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Descalabro para apelar a la épica

Domingo Ortiz @Domingortiz 20-02-2020

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Champions League

Otra noche de pesada digestión. Esta vez en la competición que más duele. Un golpe en el mentón de difícil rehabilitación. La Atalanta convirtió la portería del Valencia en el Océano Índico. Si ya se considera un equipo trabajado por y para el ataque, le encantó el sofá, esta vez pagado por Celades, para que disfrutaran de todas las comodidades. Ante los de Gasperini no se puede preparar una eliminatoria de octavos de Champions a intercambio de golpes. No. Es de primero de Historia del VCF. Y menos viniendo de una etapa donde el Mallorca o el Getafe te habían saltado las muelas sin anestesia. Y todavía menos con la cantidad de bajas importantísimas con las que se llegaba a San Siro. Mismamente, sin los centrales titulares. Poca cosa. El equipo está preparado desde hace dos años para juntar líneas, para ser solidarios, para situarse en bloque medio o bajo y siempre con ayudas. Siendo incómodos y agresivos en las marcas. Cerrando todas las puertas a pasillos interiores. De eso trataban los automatismos. Con los que se frivolizaba tanto cada vez que con Marcelino salían a escena. Ahora ya han quedado claros. O eso espero.

Tiene razón Celades cuando asegura que el resultado lo marcó la falta de acierto del Valencia. Pero a medias. De eso mismo se adolecía la temporada pasada en el primer tramo y no se encajaban goleadas tan encadenadas. La herida está ahí. En el trabajo defensivo colectivo. No es casualidad que de 32 partidos que ha dirigido el entrenador catalán al VCF, en 8 se hayan encajado 3 o más goles. O que en esos 32 encuentros, los de Mestalla hayan tenido que sacar el balón de su portería en 48 ocasiones (1’5 gol por partido). Una auténtica hemorragia. Con lo cual, mirar hacia arriba está muy bien, pero siempre y cuando la casa se construya desde los cimientos. Dominar las áreas es lo que decide este deporte y en San Siro se fue una caricatura en ambas.

Lo doloroso es que se sabía el poderío ofensivo del rival y, aun así, se reculó (viniendo de lo de Thomas ante el Atlético) con el ‘Papu’ Gómez en el primero. Para que tuviese tiempo y espacio para centrar. Se llegó tarde y mal a las marcas (como Gayà con Hateboer), se dejó controlar y prepararse a Ilicic y Freuler en el segundo y tercero. Circunstancias que parecen increíbles en una ida de octavos de Liga de Campeones. Ni Kondogbia ni Soler encimaron en el 2-0. Tuvieron tiempo de sacarse un ‘selfie’ con el esloveno fruto de la pasividad antes de su lanzamiento a la escuadra. Y tampoco ayudó Jaume. Que hizo una gran parada a Pasalic nada más comenzar (otro horror defensivo) pero que pudo hacer mucho más en dos de los cuatro goles encajados. En el tercer gol italiano, no, pero sí Diakhaby, Parejo y Kondogbia -defendió andando y con la mirada- que dejaron acomodarse al suizo para que metiera esa rosca al palo largo. Ser tan frágil y permisivo te elimina de cualquier objetivo. En Champions o en la Liga de Medios.

Guedes desquició a todo el mundo. Incluso a sí mismo. Ha estado cuatro meses parado, es verdad, pero su incidencia en el equipo es cada vez más mediocre y él menos resolutivo. Es el fichaje más caro de la historia del Valencia y, como tal, se exige su rendimiento. Solo la primera mitad de Kondogbia, la buena entrada al campo -con gol- de Cheryshev y el último tramo de Ferran Torres, se pueden rescatar del descalabro de un campo maldito. El canterano lo intentó, desbordó y, en un error de los italianos en salida, puso un caramelo a Maxi Gómez que parecía imposible de fallar. Y digo bien, parecía. Porque lo mandó al muñeco. La noche terrorífica del uruguayo fue la de cualquier novela de Lovecraft o Henry James. Sofocante y angustiosa.

Y con todo ello, ya huelo a Mestalla. Todavía guardando el luto y con la sangre derramada. Pero queda la épica. No quiero vender nada en lo que no crea. Solo un trocito de esperanza por el escenario y por la endeblez defensiva que también mostraron los italianos. Es casi imposible, cierto, pero quiero pensar en esa noche del Basilea o en la del año pasado ante el Getafe. Aunque más allá del misticismo, o el VCF cierra atrás y es efectivo en las que tenga, o estará eliminado. Quedan tres semanas todavía pero es inevitable soñar. Qué se le va a hacer. Es el Valencia. Y es Mestalla. Esto no ha terminado.

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Otra noche de pesada digestión. Esta vez en la competición que más duele. Un golpe en el mentón de difícil rehabilitación. La Atalanta convirtió la portería del Valencia en el Océano Índico. Si ya se considera un equipo trabajado por y para el ataque, le encantó el sofá, esta vez pagado por Celades, para que disfrutaran de todas las comodidades. Ante los de Gasperini no se puede preparar una eliminatoria de octavos de Champions a intercambio de golpes. No. Es de primero de Historia del VCF. Y menos viniendo de una etapa donde el Mallorca o el Getafe te habían saltado las muelas sin anestesia. Y todavía menos con la cantidad de bajas importantísimas con las que se llegaba a San Siro. Mismamente, sin los centrales titulares. Poca cosa. El equipo está preparado desde hace dos años para juntar líneas, para ser solidarios, para situarse en bloque medio o bajo y siempre con ayudas. Siendo incómodos y agresivos en las marcas. Cerrando todas las puertas a pasillos interiores. De eso trataban los automatismos. Con los que se frivolizaba tanto cada vez que con Marcelino salían a escena. Ahora ya han quedado claros. O eso espero.

Tiene razón Celades cuando asegura que el resultado lo marcó la falta de acierto del Valencia. Pero a medias. De eso mismo se adolecía la temporada pasada en el primer tramo y no se encajaban goleadas tan encadenadas. La herida está ahí. En el trabajo defensivo colectivo. No es casualidad que de 32 partidos que ha dirigido el entrenador catalán al VCF, en 8 se hayan encajado 3 o más goles. O que en esos 32 encuentros, los de Mestalla hayan tenido que sacar el balón de su portería en 48 ocasiones (1’5 gol por partido). Una auténtica hemorragia. Con lo cual, mirar hacia arriba está muy bien, pero siempre y cuando la casa se construya desde los cimientos. Dominar las áreas es lo que decide este deporte y en San Siro se fue una caricatura en ambas.

Lo doloroso es que se sabía el poderío ofensivo del rival y, aun así, se reculó (viniendo de lo de Thomas ante el Atlético) con el ‘Papu’ Gómez en el primero. Para que tuviese tiempo y espacio para centrar. Se llegó tarde y mal a las marcas (como Gayà con Hateboer), se dejó controlar y prepararse a Ilicic y Freuler en el segundo y tercero. Circunstancias que parecen increíbles en una ida de octavos de Liga de Campeones. Ni Kondogbia ni Soler encimaron en el 2-0. Tuvieron tiempo de sacarse un ‘selfie’ con el esloveno fruto de la pasividad antes de su lanzamiento a la escuadra. Y tampoco ayudó Jaume. Que hizo una gran parada a Pasalic nada más comenzar (otro horror defensivo) pero que pudo hacer mucho más en dos de los cuatro goles encajados. En el tercer gol italiano, no, pero sí Diakhaby, Parejo y Kondogbia -defendió andando y con la mirada- que dejaron acomodarse al suizo para que metiera esa rosca al palo largo. Ser tan frágil y permisivo te elimina de cualquier objetivo. En Champions o en la Liga de Medios.

Guedes desquició a todo el mundo. Incluso a sí mismo. Ha estado cuatro meses parado, es verdad, pero su incidencia en el equipo es cada vez más mediocre y él menos resolutivo. Es el fichaje más caro de la historia del Valencia y, como tal, se exige su rendimiento. Solo la primera mitad de Kondogbia, la buena entrada al campo -con gol- de Cheryshev y el último tramo de Ferran Torres, se pueden rescatar del descalabro de un campo maldito. El canterano lo intentó, desbordó y, en un error de los italianos en salida, puso un caramelo a Maxi Gómez que parecía imposible de fallar. Y digo bien, parecía. Porque lo mandó al muñeco. La noche terrorífica del uruguayo fue la de cualquier novela de Lovecraft o Henry James. Sofocante y angustiosa.

Y con todo ello, ya huelo a Mestalla. Todavía guardando el luto y con la sangre derramada. Pero queda la épica. No quiero vender nada en lo que no crea. Solo un trocito de esperanza por el escenario y por la endeblez defensiva que también mostraron los italianos. Es casi imposible, cierto, pero quiero pensar en esa noche del Basilea o en la del año pasado ante el Getafe. Aunque más allá del misticismo, o el VCF cierra atrás y es efectivo en las que tenga, o estará eliminado. Quedan tres semanas todavía pero es inevitable soñar. Qué se le va a hacer. Es el Valencia. Y es Mestalla. Esto no ha terminado.

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