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De milicias, teatros y metamorfosis

Pablo Santana @ 13-03-2018

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El amarillismo jamás puede con el blanco del balón. Poco
importan las cifras mareantes, los presidentes estrambóticos o la opulencia del
último capricho de la estrella más rutilante. Todo eso es accesorio y queda
reducido a la mínima expresión en cuanto la bola empieza a rodar. El silbato
del árbitro abre el paréntesis que el aficionado realmente anhela, la verdadera
causa por la que hipoteca casi dos horas de su tiempo semana tras semana. Cuando
se acaba la parafernalia, empieza el fútbol.

El caso es que a veces, de tanto leer, escuchar o ver
debates y artículos que ahondan en esa cara inane y superflua del deporte, terminamos
formando parte de ese circo y olvidamos lo verdaderamente importante. Y como no
es una cuestión de latitudes, Gran Canaria no iba a ser la excepción.

Paco Jémez aceptó hacerse cargo de un equipo instalado en el pesimismo y ciertas
malas praxis, con evidentes problemas de disciplina y deficiencias en el juego
sorprendentes para una Primera División. Él dijo sí a lo que una gran mayoría de
técnicos de cierto prestigio habrían dicho que no, fijando unas condiciones
discutibles, pero meridianamente claras en cuanto a plazos y poderes. La
dirección del club dio el visto bueno a lo que un año antes había negado tajantemente;
no es lo mismo sentirse en el “trono de hierro”, cual Lannister, que darse
cuenta de que las ondas que se dibujan en el agua las produce el aleteo de los
tiburones bajo tus pies. A partir de que Paco respondió que sí empezó el
murmullo.

Es justo reconocer que las formas de Jémez son poco ortodoxas, y que exhibe una
actitud y utiliza un lenguaje que, a veces, parece traspasar la línea entre lo
asertivo y lo soberbio. Se obceca en que las formas acompañen al fondo,
recordemos si no su discurso marcial nada más aterrizar en Gran Canaria, enfundado
en una adaptación moderna del atuendo del sargento de artillería Highway. Un
servidor echa en falta menos teatralidad y más análisis táctico. El discurso
tremendista y autocrítico, cuando se utiliza como mantra derrota tras derrota,
pierde su efecto. Eso, y bajar las revoluciones cuando un profesional le hace
una pregunta -recordemos, ese es su trabajo- desde el respeto; su salida de
tono en la rueda de prensa después del partido frente al Villarreal es
injustificable.

Esa última anécdota copará minutos en los medios durante esta semana para luego
desvanecerse, efervescente y volátil como una pastilla contra el resfriado en
el agua. Lo que sí perdurará es la asfixiante posición de Las Palmas en la
tabla y la certeza de que salvarse va a ser más caro que lo que el equipo puede
permitirse últimamente. La gran preocupación viene al preguntarse las capacidades
de un equipo indudablemente venido a menos en recursos, rendimiento e incluso
espíritu competitivo. Porque cualquier análisis de lo estrictamente importante
-el juego- debería partir de una realidad impepinable: la plantilla actual está
descompensada y muy dudosamente planificada. A la Unión Deportiva actual no
podemos pedirle un juego preciosista porque no es capaz de hacerlo. Roque Mesa,
Boateng y Jonathan Viera eran, cada uno en lo suyo, elementos que marcaban la
diferencia por su calidad y aporte al colectivo. La salida de balón era tan
limpia porque Roque, en primera instancia, y Viera en un escalón superior,
tenían las condiciones para hacer funcionar el circuito. La llegada al área
rival tenía más contundencia por el poderío físico y la calidad para finalizar
del ahora jugador del Eintratch. Ellos ayudaban a crear un contexto de dominio
al que se sumaban piezas como Vicente, Tana, Bigas o Dani Castellano. Con su
ausencia, ninguno de estos últimos supo -probablemente porque no pueden- dar un
paso adelante y ocupar el vacío que dejaron aquellos. Era de suponer que la
solución la debían aportar los nuevos fichajes, pero tampoco fue así; el
rendimiento hasta ahora de la mayoría de las altas ha puesto en entredicho el
trabajo de la secretaría técnica, que parece fiarse más de impulsos que de
planes bien trazados. Por todo ello, la plantilla se ha visto obligada a asumir
esta nueva realidad y a ser tan capaz como su entrenador de meterse en el papel
que les toca. Y es que, cuando se acaba el argumento de la superioridad
técnica, no queda otra que correr y sudar más que el contrario y hacerlo de
forma ordenada. A falta de talento para superar líneas rivales mediante el
juego de posición, habrá que ir a buscar el balón al área rival y aprovechar el
poderío de hombres como Calleri o Expósito en el juego directo. El problema es
que, en ese contexto, Las Palmas es simplemente uno más. Del frac que se vestía
con Setién, al mono de trabajo que propone Jémez.
La Coruña y Levante serán el test definitivo para un equipo que aspira a
salvarse mutando la piel, pero que es consciente de que su futuro pasa por
recuperar la senda que transitaron sus mejores versiones en el pasado.

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El amarillismo jamás puede con el blanco del balón. Poco
importan las cifras mareantes, los presidentes estrambóticos o la opulencia del
último capricho de la estrella más rutilante. Todo eso es accesorio y queda
reducido a la mínima expresión en cuanto la bola empieza a rodar. El silbato
del árbitro abre el paréntesis que el aficionado realmente anhela, la verdadera
causa por la que hipoteca casi dos horas de su tiempo semana tras semana. Cuando
se acaba la parafernalia, empieza el fútbol.

El caso es que a veces, de tanto leer, escuchar o ver
debates y artículos que ahondan en esa cara inane y superflua del deporte, terminamos
formando parte de ese circo y olvidamos lo verdaderamente importante. Y como no
es una cuestión de latitudes, Gran Canaria no iba a ser la excepción.

Paco Jémez aceptó hacerse cargo de un equipo instalado en el pesimismo y ciertas
malas praxis, con evidentes problemas de disciplina y deficiencias en el juego
sorprendentes para una Primera División. Él dijo sí a lo que una gran mayoría de
técnicos de cierto prestigio habrían dicho que no, fijando unas condiciones
discutibles, pero meridianamente claras en cuanto a plazos y poderes. La
dirección del club dio el visto bueno a lo que un año antes había negado tajantemente;
no es lo mismo sentirse en el “trono de hierro”, cual Lannister, que darse
cuenta de que las ondas que se dibujan en el agua las produce el aleteo de los
tiburones bajo tus pies. A partir de que Paco respondió que sí empezó el
murmullo.

Es justo reconocer que las formas de Jémez son poco ortodoxas, y que exhibe una
actitud y utiliza un lenguaje que, a veces, parece traspasar la línea entre lo
asertivo y lo soberbio. Se obceca en que las formas acompañen al fondo,
recordemos si no su discurso marcial nada más aterrizar en Gran Canaria, enfundado
en una adaptación moderna del atuendo del sargento de artillería Highway. Un
servidor echa en falta menos teatralidad y más análisis táctico. El discurso
tremendista y autocrítico, cuando se utiliza como mantra derrota tras derrota,
pierde su efecto. Eso, y bajar las revoluciones cuando un profesional le hace
una pregunta -recordemos, ese es su trabajo- desde el respeto; su salida de
tono en la rueda de prensa después del partido frente al Villarreal es
injustificable.

Esa última anécdota copará minutos en los medios durante esta semana para luego
desvanecerse, efervescente y volátil como una pastilla contra el resfriado en
el agua. Lo que sí perdurará es la asfixiante posición de Las Palmas en la
tabla y la certeza de que salvarse va a ser más caro que lo que el equipo puede
permitirse últimamente. La gran preocupación viene al preguntarse las capacidades
de un equipo indudablemente venido a menos en recursos, rendimiento e incluso
espíritu competitivo. Porque cualquier análisis de lo estrictamente importante
-el juego- debería partir de una realidad impepinable: la plantilla actual está
descompensada y muy dudosamente planificada. A la Unión Deportiva actual no
podemos pedirle un juego preciosista porque no es capaz de hacerlo. Roque Mesa,
Boateng y Jonathan Viera eran, cada uno en lo suyo, elementos que marcaban la
diferencia por su calidad y aporte al colectivo. La salida de balón era tan
limpia porque Roque, en primera instancia, y Viera en un escalón superior,
tenían las condiciones para hacer funcionar el circuito. La llegada al área
rival tenía más contundencia por el poderío físico y la calidad para finalizar
del ahora jugador del Eintratch. Ellos ayudaban a crear un contexto de dominio
al que se sumaban piezas como Vicente, Tana, Bigas o Dani Castellano. Con su
ausencia, ninguno de estos últimos supo -probablemente porque no pueden- dar un
paso adelante y ocupar el vacío que dejaron aquellos. Era de suponer que la
solución la debían aportar los nuevos fichajes, pero tampoco fue así; el
rendimiento hasta ahora de la mayoría de las altas ha puesto en entredicho el
trabajo de la secretaría técnica, que parece fiarse más de impulsos que de
planes bien trazados. Por todo ello, la plantilla se ha visto obligada a asumir
esta nueva realidad y a ser tan capaz como su entrenador de meterse en el papel
que les toca. Y es que, cuando se acaba el argumento de la superioridad
técnica, no queda otra que correr y sudar más que el contrario y hacerlo de
forma ordenada. A falta de talento para superar líneas rivales mediante el
juego de posición, habrá que ir a buscar el balón al área rival y aprovechar el
poderío de hombres como Calleri o Expósito en el juego directo. El problema es
que, en ese contexto, Las Palmas es simplemente uno más. Del frac que se vestía
con Setién, al mono de trabajo que propone Jémez.
La Coruña y Levante serán el test definitivo para un equipo que aspira a
salvarse mutando la piel, pero que es consciente de que su futuro pasa por
recuperar la senda que transitaron sus mejores versiones en el pasado.

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