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Dentista

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 12-06-2019

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Escocia

Tras caer 3-0 en Kazajistán la honra del conjunto escocés estaba en el subsuelo. A la federación le sobraron motivos para despedir a Alex McLeish tras la desdicha en Nursultán, capital que acababa de cambiar su nombre. Allí, en un lugar de bandazos, también mudó su reputación el elenco británico, rebasado por el país número 117 en el ranking FIFA. La segunda etapa en la selección del ex técnico del Birmingham olía a parche de nicotina, sabiendo que iban a volver tabaco negro en un santiamén. Lo suyo era lo más cercano al fútbol primitivo, muy malo, infumable. Y eso nunca da resultados. 

Steve Clarke, tras un ciclo exitoso en el Kilmarnock, es el hombre que debe «devolver la sonrisa» a la Tartan Army. Las más de dos décadas de Escocia sin disputar un gran torneo son para llorar e ir al psicoanalista. Tampoco ayuda el auge de sus vecinos, que se han emborrachado en el extranjero, cantando sonados triunfos. Ante tal situación, a la hora de dirigir su escuadra, el seleccionador tiene un sinsabor diferente, anómalo en cualquier conjunto mundial: sus dos estrellas son laterales izquierdos. Como para hacer un puzle.

Tras la sufrida victoria ante Chipre – como no podía ser de otra manera – a los tenebrosos cielos de Escocia se le avecinaban más nubes. Ciclogénesis explosiva. Sin embargo, esa lluvia no iba a poder pintar bucólicos campos verdes para embellecer unas tierras donde apenas se puede vivir, por el frío. Las aguas iban a causar dolor de muelas, exasperación y barbarie. Por ello, la alegría primeriza de su nuevo entrenador debía obviarse para entrar en un período de circunspección, a sabiendas que, del Rey Balduino, con solo osadía y jaleo, puedes salir bien escaldado. Eran 90 minutos. 

Defender al cuadro de Roberto Martínez se presenta como un desafío hercúleo. El conjunto belga es una de las selecciones que más se asemejan a un club: repite muchos jugadores en sus onces y copia duelo tras duelo el mismo esquema. Su 3-4-2-1, con dos mediapuntas de clase mundial, es tortuoso para el rival. El elenco belga nunca se enfrasca; las alturas que presenta en todos y cada uno de sus ataques deja siempre la sensación al rival de tener siempre a dos hombres a los que marcar. Hazard y De Bruyne tienen libertad, agarrados por un doble pivote que presenta garantías 24/7 y arriba Lukaku suele responder todas las cuestiones que se le presenta.

El choque de Bruselas se regía por la simple cuestión de aguantar hasta que le cayera el primer sopapo local, que amenazaba con zarpazos ininterrumpidos. Todo lo demás era un ritual en el que Escocia se defendía cerca de su área, perdiendo tiempo y con la esperanza a que Burke cuajara un milagro, completamente solo arriba. Quitando los partidos ante combinados tan grandes, Escocia necesita un cambio de mentalidad. Lo que ha hecho su vecino es un buen ejemplo. Los nuevos trofeos que ha implementado la UEFA cruzarán a la Tartan Army con equipos de menor nivel por lo que reencontrar su idilio con el cuero, que tantas alegrías le dio en sus orígenes, es una obligación para avanzar y no hacerse el mártir ante el mundo entero. 

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Tras caer 3-0 en Kazajistán la honra del conjunto escocés estaba en el subsuelo. A la federación le sobraron motivos para despedir a Alex McLeish tras la desdicha en Nursultán, capital que acababa de cambiar su nombre. Allí, en un lugar de bandazos, también mudó su reputación el elenco británico, rebasado por el país número 117 en el ranking FIFA. La segunda etapa en la selección del ex técnico del Birmingham olía a parche de nicotina, sabiendo que iban a volver tabaco negro en un santiamén. Lo suyo era lo más cercano al fútbol primitivo, muy malo, infumable. Y eso nunca da resultados. 

Steve Clarke, tras un ciclo exitoso en el Kilmarnock, es el hombre que debe «devolver la sonrisa» a la Tartan Army. Las más de dos décadas de Escocia sin disputar un gran torneo son para llorar e ir al psicoanalista. Tampoco ayuda el auge de sus vecinos, que se han emborrachado en el extranjero, cantando sonados triunfos. Ante tal situación, a la hora de dirigir su escuadra, el seleccionador tiene un sinsabor diferente, anómalo en cualquier conjunto mundial: sus dos estrellas son laterales izquierdos. Como para hacer un puzle.

Tras la sufrida victoria ante Chipre – como no podía ser de otra manera – a los tenebrosos cielos de Escocia se le avecinaban más nubes. Ciclogénesis explosiva. Sin embargo, esa lluvia no iba a poder pintar bucólicos campos verdes para embellecer unas tierras donde apenas se puede vivir, por el frío. Las aguas iban a causar dolor de muelas, exasperación y barbarie. Por ello, la alegría primeriza de su nuevo entrenador debía obviarse para entrar en un período de circunspección, a sabiendas que, del Rey Balduino, con solo osadía y jaleo, puedes salir bien escaldado. Eran 90 minutos. 

Defender al cuadro de Roberto Martínez se presenta como un desafío hercúleo. El conjunto belga es una de las selecciones que más se asemejan a un club: repite muchos jugadores en sus onces y copia duelo tras duelo el mismo esquema. Su 3-4-2-1, con dos mediapuntas de clase mundial, es tortuoso para el rival. El elenco belga nunca se enfrasca; las alturas que presenta en todos y cada uno de sus ataques deja siempre la sensación al rival de tener siempre a dos hombres a los que marcar. Hazard y De Bruyne tienen libertad, agarrados por un doble pivote que presenta garantías 24/7 y arriba Lukaku suele responder todas las cuestiones que se le presenta.

El choque de Bruselas se regía por la simple cuestión de aguantar hasta que le cayera el primer sopapo local, que amenazaba con zarpazos ininterrumpidos. Todo lo demás era un ritual en el que Escocia se defendía cerca de su área, perdiendo tiempo y con la esperanza a que Burke cuajara un milagro, completamente solo arriba. Quitando los partidos ante combinados tan grandes, Escocia necesita un cambio de mentalidad. Lo que ha hecho su vecino es un buen ejemplo. Los nuevos trofeos que ha implementado la UEFA cruzarán a la Tartan Army con equipos de menor nivel por lo que reencontrar su idilio con el cuero, que tantas alegrías le dio en sus orígenes, es una obligación para avanzar y no hacerse el mártir ante el mundo entero. 

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