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¿Diego Godín a cualquier precio?

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 22-01-2019

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Se presentan unos meses intensos en la relación Diego Godín-Atlético de Madrid. El uruguayo, que cumple los 33 años en apenas tres semanas, es libre de negociar su contrato con quien quiera para unirse a un nuevo equipo a partir de junio. Ofertas no le faltan, ni le van a faltar. Y habrá de todo. El caso es que el zaguero, capitán del Atlético de Madrid, donde ya lleva nueve temporadas, es uno de los símbolos de una grada que en los últimos tiempos ha visto perdido el sentido de pertenencia de quienes quizás mejor entienden lo que significa el club: Gabi y Torres.

Es un secreto a voces que la política de renovaciones que el Atlético aplica a los mayores de 32 años no gusta entre los veteranos. Esa que dice que ampliarán sus contratos, más bien a la baja, siempre y cuando cumplan 25 partidos jugando al menos 60 minutos en una temporada. Ya tuvo problemas con ello Tiago, le siguió Torres, Gabi se sintió infravalorado un par de veranos y Juanfran ya lo ha sufrido en sus carnes.

Este curso, el lateral de Crevillente se vuelve a sumar a una situación que ya conoce y lo hace junto a Godín y Filipe. Si bien el brasileño parece tener un pie y medio fuera y el propio Juanfran, por rendimiento, no supone un problema tan crucial como los otros dos, es el de Godín el caso que más quebraderos de cabeza está generando tanto a grada como a futbolista y dirección deportiva. ¿Hasta qué punto hay que darle al capitán todo lo que pide y saltarse una política base?

Bien es cierto que no todos los jugadores son iguales, que no todos llegan a los 32 a un mismo nivel y que no todos juegan un mismo rol ya no solo en los planes de Simeone, sino en el vestuario. Se dice que un futbolista logra llegar a su mejor momento de forma entre los 27 y los 30 años. Por eso, no es justo decir que aquel que pase de la treintena es un exfutbolista por mucho que haya algunos que lleguen a esa edad muy quemados.

Que Diego Godín ya ha vivido sus mejores días como futbolista es un hecho innegable. Que aún tiene mucho por aportar es otro. El central, obvio, mira por su interés más allá del que tenga el club. Busca un gran contrato que a esa edad puede ser el definitivo de verdad. La entidad trata de guardarse las espaldas antes de soltar la chequera en futbolistas que puedan acusar los achaques de la edad.

El charrúa cobra cinco millones de euros limpios, según el estudio Global Sport Salaries elaborado por Sporting Intelligence. Una cantidad nada desdeñable si tenemos en cuenta el escalón salarial que ocupa el Atlético de Madrid. Y es que por mucho que Griezmann se embolse unos 20 millones anuales, millón arriba millón abajo (hay informaciones que dicen que percibe 23 mientras otras afirman que son 18) la realidad del Atlético es otra. No puede competir en cuanto a salarios con los equipos punteros de Europa, más allá del lujo que se ha permitido dar con el francés.

En los últimos dos años, Godín ha sufrido cinco lesiones y se ha perdido 10 partidos. En muchos otros ha jugado tocado, más por carácter que por realidad física. No son muchos, pero no es menos cierto que el rendimiento del charrúa no es ya el mismo que el que pudiera dar cinco años atrás. Que la regularidad que tenía no la volverá a disfrutar y que en según qué partidos se nota que ya no tiene la frescura de un chaval. Que la competencia con Savic, Lucas y Giménez es voraz y que, si bien sería una lástima, con un buen reemplazo, hoy no sería imprescindible. Porque no hablamos del mejor Diego Godín.

Entonces, si no es la mejor versión del uruguayo, ¿por qué ha de cobrar el mejor contrato de su vida? Quizás aquí entren en juego los galones de la capitanía, la burbuja económica que no deja de crecer cada año y otros aspectos como pueda ser su relación con el propio Griezmann o la confianza de Simeone.

Lo cierto es que el Atlético, que ha experimentado un incremento generalizado en el tema salarios en los últimos años gracias a su buen crecimiento como marca, tiene serios problemas con el Fair Play Financiero y no puede renovar contratos en alza a la ligera. Eso ha de entenderlo el uruguayo.

Godín, que en los últimos dos veranos ha rechazado a los dos clubes de Mánchester, ya afirmó también hace menos de un lustro que si no se había ido o pensado en irse era porque no le había llegado una oferta de un equipo top por el que dar un salto. Ahora, la oportunidad que le seduce es la del Inter de Milán, que no es un equipo puntero pero que sí le puede prolongar por años un suculento contrato y sobre todo una buena prima de fichaje, algo con lo que el Atlético ni puede ni debería competir.

Como en todo, la solución suele estar en los grises. Que ceda el jugador, entendiendo que ya no es lo que fue y que suelte cuerda el club. Si Godín quiere quedarse, así será, porque sea cual sea lo que firme, el Atlético no le pagará poco. Si el club quiere que se quede, también deberá ceder. Es el club quien ha de respetar a sus leyendas. Son sus leyendas quienes han de entender que las rayas rojas y blancas van mucho más allá de una chequera. Pero como en todo en esta vida, cuesta mucho dar un brazo a torcer.

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Se presentan unos meses intensos en la relación Diego Godín-Atlético de Madrid. El uruguayo, que cumple los 33 años en apenas tres semanas, es libre de negociar su contrato con quien quiera para unirse a un nuevo equipo a partir de junio. Ofertas no le faltan, ni le van a faltar. Y habrá de todo. El caso es que el zaguero, capitán del Atlético de Madrid, donde ya lleva nueve temporadas, es uno de los símbolos de una grada que en los últimos tiempos ha visto perdido el sentido de pertenencia de quienes quizás mejor entienden lo que significa el club: Gabi y Torres.

Es un secreto a voces que la política de renovaciones que el Atlético aplica a los mayores de 32 años no gusta entre los veteranos. Esa que dice que ampliarán sus contratos, más bien a la baja, siempre y cuando cumplan 25 partidos jugando al menos 60 minutos en una temporada. Ya tuvo problemas con ello Tiago, le siguió Torres, Gabi se sintió infravalorado un par de veranos y Juanfran ya lo ha sufrido en sus carnes.

Este curso, el lateral de Crevillente se vuelve a sumar a una situación que ya conoce y lo hace junto a Godín y Filipe. Si bien el brasileño parece tener un pie y medio fuera y el propio Juanfran, por rendimiento, no supone un problema tan crucial como los otros dos, es el de Godín el caso que más quebraderos de cabeza está generando tanto a grada como a futbolista y dirección deportiva. ¿Hasta qué punto hay que darle al capitán todo lo que pide y saltarse una política base?

Bien es cierto que no todos los jugadores son iguales, que no todos llegan a los 32 a un mismo nivel y que no todos juegan un mismo rol ya no solo en los planes de Simeone, sino en el vestuario. Se dice que un futbolista logra llegar a su mejor momento de forma entre los 27 y los 30 años. Por eso, no es justo decir que aquel que pase de la treintena es un exfutbolista por mucho que haya algunos que lleguen a esa edad muy quemados.

Que Diego Godín ya ha vivido sus mejores días como futbolista es un hecho innegable. Que aún tiene mucho por aportar es otro. El central, obvio, mira por su interés más allá del que tenga el club. Busca un gran contrato que a esa edad puede ser el definitivo de verdad. La entidad trata de guardarse las espaldas antes de soltar la chequera en futbolistas que puedan acusar los achaques de la edad.

El charrúa cobra cinco millones de euros limpios, según el estudio Global Sport Salaries elaborado por Sporting Intelligence. Una cantidad nada desdeñable si tenemos en cuenta el escalón salarial que ocupa el Atlético de Madrid. Y es que por mucho que Griezmann se embolse unos 20 millones anuales, millón arriba millón abajo (hay informaciones que dicen que percibe 23 mientras otras afirman que son 18) la realidad del Atlético es otra. No puede competir en cuanto a salarios con los equipos punteros de Europa, más allá del lujo que se ha permitido dar con el francés.

En los últimos dos años, Godín ha sufrido cinco lesiones y se ha perdido 10 partidos. En muchos otros ha jugado tocado, más por carácter que por realidad física. No son muchos, pero no es menos cierto que el rendimiento del charrúa no es ya el mismo que el que pudiera dar cinco años atrás. Que la regularidad que tenía no la volverá a disfrutar y que en según qué partidos se nota que ya no tiene la frescura de un chaval. Que la competencia con Savic, Lucas y Giménez es voraz y que, si bien sería una lástima, con un buen reemplazo, hoy no sería imprescindible. Porque no hablamos del mejor Diego Godín.

Entonces, si no es la mejor versión del uruguayo, ¿por qué ha de cobrar el mejor contrato de su vida? Quizás aquí entren en juego los galones de la capitanía, la burbuja económica que no deja de crecer cada año y otros aspectos como pueda ser su relación con el propio Griezmann o la confianza de Simeone.

Lo cierto es que el Atlético, que ha experimentado un incremento generalizado en el tema salarios en los últimos años gracias a su buen crecimiento como marca, tiene serios problemas con el Fair Play Financiero y no puede renovar contratos en alza a la ligera. Eso ha de entenderlo el uruguayo.

Godín, que en los últimos dos veranos ha rechazado a los dos clubes de Mánchester, ya afirmó también hace menos de un lustro que si no se había ido o pensado en irse era porque no le había llegado una oferta de un equipo top por el que dar un salto. Ahora, la oportunidad que le seduce es la del Inter de Milán, que no es un equipo puntero pero que sí le puede prolongar por años un suculento contrato y sobre todo una buena prima de fichaje, algo con lo que el Atlético ni puede ni debería competir.

Como en todo, la solución suele estar en los grises. Que ceda el jugador, entendiendo que ya no es lo que fue y que suelte cuerda el club. Si Godín quiere quedarse, así será, porque sea cual sea lo que firme, el Atlético no le pagará poco. Si el club quiere que se quede, también deberá ceder. Es el club quien ha de respetar a sus leyendas. Son sus leyendas quienes han de entender que las rayas rojas y blancas van mucho más allá de una chequera. Pero como en todo en esta vida, cuesta mucho dar un brazo a torcer.

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