_Fútbol portugués

Los difíciles inicios de Deco

Bicampeón de la Champions, cerebro ejecutor del mejor Porto de Mourinho y puntal indispensable del Barça de Rijkaard que puso fin a la letanía de sinsabores reinante en casa azulgrana. Retirado desde 2013, Anderson Luis de Souza puede decir que lo ha ganado todo en el universo balompédico: títulos, respeto y el recuerdo indeleble especialmente de aquellos que le vieron desplegar su juego sobre el césped do Dragão y del Camp Nou. Todo un referente. El mejor en su puesto durante varias temporadas. Sin embargo, en los inicios del sobresaliente centrocampista luso-brasileño, el fútbol le puso varios palos en las ruedas. Trabas que a cualquier otro, con la mitad de su carácter ganador en las venas, le hubieran hecho tropezar y, seguramente, desistir para después deambular antes de caer.

Nacido en São Bernardo do Campo, en el área metropolitana de São Paulo, Deco pasó por varios clubes de la ciudad como el Juventus da Mooca o el Nacional de São Paulo antes de llegar, con 18 años, a la cantera de uno de los gigantes paulistas por antonomasia y al equipo con más títulos estatales, el Corinthians. Con el ‘Timão’, Deco empezó a despuntar pero en un fútbol que aúna ingentes cantidades de talento entre las manos suele ocurrir con frecuencia que éste se escapa entre los dedos sin apenas echar cuentas. Y así fue.

Aquel joven prometedor tan solo disputó dos encuentros con el primer equipo antes de marcharse en dirección norte para formar parte del Centro Sportivo Alagoano, dónde había despuntado un par de campañas antes otro buscavidas como Catanha. Su debut, el 11 de agosto de 1996 ante Atlético Mineiro de la mano del técnico Valdir Espinosa. El segundo partido, en octubre del mismo año contra Fluminense. Lo que Deco no sabía entonces es que aquellos choques iban a ser sus dos únicos partidos en la élite brasileña hasta su vuelta al ‘Flu’ precisamente, casi tres lustros después.

«Poco convincente» o «demasiado individualista» fueron algunos de los argumentos esgrimidos por los dirigentes de un Corinthians que decidió dejar de pujar por aquella promesa. Era una entre miles. O eso creían ellos. Contra todo pronóstico, el aparente paso atrás sirvió como primigenia lanzadera y la modesta Série C de Brasil y el más modesto todavía Campeonato Alagoano se convirtieron en su primera plataforma y en su pasaporte a Europa gracias a su superioridad técnica y a sus nueves tantos en trece partidos con el conjunto de Maceió.

Nada más y nada menos que el Benfica. El club más laureado de Portugal y un histórico del Viejo Continente estaba interesado en su contratación. Como buen pescador, el club lisboeta tenía sus redes echadas por el vasto semillero futbolístico a escala mundial que es Brasil y Deco encajaba en el perfil de diez en crecimiento que los encarnados estaban buscando desde la salida de Rui Costa a Florencia. Hasta allí se había desplazado en aquella ocasión Toni Oliveira, exjugador y técnico benfiquista y por aquel entonces director deportivo del club. «Vi lo que todos veían. Un jugador con una madurez técnica y una lectura de juego que iban a convertirle en el gran futbolista que efectivamente fue después», declaraba Oliveira al portal ‘Maisfutebol’.

Deco llegó a Lisboa junto a Celso das Neves ‘Cajú’, con el que había coincidido en los juveniles del Corinthians y con el que compartiría un idéntico destino pero un futuro totalmente opuesto. Lo que los dos incipientes futbolistas brasileños, instalados de manera incipiente en la veintena de edad, se encontraron a su llegada era poco menos que una situación kafkiana que distaba mucho de las luces de la prometida oportunidad de éxito en Da Luz.

El aeropuerto de Portela estaba plagado de hinchas del Benfica. Un hecho siempre ilusionante para cualquier jugador recién aterrizado en Europa cargado de expectativas pero no estaban allí por ellos dos. Los aficionados aguardaban la llegada de Paulo Nunes, pendiente de aterrizar también desde Brasil aquel mismo día. Un delantero mucho más consagrado y con mucho más pedigrí tras haberse hartado de goles y títulos en un Grêmio en el que formaba dupla con Jardel y en el que comenzaba a dar sus primeros pasos como profesional un tal Ronaldinho. Nadie les conocía. Nadie les esperaba.

Deco y Cajú jugarían a orillas del Tajo pero no en el Benfica como ellos pensaban, ni tampoco en Lisboa. Sino unos veinte kilómetros río arriba. En Alverca. Iban a ser cedidos premeditadamente a un club satélite de segunda división. En un equipo con nombres como João Pinto, Poborsky o el propio Paulo Nunes, no había sitio para aquellos dos jóvenes desconocidos. Deco cuenta en su biografía, de título cien por cien evocador (‘O Preço da Glória’), cómo se montaron en un Renault 19 sin apenas mediar palabra. «No hacía más que ver indicadores de dirección en los que ponía Alverca. Me di cuenta enseguida de cuál era nuestro destino». Habían sido engañados por la agencia que gestionaba sus derechos deportivos. «Desconocíamos el valor de cambio de los escudos portugueses. Firmamos el contrato pensado que cobraríamos unos 5000 dólares mensuales. Días después nos dimos cuenta de que en realidad habíamos firmado por menos de la mitad de dinero». Ya era tarde.

Pese a todo, la temporada de Deco en Alverca fue espectacular con 14 goles en su registro particular, guiando al equipo al ascenso a la máxima categoría con un fútbol que avecinaba, por fin, un futuro inmediato en el Benfica. No podía ser de otra forma y, sin embargo, lo fue. Ni Graeme Souness, que no creía que pudiese seguir desarrollando su nivel futbolístico, ni la sociedad estaban dispuesta a apostar por él ni siquiera tras un año de rodaje aprobado con nota por los campos de la Liga de Honra. Seguía sin tener un nombre y, por tanto, seguía sin tener un sitio en el plantel. Había luchado contra viento y marea por una oportunidad, la había merecido pero seguía siendo un renegado sin remedio al que el tiempo para dar el gran salto y conquistar Europa parecía ir alejándosele pese a su juventud y aptitudes.

El Benfica lo envío traspasado al Salgueiros, otro recién ascendido, a cambio de Luís Carlos y Nandinho. Un jugador de posición similar a la de Deco que disputó tres campañas con ‘Las Águilas’ como suplente habitual y un delantero con el que el club pensaba que estaba fichando al nuevo Sá Pinto como hubiera hecho el Sporting poco antes desde el mismo origen y que abandonó Da Luz tras aquella primera temporada 1998/99. «Vendieron un lingote de oro como si fuese una barra de hierro. Yo pensaba que él sería el nuevo Maestro del Benfica», decía Toni, por entonces fuera del engranaje técnico, en referencia al talento de Deco para haber sido el sustituto idóneo de Rui Costa tras su marcha en 1994. «Error histórico».

Leer más: Carta a Ronaldinho

En Portugal hay un dicho extendido: «Lisboa diverte-se e o Porto trabalha». Y Pinto Da Costa ha llevado el aforismo a su máxima expresión durante los últimos años, trabajando y valorando en su justa medida joyas no apreciadas en casa de los rivales capitalinos para después pulirlas y sacarles el máximo brillo posible. Desde Paulo Futre, pasando por Maniche o Moutinho hasta llegar incluso a los banquillos con José Mourinho. El Porto, dirigido por un lince como Da Costa, supo ver lo que otros no habían sido capaces y se hizo con su fichaje mediada la temporada 1998/99 tras sólo haber disputado trece partidos en Primera con el Salgueiros, club del área metropolitana de Oporto.

Su final de campaña fue discreto pero al año siguiente, Deco empezó a carburar y a dejar atrás el camino repleto de baches por el que había transitado. Cajú, por su parte, había hecho una esforzada carrera en el Alverca, la cual le permitió llegar a reencontrarse con su compañero de fatigas en el Porto durante la 1999/00. No tuvo éxito ni fortuna y se vio obligado a tomar el camino de vuelta hacia la orilla del Tajo, veinte kilómetros río arriba desde Lisboa. Nunca logró convertirse en una estrella, salvo allí, en aquel mismo sitio al que le llevaron sin conocimiento de causa en un trayecto en el que la ilusión por llegar a ser una figura mundial comenzó a resquebrajarse.

En enero de 2002, Mourinho sustituyó a Machado al frente del Porto. La llegada del entrenador que, tras su experiencia como asistente en el Barcelona, había fracasado en el Benfica- por donde había pasado de puntillas como el propio Deco-, supuso el último impulso, el empujón definitivo. Anderson Luis de Souza iba a triunfar con letras de oro, iba a dominar Europa como soñaba con hacerlo poco antes de aterrizar en Lisboa en aquel verano de 1997, iba a convertirse en el objeto de deseo grandes clubes. Sin remilgos, sin cesiones, sin engaños. Aquel jugador al que nadie quería iba a ser ahora querido por todos.

Su carrera a trompicones quedaba atrás junto con su lucha a contracorriente contra los elementos adversos y contra la cruda realidad de un fútbol sin purpurina ni letras de neón. Con ‘The Special One’, Deco se convirtió en uno de los mejores centrocampistas del panorama futbolístico y en el ídolo inconmensurable en do Dragão, hasta el punto de que la hinchada portista le cantaba una y otra vez: «Es el número diez y finta con los dos pies, es mejor que Pelé, él es Deco, alé, alé». Había ganado. Había logrado salir indemne y victorioso de una batalla de vida destinada exclusivamente a los mejores. El resto es historia y gloria. Ésta, su otra cara y su precio.

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Bicampeón de la Champions, cerebro ejecutor del mejor Porto de Mourinho y puntal indispensable del Barça de Rijkaard que puso fin a la letanía de sinsabores reinante en casa azulgrana. Retirado desde 2013, Anderson Luis de Souza puede decir que lo ha ganado todo en el universo balompédico: títulos, respeto y el recuerdo indeleble especialmente de aquellos que le vieron desplegar su juego sobre el césped do Dragão y del Camp Nou. Todo un referente. El mejor en su puesto durante varias temporadas. Sin embargo, en los inicios del sobresaliente centrocampista luso-brasileño, el fútbol le puso varios palos en las ruedas. Trabas que a cualquier otro, con la mitad de su carácter ganador en las venas, le hubieran hecho tropezar y, seguramente, desistir para después deambular antes de caer.

Nacido en São Bernardo do Campo, en el área metropolitana de São Paulo, Deco pasó por varios clubes de la ciudad como el Juventus da Mooca o el Nacional de São Paulo antes de llegar, con 18 años, a la cantera de uno de los gigantes paulistas por antonomasia y al equipo con más títulos estatales, el Corinthians. Con el ‘Timão’, Deco empezó a despuntar pero en un fútbol que aúna ingentes cantidades de talento entre las manos suele ocurrir con frecuencia que éste se escapa entre los dedos sin apenas echar cuentas. Y así fue.

Aquel joven prometedor tan solo disputó dos encuentros con el primer equipo antes de marcharse en dirección norte para formar parte del Centro Sportivo Alagoano, dónde había despuntado un par de campañas antes otro buscavidas como Catanha. Su debut, el 11 de agosto de 1996 ante Atlético Mineiro de la mano del técnico Valdir Espinosa. El segundo partido, en octubre del mismo año contra Fluminense. Lo que Deco no sabía entonces es que aquellos choques iban a ser sus dos únicos partidos en la élite brasileña hasta su vuelta al ‘Flu’ precisamente, casi tres lustros después.

«Poco convincente» o «demasiado individualista» fueron algunos de los argumentos esgrimidos por los dirigentes de un Corinthians que decidió dejar de pujar por aquella promesa. Era una entre miles. O eso creían ellos. Contra todo pronóstico, el aparente paso atrás sirvió como primigenia lanzadera y la modesta Série C de Brasil y el más modesto todavía Campeonato Alagoano se convirtieron en su primera plataforma y en su pasaporte a Europa gracias a su superioridad técnica y a sus nueves tantos en trece partidos con el conjunto de Maceió.

Nada más y nada menos que el Benfica. El club más laureado de Portugal y un histórico del Viejo Continente estaba interesado en su contratación. Como buen pescador, el club lisboeta tenía sus redes echadas por el vasto semillero futbolístico a escala mundial que es Brasil y Deco encajaba en el perfil de diez en crecimiento que los encarnados estaban buscando desde la salida de Rui Costa a Florencia. Hasta allí se había desplazado en aquella ocasión Toni Oliveira, exjugador y técnico benfiquista y por aquel entonces director deportivo del club. «Vi lo que todos veían. Un jugador con una madurez técnica y una lectura de juego que iban a convertirle en el gran futbolista que efectivamente fue después», declaraba Oliveira al portal ‘Maisfutebol’.

Deco llegó a Lisboa junto a Celso das Neves ‘Cajú’, con el que había coincidido en los juveniles del Corinthians y con el que compartiría un idéntico destino pero un futuro totalmente opuesto. Lo que los dos incipientes futbolistas brasileños, instalados de manera incipiente en la veintena de edad, se encontraron a su llegada era poco menos que una situación kafkiana que distaba mucho de las luces de la prometida oportunidad de éxito en Da Luz.

El aeropuerto de Portela estaba plagado de hinchas del Benfica. Un hecho siempre ilusionante para cualquier jugador recién aterrizado en Europa cargado de expectativas pero no estaban allí por ellos dos. Los aficionados aguardaban la llegada de Paulo Nunes, pendiente de aterrizar también desde Brasil aquel mismo día. Un delantero mucho más consagrado y con mucho más pedigrí tras haberse hartado de goles y títulos en un Grêmio en el que formaba dupla con Jardel y en el que comenzaba a dar sus primeros pasos como profesional un tal Ronaldinho. Nadie les conocía. Nadie les esperaba.

Deco y Cajú jugarían a orillas del Tajo pero no en el Benfica como ellos pensaban, ni tampoco en Lisboa. Sino unos veinte kilómetros río arriba. En Alverca. Iban a ser cedidos premeditadamente a un club satélite de segunda división. En un equipo con nombres como João Pinto, Poborsky o el propio Paulo Nunes, no había sitio para aquellos dos jóvenes desconocidos. Deco cuenta en su biografía, de título cien por cien evocador (‘O Preço da Glória’), cómo se montaron en un Renault 19 sin apenas mediar palabra. «No hacía más que ver indicadores de dirección en los que ponía Alverca. Me di cuenta enseguida de cuál era nuestro destino». Habían sido engañados por la agencia que gestionaba sus derechos deportivos. «Desconocíamos el valor de cambio de los escudos portugueses. Firmamos el contrato pensado que cobraríamos unos 5000 dólares mensuales. Días después nos dimos cuenta de que en realidad habíamos firmado por menos de la mitad de dinero». Ya era tarde.

Pese a todo, la temporada de Deco en Alverca fue espectacular con 14 goles en su registro particular, guiando al equipo al ascenso a la máxima categoría con un fútbol que avecinaba, por fin, un futuro inmediato en el Benfica. No podía ser de otra forma y, sin embargo, lo fue. Ni Graeme Souness, que no creía que pudiese seguir desarrollando su nivel futbolístico, ni la sociedad estaban dispuesta a apostar por él ni siquiera tras un año de rodaje aprobado con nota por los campos de la Liga de Honra. Seguía sin tener un nombre y, por tanto, seguía sin tener un sitio en el plantel. Había luchado contra viento y marea por una oportunidad, la había merecido pero seguía siendo un renegado sin remedio al que el tiempo para dar el gran salto y conquistar Europa parecía ir alejándosele pese a su juventud y aptitudes.

El Benfica lo envío traspasado al Salgueiros, otro recién ascendido, a cambio de Luís Carlos y Nandinho. Un jugador de posición similar a la de Deco que disputó tres campañas con ‘Las Águilas’ como suplente habitual y un delantero con el que el club pensaba que estaba fichando al nuevo Sá Pinto como hubiera hecho el Sporting poco antes desde el mismo origen y que abandonó Da Luz tras aquella primera temporada 1998/99. «Vendieron un lingote de oro como si fuese una barra de hierro. Yo pensaba que él sería el nuevo Maestro del Benfica», decía Toni, por entonces fuera del engranaje técnico, en referencia al talento de Deco para haber sido el sustituto idóneo de Rui Costa tras su marcha en 1994. «Error histórico».

Leer más: Carta a Ronaldinho

En Portugal hay un dicho extendido: «Lisboa diverte-se e o Porto trabalha». Y Pinto Da Costa ha llevado el aforismo a su máxima expresión durante los últimos años, trabajando y valorando en su justa medida joyas no apreciadas en casa de los rivales capitalinos para después pulirlas y sacarles el máximo brillo posible. Desde Paulo Futre, pasando por Maniche o Moutinho hasta llegar incluso a los banquillos con José Mourinho. El Porto, dirigido por un lince como Da Costa, supo ver lo que otros no habían sido capaces y se hizo con su fichaje mediada la temporada 1998/99 tras sólo haber disputado trece partidos en Primera con el Salgueiros, club del área metropolitana de Oporto.

Su final de campaña fue discreto pero al año siguiente, Deco empezó a carburar y a dejar atrás el camino repleto de baches por el que había transitado. Cajú, por su parte, había hecho una esforzada carrera en el Alverca, la cual le permitió llegar a reencontrarse con su compañero de fatigas en el Porto durante la 1999/00. No tuvo éxito ni fortuna y se vio obligado a tomar el camino de vuelta hacia la orilla del Tajo, veinte kilómetros río arriba desde Lisboa. Nunca logró convertirse en una estrella, salvo allí, en aquel mismo sitio al que le llevaron sin conocimiento de causa en un trayecto en el que la ilusión por llegar a ser una figura mundial comenzó a resquebrajarse.

En enero de 2002, Mourinho sustituyó a Machado al frente del Porto. La llegada del entrenador que, tras su experiencia como asistente en el Barcelona, había fracasado en el Benfica- por donde había pasado de puntillas como el propio Deco-, supuso el último impulso, el empujón definitivo. Anderson Luis de Souza iba a triunfar con letras de oro, iba a dominar Europa como soñaba con hacerlo poco antes de aterrizar en Lisboa en aquel verano de 1997, iba a convertirse en el objeto de deseo grandes clubes. Sin remilgos, sin cesiones, sin engaños. Aquel jugador al que nadie quería iba a ser ahora querido por todos.

Su carrera a trompicones quedaba atrás junto con su lucha a contracorriente contra los elementos adversos y contra la cruda realidad de un fútbol sin purpurina ni letras de neón. Con ‘The Special One’, Deco se convirtió en uno de los mejores centrocampistas del panorama futbolístico y en el ídolo inconmensurable en do Dragão, hasta el punto de que la hinchada portista le cantaba una y otra vez: «Es el número diez y finta con los dos pies, es mejor que Pelé, él es Deco, alé, alé». Había ganado. Había logrado salir indemne y victorioso de una batalla de vida destinada exclusivamente a los mejores. El resto es historia y gloria. Ésta, su otra cara y su precio.