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El mundo del deporte ha reaccionado de forma unánime tras los atentados registrados en Barcelona y Cambrils. Antes ya lo hizo con desgracias similares en otras ciudades de todo el mundo. Gentes que se discuten hasta la hora en el mismo bar han sido capaces de entonar el mismo grito y de bajar la cabeza con dolor y respeto en los momentos de recogimiento que el protocolo marcó antes del inicio de las competiciones.

Cualquiera diría que solo la maldad es capaz de generar bondad, en un bucle maléfico, del que no pocos aprovechados podrían hacer su bandera. Aun así, por encima de los intereses, las chicas han seguido siendo grandes, independientemente del deporte que practiquen, los chavales han querido aprender todavía con más fuerza, los veteranos enseñar y los profesionales ejercer su tarea, algunos con más ejemplaridad, otros con menos. En todo caso, el deporte, ese universo en el que conviven algunos de los más ricos del planeta con muchos de los más pobres, ha vuelto a unirse.

El deporte ha sido víctima de la violencia en numerosas ocasiones, y la ha sufrido tanto como la ha provocado. Qué paradoja tan excepcional: dispone a la vez de una Carta Olímpica y de grupos radicales sufragados en bastantes ocasiones por clubes y asociaciones.

El terror ha golpeado con más o menos gravedad al deporte, sus practicantes y aficionados, pero su entramado de especialidades de todo tipo ha resistido. Cómo no hacerlo, si una de sus máximas ensalza la participación por encima de todo. Con ese espíritu, ha superado el miedo y ha mostrado a todo el mundo, violentos y pacíficos, que otra vida es posible.

Países en guerra han competido entre sí con deportividad. Bloqueos comerciales se han aliviado. Infames discriminaciones han desaparecido. Todas estas consecuencias favorables han tenido lugar no hace tantos años y se han registrado en la competición deportiva. El hermanamiento entre aficiones no es muy diferente del que se lleva a cabo entre municipios, el consuelo a los derrotados difiere poco del día a día en cualquier situación, los buenos deseos dejarían pequeños a los catálogos navideños. El deporte con sus cifras económicas, dopaje, corrupción o generación de empleo sobrepasa en muchos aspectos la realidad pero al mismo tiempo se nutre de ella con ejemplos desgarradores. El deporte no se ha acabado nunca, a pesar de sus inventores, los seres humanos, hasta el punto de que un campo de batalla se ha transformado en más de una oportunidad en un embarrado terreno de juego; una pista donde las jeringuillas cargadas de droga crean una gigantesca corona de espinas por la noche se convierte por el día en un estupendo escenario para grupos de niños en riesgo de exclusión; el camino que muchas niñas emplean para recorrer enormes distancias en busca de agua, de repente es un rudimentario tartán sobre el que pueden soñar con el mediofondo.

Forma parte de nosotros como especie, de individuos capaces del llorar al escuchar el Orfeo de Monteverdi o las declaraciones de quien ha quedado último en una prueba por una inoportuna lesión, estremecerse con la épica de Homero en La Iliada o con el ascenso inacabable del Galibier en bicicleta, temblar en el Louvre delante de La libertad guiando al pueblo o al sentir el grito unánime de un gol definitivo, experimentar la curiosidad ignota al visitar las Cuevas de Altamira o al descubrir un partido de curling. La grandeza del deporte estriba en que vive entre nosotros como uno más incluso con nuestra capacidad de rehacerse tras cada varapalo. No rescata a ninguna victima mortal pero sirve para que podamos sobrellevar el dolor.

El deporte profesional es el más vistoso pero no el más numeroso. Siempre quedará el que vive alejado de los focos pero incrustado en el corazón de cada uno, que nos sirve para crecer como persona y para engrandecer a la sociedad. Ese corazón del que todos, en mayor o menos medida, hemos vuelto a tener alquitranado un trozo por unas noticias que fueron capaces de apagar durante unos minutos eternos las voces que dan fuerza al deporte.

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