_Fútbol Internacional

Doce clubes sin piedad

Lluís Bou @lluis7bou 19-04-2021

Fútbol y vida, vida y fútbol. El balompié ha sido siempre una pequeña representación de la vida, tal y como la conocemos. El deporte rey escenifica una vida que se desarrolla dentro de un estadio y sobre una alfombra verde. La pelota, oxígeno de esta vida llamada fútbol, corre serio peligro hoy. Este pedazo de cuero redondo e hinchado está presenciando como los clubes más grandes del viejo continente se olvidan de ella y le dan la espalda. En el fútbol, como en la vida, el dinero mueve montañas. En el fútbol, como en la vida, los billetes mandan.

Real Madrid, FC Barcelona, Atlético de Madrid, Juventus, Inter, Milan, Manchester United, Liverpool, Chelsea, Arsenal, Manchester City y Tottenham. Doce sujetos sentados en una mesa decidiendo el futuro del fútbol y poniendo la Superliga Europea en boca de todos. Permítanme compartir la representación mental de esa mesa. Es una habitación oscura, con una luz tímida que ilumina una gran nube de humo que planea sobre una mesa de madera. Los sujetos, trajeados y con el pelo engominado, fuman puros cubanos y cargan con fajos de billetes en sus bolsillos. En la puerta de la habitación hay un cartel que pone: “Área privada, prohibida la entrada”. Es una habitación exclusiva, y los que están dentro de ella se creen con poder para decidir no solamente su futuro, sino el del resto de clubes y el del ecosistema del fútbol en general. 

Estos doce han puesto el fútbol patas arriba. Un cambio radical en el que ellos son los grandes beneficiados y los únicos interesados. “Pure greed”. En español, pura codicia. Así lo definía Gary Neville, leyenda del Manchester United y convertido en uno de los grandes abanderados en la lucha contra la Superliga, al saltar la noticia de la oficialidad de la competición. La codicia, uno de los siete pecados capitales, está dirigiendo las operaciones desde la mente de los que tienen el poder (o creen tenerlo) en el paisaje futbolístico. La codicia y la avaricia, primos hermanos, están conduciendo el fútbol a un lugar todavía más elitista y clasista. Más dinero y más poder para los ricos y poderosos; más hambre para los que intentan sobrevivir a base de esfuerzo. En el fútbol, como en la vida, los poderosos son intocables y los más débiles son castigados.

El anuncio de la Superliga dictaba que la cuantía de clubes fundadores se elevaba a 15. Tras los desmarques de Porto, Bayern, RB Leipzig y Dortmund, las dudas sobre quién completará la lista se elevan. Una vez se cierre el listado, los clubes invitarán a 5 equipos por temporada. 15 fijos y 5 de quita y pon. Si alguno de los fundadores pierde 70 partidos seguidos no pasará nada. No habrá peligro de descender ni necesidad de hacer las cosas bien para clasificarte el año siguiente. La Superliga, antagónica a la meritocracia, es un pasatiempos despreocupado entre los sujetos de la mesa que, benevolentes y solidarios, se dan el lujo de invitar a cinco equipos para que puedan saborear las mieles del poder antes de volver a la miseria.

Mientras eso pasa, los clubes que no tienen la llave de esta habitación ven como sufre y desaparece su fútbol, el popular, el que todos conocemos y el que nos cautivó y enamoró cuando todavía dábamos nuestros primeros pasos en la vida. Si la Superliga europea se convierte en realidad, los equipos excluidos de la mesa dejarán de soñar. Los 12 clubes sin piedad (12 hasta que sean 15) dictan el destino de los otros equipos. El Leicester ya no podrá obrar el milagro ante los gigantes británicos. El Ajax ya no podrá eliminar a Madrid y Juve ante la mirada atónita de toda Europa. El Depor no podrá disfrazarse de SuperDepor, Alavés y Espanyol no podrán sorprender a todos plantándose en la final de la UEFA y el Granada no podrá hacer soñar a una ciudad librando tremendas batallas en casa de gigantes europeos. Todo esto responde a un mismo motivo: los grandes quieren jugar entre ellos y dejar de lado al resto. En este marco de egoísmo y donde reinan los egos, los clubes que no forman parte de la mesa carecerán de oportunidades deportivas y comerciales, con lo que las dificultades para su supervivencia seguirán aumentando. Pienso en qué diría Cruyff si viviese hoy en Amsterdam o en cómo actuaría Maradona en el próximo partido si estuviese instalado en Nápoles.

Mientras tanto, UEFA y FIFA se posicionan como principales opositores al gran proyecto dirigido por Florentino Pérez. UEFA y FIFA, voces portadores de los modestos. Suena a broma, pero así es. Las mismas organizaciones que han conducido el fútbol al negocio y lo han alejado de las aficiones y de su esencia ahora gritan a los cuatro vientos las aberraciones que plantea la Superliga. La Gran Guerra es una realidad, pero como bien dice la portada de “L’Equipe”, es una guerra entre ricos. Un pulso entre poderosos e interesados en el que modestos, aficionados y pelota no podemos hacer más que contemplar el espectáculo con las manos en la cabeza.

Es una obviedad que el fútbol necesita cambios. Nacido como deporte, convertido en espectáculo y transformado en un negocio, no se le escapa a nadie que el fútbol y todo su circo es uno de los productos más potentes a nivel mundial. Mueve cantidades estratosféricas de dinero y atrae a miles de millones de personas procedentes de cualquier parte del globo. 

Es normal que una arma así de poderosa sea explotada hasta niveles impensables, pero lo que es inadmisible es que el fútbol deje de ser un deporte global. La pelota, ese objeto que puede generar un juego en el palacio más lujoso o en la cárcel más paupérrima, no pertenece a nadie. La pelota es de todos y 12 sujetos, aunque sea fumando puros y manejando fajos de billetes a destajo, no tienen derecho alguno a quitárnosla. 

Corren tiempos difíciles para la pelota. Cuidémosla, que sin ella no hay fútbol.


Imagen de cabecera: ImagoImages

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Fútbol y vida, vida y fútbol. El balompié ha sido siempre una pequeña representación de la vida, tal y como la conocemos. El deporte rey escenifica una vida que se desarrolla dentro de un estadio y sobre una alfombra verde. La pelota, oxígeno de esta vida llamada fútbol, corre serio peligro hoy. Este pedazo de cuero redondo e hinchado está presenciando como los clubes más grandes del viejo continente se olvidan de ella y le dan la espalda. En el fútbol, como en la vida, el dinero mueve montañas. En el fútbol, como en la vida, los billetes mandan.

Real Madrid, FC Barcelona, Atlético de Madrid, Juventus, Inter, Milan, Manchester United, Liverpool, Chelsea, Arsenal, Manchester City y Tottenham. Doce sujetos sentados en una mesa decidiendo el futuro del fútbol y poniendo la Superliga Europea en boca de todos. Permítanme compartir la representación mental de esa mesa. Es una habitación oscura, con una luz tímida que ilumina una gran nube de humo que planea sobre una mesa de madera. Los sujetos, trajeados y con el pelo engominado, fuman puros cubanos y cargan con fajos de billetes en sus bolsillos. En la puerta de la habitación hay un cartel que pone: “Área privada, prohibida la entrada”. Es una habitación exclusiva, y los que están dentro de ella se creen con poder para decidir no solamente su futuro, sino el del resto de clubes y el del ecosistema del fútbol en general. 

Estos doce han puesto el fútbol patas arriba. Un cambio radical en el que ellos son los grandes beneficiados y los únicos interesados. “Pure greed”. En español, pura codicia. Así lo definía Gary Neville, leyenda del Manchester United y convertido en uno de los grandes abanderados en la lucha contra la Superliga, al saltar la noticia de la oficialidad de la competición. La codicia, uno de los siete pecados capitales, está dirigiendo las operaciones desde la mente de los que tienen el poder (o creen tenerlo) en el paisaje futbolístico. La codicia y la avaricia, primos hermanos, están conduciendo el fútbol a un lugar todavía más elitista y clasista. Más dinero y más poder para los ricos y poderosos; más hambre para los que intentan sobrevivir a base de esfuerzo. En el fútbol, como en la vida, los poderosos son intocables y los más débiles son castigados.

El anuncio de la Superliga dictaba que la cuantía de clubes fundadores se elevaba a 15. Tras los desmarques de Porto, Bayern, RB Leipzig y Dortmund, las dudas sobre quién completará la lista se elevan. Una vez se cierre el listado, los clubes invitarán a 5 equipos por temporada. 15 fijos y 5 de quita y pon. Si alguno de los fundadores pierde 70 partidos seguidos no pasará nada. No habrá peligro de descender ni necesidad de hacer las cosas bien para clasificarte el año siguiente. La Superliga, antagónica a la meritocracia, es un pasatiempos despreocupado entre los sujetos de la mesa que, benevolentes y solidarios, se dan el lujo de invitar a cinco equipos para que puedan saborear las mieles del poder antes de volver a la miseria.

Mientras eso pasa, los clubes que no tienen la llave de esta habitación ven como sufre y desaparece su fútbol, el popular, el que todos conocemos y el que nos cautivó y enamoró cuando todavía dábamos nuestros primeros pasos en la vida. Si la Superliga europea se convierte en realidad, los equipos excluidos de la mesa dejarán de soñar. Los 12 clubes sin piedad (12 hasta que sean 15) dictan el destino de los otros equipos. El Leicester ya no podrá obrar el milagro ante los gigantes británicos. El Ajax ya no podrá eliminar a Madrid y Juve ante la mirada atónita de toda Europa. El Depor no podrá disfrazarse de SuperDepor, Alavés y Espanyol no podrán sorprender a todos plantándose en la final de la UEFA y el Granada no podrá hacer soñar a una ciudad librando tremendas batallas en casa de gigantes europeos. Todo esto responde a un mismo motivo: los grandes quieren jugar entre ellos y dejar de lado al resto. En este marco de egoísmo y donde reinan los egos, los clubes que no forman parte de la mesa carecerán de oportunidades deportivas y comerciales, con lo que las dificultades para su supervivencia seguirán aumentando. Pienso en qué diría Cruyff si viviese hoy en Amsterdam o en cómo actuaría Maradona en el próximo partido si estuviese instalado en Nápoles.

Mientras tanto, UEFA y FIFA se posicionan como principales opositores al gran proyecto dirigido por Florentino Pérez. UEFA y FIFA, voces portadores de los modestos. Suena a broma, pero así es. Las mismas organizaciones que han conducido el fútbol al negocio y lo han alejado de las aficiones y de su esencia ahora gritan a los cuatro vientos las aberraciones que plantea la Superliga. La Gran Guerra es una realidad, pero como bien dice la portada de “L’Equipe”, es una guerra entre ricos. Un pulso entre poderosos e interesados en el que modestos, aficionados y pelota no podemos hacer más que contemplar el espectáculo con las manos en la cabeza.

Es una obviedad que el fútbol necesita cambios. Nacido como deporte, convertido en espectáculo y transformado en un negocio, no se le escapa a nadie que el fútbol y todo su circo es uno de los productos más potentes a nivel mundial. Mueve cantidades estratosféricas de dinero y atrae a miles de millones de personas procedentes de cualquier parte del globo. 

Es normal que una arma así de poderosa sea explotada hasta niveles impensables, pero lo que es inadmisible es que el fútbol deje de ser un deporte global. La pelota, ese objeto que puede generar un juego en el palacio más lujoso o en la cárcel más paupérrima, no pertenece a nadie. La pelota es de todos y 12 sujetos, aunque sea fumando puros y manejando fajos de billetes a destajo, no tienen derecho alguno a quitárnosla. 

Corren tiempos difíciles para la pelota. Cuidémosla, que sin ella no hay fútbol.


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