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El ADN groguet

David Orenes @david_lrl 16-12-2019

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LaLiga Villarreal

En los casi 20 años de historia del Villarreal en Primera División hay un claro denominador común. Siempre se le ha identificado como un equipo que mima el balón, que lo hace suyo y sufre sin él. Manuel Pellegrini y Juan Román Riquelme colocaron esos cimientos con más fuerza que nadie y el estilo, que encandiló en Europa -a la altura de equipos como el Barça de Guardiola o el Arsenal de Wenger- se convirtió en innegociable.

Pero todo club cuestiona su identidad tras un duro varapalo. El descenso consumado en 2012 llevó al equipo groguet a sufrir una transformación lenta y dolorosa. La pérdida de Borja Valero rumbo a la Fiorentina fue irreparable. Por entonces, Senna comenzaba a decir adiós y solo resistía Bruno Soriano pese a las tentativas de mudarse al vecino. Aunque el infierno de Segunda solo duró una temporada, el Villarreal ya había cambiado de piel por una más llevadera, efectiva y, por supuesto, más acorde a los futbolistas que disponía.

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A veces cuesta caer y aceptar que eres peor. Arrodillarse es casi un acto vergonzante. Roig, presidente del Villarreal, coloreó la infancia de muchos futboleros que nunca pudieron imaginar a un conjunto como el castellonense tan cerca de la final de la Champions League; exactamente entre los once metros que separaban a Riquelme de Jens Lehmann que, como buen portero alemán, destrozó a todo un pueblo. Su máximo mandatario, al ver como el meta del Arsenal despejaba el temeroso penalti del argentino, se postraba mirando al suelo de su palco presidencial. Era esa la ocasión. El fracaso tiene muchas acepciones. El cuadro de Manuel Pellegrini nunca quiso aceptar ninguno de los significados que la RAE intenta imponer. Quería seguir en todo lo alto. Por ello, y a pesar del mazazo que significó la marcha de Riquelme un año más tarde, se construyó el mejor conjunto de la historia de los de la Comunitat. Al fin y al cabo, hizo su mejor registro en la competición doméstica, ese trofeo en el que la continuidad hace sombra a la virtud y algarabía de una simple noche, como puede ocurrir en la máxima competición continental. El ingeniero apostó por cuajar un popurrí de futbolistas veteranos con otros que empezaban a sobresalir en el panorama nacional: Cazorla acababa de volver del Recreativo de Huelva, Giuseppe Rossi fichó procedente del Manchester United y Robert Pirès venía a acabar su carrera tras un paso espectacular en el Arsenal. Otros como Cygan, Javi Venta, Senna o Guille Franco, que vivieron el drama de la Champions, continuaban. Desde el principio de curso 07/08 se antojó que ese Villarreal iba a estar arriba. La línea de mediapuntas, en las que también se asomaba un Cani que sonaba para la selección, bailó a un ritmo que solo el Real Madrid pudo superar. Acabó segundo en la clasificación, sin ganar nada. Pero, aquellas tardes en La Sexta, con el fútbol todavía jugándose a las 17:00, corroboraron que no siempre el que acaba arrodillado es un perdedor. Con 77 puntos, superó por 10 unidades a un FC Barcelona descompuesto, que acabó tercero por delante de Atlético, Sevilla y un Racing de Santander que se unió a la juerga europea #villarreal #laliga

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Marcelino García Toral fue el encargado de la reconstrucción, con todo lo que eso conlleva. Pasó de vagar por la zona media en Segunda a volver a competir en Europa en tan solo temporada y media. Poco después lograba la clasificación para Champions y pisaba semifinales de Europa League y de Copa del Rey por primera vez. El Submarino volvía a codearse con los mejores y poco tenía que ver con el estilo que le hizo grande antaño. Aprendió a hacer disfrutar al aficionado de otra forma: seguridad atrás y transiciones rápidas, vertiginosas. El técnico asturiano no dudó en fijarse en el Dortmund de Jürgen Klopp para conseguir su propósito. Por momentos, se le pareció bastante.

El centro del campo amarillo tuvo que adoptar otras cualidades. Menos retener el balón y más pensar rápido. La duradera lesión de Bruno le abrió las puertas al once al joven Rodri, que pronto se hizo con el timón. En un año pasó de la nada a ser el futbolista con más recuperaciones de la Liga. Debutó con la Selección y pronto lo repescó el Atlético. No es de extrañar que esta pérdida haya sido la que más ha dolido en Villarreal en los últimos años. No por sorprendente -estaba cantado-, sino porque toda su estructura había pasado a depender de este espigado jugador.

La era post-Marcelino ha sido dura, llegando incluso a temer por la salvación. Y aunque la defensa hacía aguas como nunca, el problema evidente radicaba en el centro, donde ya no había líderes. Fue entonces cuando se echó de menos que Manu Trigueros diera un paso adelante. El de Talavera de la Reina apuntaba a ser un jugador importantísimo en la posición desde el ascenso, siendo la revelación en su primer año en la élite. Jugador muy completo, de toque exquisito y movilidad continua, un Valero 2.0 al que además se le pidió rigor táctico, faceta que nunca llegó a dominar al cien por cien. Cuanto más le alejaban del área, más sufría. Y sin Bruno y Rodri, su posición fue retrasando más y más.

La 18-19 fue la peor temporada para Trigueros. El peor Villarreal en el último lustro, por sensaciones y juego, se lo estaba llevando por delante. Ni siquiera con Cáseres a su lado, centrocampista más posicional, aumentó sus prestaciones. Jugó una primera vuelta entera sin pena ni gloria y en febrero una lesión le dejó fuera durante dos meses. A su vuelta, Calleja había encontrado la fórmula y comenzaba a ver la luz. Por supuesto, Manu no entraba en los planes. Cazorla retrasó su posición y la llegada de Vicente Iborra fue una bendición. No llegó a participar en ninguna de las tres victorias consecutivas que supusieron prácticamente la permanencia. El 18 de mayo, en la última jornada y sin nada en juego, fue titular por primera vez en cinco meses.

Sería difícil recuperar el protagonismo perdido, más todavía con el ascenso de Morlanes y el poderío de Anguissa. En las diez primeras jornadas, Trigueros disputó apenas 33 minutos. Tras varios partidos sin ganar, Calleja probó en Mestalla con tres mediocentros en el once, incluyendo a Manu. El Submarino cayó con honores y el centrocampista manchego no desentonó, de ahí que se mantuviera en la alineación ante el Atlético, donde fue uno de los más destacados. Ante el Sevilla en el Pizjuán volvió a ser titular y fue clave en el gol de la victoria, la primera en seis jornadas, recibiendo un pase de espaldas en el área y asistiendo con clase a Ekambi, al más puro estilo Laudrup.

El nuevo sistema de Calleja favorece a Trigueros, pero también a sus otros dos compañeros en el centro del campo. Anguissa, Iborra y el propio Manu se caracterizan por abarcar mucho terreno, y pueden tanto empezar la jugada como acabarla sorprendiendo desde segunda línea. Además, la sobriedad defensiva aumenta. La victoria en el Pizjuán -no se ganaba allí desde 2012- debe ser el punto de partida para un Submarino con mayores aspiraciones. De nuevo, el centro del campo vuelve a ser importante en el camino, como no puede ser de otra forma. Lo lleva en su ADN.

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En los casi 20 años de historia del Villarreal en Primera División hay un claro denominador común. Siempre se le ha identificado como un equipo que mima el balón, que lo hace suyo y sufre sin él. Manuel Pellegrini y Juan Román Riquelme colocaron esos cimientos con más fuerza que nadie y el estilo, que encandiló en Europa -a la altura de equipos como el Barça de Guardiola o el Arsenal de Wenger- se convirtió en innegociable.

Pero todo club cuestiona su identidad tras un duro varapalo. El descenso consumado en 2012 llevó al equipo groguet a sufrir una transformación lenta y dolorosa. La pérdida de Borja Valero rumbo a la Fiorentina fue irreparable. Por entonces, Senna comenzaba a decir adiós y solo resistía Bruno Soriano pese a las tentativas de mudarse al vecino. Aunque el infierno de Segunda solo duró una temporada, el Villarreal ya había cambiado de piel por una más llevadera, efectiva y, por supuesto, más acorde a los futbolistas que disponía.

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A veces cuesta caer y aceptar que eres peor. Arrodillarse es casi un acto vergonzante. Roig, presidente del Villarreal, coloreó la infancia de muchos futboleros que nunca pudieron imaginar a un conjunto como el castellonense tan cerca de la final de la Champions League; exactamente entre los once metros que separaban a Riquelme de Jens Lehmann que, como buen portero alemán, destrozó a todo un pueblo. Su máximo mandatario, al ver como el meta del Arsenal despejaba el temeroso penalti del argentino, se postraba mirando al suelo de su palco presidencial. Era esa la ocasión. El fracaso tiene muchas acepciones. El cuadro de Manuel Pellegrini nunca quiso aceptar ninguno de los significados que la RAE intenta imponer. Quería seguir en todo lo alto. Por ello, y a pesar del mazazo que significó la marcha de Riquelme un año más tarde, se construyó el mejor conjunto de la historia de los de la Comunitat. Al fin y al cabo, hizo su mejor registro en la competición doméstica, ese trofeo en el que la continuidad hace sombra a la virtud y algarabía de una simple noche, como puede ocurrir en la máxima competición continental. El ingeniero apostó por cuajar un popurrí de futbolistas veteranos con otros que empezaban a sobresalir en el panorama nacional: Cazorla acababa de volver del Recreativo de Huelva, Giuseppe Rossi fichó procedente del Manchester United y Robert Pirès venía a acabar su carrera tras un paso espectacular en el Arsenal. Otros como Cygan, Javi Venta, Senna o Guille Franco, que vivieron el drama de la Champions, continuaban. Desde el principio de curso 07/08 se antojó que ese Villarreal iba a estar arriba. La línea de mediapuntas, en las que también se asomaba un Cani que sonaba para la selección, bailó a un ritmo que solo el Real Madrid pudo superar. Acabó segundo en la clasificación, sin ganar nada. Pero, aquellas tardes en La Sexta, con el fútbol todavía jugándose a las 17:00, corroboraron que no siempre el que acaba arrodillado es un perdedor. Con 77 puntos, superó por 10 unidades a un FC Barcelona descompuesto, que acabó tercero por delante de Atlético, Sevilla y un Racing de Santander que se unió a la juerga europea #villarreal #laliga

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Marcelino García Toral fue el encargado de la reconstrucción, con todo lo que eso conlleva. Pasó de vagar por la zona media en Segunda a volver a competir en Europa en tan solo temporada y media. Poco después lograba la clasificación para Champions y pisaba semifinales de Europa League y de Copa del Rey por primera vez. El Submarino volvía a codearse con los mejores y poco tenía que ver con el estilo que le hizo grande antaño. Aprendió a hacer disfrutar al aficionado de otra forma: seguridad atrás y transiciones rápidas, vertiginosas. El técnico asturiano no dudó en fijarse en el Dortmund de Jürgen Klopp para conseguir su propósito. Por momentos, se le pareció bastante.

El centro del campo amarillo tuvo que adoptar otras cualidades. Menos retener el balón y más pensar rápido. La duradera lesión de Bruno le abrió las puertas al once al joven Rodri, que pronto se hizo con el timón. En un año pasó de la nada a ser el futbolista con más recuperaciones de la Liga. Debutó con la Selección y pronto lo repescó el Atlético. No es de extrañar que esta pérdida haya sido la que más ha dolido en Villarreal en los últimos años. No por sorprendente -estaba cantado-, sino porque toda su estructura había pasado a depender de este espigado jugador.

La era post-Marcelino ha sido dura, llegando incluso a temer por la salvación. Y aunque la defensa hacía aguas como nunca, el problema evidente radicaba en el centro, donde ya no había líderes. Fue entonces cuando se echó de menos que Manu Trigueros diera un paso adelante. El de Talavera de la Reina apuntaba a ser un jugador importantísimo en la posición desde el ascenso, siendo la revelación en su primer año en la élite. Jugador muy completo, de toque exquisito y movilidad continua, un Valero 2.0 al que además se le pidió rigor táctico, faceta que nunca llegó a dominar al cien por cien. Cuanto más le alejaban del área, más sufría. Y sin Bruno y Rodri, su posición fue retrasando más y más.

La 18-19 fue la peor temporada para Trigueros. El peor Villarreal en el último lustro, por sensaciones y juego, se lo estaba llevando por delante. Ni siquiera con Cáseres a su lado, centrocampista más posicional, aumentó sus prestaciones. Jugó una primera vuelta entera sin pena ni gloria y en febrero una lesión le dejó fuera durante dos meses. A su vuelta, Calleja había encontrado la fórmula y comenzaba a ver la luz. Por supuesto, Manu no entraba en los planes. Cazorla retrasó su posición y la llegada de Vicente Iborra fue una bendición. No llegó a participar en ninguna de las tres victorias consecutivas que supusieron prácticamente la permanencia. El 18 de mayo, en la última jornada y sin nada en juego, fue titular por primera vez en cinco meses.

Sería difícil recuperar el protagonismo perdido, más todavía con el ascenso de Morlanes y el poderío de Anguissa. En las diez primeras jornadas, Trigueros disputó apenas 33 minutos. Tras varios partidos sin ganar, Calleja probó en Mestalla con tres mediocentros en el once, incluyendo a Manu. El Submarino cayó con honores y el centrocampista manchego no desentonó, de ahí que se mantuviera en la alineación ante el Atlético, donde fue uno de los más destacados. Ante el Sevilla en el Pizjuán volvió a ser titular y fue clave en el gol de la victoria, la primera en seis jornadas, recibiendo un pase de espaldas en el área y asistiendo con clase a Ekambi, al más puro estilo Laudrup.

El nuevo sistema de Calleja favorece a Trigueros, pero también a sus otros dos compañeros en el centro del campo. Anguissa, Iborra y el propio Manu se caracterizan por abarcar mucho terreno, y pueden tanto empezar la jugada como acabarla sorprendiendo desde segunda línea. Además, la sobriedad defensiva aumenta. La victoria en el Pizjuán -no se ganaba allí desde 2012- debe ser el punto de partida para un Submarino con mayores aspiraciones. De nuevo, el centro del campo vuelve a ser importante en el camino, como no puede ser de otra forma. Lo lleva en su ADN.

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