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Déjame hablar

La clase política está en constante pelea en busca de la polarización de la sociedad, que discutamos mientras nos olvidamos del trabajo en el bar con amigos. Encontrar problemas donde no los hay es una de sus mejores virtudes. Hay que inventar algo que incite al otro contestar, al ataque personal incluso, y así se van encendiendo fuegos que siempre estuvieron apagados. A ver quién pacta luego. Esto tiene poco, poquísimo que ver con el fútbol, pero Jurgen Klopp y Pep Guardiola en las últimas semanas han recordado a esos alcaldes y presidentes que donde decían digo, hoy dicen Diego. A la porra la hemeroteca. Y si tenía unos principios puedo usar otros cuando me apetezca, señor.

Ante la clara congestión de encuentros y las repetidas quejas de entrenadores, la Premier League decidió implementar un parón invernal que le diera un descanso a los clubes: cinco partidos se disputarán el 8 de febrero y cinco el 15. Lógico y normal tras la paliza en navidades. Todos felices. Los problemas y las constantes protestas parecían acabar. Qué ilusos.

El Liverpool ganaba 0-2 al Shrewsbury Town en la cuarta ronda de la FA Cup. Sin embargo, algo terrible estaba a punto de ocurrir para el técnico alemán cercano al desamor, a los lunes, a la lluvia, a la tostada que se cae por el lado de la mermelada. Les iban a igualar el choque: tenían que jugar otro partido de fútbol. Le cambió el semblante al teutón porque sabía que ese empate comportaba un replay que quizás había borrado de su mente, pero que en esto del fútbol a veces ocurre. “Le dije a mis jugadores un par de semanas atrás que íbamos a hacer el parón invernal y el replay se disputa justo ahí. Jugarán los chicos del filial”, dijo Klopp en la BBC.

No tardó la FA en manifestar su desacuerdo con sus palabras, aludiendo a un “acuerdo previo entre clubes” para disputar ese replay en esas fechas. En pocas palabras, el técnico del Liverpool prometió unas vacaciones a sus futbolistas previendo un triunfo en Shrewsbury. El doblete de Jason Cummings ha reabierto un debate que se acentúa con los años: modernidad o costumbre. Klopp utilizará el botón de irse de vacaciones del Football Manager: tampoco estará en el encuentro de Anfield. Antes se jugaban replays hasta que uno de los dos ganaba. Se llegaron a disputar cinco en una eliminatoria en los 70. Ha llovido demasiado. Hoy, por ejemplo, Pep Guardiola quiere dinamitar la EFL Cup.

El catalán saca pecho por sus éxitos domésticos, pero trajo a colación eliminar uno de esos torneos que levanta con orgullo cuando está en Wembley entre champán. La Copa de la Liga es otra de las competiciones que generan ingresos a los clubes pequeños y nos dejan historias locas con futbolistas que no solemos ver. Suele ser utilizado por los técnicos como banco de pruebas para sus joyas y una buena oportunidad para soñar con algún título. Los que no están interesados la tiran y ya está, sin problema. Guardiola no parece muy convencido.  

Manchester City y Liverpool, con inversiones millonarias del extranjero, como la mayoría de los clubes ingleses de la élite, tienen plantillas espectaculares. En las secretarías técnicas ya se visualizan y se preparan para jugarlo todo y por ello manejan ingentes cantidades de dinero. Lo que ocurrió en cuartos de final de la EFL Cup con el Liverpool, cuando tuvieron que jugar dos partidos en dos días porque no tenían más fechas, fue una situación dantesca que no se debe repetir. Pero las quejas por encuentros ante conjuntos de dos o tres categorías menos, a los que les puedes solucionar la temporada con los ingresos de las entradas de ambos partidos, dejan una sensación triste. Como el que en un debate televisivo espeta el típico “oiga, me permite acabar, es que no me deja hablar”. Diga lo que quiera, pero no abra más la boca.

Es obvio que la Champions League es importante, pero las copas domésticas también merecen un respeto. La obsesión por la orejona trasciende a los aficionados, ya llega a secretarías técnicas y lo sabemos. Pero todos aquellos cambios que pide la élite balompédica también deben ser secundados por los todos los demás equipos, incluyendo los que no están en todo lo alto. Y eso nunca hay que olvidarlo.

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La clase política está en constante pelea en busca de la polarización de la sociedad, que discutamos mientras nos olvidamos del trabajo en el bar con amigos. Encontrar problemas donde no los hay es una de sus mejores virtudes. Hay que inventar algo que incite al otro contestar, al ataque personal incluso, y así se van encendiendo fuegos que siempre estuvieron apagados. A ver quién pacta luego. Esto tiene poco, poquísimo que ver con el fútbol, pero Jurgen Klopp y Pep Guardiola en las últimas semanas han recordado a esos alcaldes y presidentes que donde decían digo, hoy dicen Diego. A la porra la hemeroteca. Y si tenía unos principios puedo usar otros cuando me apetezca, señor.

Ante la clara congestión de encuentros y las repetidas quejas de entrenadores, la Premier League decidió implementar un parón invernal que le diera un descanso a los clubes: cinco partidos se disputarán el 8 de febrero y cinco el 15. Lógico y normal tras la paliza en navidades. Todos felices. Los problemas y las constantes protestas parecían acabar. Qué ilusos.

El Liverpool ganaba 0-2 al Shrewsbury Town en la cuarta ronda de la FA Cup. Sin embargo, algo terrible estaba a punto de ocurrir para el técnico alemán cercano al desamor, a los lunes, a la lluvia, a la tostada que se cae por el lado de la mermelada. Les iban a igualar el choque: tenían que jugar otro partido de fútbol. Le cambió el semblante al teutón porque sabía que ese empate comportaba un replay que quizás había borrado de su mente, pero que en esto del fútbol a veces ocurre. “Le dije a mis jugadores un par de semanas atrás que íbamos a hacer el parón invernal y el replay se disputa justo ahí. Jugarán los chicos del filial”, dijo Klopp en la BBC.

No tardó la FA en manifestar su desacuerdo con sus palabras, aludiendo a un “acuerdo previo entre clubes” para disputar ese replay en esas fechas. En pocas palabras, el técnico del Liverpool prometió unas vacaciones a sus futbolistas previendo un triunfo en Shrewsbury. El doblete de Jason Cummings ha reabierto un debate que se acentúa con los años: modernidad o costumbre. Klopp utilizará el botón de irse de vacaciones del Football Manager: tampoco estará en el encuentro de Anfield. Antes se jugaban replays hasta que uno de los dos ganaba. Se llegaron a disputar cinco en una eliminatoria en los 70. Ha llovido demasiado. Hoy, por ejemplo, Pep Guardiola quiere dinamitar la EFL Cup.

El catalán saca pecho por sus éxitos domésticos, pero trajo a colación eliminar uno de esos torneos que levanta con orgullo cuando está en Wembley entre champán. La Copa de la Liga es otra de las competiciones que generan ingresos a los clubes pequeños y nos dejan historias locas con futbolistas que no solemos ver. Suele ser utilizado por los técnicos como banco de pruebas para sus joyas y una buena oportunidad para soñar con algún título. Los que no están interesados la tiran y ya está, sin problema. Guardiola no parece muy convencido.  

Manchester City y Liverpool, con inversiones millonarias del extranjero, como la mayoría de los clubes ingleses de la élite, tienen plantillas espectaculares. En las secretarías técnicas ya se visualizan y se preparan para jugarlo todo y por ello manejan ingentes cantidades de dinero. Lo que ocurrió en cuartos de final de la EFL Cup con el Liverpool, cuando tuvieron que jugar dos partidos en dos días porque no tenían más fechas, fue una situación dantesca que no se debe repetir. Pero las quejas por encuentros ante conjuntos de dos o tres categorías menos, a los que les puedes solucionar la temporada con los ingresos de las entradas de ambos partidos, dejan una sensación triste. Como el que en un debate televisivo espeta el típico “oiga, me permite acabar, es que no me deja hablar”. Diga lo que quiera, pero no abra más la boca.

Es obvio que la Champions League es importante, pero las copas domésticas también merecen un respeto. La obsesión por la orejona trasciende a los aficionados, ya llega a secretarías técnicas y lo sabemos. Pero todos aquellos cambios que pide la élite balompédica también deben ser secundados por los todos los demás equipos, incluyendo los que no están en todo lo alto. Y eso nunca hay que olvidarlo.

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