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De Bob a Don Roberto

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 11-07-2018

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Lo hizo sobre la marcha ante Japón con un doble cambio, Fellaini y Chadli, que fue el causante de poder darle vuelta de forma épica a un partido que tenía más que perdido. Lo repitió ante Brasil con una adaptación al rival magistral y con la mejor primera parte de un equipo en toda la Copa del Mundo hasta la fecha. Y volvió a hacerlo ante Francia, aunque el resultado no fuese en esta ocasión el buscado y deseado. Tras una fase de grupos inmaculada, Roberto Martínez, desde que Bélgica empezó a jugar en Rusia a vida o muerte, ha extraído ventajas determinantes en todos los encuentros desde el planteamiento de su pizarra, aunque esta vez el decisivo gol de Umtiti a balón parado y el bloque defensivo galo, capitaneado por el ubicuo Kanté y el mariscal Varane, hayan hecho del todo imposible repetir la hazaña de darle vuelta al marcador para la única selección que ha consumado una remontada desde que comenzaron los octavos de final.

Ni Francia, ni Bélgica -ambas muy ordenadas de partida sin balón- querían hacerse con el dominio de la posesión para tener que construir la acción ofensiva organizada desde atrás, sin embargo, los belgas sí querían la pelota para jugar en la mitad rival ante el bloque bajo galo cuando su primera opción de poder conducir a campo abierto no se daba por la disposición más reactiva de los de Deschamps. El intervencionista Roberto Martínez volvió a tocar piezas de su sistema y dio a varios de sus secundarios labores muy específicas para poner todo a funcionar. Cambió a Chadli al carril derecho para actuar como lateral ante la baja de Meunier, pero elevó su posición para mutar sobre la marcha de un 4-2-3-1 sin balón a un 3-4-2-1 con la posesión, que le permitiese abrir el campo por ambos lados y con la posición de Fellaini y De Bruyne como doble amenaza interior, sujetar las potenciales ayudas francesas por el flanco izquierdo del ataque de los ‘Diablo Rojos’, lo que permitía aclarar toda esa banda -el lugar destinado a extraer la productividad de su inicial superioridad táctica- para que Hazard, como falso carrilero y verdadero crack mundial, se midiese constantemente con Pavard, a quien superó una y otra vez.

Ganar el partido pasaba sí o sí por activar a su estrella y por despejarle el camino lo mejor posible. Y también por aprovechar ambas vertientes del juego, la posicional y la transición, sobre todo para no dar continuidad a Francia en sus carreras hacia campo rival y obligarla a recuperar muy atrás como para ser una amenaza constante al espacio. Una defensa valiente, a través del balón y del propio sistema, y unos estudiados, complejos y permanentes movimientos sin pelota desconectaron a Francia durante 40 minutos, aunque ganar en el área a unos protegidos y sobresalientes Varane y Umtiti, con el apoyo inconmensurable de Lucas, iba a requerir de paciencia y generación de espacios por delante de Hazard y De Bruyne, que con el trabajo de Dembélé, Fellaini y Lukaku sí llegaron a constreñir a Francia en su primer tercio de cancha, pero no estuvieron en disposición cristalina de concretar casi nunca. A partir de entonces y sin que hubiese llegado el gol belga que desbloqueara lo que Roberto Martínez había ideado con suma inteligencia, Kanté pasó, desde sus escasos 168 centímetros de altura a hacerse gigantesco, a dominar la escena a título prácticamente individual y con sus tentáculos cleptómanos y sus infalibles entregas tras recuperación, Bélgica dejó de sentirse cómoda asentada en campo rival y Francia, aunque ligeramente atropellada, comenzó a acabar jugadas ante el marco de Courtois, lo que obligaba a sus vecinos de color rojo a correr hacia atrás y evitaba, al mismo tiempo, las conducciones tan ventajosas de Hazard.

Como ha sido la tónica general del Mundial, quien marcase el primer gol iba a tener muchísimo terreno ganado e iba a poder imponer y dominar los ritmos y las alturas del partido. El 1-0 era el contexto perfecto para que Mbappé pasase de amenaza controlada a pánico nuclear para los tres centrales belgas, lo que, sumado a la enorme clarividencia e interpretación global puesta al servicio de la meta colectiva, también a título defensivo, por parte de un sagaz Griezmann, ponía a los de Roberto Martínez en una situación muy delicada. Había que asumir riesgos. El seleccionador belga actuó rápido, dando entrada a Mertens para convertirlo en un foco de peligro en el pico derecho del área y después de un periodo infructuoso plagado de centros al área donde Lukaku y Fellaini nunca pudieron derribar la fortaleza inexpugnable construida por la pareja de centrales francesa, pasar a redundar más todavía, juntando al del Napoli con Chadli por aquel sector, en la liberación de Hazard. La baza inicial continuaba siendo la carta ganadora.

El diez del Chelsea mutó entonces de guía espiritual a único salvador posible para los suyos y demostró en cada acción que quería y que también podía y sabía cómo ganar este Mundial, pero el balance defensivo francés, aunque nunca lo controló totalmente, sí que le obligaba a tener que recoger el cuero muy atrás y a superar a base de puro regate hasta tres o cuatro rivales para poder aspirar a generar peligro en zona de gol. Le faltaron a Hazard, sin un lateral o carrilero específico, los desdobles por su lado que hubo que sacrificar para crear un hábitat idóneo para su fútbol ante Francia y, sobre todo, escasearon demasiado los ofrecimientos interiores de un De Bruyne que debía ser su gran socio y que dejó a deber pese a estar muy neutralizado por el efusivo dominio defensivo del bunkerizado carril central galo, que ejercían Pogba y Kanté, y casi tan fijado como el resto de futbolistas belgas. Y es que, a excepción de Eden Hazard, el mejor futbolista de Rusia 2018 junto a Modric hasta la fecha, ninguno de los otros jugadores belgas pudo imponerse a sus pares franceses en cuanto a calidad individual, el gran argumento en el que Deschamps basó su partido, como es lógico, más allá de haber hecho de Francia un muro con resortes incontenibles.

Bélgica rozó la hazaña, con un Hazard que no pudo hacer más para situar a su país ante el infinito de una posibilidad histórica y con un Roberto Martínez que, con la fusión perfecta del fútbol británico contemporáneo en el que se ha erigido como gran entrenador y la esencia más asociativa de su origen, ha demostrado manejar mil recursos para decantar los partidos de su lado en múltiples contextos, ha dejado los partidos de autor más destacados de este Mundial, ha demostrado ser el técnico tácticamente más rico de los 32 participantes en Rusia y ha dado a esta maravillosa generación de futbolistas belgas, que muchos ya pensábamos que nunca iba a terminar por llegar, el salto definitivo hacia su consolidación como selección aspirante a todo. El entrenador de Balaguer ya no podrá ganar la Copa del Mundo, pero nadie va a poder arrebatarle la etiqueta de seleccionador más decisivo y determinante a través de su pizarra y su dirección de campo de la cita mundialista de 2018 al completo. La carta de presentación perfecta para llevar su carrera adonde él quiera, para pasar de ser Bob en Inglaterra a Don Roberto para el mundo.

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Lo hizo sobre la marcha ante Japón con un doble cambio, Fellaini y Chadli, que fue el causante de poder darle vuelta de forma épica a un partido que tenía más que perdido. Lo repitió ante Brasil con una adaptación al rival magistral y con la mejor primera parte de un equipo en toda la Copa del Mundo hasta la fecha. Y volvió a hacerlo ante Francia, aunque el resultado no fuese en esta ocasión el buscado y deseado. Tras una fase de grupos inmaculada, Roberto Martínez, desde que Bélgica empezó a jugar en Rusia a vida o muerte, ha extraído ventajas determinantes en todos los encuentros desde el planteamiento de su pizarra, aunque esta vez el decisivo gol de Umtiti a balón parado y el bloque defensivo galo, capitaneado por el ubicuo Kanté y el mariscal Varane, hayan hecho del todo imposible repetir la hazaña de darle vuelta al marcador para la única selección que ha consumado una remontada desde que comenzaron los octavos de final.

Ni Francia, ni Bélgica -ambas muy ordenadas de partida sin balón- querían hacerse con el dominio de la posesión para tener que construir la acción ofensiva organizada desde atrás, sin embargo, los belgas sí querían la pelota para jugar en la mitad rival ante el bloque bajo galo cuando su primera opción de poder conducir a campo abierto no se daba por la disposición más reactiva de los de Deschamps. El intervencionista Roberto Martínez volvió a tocar piezas de su sistema y dio a varios de sus secundarios labores muy específicas para poner todo a funcionar. Cambió a Chadli al carril derecho para actuar como lateral ante la baja de Meunier, pero elevó su posición para mutar sobre la marcha de un 4-2-3-1 sin balón a un 3-4-2-1 con la posesión, que le permitiese abrir el campo por ambos lados y con la posición de Fellaini y De Bruyne como doble amenaza interior, sujetar las potenciales ayudas francesas por el flanco izquierdo del ataque de los ‘Diablo Rojos’, lo que permitía aclarar toda esa banda -el lugar destinado a extraer la productividad de su inicial superioridad táctica- para que Hazard, como falso carrilero y verdadero crack mundial, se midiese constantemente con Pavard, a quien superó una y otra vez.

Ganar el partido pasaba sí o sí por activar a su estrella y por despejarle el camino lo mejor posible. Y también por aprovechar ambas vertientes del juego, la posicional y la transición, sobre todo para no dar continuidad a Francia en sus carreras hacia campo rival y obligarla a recuperar muy atrás como para ser una amenaza constante al espacio. Una defensa valiente, a través del balón y del propio sistema, y unos estudiados, complejos y permanentes movimientos sin pelota desconectaron a Francia durante 40 minutos, aunque ganar en el área a unos protegidos y sobresalientes Varane y Umtiti, con el apoyo inconmensurable de Lucas, iba a requerir de paciencia y generación de espacios por delante de Hazard y De Bruyne, que con el trabajo de Dembélé, Fellaini y Lukaku sí llegaron a constreñir a Francia en su primer tercio de cancha, pero no estuvieron en disposición cristalina de concretar casi nunca. A partir de entonces y sin que hubiese llegado el gol belga que desbloqueara lo que Roberto Martínez había ideado con suma inteligencia, Kanté pasó, desde sus escasos 168 centímetros de altura a hacerse gigantesco, a dominar la escena a título prácticamente individual y con sus tentáculos cleptómanos y sus infalibles entregas tras recuperación, Bélgica dejó de sentirse cómoda asentada en campo rival y Francia, aunque ligeramente atropellada, comenzó a acabar jugadas ante el marco de Courtois, lo que obligaba a sus vecinos de color rojo a correr hacia atrás y evitaba, al mismo tiempo, las conducciones tan ventajosas de Hazard.

Como ha sido la tónica general del Mundial, quien marcase el primer gol iba a tener muchísimo terreno ganado e iba a poder imponer y dominar los ritmos y las alturas del partido. El 1-0 era el contexto perfecto para que Mbappé pasase de amenaza controlada a pánico nuclear para los tres centrales belgas, lo que, sumado a la enorme clarividencia e interpretación global puesta al servicio de la meta colectiva, también a título defensivo, por parte de un sagaz Griezmann, ponía a los de Roberto Martínez en una situación muy delicada. Había que asumir riesgos. El seleccionador belga actuó rápido, dando entrada a Mertens para convertirlo en un foco de peligro en el pico derecho del área y después de un periodo infructuoso plagado de centros al área donde Lukaku y Fellaini nunca pudieron derribar la fortaleza inexpugnable construida por la pareja de centrales francesa, pasar a redundar más todavía, juntando al del Napoli con Chadli por aquel sector, en la liberación de Hazard. La baza inicial continuaba siendo la carta ganadora.

El diez del Chelsea mutó entonces de guía espiritual a único salvador posible para los suyos y demostró en cada acción que quería y que también podía y sabía cómo ganar este Mundial, pero el balance defensivo francés, aunque nunca lo controló totalmente, sí que le obligaba a tener que recoger el cuero muy atrás y a superar a base de puro regate hasta tres o cuatro rivales para poder aspirar a generar peligro en zona de gol. Le faltaron a Hazard, sin un lateral o carrilero específico, los desdobles por su lado que hubo que sacrificar para crear un hábitat idóneo para su fútbol ante Francia y, sobre todo, escasearon demasiado los ofrecimientos interiores de un De Bruyne que debía ser su gran socio y que dejó a deber pese a estar muy neutralizado por el efusivo dominio defensivo del bunkerizado carril central galo, que ejercían Pogba y Kanté, y casi tan fijado como el resto de futbolistas belgas. Y es que, a excepción de Eden Hazard, el mejor futbolista de Rusia 2018 junto a Modric hasta la fecha, ninguno de los otros jugadores belgas pudo imponerse a sus pares franceses en cuanto a calidad individual, el gran argumento en el que Deschamps basó su partido, como es lógico, más allá de haber hecho de Francia un muro con resortes incontenibles.

Bélgica rozó la hazaña, con un Hazard que no pudo hacer más para situar a su país ante el infinito de una posibilidad histórica y con un Roberto Martínez que, con la fusión perfecta del fútbol británico contemporáneo en el que se ha erigido como gran entrenador y la esencia más asociativa de su origen, ha demostrado manejar mil recursos para decantar los partidos de su lado en múltiples contextos, ha dejado los partidos de autor más destacados de este Mundial, ha demostrado ser el técnico tácticamente más rico de los 32 participantes en Rusia y ha dado a esta maravillosa generación de futbolistas belgas, que muchos ya pensábamos que nunca iba a terminar por llegar, el salto definitivo hacia su consolidación como selección aspirante a todo. El entrenador de Balaguer ya no podrá ganar la Copa del Mundo, pero nadie va a poder arrebatarle la etiqueta de seleccionador más decisivo y determinante a través de su pizarra y su dirección de campo de la cita mundialista de 2018 al completo. La carta de presentación perfecta para llevar su carrera adonde él quiera, para pasar de ser Bob en Inglaterra a Don Roberto para el mundo.

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