_Valencia

El campeón de las adversidades

Domingo Ortiz @Domingortiz 06-06-2019

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Once años de crueldad.
Más de una década de inclemencia, destemplanza y austeridad. Demasiado daño por
el camino con temporadas improcedentes que mostraron el abismo. Ese es el
tiempo que ha tenido que pasar el Valencia para volver a pisar el olimpo. La
temporada 2018-2019, la marcada en letras doradas por soplar las velas del
primer siglo, quedará marcada para la historia. Clasificación para la próxima
Champions y campeón de la Copa del Rey. La Octava. La del Centenari. Y superando al Barça de Messi en la gran Final del
Benito Villamarín.

El desenlace ha sido el soñado por
todos, repetir el objetivo marcado y levantar metal en un club gigante que
había olvidado las emociones de la gloria. La inundación de murciélagos por
todas las calles venerando a los suyos se había convertido en un vago recuerdo,
en un repaso borroso e indefinido que no tenía lugar desde el doblete (2004) ya
que la Copa de 2008 ganada en el Vicente Calderón ante el Getafe no se celebró
por la agoniosa situación que vivía el equipo en Liga con Ronald Koeman.

Pero para llegar a este final de
matrícula de honor se ha tenido que recorrer un calvario. Tener perspectiva es
aconsejable para valorar la delicia y para ser consciente de lo que provocó
dolor de estómago en todos los estamentos. El inicio fue un abanico de clavos.
Concatenación de empates, troleo de la fortuna, puntería grosera y confianza por
los suelos. El Valencia no arrancaba en la Liga y tenía más cerca la lava del
infierno que las nubes del cielo. Además, falló en Champions donde no lo tuvo
que hacer (en Berna ante el Young Boys) y cayó eliminado en la liguilla. Y por
si no era suficiente, se presentaba en la Copa con muchas dudas ante el Ebro y
con una derrota en El Molinón en la ida de los octavos de final. Esa semana fue
fatídica. Se sumó al desastre de Vitoria en Liga donde el equipo dejó muestras
de superación. El barco iba a la deriva, su tripulación hundida en autoestima y
el capitán sin encontrar el rumbo. Marcelino estaba señalado y, si no es por
Mateu Alemany, el proyecto se hubiese dinamitado. Gracias CEO. Sin embargo, una
plantilla unida y un vestuario sano que siempre creyó en su entrenador
voltearon lo que parecía una entelequia.

Se buscaron numerosos puntos de
inflexión para que, a partir de ese momento, el Valencia despegara
definitivamente. Tuvo el amago el día del Huesca en Mestalla con el gol de
Piccini en el 93 antes de Navidad, pero tras las vacaciones, pareció una
alucinación. Siguió la irregularidad, la falta de acierto y la ternura
defensiva. La clave estuvo en Balaídos. Escenario donde sí coincide gran parte
del vestuario como el momento del desbloqueo. Ahí Rodrigo lloró tirado al
suelo, Marcelino siguió recibiendo abrazos y el equipo creyó que era la buena.
Y sí. Estaban en lo cierto. De sumar 23 puntos en la primera vuelta con unos
guarismos paupérrimos (sobre todo en casa) y caer eliminado de la máxima
competición continental, se pasó a un segundo tramo con 38 puntos y un nivel de
acierto acorde a un club como el Valencia. Además el paso de rondas en Europa
League y Copa del Rey sirvió para que la plantilla se diera cuenta que era
muchísimo mejor de lo que había demostrado al comienzo. Disiparon las dudas y
regalaron al valencianismo la segunda noche más especial de la temporada
centenaria: la vuelta de cuartos de final en Mestalla ante el Getafe. La noche
de Rodrigo. La del manicomio en el descuento con dos goles y tras tocar en Hugo
Duro. Ese momento fue otro punto importantísimo para arrojar las dudas al
desagüe y sentirse poderosos. El Valencia de Marcelino volvía a ser reconocible
y a escalar posiciones subidos a un trampolín. En Liga desaprovechó dos
ocasiones para pisar puestos de Liga de Campeones y tuvo el gran borrón de la
eliminatoria ante el Arsenal en las semifinales de Europa League. No fue el
Valencia de marzo y abril. El del castigo desmedido al rival cada vez que éste
cometía errores. Pero, principalmente, no fue el bloque de mazacote y hormigón
que había conseguido ser. Para hacerle un gol al Valencia había que peregrinar
a Santiago y pedirlo de rodillas. Ante los de Emery fue la versión iniciadora
de la temporada. Más allá de que Aubameyang y Lacazette fueran dos miuras
sueltos en la plaza de un pueblo, los blanquinegros no estuvieron a su altura.
Ni colectiva ni individualmente. Ni en el Emirates ni en Mestalla. Las piernas
pesaban y la energía iba en decadencia tras casi sesenta partidos.

Era el momento cumbre, donde un año
puede pasar a ser guardado en los anales o pasar desapercibido. El final ya lo
saben. Los futbolistas mostraron una madurez magnífica sacando los colores al Huesca
en El Alcoraz, se levantaron de un golpe fortísimo (Arsenal) ante el Alavés -con
remontada incluida- y ganaron en Pucela para certificar esa plaza en Champions
alcanzada tras vencer a los de Mendizorrotza una semana anterior. La Champions
volvía a ser una realidad y, a pesar de las fatalidades e infortunios sufridos
durante todo el año futbolístico, la plantilla más cara de toda la historia,
conseguía lo formulado. Quedaba el sueño de la final. Esa que se pisaba once
años después. A la que se aferraban los miles y miles de valencianistas que
viajaron a Sevilla para empujar en masa rebosantes de ilusión. El fin de semana
en Heliópolis ya se guarda entre los mejores de mi vida. El día previo ya
manifestó que fuera del verde se estaba ganando por goleada y que, a ganas y
corazón, era literalmente imposible que se pudiese vencer al valencianismo. El
paseo de Colón, La Torre del Oro, el Parque de María Luisa, la Plaza de España,
la calle Betis, la Maestranza, La Giralda, la Alameda de Hércules… todo era un
hervidero de murciélagos que querían traerse a casa la octava Copa del Rey. El
sábado 25 de Mayo de 2019, día ya bordado, siguió el desembarco de
valencianistas por la capital hispalense. Fue momento de gozar en la Fan Zone,
de escuchar los cánticos de guerra y el himno regional de la Comunitat
Valenciana. Todo estaba preparado. Su gente se había desplazado en masa y los
que se quedaron en Valencia y alrededores iban a alentar con el mismo ímpetu y
desenfreno.

El capítulo se cerró con Parejo
llorando mientras elevó al cielo de Sevilla la Copa del centenario; con
Marcelino recordando a su padre y fundiéndose en un abrazo con la piedra
filosofal que permitió en el mes de enero que pudiese ser realidad, Mateu
Alemany; con cánticos, regocijo y deleite de todo el valencianismo. Se había
logrado. Once años después. El Valencia era campeón de la Copa del Rey 2019.
Pero lo que realmente consiguió ser dista mucho del metal. Fue el campeón de la
superación, de la reacción y de la creencia en sus posibilidades. El campeón de
las adversidades.

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Once años de crueldad.
Más de una década de inclemencia, destemplanza y austeridad. Demasiado daño por
el camino con temporadas improcedentes que mostraron el abismo. Ese es el
tiempo que ha tenido que pasar el Valencia para volver a pisar el olimpo. La
temporada 2018-2019, la marcada en letras doradas por soplar las velas del
primer siglo, quedará marcada para la historia. Clasificación para la próxima
Champions y campeón de la Copa del Rey. La Octava. La del Centenari. Y superando al Barça de Messi en la gran Final del
Benito Villamarín.

El desenlace ha sido el soñado por
todos, repetir el objetivo marcado y levantar metal en un club gigante que
había olvidado las emociones de la gloria. La inundación de murciélagos por
todas las calles venerando a los suyos se había convertido en un vago recuerdo,
en un repaso borroso e indefinido que no tenía lugar desde el doblete (2004) ya
que la Copa de 2008 ganada en el Vicente Calderón ante el Getafe no se celebró
por la agoniosa situación que vivía el equipo en Liga con Ronald Koeman.

Pero para llegar a este final de
matrícula de honor se ha tenido que recorrer un calvario. Tener perspectiva es
aconsejable para valorar la delicia y para ser consciente de lo que provocó
dolor de estómago en todos los estamentos. El inicio fue un abanico de clavos.
Concatenación de empates, troleo de la fortuna, puntería grosera y confianza por
los suelos. El Valencia no arrancaba en la Liga y tenía más cerca la lava del
infierno que las nubes del cielo. Además, falló en Champions donde no lo tuvo
que hacer (en Berna ante el Young Boys) y cayó eliminado en la liguilla. Y por
si no era suficiente, se presentaba en la Copa con muchas dudas ante el Ebro y
con una derrota en El Molinón en la ida de los octavos de final. Esa semana fue
fatídica. Se sumó al desastre de Vitoria en Liga donde el equipo dejó muestras
de superación. El barco iba a la deriva, su tripulación hundida en autoestima y
el capitán sin encontrar el rumbo. Marcelino estaba señalado y, si no es por
Mateu Alemany, el proyecto se hubiese dinamitado. Gracias CEO. Sin embargo, una
plantilla unida y un vestuario sano que siempre creyó en su entrenador
voltearon lo que parecía una entelequia.

Se buscaron numerosos puntos de
inflexión para que, a partir de ese momento, el Valencia despegara
definitivamente. Tuvo el amago el día del Huesca en Mestalla con el gol de
Piccini en el 93 antes de Navidad, pero tras las vacaciones, pareció una
alucinación. Siguió la irregularidad, la falta de acierto y la ternura
defensiva. La clave estuvo en Balaídos. Escenario donde sí coincide gran parte
del vestuario como el momento del desbloqueo. Ahí Rodrigo lloró tirado al
suelo, Marcelino siguió recibiendo abrazos y el equipo creyó que era la buena.
Y sí. Estaban en lo cierto. De sumar 23 puntos en la primera vuelta con unos
guarismos paupérrimos (sobre todo en casa) y caer eliminado de la máxima
competición continental, se pasó a un segundo tramo con 38 puntos y un nivel de
acierto acorde a un club como el Valencia. Además el paso de rondas en Europa
League y Copa del Rey sirvió para que la plantilla se diera cuenta que era
muchísimo mejor de lo que había demostrado al comienzo. Disiparon las dudas y
regalaron al valencianismo la segunda noche más especial de la temporada
centenaria: la vuelta de cuartos de final en Mestalla ante el Getafe. La noche
de Rodrigo. La del manicomio en el descuento con dos goles y tras tocar en Hugo
Duro. Ese momento fue otro punto importantísimo para arrojar las dudas al
desagüe y sentirse poderosos. El Valencia de Marcelino volvía a ser reconocible
y a escalar posiciones subidos a un trampolín. En Liga desaprovechó dos
ocasiones para pisar puestos de Liga de Campeones y tuvo el gran borrón de la
eliminatoria ante el Arsenal en las semifinales de Europa League. No fue el
Valencia de marzo y abril. El del castigo desmedido al rival cada vez que éste
cometía errores. Pero, principalmente, no fue el bloque de mazacote y hormigón
que había conseguido ser. Para hacerle un gol al Valencia había que peregrinar
a Santiago y pedirlo de rodillas. Ante los de Emery fue la versión iniciadora
de la temporada. Más allá de que Aubameyang y Lacazette fueran dos miuras
sueltos en la plaza de un pueblo, los blanquinegros no estuvieron a su altura.
Ni colectiva ni individualmente. Ni en el Emirates ni en Mestalla. Las piernas
pesaban y la energía iba en decadencia tras casi sesenta partidos.

Era el momento cumbre, donde un año
puede pasar a ser guardado en los anales o pasar desapercibido. El final ya lo
saben. Los futbolistas mostraron una madurez magnífica sacando los colores al Huesca
en El Alcoraz, se levantaron de un golpe fortísimo (Arsenal) ante el Alavés -con
remontada incluida- y ganaron en Pucela para certificar esa plaza en Champions
alcanzada tras vencer a los de Mendizorrotza una semana anterior. La Champions
volvía a ser una realidad y, a pesar de las fatalidades e infortunios sufridos
durante todo el año futbolístico, la plantilla más cara de toda la historia,
conseguía lo formulado. Quedaba el sueño de la final. Esa que se pisaba once
años después. A la que se aferraban los miles y miles de valencianistas que
viajaron a Sevilla para empujar en masa rebosantes de ilusión. El fin de semana
en Heliópolis ya se guarda entre los mejores de mi vida. El día previo ya
manifestó que fuera del verde se estaba ganando por goleada y que, a ganas y
corazón, era literalmente imposible que se pudiese vencer al valencianismo. El
paseo de Colón, La Torre del Oro, el Parque de María Luisa, la Plaza de España,
la calle Betis, la Maestranza, La Giralda, la Alameda de Hércules… todo era un
hervidero de murciélagos que querían traerse a casa la octava Copa del Rey. El
sábado 25 de Mayo de 2019, día ya bordado, siguió el desembarco de
valencianistas por la capital hispalense. Fue momento de gozar en la Fan Zone,
de escuchar los cánticos de guerra y el himno regional de la Comunitat
Valenciana. Todo estaba preparado. Su gente se había desplazado en masa y los
que se quedaron en Valencia y alrededores iban a alentar con el mismo ímpetu y
desenfreno.

El capítulo se cerró con Parejo
llorando mientras elevó al cielo de Sevilla la Copa del centenario; con
Marcelino recordando a su padre y fundiéndose en un abrazo con la piedra
filosofal que permitió en el mes de enero que pudiese ser realidad, Mateu
Alemany; con cánticos, regocijo y deleite de todo el valencianismo. Se había
logrado. Once años después. El Valencia era campeón de la Copa del Rey 2019.
Pero lo que realmente consiguió ser dista mucho del metal. Fue el campeón de la
superación, de la reacción y de la creencia en sus posibilidades. El campeón de
las adversidades.

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Una plantilla para viajar al fin del mundo

Domingo Ortiz @Domingortiz
29-11-2019

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El campeón de las adversidades

Domingo Ortiz @Domingortiz
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