_Osasuna

Domador de la ira

David Orenes @david_lrl 10-12-2019

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Chimy Ávila

Hoy es una de las estrellas de la Liga, uno de los futbolistas más carismáticos en una de las mejores competiciones del mundo, un jugador al que ya relacionan con poderosos como Atlético o Sevilla. Pero no hace mucho, Ezequiel Ávila no tenía nada. Hace cinco años que afrontó la peor situación de su vida, que le pudo costar su carrera profesional y que le pudo llevar directo a la delincuencia.

Nacido y criado en el barrio argentino de Empalme Graneros, en Rosario, Ezequiel no fue ajeno al perjudicial ambiente que le rodeaba, marcado por las drogas y los constantes robos. Su padre abandonó a una familia con nueve hijos (siendo él muy pequeño) y su madre tomó las riendas de la situación. “Es mi guerrera”, cuenta siempre Chimy, que buscaba refugio en el balón. En un lugar donde vivir la noche era lo habitual, el joven se levantaba a las seis de la mañana para ir a entrenar, a veces descalzo y montado ¡a caballo!

Tenía un don y pronto lo vieron en él, de ahí que tras su paso por Tiro Federal tuviera la oportunidad de aprender durante seis meses en el Espanyol de Mauricio Pochettino, cuando apenas contaba con 15 años de edad. A su vuelta a Tiro, empezó su calvario: el presidente del club, Carlos Dávola, le acusó de haber robado indumentaria. La etiqueta de Empalme fue una losa en el peor momento posible. Pese a tener contrato, el club no le pagó un céntimo en dos años y le prohibió jugar, además de despedir a sus dos hermanos y su cuñado. El fútbol le dio la espalda justo cuando su hija pequeña enfermó gravemente. Un virus respiratorio le obligó a permanecer internada, y tras un paro cardiorrespiratorio debía hacerse un estudio de precio muy elevado.

Entonces la situación económica de la familia era complicada. Ezequiel trabajaba de albañil, hacía 30 kilómetros en bicicleta para ir al trabajo o llevarle el billete del colectivo (autobús) a su mujer. Entró en profunda depresión: “Lloraba y le decía a mi mujer que no iba a volver a jugar más. Estaba hundido en el peor de los mares con dos rocas en las piernas”, contó en Clarín. Incluso llegó a pensar en meterse a la delincuencia. Lo evitó gracias a las ayudas de la Asociación de Futbolistas Agremiados, a Néstor Ortigoza (que costeó varios estudios para su hija) y a su amigo y representante, Ariel Galarza, que le puso un preparador físico y le consiguió una oportunidad en San Lorenzo de Almagro, uno de los clubes más reconocidos de Argentina. Lo hizo después de un efímero paso por Seattle Sounders (MLS), debido a una grave lesión (tuvieron que darle 14 puntos de sutura en el tobillo) que le hizo marcharse de allí a los tres meses de aterrizar.

La vida le volvió a sonreír a Chimy. Ya con su hija recuperada, encontró la estabilidad en San Lorenzo y aunque no contaba con los minutos que deseaba, el destino le tenía preparada una sorpresa. Leo Franco, quien fuera internacional con Argentina y compañero suyo en ese vestuario, ocupaba ahora la dirección deportiva del SD Huesca, y le ofreció la posibilidad de fichar en calidad de cedido. Aquella temporada, la del primer ascenso de la historia del club, Chimy jugó 35 partidos y anotó siete goles, uno de ellos clave ante el Barça B para una remontada que suponía prácticamente subir a la máxima categoría del fútbol español.

No fue fácil su adaptación, sin embargo. Jugador temperamental, las situaciones vividas tanto en la infancia como después con la enfermedad de su hija moldearon su fuerte carácter. “Cuando llegué al Huesca tuve una charla con Rubi y le dije que me quería ir porque sentía que no tenía lugar en el equipo. Él me dijo que tenía la oportunidad y que dependía de mí. Me dijo que dejara la ira y que usara la cabeza para revertir la situación en jugar”, contó en una entrevista en MARCA. Pero es precisamente ese carácter, esa ilusión por jugar cada partido como si fuera el ultimo el que le ha hecho llegar a donde está. “Soy una persona que cada choque lo siento como un golpe en la vida. Si uno no lucha, nunca va a ganar nada”, añade.

Tampoco fue un camino de rosas su debut en Primera División, precisamente ya con Leo Franco, su gran valedor, en el banquillo. El atacante rosarino apenas tuvo continuidad en el primer tramo de temporada, acumulando amarillas y lesiones más que buenas sensaciones. En la segunda vuelta ya con Francisco, el Huesca parecía condenado a Segunda. Fue entonces cuando Chimy sacó su mejor repertorio: marcó nueve goles que mantuvieron vivo al equipo azulgrana casi hasta el final, asegurándose además algunas ofertas para mantenerse en la élite. Fue Osasuna, otro recién ascendido, quien apostó por él, y le ha salido de fábula.

Ezequiel suma ya seis goles, cuatro de ellos en los últimos cuatro partidos, y se ha convertido en un ídolo en El Sadar sobre todo por su constante entrega en el terreno de juego, esa lucha que le ha caracterizado a lo largo de toda su vida. Canalizar la ira le ha valido para ser comparado nada menos que con Diego Costa o Raúl García, y a entrar en las quinielas para fichar por un grande como el Atlético (su compatriota Simeone ya le ha echado el ojo, según algunos medios). Ya el Sevilla, el rival al que marcó un golazo el pasado fin de semana, se interesó por él durante el pasado verano. Rechazó su oferta y la del Getafe, equipos de Europa League. “Uno prioriza el bienestar de la familia y estar tranquilo. Para mí eso está por encima del dinero. El dinero es una recompensa que te va a dar Dios más adelante, pero primero hay que armar la casa para poder poner el techo”, dijo en declaraciones al diario AS.

Osasuna fichó al Chimy por 2,7 millones y su cláusula asciende ahora a los 25 millones de euros. Un movimiento que, unido al buen hacer del equipo rojillo en casa (todavía no ha perdido este curso) le vale para firmar una gran primera vuelta y alejarse prudencialmente del descenso. Con 25 años, aquel ‘pibe’ que sufrió lo indecible porque le arrebataron el balón durante dos largos años, ahora disfruta de él cada fin de semana en la mejor Liga del mundo. Un ejemplo de lucha dentro y fuera de campo. Un guerrero de los que ya no quedan.

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Hoy es una de las estrellas de la Liga, uno de los futbolistas más carismáticos en una de las mejores competiciones del mundo, un jugador al que ya relacionan con poderosos como Atlético o Sevilla. Pero no hace mucho, Ezequiel Ávila no tenía nada. Hace cinco años que afrontó la peor situación de su vida, que le pudo costar su carrera profesional y que le pudo llevar directo a la delincuencia.

Nacido y criado en el barrio argentino de Empalme Graneros, en Rosario, Ezequiel no fue ajeno al perjudicial ambiente que le rodeaba, marcado por las drogas y los constantes robos. Su padre abandonó a una familia con nueve hijos (siendo él muy pequeño) y su madre tomó las riendas de la situación. “Es mi guerrera”, cuenta siempre Chimy, que buscaba refugio en el balón. En un lugar donde vivir la noche era lo habitual, el joven se levantaba a las seis de la mañana para ir a entrenar, a veces descalzo y montado ¡a caballo!

Tenía un don y pronto lo vieron en él, de ahí que tras su paso por Tiro Federal tuviera la oportunidad de aprender durante seis meses en el Espanyol de Mauricio Pochettino, cuando apenas contaba con 15 años de edad. A su vuelta a Tiro, empezó su calvario: el presidente del club, Carlos Dávola, le acusó de haber robado indumentaria. La etiqueta de Empalme fue una losa en el peor momento posible. Pese a tener contrato, el club no le pagó un céntimo en dos años y le prohibió jugar, además de despedir a sus dos hermanos y su cuñado. El fútbol le dio la espalda justo cuando su hija pequeña enfermó gravemente. Un virus respiratorio le obligó a permanecer internada, y tras un paro cardiorrespiratorio debía hacerse un estudio de precio muy elevado.

Entonces la situación económica de la familia era complicada. Ezequiel trabajaba de albañil, hacía 30 kilómetros en bicicleta para ir al trabajo o llevarle el billete del colectivo (autobús) a su mujer. Entró en profunda depresión: “Lloraba y le decía a mi mujer que no iba a volver a jugar más. Estaba hundido en el peor de los mares con dos rocas en las piernas”, contó en Clarín. Incluso llegó a pensar en meterse a la delincuencia. Lo evitó gracias a las ayudas de la Asociación de Futbolistas Agremiados, a Néstor Ortigoza (que costeó varios estudios para su hija) y a su amigo y representante, Ariel Galarza, que le puso un preparador físico y le consiguió una oportunidad en San Lorenzo de Almagro, uno de los clubes más reconocidos de Argentina. Lo hizo después de un efímero paso por Seattle Sounders (MLS), debido a una grave lesión (tuvieron que darle 14 puntos de sutura en el tobillo) que le hizo marcharse de allí a los tres meses de aterrizar.

La vida le volvió a sonreír a Chimy. Ya con su hija recuperada, encontró la estabilidad en San Lorenzo y aunque no contaba con los minutos que deseaba, el destino le tenía preparada una sorpresa. Leo Franco, quien fuera internacional con Argentina y compañero suyo en ese vestuario, ocupaba ahora la dirección deportiva del SD Huesca, y le ofreció la posibilidad de fichar en calidad de cedido. Aquella temporada, la del primer ascenso de la historia del club, Chimy jugó 35 partidos y anotó siete goles, uno de ellos clave ante el Barça B para una remontada que suponía prácticamente subir a la máxima categoría del fútbol español.

No fue fácil su adaptación, sin embargo. Jugador temperamental, las situaciones vividas tanto en la infancia como después con la enfermedad de su hija moldearon su fuerte carácter. “Cuando llegué al Huesca tuve una charla con Rubi y le dije que me quería ir porque sentía que no tenía lugar en el equipo. Él me dijo que tenía la oportunidad y que dependía de mí. Me dijo que dejara la ira y que usara la cabeza para revertir la situación en jugar”, contó en una entrevista en MARCA. Pero es precisamente ese carácter, esa ilusión por jugar cada partido como si fuera el ultimo el que le ha hecho llegar a donde está. “Soy una persona que cada choque lo siento como un golpe en la vida. Si uno no lucha, nunca va a ganar nada”, añade.

Tampoco fue un camino de rosas su debut en Primera División, precisamente ya con Leo Franco, su gran valedor, en el banquillo. El atacante rosarino apenas tuvo continuidad en el primer tramo de temporada, acumulando amarillas y lesiones más que buenas sensaciones. En la segunda vuelta ya con Francisco, el Huesca parecía condenado a Segunda. Fue entonces cuando Chimy sacó su mejor repertorio: marcó nueve goles que mantuvieron vivo al equipo azulgrana casi hasta el final, asegurándose además algunas ofertas para mantenerse en la élite. Fue Osasuna, otro recién ascendido, quien apostó por él, y le ha salido de fábula.

Ezequiel suma ya seis goles, cuatro de ellos en los últimos cuatro partidos, y se ha convertido en un ídolo en El Sadar sobre todo por su constante entrega en el terreno de juego, esa lucha que le ha caracterizado a lo largo de toda su vida. Canalizar la ira le ha valido para ser comparado nada menos que con Diego Costa o Raúl García, y a entrar en las quinielas para fichar por un grande como el Atlético (su compatriota Simeone ya le ha echado el ojo, según algunos medios). Ya el Sevilla, el rival al que marcó un golazo el pasado fin de semana, se interesó por él durante el pasado verano. Rechazó su oferta y la del Getafe, equipos de Europa League. “Uno prioriza el bienestar de la familia y estar tranquilo. Para mí eso está por encima del dinero. El dinero es una recompensa que te va a dar Dios más adelante, pero primero hay que armar la casa para poder poner el techo”, dijo en declaraciones al diario AS.

Osasuna fichó al Chimy por 2,7 millones y su cláusula asciende ahora a los 25 millones de euros. Un movimiento que, unido al buen hacer del equipo rojillo en casa (todavía no ha perdido este curso) le vale para firmar una gran primera vuelta y alejarse prudencialmente del descenso. Con 25 años, aquel ‘pibe’ que sufrió lo indecible porque le arrebataron el balón durante dos largos años, ahora disfruta de él cada fin de semana en la mejor Liga del mundo. Un ejemplo de lucha dentro y fuera de campo. Un guerrero de los que ya no quedan.

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