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Deudas y despedidas

Bishop & Gittes @BishopAndGittes 25-07-2018

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Las
despedidas, las deudas y las enfermedades venéreas siempre llegan en mal
momento. También el adiós de los jugadores trascendentales, que marcaron época
en sus clubes, y cuya marcha alivia que se produzca sin necesidad de Betadine y
puntos de sutura. Porque despedirse bien es tan complicado que hay que
conformarse con dañar lo menos posible. Siempre es más sencillo soltar un
“hola”, un “de acuerdo” o un “yo me pongo debajo”, que un “se acabó”, y todos
tenemos fresca todavía alguna salida como la de Iker Casillas que, después de
toda una vida entregado al madridismo, se fue contento con su segunda
despedida, fría como una sala de autopsias, sólo porque la de unos días antes
había sido espantosa, impropia de una leyenda de los blancos. O la de Agüero,
un divorcio de manual, con infidelidades, mentiras y disputas por el dinero, al
que sólo restó una pelea por la custodia del niño. O mención aparte merece la
de Cristiano Ronaldo. Posiblemente el jugador más importante de la historia del
madridismo que, tras nueve temporadas y un bagaje de títulos y goles
descomunal, se despidió dejando el mismo lazo de afecto que el que se conserva
con el director de un banco. Una relación provechosa, plusvalías para las dos
partes y tanto cariño como el que se reparte en las ferreterías.

Joseba
Etxeberría debutó en la Real Sociedad con diecisiete años y agitó mi conciencia
para que supiese que me hacía mayor. Fue el primer futbolista de mi edad que
llegaba a
  primera división mientras yo
todavía jugaba en la cantera de un equipo de tercera. Por entonces aún esperaba
llegar a algo en el fútbol
  si mejoraba
mi disparo a puerta. Quince años después viajé a Bilbao para la despedida de
soltero de mi amigo Jordi, y cerrar el círculo viviendo el adiós de Joseba en
San Mamés. Era la retirada de un jugador de mi edad al que yo ya vi debutar.
Ese fin de semana se dilapidó mi juventud, mis ahorros y un elevado porcentaje
de mi hígado. Seguía pendiente la mejora de mi disparo a puerta.

Gabi y Torres
debutaron muy jóvenes en el Atlético. Incluso llegaron a compartir vestuario
alguna temporada en el Manzanares, en una etapa horrible del club, tan oscura y
llena de problemas que en las oficinas del Calderón se trabajaba con frontales.
Se arrastraba el desastre de una gestión nefasta, agravado por dos años en las
cloacas de segunda, y el equipo apenas si generaba suficiente dinero para pagar
a los contables que llevaban el registro de las deudas del club. Épocas
propicias para adeudar favores, negocios oscuros y mercaderes de afectos, en
las que no se ganó ningún título y los atléticos casi nos conformábamos con no
echar en falta ningún trofeo de los que lucían en nuestras vitrinas. Era
complicado que jugadores de la cantera se hiciesen un hueco y Gabi necesitó
salir por dos veces para crecer como jugador. A Torres le ocurrió justo lo
contrario; su crecimiento fue tan desproporcionado respecto al del club que
buscó una salida cuando el resto del equipo a su lado parecía un juguete de
Playmobil. Por mi parte, creía estar aún a tiempo de entrenar en serio los
lanzamientos a portería.

El retorno de
Gabi al Atleti produjo la misma sensación que si los Reyes Magos te dejan un
par de calcetines y una bufanda en el árbol. Algo útil que no ilusiona. Pero en
una época marcada por centrocampistas excelsos, de juego combinativo, Gabi en
cambio encontró su territorio como la prolongación de Simeone en el campo.
Acostumbrado a jugar los partidos con una tarjeta amarilla y pasar el resto del
encuentro como un funámbulo, eso no le impedía ser luego el primero en
presionar, en convertirse en el líder del equipo y un ejemplo para los demás.
Unos años más tarde sería Torres el que regresaba, ansioso por dejar sus
últimas gotas como futbolista de primer nivel en una etapa histórica del
Atleti. Mi amigo Jordi llevaba ya un tiempo sin saber nada de su ex mujer.
Tampoco había noticias de mejora del tiro con mi pierna derecha.

Hay días en la
vida en los que llevamos tanta prisa y todo es tan urgente que no queda más
remedio que pararse en un bar y echarse una cerveza. Es entonces cuando abres
el periódico y asumes que dos leyendas del Atleti, Gabi y Torres, se han
despedido del equipo de su vida, esta vez para no volver. Y lo han hecho con el
mismo respeto y cariño que dedicaron al club durante toda su carrera. El Niño,
porque Simeone lo máximo que podía ofrecerle era el rol de tercer o cuarto
delantero, algo especialmente complicado para su entorno, porque siempre es
difícil aceptar ser el último plato de tu pareja cuando has estado casado antes
con ella. Poco más tarde era Gabi el que anunciaba su despedida, precipitada
por una devastadora oferta económica y la convicción de que levantando la
Europa League se había completado un ciclo. La marcha de dos jugadores así nos
deja abrazando el hueco de su ausencia, que diría el maestro. Nos deja con la
demoledora impresión de que el tiempo pasa rápido, que nos hacemos mayores y de
que no hay nada que hacer con mi disparo a puerta. Pero, por suerte, nos deja
la certeza de que se han marchado dos leyendas impecables, sin dejar ni una
maldita deuda con el club.

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Las
despedidas, las deudas y las enfermedades venéreas siempre llegan en mal
momento. También el adiós de los jugadores trascendentales, que marcaron época
en sus clubes, y cuya marcha alivia que se produzca sin necesidad de Betadine y
puntos de sutura. Porque despedirse bien es tan complicado que hay que
conformarse con dañar lo menos posible. Siempre es más sencillo soltar un
“hola”, un “de acuerdo” o un “yo me pongo debajo”, que un “se acabó”, y todos
tenemos fresca todavía alguna salida como la de Iker Casillas que, después de
toda una vida entregado al madridismo, se fue contento con su segunda
despedida, fría como una sala de autopsias, sólo porque la de unos días antes
había sido espantosa, impropia de una leyenda de los blancos. O la de Agüero,
un divorcio de manual, con infidelidades, mentiras y disputas por el dinero, al
que sólo restó una pelea por la custodia del niño. O mención aparte merece la
de Cristiano Ronaldo. Posiblemente el jugador más importante de la historia del
madridismo que, tras nueve temporadas y un bagaje de títulos y goles
descomunal, se despidió dejando el mismo lazo de afecto que el que se conserva
con el director de un banco. Una relación provechosa, plusvalías para las dos
partes y tanto cariño como el que se reparte en las ferreterías.

Joseba
Etxeberría debutó en la Real Sociedad con diecisiete años y agitó mi conciencia
para que supiese que me hacía mayor. Fue el primer futbolista de mi edad que
llegaba a
  primera división mientras yo
todavía jugaba en la cantera de un equipo de tercera. Por entonces aún esperaba
llegar a algo en el fútbol
  si mejoraba
mi disparo a puerta. Quince años después viajé a Bilbao para la despedida de
soltero de mi amigo Jordi, y cerrar el círculo viviendo el adiós de Joseba en
San Mamés. Era la retirada de un jugador de mi edad al que yo ya vi debutar.
Ese fin de semana se dilapidó mi juventud, mis ahorros y un elevado porcentaje
de mi hígado. Seguía pendiente la mejora de mi disparo a puerta.

Gabi y Torres
debutaron muy jóvenes en el Atlético. Incluso llegaron a compartir vestuario
alguna temporada en el Manzanares, en una etapa horrible del club, tan oscura y
llena de problemas que en las oficinas del Calderón se trabajaba con frontales.
Se arrastraba el desastre de una gestión nefasta, agravado por dos años en las
cloacas de segunda, y el equipo apenas si generaba suficiente dinero para pagar
a los contables que llevaban el registro de las deudas del club. Épocas
propicias para adeudar favores, negocios oscuros y mercaderes de afectos, en
las que no se ganó ningún título y los atléticos casi nos conformábamos con no
echar en falta ningún trofeo de los que lucían en nuestras vitrinas. Era
complicado que jugadores de la cantera se hiciesen un hueco y Gabi necesitó
salir por dos veces para crecer como jugador. A Torres le ocurrió justo lo
contrario; su crecimiento fue tan desproporcionado respecto al del club que
buscó una salida cuando el resto del equipo a su lado parecía un juguete de
Playmobil. Por mi parte, creía estar aún a tiempo de entrenar en serio los
lanzamientos a portería.

El retorno de
Gabi al Atleti produjo la misma sensación que si los Reyes Magos te dejan un
par de calcetines y una bufanda en el árbol. Algo útil que no ilusiona. Pero en
una época marcada por centrocampistas excelsos, de juego combinativo, Gabi en
cambio encontró su territorio como la prolongación de Simeone en el campo.
Acostumbrado a jugar los partidos con una tarjeta amarilla y pasar el resto del
encuentro como un funámbulo, eso no le impedía ser luego el primero en
presionar, en convertirse en el líder del equipo y un ejemplo para los demás.
Unos años más tarde sería Torres el que regresaba, ansioso por dejar sus
últimas gotas como futbolista de primer nivel en una etapa histórica del
Atleti. Mi amigo Jordi llevaba ya un tiempo sin saber nada de su ex mujer.
Tampoco había noticias de mejora del tiro con mi pierna derecha.

Hay días en la
vida en los que llevamos tanta prisa y todo es tan urgente que no queda más
remedio que pararse en un bar y echarse una cerveza. Es entonces cuando abres
el periódico y asumes que dos leyendas del Atleti, Gabi y Torres, se han
despedido del equipo de su vida, esta vez para no volver. Y lo han hecho con el
mismo respeto y cariño que dedicaron al club durante toda su carrera. El Niño,
porque Simeone lo máximo que podía ofrecerle era el rol de tercer o cuarto
delantero, algo especialmente complicado para su entorno, porque siempre es
difícil aceptar ser el último plato de tu pareja cuando has estado casado antes
con ella. Poco más tarde era Gabi el que anunciaba su despedida, precipitada
por una devastadora oferta económica y la convicción de que levantando la
Europa League se había completado un ciclo. La marcha de dos jugadores así nos
deja abrazando el hueco de su ausencia, que diría el maestro. Nos deja con la
demoledora impresión de que el tiempo pasa rápido, que nos hacemos mayores y de
que no hay nada que hacer con mi disparo a puerta. Pero, por suerte, nos deja
la certeza de que se han marchado dos leyendas impecables, sin dejar ni una
maldita deuda con el club.

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