nunca
brillaría. Hacía de menos a ese jugador que era capaz de abarcar todo. Me
equivocaba, mucho.

A Saúl
siempre se le vio ser un jugador distinto. Útil, versátil, capaz de todo.
Simeone vio eso desde el primer día y por eso, con apenas 17 años, le hizo
debutar con el primer equipo del Atleti. Fue en competición europea y en una eliminatoria
ante el Besiktas de una Europa League que acabaría siendo el primer título de
su palmarés y el primero de Simeone como entrenador en el Atlético.

La
conexión fue total, pero Simeone, sabedor de que es el ilicitano un jugador de
brega, de hacerse a base de errores y golpes que da la vida, prefirió que se
acabara formando como jugador en un equipo que le pudiera brindar los 30 o 40
partidos que en el Atlético no podía disputar por nivel de la plantilla y falta
de experiencia. Puede que, si se hubiera quedado ese año, tras estar casi otro
entero entre el banquillo y la grada, hubiera incluso tirado la puerta abajo.

Saúl
dio un último toque de cocción en el Rayo Vallecano, y lo hizo jugando la mitad
de los partidos como central en un equipo que solo entendía el fútbol de toque
desde atrás. Saúl, mediapunta llegador, jugador más de fuerza que de control,
estaba en un equipo con tremendos problemas de resultados jugando como zaguero
y con el balón quemándole en los pies cada dos por tres. Un sobresaliente en
una nueva demarcación en la que jamás había imaginado jugar.

Tras un
año dificilísimo, el Rayo acabó en mitad de tabla, aunque a cuatro puntos del
descenso, y el Atlético fue campeón de Liga. Y Simeone recuperaba a un soldado
para revalidar todo lo que había logrado y para asaltar aquello que se le
resistía. A base de esfuerzo y sacrificio, Saúl ha jugado en el Atleti de todo
menos de portero. Ha sido capaz de adaptarse a todo lo que se le ha pedido, e
incluso ha llegado a jugar poniendo en riesgo su salud. Ha estado dos años
jugando partidos con un catéter, orinando sangre, e incluso le pidió al doctor
que le quitara un riñón para poder jugar el domingo siguiente.

Obvio,
donde más ha destacado, ha sido jugando como interior, con libertad. Así fabricó
un gol de dibujos animados contra el Bayern de Múnich, así ajustició al
Barcelona con varios zarpazos, así enganchó una chilena ante Casillas directa
al Fondo Sur del Calderón y así eliminó al Leicester de la Champions. Porque ha
sido, el pequeño de la saga de los Ñíguez, un jugador esencial para los
partidos a vida o muerte. Siempre en el momento idóneo. Saúl era el rey de las
eliminatorias. Ese que se inventaba un pase con el exterior, digno del FIFA,
para que Griezmann marcara.

Por
eso, Luis Enrique le ha sabido sacar el máximo rendimiento. Si bien a veces se
le ha considerado el heredero natural de Busquets, donde iba sobrado en
categorías inferiores por su superioridad física ante sus iguales, ha sido en
posiciones más adelantadas donde con la selección absoluta, tras el Mundial,
reventó los titulares.

Y
quizás esa amplitud de virtudes donde es seriamente notable e incluso
sobresaliente, le ha impedido ser matrícula de honor en ninguna asignatura en
particular pero le ha hecho ser el favorito de la clase para el profesor.
Porque en una temporada en la que los rojiblancos acumulan más de 50 lesiones y
casi todas musculares, que debe ser algún tipo de récord si miramos el
Guinness, Saúl, que solo ha caído en combate en dos ocasiones, ha tenido que
hacer de chico de los recados para el técnico argentino.

Hoy, de
mediocentro con libertad, mañana de pivote posicional, el fin de semana que
viene de interior izquierdo, en Champions de interior derecho y no te resfríes,
que el sábado vas a jugar de lateral izquierdo. ¿Cómo llevas lo de central?
Esta temporada, salvo bajo palos, de delantero puro y de lateral derecho, Saúl
ha jugado de todo. En muchos partidos, además, ha tenido que ir mutando de
posición dos y tres veces por encuentro, con la dificultad de asimilar
registros que eso conlleva, con el intercambio de marcas y de nombres y con un
caos infernal en la cabeza. Y no ha desentonado en ninguna, aunque en el clamor
popular se haya quedado que no ha metido goles tras regatearse a siete
adversarios y poner el balón en la escuadra.

Hay
quien comenta, quien dice, que su temporada no es acorde a su cartel. Y ante el
sanedrín de ofertas en esta burbuja económica, su cláusula de tres cifras y el
runrún de la proximidad del Manchester City de turno dispuesto a sacar la
chequera, hacen que el aficionado, creyéndose que puede encontrar un jugador
mejor en el mercado a un precio de mercadillo, esté atando el nudo al lazo y
ofreciéndose de Uber para llevar al jugador al aeropuerto.

Y el
caso es que Saúl, que firmó un contrato de nueve años hasta 2026, no parece
tener ninguna intención de irse. Su entrenador, que en tres temporadas solo le
ha dejado en tres ocasiones sin minutos estando disponible, no parece querer
dejar de contar con él. No sea que un día vaya a lesionarse Oblak.

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