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El auténtico Charlot

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 18-06-2018

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Sucedió en San Francisco en 1915.
Recién creado su más célebre personaje, Charlot, la popularidad de Charles
Chaplin ya se había convertido en un fenómeno de masas gigantesco en Estados
Unidos. Tanto es así, que los concursos de imitadores proliferaron por todas
las grandes ciudades del país. Los ‘chaplinistas’ actuaban por doquier en los
teatros, en los circos y también en las calles. Todos los cómicos querían ser como
aquel carismático hombre de bigote, bombachos y bombín que iba a convertirse en
el rey del cine mudo hasta personificar en sí mismo las primeras décadas del
séptimo arte. Aprovechando su estancia en la ciudad californiana, Chaplin
decidió apuntarse al certamen que se celebraba aquel día en la capital de la Bay
Area
. Realizó todos los trucos y gags que él mismo había inventado para su
vagabundo alter ego –los giros de bastón, los acelerados y zambos
andares y el resto del catálogo de muecas y gestos exagerados-, con los que
había erigido su cautivadora
presencia en la escena y había
elevado su condición actoral a la
categoría de estrella a escala planetaria y, sin embargo, el auténtico Charlot
ni siquiera superó el primer corte que realizó el jurado con sus valoraciones.

La selección portuguesa está
lejos del estatus de las grandes dominadoras de la escena internacional en la
historia del fútbol y sus mejores momentos históricos están íntimamente ligados
a la aparición y consagración de unos pocos personajes individuales (Eusebio,
Futre, Figo…) como actores francamente memorables y absolutas estrellas del
panorama futbolístico. Sin embargo, si algo ha conseguido el combinado luso en
este ciclo es asegurar una tensión competitiva en cualquier contexto, de la
mano del orden táctico de Fernando Santos y su estructura coral. Una base que
sirva al menos de plataforma para que su legendario emblema se lance desde ella
y los conduzca en busca de la inescrutable gloria. Ese fue el argumento
principal con el que Portugal se convirtió en la vigente campeona de Europa de
selecciones. Un triunfo que ahora, en pleno Mundial de Rusia 2018, le permite
ostentar en exclusiva junto a Alemania y España, una fresca e imperante memoria
ganadora que inunda todo el juego lusitano de fe y confianza en sus propios
medios, aunque sus posibilidades, analizadas con realismo, estén obligadas a
mirar desde abajo y a bastante distancia el nivel potencial de equipos como
Brasil, Alemania, España, Francia e incluso el de Argentina, Inglaterra,
Uruguay o Bélgica.

La premisa principal de la
etiqueta de selección ganadora que luce Portugal hoy día, aunque de forma muy
particular y ciertamente temporánea, todo hay que decirlo; se basa en la
continuidad ideológica de un bloque sólido, en una potente defensa del área,
con Rui Patrício y Pepe como bastiones defensivos, que no haga perder atrás lo
que el cañón del capitán ganará arriba con toda seguridad, y en el movimiento
posicional, las diversas alturas y disposiciones y las variadas opciones nominativas
de su línea de centrocampistas. Una medular siempre dispuesta en función de las
virtudes del rival y de las aptitudes propias para rodear de las mejores
opciones a Cristiano Ronaldo y permitirle protagonizar verticales secuencias de
transiciones cortas tras robo adelantado que lo enfoquen hacia el pico del área
o de capitalizar el juego a través de envíos más largos o de centros laterales
al punto de penalti en ataques más posicionales. Un cartel de relativa grandeza
que no se explicaría sin la presencia totalizadora y contagiosa del astro del
Real Madrid, de uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, cono todo
lo que ello supone. Él es el hombre al que se dirigen todos los medios de
Portugal, por exiguos que sean, porque sin él su capacidad de peligro quedaría
mutilada y reducida a contragolpear de un modo mucho más inconexo, instintivo e
inspiracional y, por tanto, muchísimo menos afilado, peligroso, dañino,
inteligente y certero que el actual.

Cristiano Ronaldo es capaz no
«»solo»» de hacer tres goles en otros tantos disparos a
portería, un adverbio de cuatro letras que muchos se dieron prisa en utilizar
para definir a todo un hat-trick en una Copa del Mundo ante un rival como
España, sino de vertebrar y canalizar cada ataque con sus recepciones y toques
de espaldas al arco, cerca y lejos de él; de dotar a los suyos de la amenaza
más temida en las inmediaciones del área y dentro de ella; de canalizar cada
transición y de dominar al espacio y en los duelos individuales a sus 33 años,
habiendo perdido por el camino la explosividad que otrora lo definió; y de
inyectar a todo un país una adiamantada y exclusiva mentalidad ganadora que en
su apariencia puede llegar a rozar el despotismo y la altanería por su
desmedida gestualidad, pero cuyo impacto es determinante. En definitiva,
Cristiano Ronaldo acerca por sí solo a Portugal a las mejores. Y es que solo un
equipo comandado por él puede, ante un sometimiento futbolístico a través de la
pelota como el que le infligió España durante buena parte del encuentro, no
solo sobrevivir, sino llegar a pensar en la victoria como un destino asible
desde la propia supervivencia y desde la sola presencia a modo de faro, guía
espiritual y predicador con el ejemplo que supone el siete vermelho.

Es totalmente cierto. Por
conjunción de nombres, por complejidad en su fútbol, por dominio de todas las
fases del juego, por recursos estilísticos, por alternativas en forma de
sinergias, por la presencia de segundos espadas fiables y decisivos y por
cantidad de talento en cada una de las demarcaciones; Portugal es la outsider
de las outsiders en este Mundial. Sin embargo, a sus próximos
y futuribles rivales convendría no olvidar en ningún momento que ellos sí saben
lo que es ganar sino mejor que nadie, sí con el recuerdo más próximo de todos y
que, por si ello fuera insuficiente para infundir respeto a cualquiera, cuentan
en sus filas con el auténtico y genuino Charlot. El fenómeno de masas, la
estrella de escala planetaria y el rey del deporte rey que puede presumir de
personificar en sí mismo las primeras décadas del arte futbolístico del siglo
XXI. Una circunstancia que, como el propio Chaplin demostró hace un siglo
atrás, no conlleva necesaria ni obligatoriamente la victoria en ningún tipo de
competición, ni siquiera en un concurso de imitadores de uno mismo, pero que,
obviamente, no hace otra cosa que acercarte a ella.

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Sucedió en San Francisco en 1915.
Recién creado su más célebre personaje, Charlot, la popularidad de Charles
Chaplin ya se había convertido en un fenómeno de masas gigantesco en Estados
Unidos. Tanto es así, que los concursos de imitadores proliferaron por todas
las grandes ciudades del país. Los ‘chaplinistas’ actuaban por doquier en los
teatros, en los circos y también en las calles. Todos los cómicos querían ser como
aquel carismático hombre de bigote, bombachos y bombín que iba a convertirse en
el rey del cine mudo hasta personificar en sí mismo las primeras décadas del
séptimo arte. Aprovechando su estancia en la ciudad californiana, Chaplin
decidió apuntarse al certamen que se celebraba aquel día en la capital de la Bay
Area
. Realizó todos los trucos y gags que él mismo había inventado para su
vagabundo alter ego –los giros de bastón, los acelerados y zambos
andares y el resto del catálogo de muecas y gestos exagerados-, con los que
había erigido su cautivadora
presencia en la escena y había
elevado su condición actoral a la
categoría de estrella a escala planetaria y, sin embargo, el auténtico Charlot
ni siquiera superó el primer corte que realizó el jurado con sus valoraciones.

La selección portuguesa está
lejos del estatus de las grandes dominadoras de la escena internacional en la
historia del fútbol y sus mejores momentos históricos están íntimamente ligados
a la aparición y consagración de unos pocos personajes individuales (Eusebio,
Futre, Figo…) como actores francamente memorables y absolutas estrellas del
panorama futbolístico. Sin embargo, si algo ha conseguido el combinado luso en
este ciclo es asegurar una tensión competitiva en cualquier contexto, de la
mano del orden táctico de Fernando Santos y su estructura coral. Una base que
sirva al menos de plataforma para que su legendario emblema se lance desde ella
y los conduzca en busca de la inescrutable gloria. Ese fue el argumento
principal con el que Portugal se convirtió en la vigente campeona de Europa de
selecciones. Un triunfo que ahora, en pleno Mundial de Rusia 2018, le permite
ostentar en exclusiva junto a Alemania y España, una fresca e imperante memoria
ganadora que inunda todo el juego lusitano de fe y confianza en sus propios
medios, aunque sus posibilidades, analizadas con realismo, estén obligadas a
mirar desde abajo y a bastante distancia el nivel potencial de equipos como
Brasil, Alemania, España, Francia e incluso el de Argentina, Inglaterra,
Uruguay o Bélgica.

La premisa principal de la
etiqueta de selección ganadora que luce Portugal hoy día, aunque de forma muy
particular y ciertamente temporánea, todo hay que decirlo; se basa en la
continuidad ideológica de un bloque sólido, en una potente defensa del área,
con Rui Patrício y Pepe como bastiones defensivos, que no haga perder atrás lo
que el cañón del capitán ganará arriba con toda seguridad, y en el movimiento
posicional, las diversas alturas y disposiciones y las variadas opciones nominativas
de su línea de centrocampistas. Una medular siempre dispuesta en función de las
virtudes del rival y de las aptitudes propias para rodear de las mejores
opciones a Cristiano Ronaldo y permitirle protagonizar verticales secuencias de
transiciones cortas tras robo adelantado que lo enfoquen hacia el pico del área
o de capitalizar el juego a través de envíos más largos o de centros laterales
al punto de penalti en ataques más posicionales. Un cartel de relativa grandeza
que no se explicaría sin la presencia totalizadora y contagiosa del astro del
Real Madrid, de uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, cono todo
lo que ello supone. Él es el hombre al que se dirigen todos los medios de
Portugal, por exiguos que sean, porque sin él su capacidad de peligro quedaría
mutilada y reducida a contragolpear de un modo mucho más inconexo, instintivo e
inspiracional y, por tanto, muchísimo menos afilado, peligroso, dañino,
inteligente y certero que el actual.

Cristiano Ronaldo es capaz no
«»solo»» de hacer tres goles en otros tantos disparos a
portería, un adverbio de cuatro letras que muchos se dieron prisa en utilizar
para definir a todo un hat-trick en una Copa del Mundo ante un rival como
España, sino de vertebrar y canalizar cada ataque con sus recepciones y toques
de espaldas al arco, cerca y lejos de él; de dotar a los suyos de la amenaza
más temida en las inmediaciones del área y dentro de ella; de canalizar cada
transición y de dominar al espacio y en los duelos individuales a sus 33 años,
habiendo perdido por el camino la explosividad que otrora lo definió; y de
inyectar a todo un país una adiamantada y exclusiva mentalidad ganadora que en
su apariencia puede llegar a rozar el despotismo y la altanería por su
desmedida gestualidad, pero cuyo impacto es determinante. En definitiva,
Cristiano Ronaldo acerca por sí solo a Portugal a las mejores. Y es que solo un
equipo comandado por él puede, ante un sometimiento futbolístico a través de la
pelota como el que le infligió España durante buena parte del encuentro, no
solo sobrevivir, sino llegar a pensar en la victoria como un destino asible
desde la propia supervivencia y desde la sola presencia a modo de faro, guía
espiritual y predicador con el ejemplo que supone el siete vermelho.

Es totalmente cierto. Por
conjunción de nombres, por complejidad en su fútbol, por dominio de todas las
fases del juego, por recursos estilísticos, por alternativas en forma de
sinergias, por la presencia de segundos espadas fiables y decisivos y por
cantidad de talento en cada una de las demarcaciones; Portugal es la outsider
de las outsiders en este Mundial. Sin embargo, a sus próximos
y futuribles rivales convendría no olvidar en ningún momento que ellos sí saben
lo que es ganar sino mejor que nadie, sí con el recuerdo más próximo de todos y
que, por si ello fuera insuficiente para infundir respeto a cualquiera, cuentan
en sus filas con el auténtico y genuino Charlot. El fenómeno de masas, la
estrella de escala planetaria y el rey del deporte rey que puede presumir de
personificar en sí mismo las primeras décadas del arte futbolístico del siglo
XXI. Una circunstancia que, como el propio Chaplin demostró hace un siglo
atrás, no conlleva necesaria ni obligatoriamente la victoria en ningún tipo de
competición, ni siquiera en un concurso de imitadores de uno mismo, pero que,
obviamente, no hace otra cosa que acercarte a ella.

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