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Decepción en oro y púrpura (capítulo 6)

César Martín @CesarMrtn 01-04-2019

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Hace
casi un año (concretamente, el 9 de abril) escribí unas líneas sobre las
sensaciones que habían dejado los Lakers 2017-18. No se habían clasificado para
los Playoffs, pero al menos parecía que en Hollywood se vislumbraba luz al
final del túnel, ese en el que se metieron hace seis años. A 1 de abril de
2019, los angelinos están fuera de la postemporada, pero lo peor de todo es que
el
feeling
ya no es tan positivo.

Los
Baby Lakers
ilusionaron al Staples Center la temporada pasada gracias al soberbio tramo
final de campaña que firmaron Brandon Ingram, Lonzo Ball, Kyle Kuzma y Josh
Hart. Los cimientos para que el conjunto oro y púrpura volviera a brillar
estaban ahí. El siguiente paso tenía que ser atraer por fin a una superestrella
de la liga para que la plantilla diese un salto cualitativo y así regresar de
una vez a los Playoffs. Ese galáctico fue el mismísimo LeBron James.

Tras
la confirmación del fichaje del
Rey por los Lakers me acordé de los dos
intentos anteriores de formar un super equipo por parte de la franquicia. Ambos
fracasaron a lo grande. El último párrafo de ese artículo decía: “
¿Acabará King James con el gafe de los
Lakers o hasta él sucumbirá tras firmar su mejor año tanto en el aspecto físico
como en el deportivo –individualmente hablando–?
”.
De momento, Gafe 1-0 LeBron.

La
temporada de los Lakers se puede analizar desde muchos ángulos. Uno de ellos
nos lleva al plano de la salud, pues los angelinos han vuelto a tener un año terrible
con las lesiones. LeBron James, que lo máximo que había estado de baja por
lesión en una temporada había sido ocho encuentros (en 2015), se lesionó el día
de Navidad ante los Warriors. Resultado: dieciséis choques en el dique seco, la
mayor cifra de su carrera. Todo ello tras haber jugado los 82 partidos de liga
regular el año anterior. El 26 de diciembre de 2018, los Lakers iban cuartos
del Oeste, el cual sería su techo. A partir de ahí comenzó la caída. A finales
de marzo, con los Lakers sin nada que jugarse, el cuerpo técnico decidió
sentarle para lo que quedaba de temporada. Una situación inaudita para
King James.

A
Lonzo Ball las lesiones tampoco le han dado un respiro. Su año de
rookie
estuvo marcado por sus problemas en rodillas y hombros (sólo pudo jugar 52
partidos). Se operó en verano, y aunque empezó la temporada de forma
titubeante, poco a poco alzó el vuelo, llegando a erigirse como líder del
equipo sin LeBron. Pero todo se torció, nunca mejor dicho, cuando a mediados de
enero sufrió un grave esguince de tobillo en Houston. Adiós a la temporada. Una
baja muy sensible por la importancia de Ball en defensa. Con él en pista, los
californianos son un equipo mucho más sólido.

Brandon
Ingram (ojalá su problema en la sangre no acabe con su carrera como le pasó a
Chris Bosh), Rajon Rondo… muy pocos jugadores se han librado de pasar por la
enfermería durante esta campaña.

El
entrenador, Luke Walton, ha estado en la cuerda floja casi desde el inicio de
la temporada. En verano pidió la continuidad de Brook Lopez y Julius Randle y
se fueron ambos. Después se filtró que la directiva angelina le había dado un
aviso, no por los malos resultados, sino por no tener un estilo bien definido.
Y luego vinieron los rumores sobre si gustaba o no (más bien esto último) a
LeBron James, algo parecido a lo que pasó en sus primeros años con Erik
Spoelstra en Miami. El hijo del mítico Bill lo ha negado, aunque parece difícil
que le veamos en el banquillo de los Lakers la temporada que viene.

Pero
las miradas no apuntan sólo al parqué, sino a las oficinas, ya que el trabajo
de Magic Johnson y Rob Pelinka está más cuestionado que nunca. El principal
objetivo del ex base del equipo siempre ha sido el de atraer a las estrellas de
la NBA de nuevo para LAL. Sí, ha venido LeBron, pero otros megacracks como Paul
George que parecían querer venir sí o sí han dado largas a la franquicia. Con
Magic se ha popularizado el término
tampering, o, dicho de otro modo,
flirtear con jugadores con contrato en vigor con sus respectivos equipos. Los
Lakers han sido multados un par de veces por eso.

El
asunto Anthony Davis tampoco le ha hecho ningún bien al equipo. Cuando a
finales de enero se hizo pública la intención del ala-pívot de no prolongar su
vínculo con los Pelicans, los Lakers se lanzaron de cabeza a por él… y se
dieron un buen planchazo. Desde la front office estaban dispuestos a sacrificar
al núcleo joven (Ingram, Kuzma, Ball…) por un jugador representado por un
íntimo amigo de LeBron James. La química del vestuario quedó seriamente tocada. 

Este
verano se antoja más que decisivo para el futuro de la franquicia más glamurosa
de la NBA. Hay unos cuantos peces gordos para pescar (Klay Thompson, Kevin
Durant, Kawhi Leonard, Kemba Walker, Jimmy Butler…) y mucho dinero para gastar.
Los Ángeles será el epicentro de muchos rumores. A la espera de
El Deseado
(Davis), en las manos de Magic está el porvenir del proyecto de los Lakers para
el próximo lustro.

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Hace
casi un año (concretamente, el 9 de abril) escribí unas líneas sobre las
sensaciones que habían dejado los Lakers 2017-18. No se habían clasificado para
los Playoffs, pero al menos parecía que en Hollywood se vislumbraba luz al
final del túnel, ese en el que se metieron hace seis años. A 1 de abril de
2019, los angelinos están fuera de la postemporada, pero lo peor de todo es que
el
feeling
ya no es tan positivo.

Los
Baby Lakers
ilusionaron al Staples Center la temporada pasada gracias al soberbio tramo
final de campaña que firmaron Brandon Ingram, Lonzo Ball, Kyle Kuzma y Josh
Hart. Los cimientos para que el conjunto oro y púrpura volviera a brillar
estaban ahí. El siguiente paso tenía que ser atraer por fin a una superestrella
de la liga para que la plantilla diese un salto cualitativo y así regresar de
una vez a los Playoffs. Ese galáctico fue el mismísimo LeBron James.

Tras
la confirmación del fichaje del
Rey por los Lakers me acordé de los dos
intentos anteriores de formar un super equipo por parte de la franquicia. Ambos
fracasaron a lo grande. El último párrafo de ese artículo decía: “
¿Acabará King James con el gafe de los
Lakers o hasta él sucumbirá tras firmar su mejor año tanto en el aspecto físico
como en el deportivo –individualmente hablando–?
”.
De momento, Gafe 1-0 LeBron.

La
temporada de los Lakers se puede analizar desde muchos ángulos. Uno de ellos
nos lleva al plano de la salud, pues los angelinos han vuelto a tener un año terrible
con las lesiones. LeBron James, que lo máximo que había estado de baja por
lesión en una temporada había sido ocho encuentros (en 2015), se lesionó el día
de Navidad ante los Warriors. Resultado: dieciséis choques en el dique seco, la
mayor cifra de su carrera. Todo ello tras haber jugado los 82 partidos de liga
regular el año anterior. El 26 de diciembre de 2018, los Lakers iban cuartos
del Oeste, el cual sería su techo. A partir de ahí comenzó la caída. A finales
de marzo, con los Lakers sin nada que jugarse, el cuerpo técnico decidió
sentarle para lo que quedaba de temporada. Una situación inaudita para
King James.

A
Lonzo Ball las lesiones tampoco le han dado un respiro. Su año de
rookie
estuvo marcado por sus problemas en rodillas y hombros (sólo pudo jugar 52
partidos). Se operó en verano, y aunque empezó la temporada de forma
titubeante, poco a poco alzó el vuelo, llegando a erigirse como líder del
equipo sin LeBron. Pero todo se torció, nunca mejor dicho, cuando a mediados de
enero sufrió un grave esguince de tobillo en Houston. Adiós a la temporada. Una
baja muy sensible por la importancia de Ball en defensa. Con él en pista, los
californianos son un equipo mucho más sólido.

Brandon
Ingram (ojalá su problema en la sangre no acabe con su carrera como le pasó a
Chris Bosh), Rajon Rondo… muy pocos jugadores se han librado de pasar por la
enfermería durante esta campaña.

El
entrenador, Luke Walton, ha estado en la cuerda floja casi desde el inicio de
la temporada. En verano pidió la continuidad de Brook Lopez y Julius Randle y
se fueron ambos. Después se filtró que la directiva angelina le había dado un
aviso, no por los malos resultados, sino por no tener un estilo bien definido.
Y luego vinieron los rumores sobre si gustaba o no (más bien esto último) a
LeBron James, algo parecido a lo que pasó en sus primeros años con Erik
Spoelstra en Miami. El hijo del mítico Bill lo ha negado, aunque parece difícil
que le veamos en el banquillo de los Lakers la temporada que viene.

Pero
las miradas no apuntan sólo al parqué, sino a las oficinas, ya que el trabajo
de Magic Johnson y Rob Pelinka está más cuestionado que nunca. El principal
objetivo del ex base del equipo siempre ha sido el de atraer a las estrellas de
la NBA de nuevo para LAL. Sí, ha venido LeBron, pero otros megacracks como Paul
George que parecían querer venir sí o sí han dado largas a la franquicia. Con
Magic se ha popularizado el término
tampering, o, dicho de otro modo,
flirtear con jugadores con contrato en vigor con sus respectivos equipos. Los
Lakers han sido multados un par de veces por eso.

El
asunto Anthony Davis tampoco le ha hecho ningún bien al equipo. Cuando a
finales de enero se hizo pública la intención del ala-pívot de no prolongar su
vínculo con los Pelicans, los Lakers se lanzaron de cabeza a por él… y se
dieron un buen planchazo. Desde la front office estaban dispuestos a sacrificar
al núcleo joven (Ingram, Kuzma, Ball…) por un jugador representado por un
íntimo amigo de LeBron James. La química del vestuario quedó seriamente tocada. 

Este
verano se antoja más que decisivo para el futuro de la franquicia más glamurosa
de la NBA. Hay unos cuantos peces gordos para pescar (Klay Thompson, Kevin
Durant, Kawhi Leonard, Kemba Walker, Jimmy Butler…) y mucho dinero para gastar.
Los Ángeles será el epicentro de muchos rumores. A la espera de
El Deseado
(Davis), en las manos de Magic está el porvenir del proyecto de los Lakers para
el próximo lustro.

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