_Inglaterra

El centro Lilleshall, el colegio Hogwarts del fútbol

Al oeste de Inglaterra, en disposición fronteriza con Gales, se encuentra el pueblo de Lilleshall. Históricamente territorio cristiano, sus rocas y preciosos paisajes formaban el entorno idílico para que allí se asentara una de las abadías con más peso del país. Terreno siempre vinculado a la realeza desde que se tiene constancia de él (allá por el siglo XII), fue en 1831 cuando el Duque de Shutherland ordenó que se remodelara la zona y allí se construyera un coto de caza para su uso personal y que sirviera también como finca de descanso familiar. La Duquesa Harriet tomó anotaciones de las mejores construcciones del país y dirigió meticulosamente la rehabilitación de la finca para que todo estuviera decorado a su gusto.

Los 120 kilómetros cuadrados de terreno y su maravillosa construcción hacen del Lilleshall Hall un entorno magnífico para según qué actividades. Por eso, tras pasar por un par de dueños que revendieron los terrenos para alegría de sus bolsillos, en 1966 la Federación Inglesa de Fútbol decidió meter la cabeza en el asunto. Allí entrenó la selección durante semanas, como preparación de la Copa del Mundo que acabarían luego levantando. La única de la que pueden presumir hoy día los inventores del fútbol. Y ese flechazo, mágico, siempre estuvo en la retina de los mandamás de los pross. El equipo de fútbol, eso sí, ya había pasado unos días en Lilleshall en el 58.

El centro se fue cada día renovando, adquiriendo instalaciones a la última, profesionalizándose más y ofreciendo mejores servicios. Allí fueron a entrenar equipos completos de gimnastas y atletas en su preparación para los JJOO, numerosos deportistas lesionados marchaban en busca de un retiro espiritual y de una rehabilitación a conciencia que les devolviera al máximo nivel. Hasta que en 1984, Sir Bobby Robson, técnico de la selección inglesa, tuvo una magnífica idea. Llevar a Lilleshall a los mejores futbolistas jóvenes del país. Así, durante semanas y tras recorrer toda Inglaterra, tras miles y miles de futbolistas evaluados y pruebas desgarradoras para los no elegidos, quedaron seleccionados 16 chicos de 14 años. Iban a pasar dos años internados en Lilleshall, progresando y entrenando con los mejores servicios. El objetivo era claro. Que los mejores entrenaran con los mejores. Juntar manzanas rojas con manzanas rojas para obtener las manzanas más rojas del país.

¿Quién no se ha levantado algún día soñando con recibir en su buzón la carta del colegio Hogwarts con su nombre? Durante 15 años, los críos de Inglaterra se despertaban con esa ilusión, porque Lilleshall era la Hogwarts del fútbol. No había magia, pero era mágico. Al centro se accede por dos puertas doradas que son una réplica exacta de las que hay en el Buckingham Palace y hasta llegar al edificio principal, hay que caminar por dos kilómetros y medio de paraíso ajardinado. «La primera vez que lo vi, pensaba que estaba llegando a una gran mansión», señala Jamie Carragher. «La casa es exactamente igual que el colegio Hogwarts de Harry Potter en las películas», añade Danny Webber, quien llegó a debutar con el Manchester United antes de labrarse una buena carrera en Segunda División. «Lilleshall es la Hogwarts del fútbol», resume Joey Barton. «Ahora lo ves y te dan ganas de echar un partido de quidditch», dice Sol Campbell.

A Lilleshall llegaron algunos de los mejores jugadores que ha dado Inglaterra hasta su cierre en 1999, cuando los estudios de la Federación determinaron que era mejor que los jugadores crecieran de la mano de sus clubes. Futbolistas como Michael Owen, Jamie Carragher, Phil Jagielka, Joey Barton, Sol Campbell, Joe Cole, Andy Cole, Jermaine Defoe o Gareth Barry pasaron por aquel centro. Otros como Leighton Baines o Frank Lampard se quedaron a las puertas, sin pasar el último corte. Steven Gerrard ha usado ese rechazo que sufrió en la última prueba como estímulo para labrarse una carrera superlativa, para demostrar quién era a aquellos que le rechazaron bajo un lema propio: Fuck Lilleshall. Durante aquellos 15 años pasaron 234 jugadores por el centro deportivo, de los cuales, la gran mayoría se quedó en el camino. Inglaterra buscaba talentos, quería profesionalizar a los jugadores lo antes posible. Por eso, aunque no fuera una categoría oficial, se trataba off the record del equipo más joven de la selección. Los jugadores entrenaban con material de la FA y vestían un mismo uniforme con su escudo.

La convivencia era ambigua, con habitaciones dobles o triples a sorteo. Por las mañanas acudían al colegio más cercano, el Idsall Comprehensive, donde no siempre eran bien recibidos. «Los chicos sentían muchos celos de nosotros, pero nos llevábamos de calle a todas las chicas. Teníamos problemas y alguna vez alguno más serio. Recuerdo un día que un grupo de chicos vino a buscarnos con bates de béisbol y tuvimos que huir», recuerda Michael Owen, probablemente el mejor proyecto de todos los que pasó por allí. Una vez se volvía de las clases, el resto del tiempo se resumía en fútbol.

Los entrenamientos eran de todo tipo. Tan bizarros como poner a los defensas de atacantes y a los atacantes de defensas. Adaptabilidad. En cada generación había un ganador. Los técnicos tomaban notas durante los dos años de pruebas y al final confirmaban quiénes habían sido los mejores. Para conseguir mejorar la concentración había muchas horas de jugar al golf. Para hacer equipo, los chicos tenían horarios estrictos de comidas y se sentaban todos en un mismo grupo en una misma mesa. El lugar era tan tranquilo que a veces era incluso demasiado. «Al principio costaba dormir. Era todo silencio. Mirabas por la ventana y no se veía ni una luz, todo oscuridad», completa Danny Webber.

Pero no todo era color de rosas y es que, a los 14 años, salir de casa no era sencillo. Alan Smith, que luego jugaría en Leeds United, Manchester United o Newcastle, además de ser internacional con Inglaterra, apenas duró dos meses en el centro. La ansiedad y la morriña le ganaron la partida. Owen describía sus primeras semanas como «terroríficas« y el padre de Joe Cole revela que su hijo le llamaba varias veces al día. «Me decía que se volvía, que no aguantaba más. Luego colgaba y a los 10 minutos me volvía a telefonear y me decía que se quedaba, que todo estaba bien». «Era una cárcel elegante. Porque cuando hacías algo mal y te regañaban, estabas solo, encerrado lejísimos de casa y sin poder salir de allí», define Rod Thomas, que jugó para el Watford y llegó a ser internacional Sub21.

No todo era idílico. Los chicos debían cumplir un horario y unas tareas básicas, como en un pelotón militar. Limpiar su ropa, sus botas, recoger su habitación. A las 6.45 de la mañana todos debían estar en pie y a las 7.30 en el salón habituado para el desayuno, para subirse al autobús escolar 15 minutos después. «No había tiempo para aburrirse», admite Webber. Owen, en cambio, va más allá. «Siempre había algo de tiempo para hacer alguna travesura. Pero siempre nos pillaban». El castigo usual era correr el camino hasta la entrada de ida y vuelta antes del desayuno. Eran cinco kilómetros en total. «Tuve que hacerlo una vez de noche, con todo oscuro», completa Webber.

La mayoría de chicos salía de allí pensando que ya tenían el mundo a sus pies. Eran estrellas juveniles que, a sus 16 años, habían formado parte de una selección inglesa juvenil no oficial, que se habían cruzado con el primer equipo de Inglaterra, que solía concentrarse allí. Aquel profesionalismo, alejar a los jugadores del estrellato juvenil, de la fama no merecida, de creerse reyes del mundo pese a ser adolescentes, no había surgido efecto del todo.

En 1999, un informe de Howard Wilkinson, el considerado arquitecto del fútbol moderno inglés, acabó decretando que el centro Lilleshall era contraproducente. Que los jugadores mejoraban más si crecían con sus equipos y no en aquel grupo selecto. De los 234 chicos que pasaron por allí en los 15 años de experimento, solo 12 acabaron como internacionales absolutos con Inglaterra. Hoy, el centro Lilleshall sigue utilizando la extensión de su territorio para el deporte. Considerado un Centro de Alto Rendimiento para los deportistas de élite del país, el terreno también se puede alquilar para equipos deportivos, ya sean amateur o profesionales. El paisaje ajardinado, de cuento de hadas, de historia de JK Rowling, hacen que sea comúnmente utilizado para la celebración de bodas y ceremonias.

Pero más allá de los problemas de adaptación, de lo estricto del planteamiento, de la viabilidad del plan y de su éxito a largo plazo (el porcentaje de jugadores que llegaron al éxito a esas edades no es mejor en las canteras actuales de cada club que de lo que era en Lilleshall), más allá de que a veces fuera una cárcel, un internado o un colegio mayor. Lejos de que no todos los chicos son mentalmente fuertes a esas edades como para no sufrir fuera de casa, la gran mayoría de jugadores que pasó por el centro guarda un grato recuerdo de él. «Salimos de allí siendo hombres», relata Danny Webber. Que Lilleshall era un experimento social que gustaba y beneficiaba se demuestra en las pruebas que se hacían para acudir al centro. Eran auténticos campos de batalla con chicos de 14 años que quisieron dar lo mejor de sí. Todos los jugadores que están ya cerca de la retirada, o los que lo han hecho de manera reciente, pasaron por el centro o soñaron con pasar. Todos se presentaron a las pruebas. Desde Alan Shearer hasta David Beckham, pasando por John Terry o Rio Ferdinand. Porque hubo una época en Inglaterra en la que todos los niños se acostaban con la ilusión de levantarse con su carta de admisión en Lilleshall en el buzón.

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Al oeste de Inglaterra, en disposición fronteriza con Gales, se encuentra el pueblo de Lilleshall. Históricamente territorio cristiano, sus rocas y preciosos paisajes formaban el entorno idílico para que allí se asentara una de las abadías con más peso del país. Terreno siempre vinculado a la realeza desde que se tiene constancia de él (allá por el siglo XII), fue en 1831 cuando el Duque de Shutherland ordenó que se remodelara la zona y allí se construyera un coto de caza para su uso personal y que sirviera también como finca de descanso familiar. La Duquesa Harriet tomó anotaciones de las mejores construcciones del país y dirigió meticulosamente la rehabilitación de la finca para que todo estuviera decorado a su gusto.

Los 120 kilómetros cuadrados de terreno y su maravillosa construcción hacen del Lilleshall Hall un entorno magnífico para según qué actividades. Por eso, tras pasar por un par de dueños que revendieron los terrenos para alegría de sus bolsillos, en 1966 la Federación Inglesa de Fútbol decidió meter la cabeza en el asunto. Allí entrenó la selección durante semanas, como preparación de la Copa del Mundo que acabarían luego levantando. La única de la que pueden presumir hoy día los inventores del fútbol. Y ese flechazo, mágico, siempre estuvo en la retina de los mandamás de los pross. El equipo de fútbol, eso sí, ya había pasado unos días en Lilleshall en el 58.

El centro se fue cada día renovando, adquiriendo instalaciones a la última, profesionalizándose más y ofreciendo mejores servicios. Allí fueron a entrenar equipos completos de gimnastas y atletas en su preparación para los JJOO, numerosos deportistas lesionados marchaban en busca de un retiro espiritual y de una rehabilitación a conciencia que les devolviera al máximo nivel. Hasta que en 1984, Sir Bobby Robson, técnico de la selección inglesa, tuvo una magnífica idea. Llevar a Lilleshall a los mejores futbolistas jóvenes del país. Así, durante semanas y tras recorrer toda Inglaterra, tras miles y miles de futbolistas evaluados y pruebas desgarradoras para los no elegidos, quedaron seleccionados 16 chicos de 14 años. Iban a pasar dos años internados en Lilleshall, progresando y entrenando con los mejores servicios. El objetivo era claro. Que los mejores entrenaran con los mejores. Juntar manzanas rojas con manzanas rojas para obtener las manzanas más rojas del país.

¿Quién no se ha levantado algún día soñando con recibir en su buzón la carta del colegio Hogwarts con su nombre? Durante 15 años, los críos de Inglaterra se despertaban con esa ilusión, porque Lilleshall era la Hogwarts del fútbol. No había magia, pero era mágico. Al centro se accede por dos puertas doradas que son una réplica exacta de las que hay en el Buckingham Palace y hasta llegar al edificio principal, hay que caminar por dos kilómetros y medio de paraíso ajardinado. «La primera vez que lo vi, pensaba que estaba llegando a una gran mansión», señala Jamie Carragher. «La casa es exactamente igual que el colegio Hogwarts de Harry Potter en las películas», añade Danny Webber, quien llegó a debutar con el Manchester United antes de labrarse una buena carrera en Segunda División. «Lilleshall es la Hogwarts del fútbol», resume Joey Barton. «Ahora lo ves y te dan ganas de echar un partido de quidditch», dice Sol Campbell.

A Lilleshall llegaron algunos de los mejores jugadores que ha dado Inglaterra hasta su cierre en 1999, cuando los estudios de la Federación determinaron que era mejor que los jugadores crecieran de la mano de sus clubes. Futbolistas como Michael Owen, Jamie Carragher, Phil Jagielka, Joey Barton, Sol Campbell, Joe Cole, Andy Cole, Jermaine Defoe o Gareth Barry pasaron por aquel centro. Otros como Leighton Baines o Frank Lampard se quedaron a las puertas, sin pasar el último corte. Steven Gerrard ha usado ese rechazo que sufrió en la última prueba como estímulo para labrarse una carrera superlativa, para demostrar quién era a aquellos que le rechazaron bajo un lema propio: Fuck Lilleshall. Durante aquellos 15 años pasaron 234 jugadores por el centro deportivo, de los cuales, la gran mayoría se quedó en el camino. Inglaterra buscaba talentos, quería profesionalizar a los jugadores lo antes posible. Por eso, aunque no fuera una categoría oficial, se trataba off the record del equipo más joven de la selección. Los jugadores entrenaban con material de la FA y vestían un mismo uniforme con su escudo.

La convivencia era ambigua, con habitaciones dobles o triples a sorteo. Por las mañanas acudían al colegio más cercano, el Idsall Comprehensive, donde no siempre eran bien recibidos. «Los chicos sentían muchos celos de nosotros, pero nos llevábamos de calle a todas las chicas. Teníamos problemas y alguna vez alguno más serio. Recuerdo un día que un grupo de chicos vino a buscarnos con bates de béisbol y tuvimos que huir», recuerda Michael Owen, probablemente el mejor proyecto de todos los que pasó por allí. Una vez se volvía de las clases, el resto del tiempo se resumía en fútbol.

Los entrenamientos eran de todo tipo. Tan bizarros como poner a los defensas de atacantes y a los atacantes de defensas. Adaptabilidad. En cada generación había un ganador. Los técnicos tomaban notas durante los dos años de pruebas y al final confirmaban quiénes habían sido los mejores. Para conseguir mejorar la concentración había muchas horas de jugar al golf. Para hacer equipo, los chicos tenían horarios estrictos de comidas y se sentaban todos en un mismo grupo en una misma mesa. El lugar era tan tranquilo que a veces era incluso demasiado. «Al principio costaba dormir. Era todo silencio. Mirabas por la ventana y no se veía ni una luz, todo oscuridad», completa Danny Webber.

Pero no todo era color de rosas y es que, a los 14 años, salir de casa no era sencillo. Alan Smith, que luego jugaría en Leeds United, Manchester United o Newcastle, además de ser internacional con Inglaterra, apenas duró dos meses en el centro. La ansiedad y la morriña le ganaron la partida. Owen describía sus primeras semanas como «terroríficas« y el padre de Joe Cole revela que su hijo le llamaba varias veces al día. «Me decía que se volvía, que no aguantaba más. Luego colgaba y a los 10 minutos me volvía a telefonear y me decía que se quedaba, que todo estaba bien». «Era una cárcel elegante. Porque cuando hacías algo mal y te regañaban, estabas solo, encerrado lejísimos de casa y sin poder salir de allí», define Rod Thomas, que jugó para el Watford y llegó a ser internacional Sub21.

No todo era idílico. Los chicos debían cumplir un horario y unas tareas básicas, como en un pelotón militar. Limpiar su ropa, sus botas, recoger su habitación. A las 6.45 de la mañana todos debían estar en pie y a las 7.30 en el salón habituado para el desayuno, para subirse al autobús escolar 15 minutos después. «No había tiempo para aburrirse», admite Webber. Owen, en cambio, va más allá. «Siempre había algo de tiempo para hacer alguna travesura. Pero siempre nos pillaban». El castigo usual era correr el camino hasta la entrada de ida y vuelta antes del desayuno. Eran cinco kilómetros en total. «Tuve que hacerlo una vez de noche, con todo oscuro», completa Webber.

La mayoría de chicos salía de allí pensando que ya tenían el mundo a sus pies. Eran estrellas juveniles que, a sus 16 años, habían formado parte de una selección inglesa juvenil no oficial, que se habían cruzado con el primer equipo de Inglaterra, que solía concentrarse allí. Aquel profesionalismo, alejar a los jugadores del estrellato juvenil, de la fama no merecida, de creerse reyes del mundo pese a ser adolescentes, no había surgido efecto del todo.

En 1999, un informe de Howard Wilkinson, el considerado arquitecto del fútbol moderno inglés, acabó decretando que el centro Lilleshall era contraproducente. Que los jugadores mejoraban más si crecían con sus equipos y no en aquel grupo selecto. De los 234 chicos que pasaron por allí en los 15 años de experimento, solo 12 acabaron como internacionales absolutos con Inglaterra. Hoy, el centro Lilleshall sigue utilizando la extensión de su territorio para el deporte. Considerado un Centro de Alto Rendimiento para los deportistas de élite del país, el terreno también se puede alquilar para equipos deportivos, ya sean amateur o profesionales. El paisaje ajardinado, de cuento de hadas, de historia de JK Rowling, hacen que sea comúnmente utilizado para la celebración de bodas y ceremonias.

Pero más allá de los problemas de adaptación, de lo estricto del planteamiento, de la viabilidad del plan y de su éxito a largo plazo (el porcentaje de jugadores que llegaron al éxito a esas edades no es mejor en las canteras actuales de cada club que de lo que era en Lilleshall), más allá de que a veces fuera una cárcel, un internado o un colegio mayor. Lejos de que no todos los chicos son mentalmente fuertes a esas edades como para no sufrir fuera de casa, la gran mayoría de jugadores que pasó por el centro guarda un grato recuerdo de él. «Salimos de allí siendo hombres», relata Danny Webber. Que Lilleshall era un experimento social que gustaba y beneficiaba se demuestra en las pruebas que se hacían para acudir al centro. Eran auténticos campos de batalla con chicos de 14 años que quisieron dar lo mejor de sí. Todos los jugadores que están ya cerca de la retirada, o los que lo han hecho de manera reciente, pasaron por el centro o soñaron con pasar. Todos se presentaron a las pruebas. Desde Alan Shearer hasta David Beckham, pasando por John Terry o Rio Ferdinand. Porque hubo una época en Inglaterra en la que todos los niños se acostaban con la ilusión de levantarse con su carta de admisión en Lilleshall en el buzón.

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