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Desastre mundial: “Auf Wiedersehen”, Brasil

Alejandro Centellas @alexcalonso 09-07-2014

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Alejandro CENTELLAS

Alejandro CENTELLAS – Recuerden el lugar, la compañía y cada detalle del día de hoy, porque el Mundial de 2014 se instalará eternamente en la memoria colectiva del fútbol. Se recordará como el campeonato en el que Brasil, la anfitriona, la que jugaba en casa, hizo historia. Eso sí, nadie dijo cómo pasaría a ella. Y esta noche ha sido la consolidación de la certeza más dura: Brasil sale humillado, pisoteado y enterrado de su propia fiesta.

Quizás sucedió porque en algún momento debió suceder. Probablemente no de la forma tan contundente como se han desarrollado los acontecimientos, pero la lógica al final se debía imponer al ímpetu. Cada uno recoge lo que siembra. Brasil, como ya comentábamos en anteriores previas, se ha plantado en una carrera de obstáculos que ha ido superando al límite y en cada superación salía con menos fuerza y más dudas. Neymar y Thiago Silva fueron dos muros de carga que se vinieron abajo por el afán de Brasil de mostrarse vulnerable innecesariamente. Y cuando los muros de carga se caen, todos saben lo que sucede en la estructura…

Solo una selección formada por hombres tan rudos como los alemanes, quienes para dar las gracias utilizan un severo “danke”, podía poner patas arribas a la selección brasileña y al país entero. En cada gol de Alemania estaba la firma implícita de los músculos de Gary Medel, de Pinilla y su larguero, de James Rodríguez y sus lágrimas. Todas las crueldades del fútbol se reunieron en las botas de los disciplinados alemanes. Y la sangría de goles, tan rimbombante, tan severa, tan gigantesca, ya es historia del fútbol. Oscar se encargó de maquillar el resultado, una tarea ingrata por su inútil beneficio. Antes Özil pudo poner el 0-8 en el marcador. No es tan alemán como los alemanes y las invasiones impertinentes no van con su carácter.

Brasil abrió un Mundial que él mismo se ha encargado de cerrar. Ahora, sea cual sea la final, en la que Alemania ya está por argumentos aplastantes, será una final impostada. Una fiesta que juegan los invitados en la casa del anfitrión ausente. Además a Brasil, como si lo de hoy no fuese suficiente, le queda el partido que dilucida quién es el tercero y quién el cuarto de la competición. Es decir, el menos perdedor entre los perdedores. Y eso, Brasil, también lo hará ante su afición. Algo más que un partido se ha perdido en el país del fútbol.

Dicho sea de paso, en Brasil ha calado hondo una lección: el fútbol es tan ingrato en ocasiones, que reírse del mal ajeno se puede volver en contra. A buen entendedor…

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Alejandro CENTELLAS – Recuerden el lugar, la compañía y cada detalle del día de hoy, porque el Mundial de 2014 se instalará eternamente en la memoria colectiva del fútbol. Se recordará como el campeonato en el que Brasil, la anfitriona, la que jugaba en casa, hizo historia. Eso sí, nadie dijo cómo pasaría a ella. Y esta noche ha sido la consolidación de la certeza más dura: Brasil sale humillado, pisoteado y enterrado de su propia fiesta.

Quizás sucedió porque en algún momento debió suceder. Probablemente no de la forma tan contundente como se han desarrollado los acontecimientos, pero la lógica al final se debía imponer al ímpetu. Cada uno recoge lo que siembra. Brasil, como ya comentábamos en anteriores previas, se ha plantado en una carrera de obstáculos que ha ido superando al límite y en cada superación salía con menos fuerza y más dudas. Neymar y Thiago Silva fueron dos muros de carga que se vinieron abajo por el afán de Brasil de mostrarse vulnerable innecesariamente. Y cuando los muros de carga se caen, todos saben lo que sucede en la estructura…

Solo una selección formada por hombres tan rudos como los alemanes, quienes para dar las gracias utilizan un severo “danke”, podía poner patas arribas a la selección brasileña y al país entero. En cada gol de Alemania estaba la firma implícita de los músculos de Gary Medel, de Pinilla y su larguero, de James Rodríguez y sus lágrimas. Todas las crueldades del fútbol se reunieron en las botas de los disciplinados alemanes. Y la sangría de goles, tan rimbombante, tan severa, tan gigantesca, ya es historia del fútbol. Oscar se encargó de maquillar el resultado, una tarea ingrata por su inútil beneficio. Antes Özil pudo poner el 0-8 en el marcador. No es tan alemán como los alemanes y las invasiones impertinentes no van con su carácter.

Brasil abrió un Mundial que él mismo se ha encargado de cerrar. Ahora, sea cual sea la final, en la que Alemania ya está por argumentos aplastantes, será una final impostada. Una fiesta que juegan los invitados en la casa del anfitrión ausente. Además a Brasil, como si lo de hoy no fuese suficiente, le queda el partido que dilucida quién es el tercero y quién el cuarto de la competición. Es decir, el menos perdedor entre los perdedores. Y eso, Brasil, también lo hará ante su afición. Algo más que un partido se ha perdido en el país del fútbol.

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