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El cabrón del 6

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 14-05-2018

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En nuestra infancia algunos solíamos
pensar que el mundo giraba alrededor de nuestra ciudad, pueblo o barrio. Que
esto de la Tierra era como un videojuego en el que llegabas a un precipicio en
el que la vida se acababa, porque existían límites invisibles. Por ello no me
hubiera gustado crecer en el barrio de San José de Campos, en los finales de
los 90, porque por ahí habitaba un tal Casimiro.

Alguna vez he leído a gente cuestionándose
que porqué los equipos que conviven en la misma ciudad se llevan a muerte. La
realidad es que nos encanta ganar. Nos apasiona. Queremos ir a comprar el pan y
cruzarnos con el vecino cabrón del número 6 y recordarle que ayer, en el
parque, acabamos marcando el gol definitivo. Aquel que acordamos tras perder la
cuenta de los goles y decidirlo a un tanto de oro fatídico. Sin embargo, me
compadezco del niño del número 7, un chaval que odiaba a sus vecinos del 6 ya que
tenía que aguantar al pequeño Carlos Henrique. Te jugabas una vida en ese duelo
en el que, internamente, sabías que tenías todas las de acabar derrotado.

Casemiro – acabó llamándose así con el
paso de los años tras un error tipográfico en su etapa en la liga brasileña-
era el típico jugador que daba miedo en el parque. Y no precisamente por
repartir, aunque a veces tuviera que hacerlo por los colores de su escalera.
Intento cerrar los ojos y ubicarme en la piel de alguno de los del 7 y chocar
con un muro como él. Yo, seguramente, si tuviera que reencarnarme en uno, sería
el típico brasileño de clase – un tanto frío- que podría regatear a cualquiera
de mis acérrimos rivales pero que soltaría el cuero nada más cruzarme con el
jugador del Real Madrid. Ya me veo rezando para que a Casimito, como le llaman
en el vestuario merengue, le tocara dentista.

Él es uno de aquellos futbolistas que es
difícil de encontrar ya que, a pesar de no ser un virtuoso con el balón, es un
especialista en el robo. En el conjunto blanco, de hecho, no suele ser el
centrocampista que saca el balón desde atrás ya que de ese cometido se ocupan
Kroos y Modric. Él acaba adelantando su posición para dejar un hueco a los
violinistas, como si él fuera el encargado de engalanar la función unas horas
antes de su arranque, sin dejarse ver cuando los fuegos artificiales han
llegado al espectáculo. Aun así, Casemiro se ha ganado un puesto de titular en
una de las plantillas más importantes de las últimas décadas. No sabemos que
acabó siendo de aquel niño del número 7, pero sí que el mejor del numero 6 se
acabó convirtiendo en unos de los mejores 6’s del mundo.

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En nuestra infancia algunos solíamos
pensar que el mundo giraba alrededor de nuestra ciudad, pueblo o barrio. Que
esto de la Tierra era como un videojuego en el que llegabas a un precipicio en
el que la vida se acababa, porque existían límites invisibles. Por ello no me
hubiera gustado crecer en el barrio de San José de Campos, en los finales de
los 90, porque por ahí habitaba un tal Casimiro.

Alguna vez he leído a gente cuestionándose
que porqué los equipos que conviven en la misma ciudad se llevan a muerte. La
realidad es que nos encanta ganar. Nos apasiona. Queremos ir a comprar el pan y
cruzarnos con el vecino cabrón del número 6 y recordarle que ayer, en el
parque, acabamos marcando el gol definitivo. Aquel que acordamos tras perder la
cuenta de los goles y decidirlo a un tanto de oro fatídico. Sin embargo, me
compadezco del niño del número 7, un chaval que odiaba a sus vecinos del 6 ya que
tenía que aguantar al pequeño Carlos Henrique. Te jugabas una vida en ese duelo
en el que, internamente, sabías que tenías todas las de acabar derrotado.

Casemiro – acabó llamándose así con el
paso de los años tras un error tipográfico en su etapa en la liga brasileña-
era el típico jugador que daba miedo en el parque. Y no precisamente por
repartir, aunque a veces tuviera que hacerlo por los colores de su escalera.
Intento cerrar los ojos y ubicarme en la piel de alguno de los del 7 y chocar
con un muro como él. Yo, seguramente, si tuviera que reencarnarme en uno, sería
el típico brasileño de clase – un tanto frío- que podría regatear a cualquiera
de mis acérrimos rivales pero que soltaría el cuero nada más cruzarme con el
jugador del Real Madrid. Ya me veo rezando para que a Casimito, como le llaman
en el vestuario merengue, le tocara dentista.

Él es uno de aquellos futbolistas que es
difícil de encontrar ya que, a pesar de no ser un virtuoso con el balón, es un
especialista en el robo. En el conjunto blanco, de hecho, no suele ser el
centrocampista que saca el balón desde atrás ya que de ese cometido se ocupan
Kroos y Modric. Él acaba adelantando su posición para dejar un hueco a los
violinistas, como si él fuera el encargado de engalanar la función unas horas
antes de su arranque, sin dejarse ver cuando los fuegos artificiales han
llegado al espectáculo. Aun así, Casemiro se ha ganado un puesto de titular en
una de las plantillas más importantes de las últimas décadas. No sabemos que
acabó siendo de aquel niño del número 7, pero sí que el mejor del numero 6 se
acabó convirtiendo en unos de los mejores 6’s del mundo.

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