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Dosmilveintibetis

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 02-06-2022

Decía Bécquer, sevillano ilustre donde los haya, que el recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo. Con los partidos de fútbol, especialmente con aquellos en los que está en juego un título, sucede lo mismo. Especialmente si llevas 17 años esperando ese día.

La Sevilla verdiblanca es hoy, recién pasada la cuarentena del virus de la resaca copera, una ciudad feliz. Nunca hubo, ni de cerca, en todos estos años de amarga espera, tantas banderas con el glorioso escudo de las trece barras colgadas de sus balcones. Sin ir más lejos, yo he contado hasta ocho, sin sumar la mía, en la calle en la que vivo, que no va más allá del número 30 y que no tiene ninguna casa de más de dos plantas. No está nada mal la media por vivienda.

La misma calle por la que ayer pasaban dos padres con sus respectivas hijas, que aún iban en sillita, por lo que no tendrían más de 3-4 años. Una de ellas empezó a canturrear el himno del Betis, un poco a su manera, es cierto, a lo que su padre, al que parecía que esto del fútbol ni le iba ni le venía, le dijo al otro: “es lo que toca ahora”. Para eso también sirve un triunfo así, para hacer club, para ganar acólitos a la causa, para asentar las convicciones para la eternidad de aquellos niños y niñas a los que el equipo ya caía simpático, pero cuyo nuevo afán va a ser aprenderse la letra del himno de cabo a rabo y perderse en adelante los menos partidos posibles.

Darse un paseo por la capital hispalense es hoy (bueno, lleva siéndolo más de cuarenta días) un bonito y reconfortante ejercicio de beticismo. Y para los que nos hemos tomado esta Copa del trago y los que recordaremos para siempre este año 2022 como el año ‘dosmilveintibetis’, resulta casi inevitable ir mirando hacia arriba en lugar de hacia abajo mientras caminamos y un casi infantil pero conmovedor pensamiento nos atrapa por un instante: ahí vive uno de los míos.

Cuando se dice que un equipo ha escrito la historia puede sonar exagerado, pero tiene una gran parte de verdad. La historia la escribimos nosotros, los socios y aficionados, con la construcción de nuestras ansias previas y la reconstrucción de nuestras posteriores evocaciones, con los cánticos y abrazos con desconocidos a los que nunca más volveremos a ver pero a los que nos unió un momento de pasión compartida y sentida, con las banderas atadas con mimo a las barandillas de nuestros balcones y terrazas, aunque esta alegría ha sido gracias a ellos, al entrenador y sus futbolistas, a ese puñado de nombres de los que, cuando pasen las décadas, seguiremos recordando su dorsal, su año de nacimiento, por dónde tiraron el penalti…

Hay pocas cosas en el fútbol como el sabor de levantar un trofeo en un equipo grande por masa social pero que no está acostumbrado a hacerlo. Es lo mismo que le ha pasado a la Roma más recientemente con la Conference League. Hay una explosión gigantesca de ilusión que se suma a una fe insatisfecha durante tanto tiempo y que se reúnen en una sola noche, en una carrera hacia el punto exacto en el que el balón se encuentra a once metros de la línea de gol en el último lanzamiento de una tanda. 17 años en cinco pasos y un golpeo. Una vida entera. Una explosión gigantesca de ilusión que deviene en una colección de banderas al aire que en realidad no son banderas sino sentimientos que se enarbolan, se agitan, se desatan. Una explosión gigantesca de ilusión que deviene en una colección de recuerdos que serán indelebles.

Llegará agosto, comenzará una nueva temporada y todas esas banderas de los balcones se desteñirán al calor infernal del sol sevillano, pero lo que nadie podrá borrar es el color del recuerdo de esa final. Una noche para quienes la vivieron en el campo, para quienes la vivimos en las calles, que siempre va a estar ahí, como un libro que recuperar de la estantería y al que regresar, en el que sumergirse; como una barca a la que subirse a voluntad para dejarse mecer en el agua, con los ojos cerrados, boca arriba, mientras la brisa de la felicidad te arrulla con aires de abril y una sonrisa verdiblanca vuelve a dibujarse en tu cara. Exactamente como aquel día, de aquel mes, de aquel año. El año en el que el Betis volvió a salir campeón. Y nosotros con él.

Aficionados del Real Betis (Fuente:@RealBetis)

Imagen de cabecera: Real Betis

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Decía Bécquer, sevillano ilustre donde los haya, que el recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo. Con los partidos de fútbol, especialmente con aquellos en los que está en juego un título, sucede lo mismo. Especialmente si llevas 17 años esperando ese día.

La Sevilla verdiblanca es hoy, recién pasada la cuarentena del virus de la resaca copera, una ciudad feliz. Nunca hubo, ni de cerca, en todos estos años de amarga espera, tantas banderas con el glorioso escudo de las trece barras colgadas de sus balcones. Sin ir más lejos, yo he contado hasta ocho, sin sumar la mía, en la calle en la que vivo, que no va más allá del número 30 y que no tiene ninguna casa de más de dos plantas. No está nada mal la media por vivienda.

La misma calle por la que ayer pasaban dos padres con sus respectivas hijas, que aún iban en sillita, por lo que no tendrían más de 3-4 años. Una de ellas empezó a canturrear el himno del Betis, un poco a su manera, es cierto, a lo que su padre, al que parecía que esto del fútbol ni le iba ni le venía, le dijo al otro: “es lo que toca ahora”. Para eso también sirve un triunfo así, para hacer club, para ganar acólitos a la causa, para asentar las convicciones para la eternidad de aquellos niños y niñas a los que el equipo ya caía simpático, pero cuyo nuevo afán va a ser aprenderse la letra del himno de cabo a rabo y perderse en adelante los menos partidos posibles.

Darse un paseo por la capital hispalense es hoy (bueno, lleva siéndolo más de cuarenta días) un bonito y reconfortante ejercicio de beticismo. Y para los que nos hemos tomado esta Copa del trago y los que recordaremos para siempre este año 2022 como el año ‘dosmilveintibetis’, resulta casi inevitable ir mirando hacia arriba en lugar de hacia abajo mientras caminamos y un casi infantil pero conmovedor pensamiento nos atrapa por un instante: ahí vive uno de los míos.

Cuando se dice que un equipo ha escrito la historia puede sonar exagerado, pero tiene una gran parte de verdad. La historia la escribimos nosotros, los socios y aficionados, con la construcción de nuestras ansias previas y la reconstrucción de nuestras posteriores evocaciones, con los cánticos y abrazos con desconocidos a los que nunca más volveremos a ver pero a los que nos unió un momento de pasión compartida y sentida, con las banderas atadas con mimo a las barandillas de nuestros balcones y terrazas, aunque esta alegría ha sido gracias a ellos, al entrenador y sus futbolistas, a ese puñado de nombres de los que, cuando pasen las décadas, seguiremos recordando su dorsal, su año de nacimiento, por dónde tiraron el penalti…

Hay pocas cosas en el fútbol como el sabor de levantar un trofeo en un equipo grande por masa social pero que no está acostumbrado a hacerlo. Es lo mismo que le ha pasado a la Roma más recientemente con la Conference League. Hay una explosión gigantesca de ilusión que se suma a una fe insatisfecha durante tanto tiempo y que se reúnen en una sola noche, en una carrera hacia el punto exacto en el que el balón se encuentra a once metros de la línea de gol en el último lanzamiento de una tanda. 17 años en cinco pasos y un golpeo. Una vida entera. Una explosión gigantesca de ilusión que deviene en una colección de banderas al aire que en realidad no son banderas sino sentimientos que se enarbolan, se agitan, se desatan. Una explosión gigantesca de ilusión que deviene en una colección de recuerdos que serán indelebles.

Llegará agosto, comenzará una nueva temporada y todas esas banderas de los balcones se desteñirán al calor infernal del sol sevillano, pero lo que nadie podrá borrar es el color del recuerdo de esa final. Una noche para quienes la vivieron en el campo, para quienes la vivimos en las calles, que siempre va a estar ahí, como un libro que recuperar de la estantería y al que regresar, en el que sumergirse; como una barca a la que subirse a voluntad para dejarse mecer en el agua, con los ojos cerrados, boca arriba, mientras la brisa de la felicidad te arrulla con aires de abril y una sonrisa verdiblanca vuelve a dibujarse en tu cara. Exactamente como aquel día, de aquel mes, de aquel año. El año en el que el Betis volvió a salir campeón. Y nosotros con él.

Aficionados del Real Betis (Fuente:@RealBetis)

Imagen de cabecera: Real Betis

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Joel Sierra @_JoeLSierra_
02-06-2022

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Cristina Caparrós @criscaparros
26-04-2022