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Cuéntame un chiste

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 17-04-2018

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Saben aquel que diu… que la veterana leyenda del club, en el tercer curso tras
su vuelta a casa, está cuajando la temporada más redonda y brillante desde que
viste las rayas verticales verdes y blancas. Que Europa, si se consigue,
llevará su rúbrica. Que es el jugador más indiscutible y regular del curso.
Desde la llegada de Quique Setién
el pasado verano, Joaquín Sánchez se
convirtió en el epicentro del nuevo ilusionante Betis. Con más libertad interior que nunca e, incluso, cambiando
definitivamente su mítica demarcación de extremo diestro a pie natural por la
de mediapunta escorado a perfil cambiado, con una capacidad decisoria en los
últimos metros por encima de la de cualquiera de sus compañeros, que va mucho
más allá del desborde, regate y centro que había sido la sota, caballo y rey de
su juego durante muchos años y que pretende abarcar la fase de ataque en su
totalidad.

El portuense no se ha vestido de artista y genio
porque eso ya lo era antes y lo ha sido siempre, pero sí de guardián de un
estilo estético y puramente ofensivo, en el pegamento humano de un vestuario
capaz de convertir sus sinergias en una fuerza futbolística que se
retroalimenta, en el verdadero futbolista alfa del grupo, en el gurú de un
nuevo horizonte deportivo. Por ascendencia, las llaves del equipo ya eran suyas
antes de esta campaña, pero faltaba alguien que se lo hiciese saber, que lo
empoderara dentro del terreno de juego con una propuesta acorde a su
extraordinaria calidad, que fuese capaz de motivar a un hombre de casi 37 años,
con todo hecho, hasta hacerlo brillar por lo menos al nivel de aquel
desequilibrante equilibrista que maravilló al fútbol español allá por 2002.
Hacía falta alguien que de verdad creyese que era el futbolista más importante
de todos, no solo por bagaje y caché. Que a su edad y con tanto pasado a sus
espaldas, era aún la mejor garantía de futuro posible para este Betis.

Todo lo conseguido y
representado por Don Joaquín Sánchez a lo largo y ancho de la presente
temporada encuentra una sinopsis perfecta en la maravillosa acción de Girona. La predisposición
de bajar a recibir en posición de interior, la clarividencia para levantar la
cabeza y dibujar en su mente el panorama de la jugada, el liderazgo de decidir
que él solito iba a ser el conductor de la acción, la creciente ilusión
contagiosa que se desprende de esas conducciones tan suyas en cada partido, la
arrancada de un veinteañero, la finta con la cadera patrimonio del fútbol y de
la humanidad ejecutada por un alma torera, el cambio de ritmo del más
desequilibrante número diez, la calidad imperecedera para ver el desmarque y
poner el balón entre líneas con la trayectoria y la velocidad exactas, la
apertura de brazos posterior al gol que, consciente de su espectacularidad y
plenamente satisfecha de comprobar que todavía, una vez más, puede ser propia
del futbolista más determinante por encima de los veintiuno restantes que pisan
el mismo césped al mismo tiempo; grita: venid a mí y redimíos.

La ilusión por el juego de una sonrisa ganadora.
La alegría de una manera de jugar y entender el fútbol y la vida. Abierto,
carismático, pasional, voluntarioso, luminoso y lúcido, esforzado, entrañable,
encomiable, artístico, intrépido, divertido, contagioso, risueño, fraternal,
natural, idiosincrásico a más no poder, cotidiano y extraordinario. Optimista
pese a haber, seguramente, obtenido mucho menos de lo merecido. El símbolo de
un estilo, de una afición, de las trece barras de un escudo.

Muchos creyeron que
Joaquín había quedado para contar chistes, para ejercer de capitán desde el banquillo,
para dar los últimos coletazos de brillantez en los minutos de la basura de los
partidos, para ser
protagonista de noticias en formato de fragmentos de vídeo extraídos de sus
apariciones televisivas o de las redes sociales, para representar la imagen
desenfadada y banal que del Betis han cosificado, establecido y explotado
tantos medios desde siempre de manera pseudohumorística
y reduccionista. Sin entender que su arte seguía siendo tan vigente en
el césped como fuera, que no es imprescindible ser un tipo serio en la calle
para serlo en el campo, que la capacidad de Joaquín de hacer sonreír al
beticismo todavía es muy superior desde dentro del terreno de juego a las
originadas a través de cualquier meme o viral, por mucho Hulio que valga. Y ya es decir.

De esa situación, tras dos años colectivos grises
oscuros casi negros, se ha pasado a que algunos se cuestionen por qué Joaquín
no merece una llamada del seleccionador Julen
Lopetegui. Por qué no. Por qué no va a tener ninguna chance de ir al
Mundial de Rusia. Por qué no si entiende el juego mejor que nunca. Por qué no
si está en un estado físico envidiable. Por qué no si es un gran intérprete del
juego asociativo, sobre todo desde que se desenvuelve por el carril intermedio
desde la izquierda. Por qué no si la calidad nunca sobra. Por qué no si es un
hijo extraviado de la gran generación española de la historia que, por
circunstancias, contexto y por haber sido referente de los últimos extremos
puros a pie natural no recondujo antes su juego o no se valoraron sus aptitudes
en ese sentido al nivel de su talento. Por qué no si no está brillando en la
MLS o en China, sino en la supuesta mejor liga del mundo. Por qué no si las
piernas siguen respondiendo con un brío espléndido a la altura de una cabeza
genuinamente privilegiada.

Por qué no hacer de Joaquín el jugador con una
trayectoria más prolongada en la selección (solo por detrás de Ricardo Zamora,
quien debutó en 1920 y jugó su último partido en 1937). Por qué no hacer de
Joaquín el jugador que más tiempo ha tardado en volver a una convocatoria de La Roja (el último encuentro del
capitán verdiblanco con España fue en 2007). Por qué no si lo está mereciendo. Por qué no si encaja como un guante.
Por qué no si su edad es un simple y mero número. Por qué no si el estilo
actual del 17 y de su equipo es muy semejante al de Lopetegui y su selección.
Por qué no si con él lo
utópico, como la inolvidable carrera y asistencia de Montilivi, se convierte en
tangible.
Escapa a
toda lógica por varias razones, sí, pero también puede escapar a toda lógica
que el auténtico líder FUTBOLÍSTICO del actual quinto clasificado de La Liga no
tenga ninguna opción de reconquistar la selección. Puede parecer un chiste, pero por puro nivel
FUTBOLÍSTICO no lo es en absoluto. Como tampoco es un chiste nada de lo que todavía sucede
alrededor de Joaquín Sánchez dentro de un campo de fútbol. Aunque también te
haga sonreír.

 

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Saben aquel que diu… que la veterana leyenda del club, en el tercer curso tras
su vuelta a casa, está cuajando la temporada más redonda y brillante desde que
viste las rayas verticales verdes y blancas. Que Europa, si se consigue,
llevará su rúbrica. Que es el jugador más indiscutible y regular del curso.
Desde la llegada de Quique Setién
el pasado verano, Joaquín Sánchez se
convirtió en el epicentro del nuevo ilusionante Betis. Con más libertad interior que nunca e, incluso, cambiando
definitivamente su mítica demarcación de extremo diestro a pie natural por la
de mediapunta escorado a perfil cambiado, con una capacidad decisoria en los
últimos metros por encima de la de cualquiera de sus compañeros, que va mucho
más allá del desborde, regate y centro que había sido la sota, caballo y rey de
su juego durante muchos años y que pretende abarcar la fase de ataque en su
totalidad.

El portuense no se ha vestido de artista y genio
porque eso ya lo era antes y lo ha sido siempre, pero sí de guardián de un
estilo estético y puramente ofensivo, en el pegamento humano de un vestuario
capaz de convertir sus sinergias en una fuerza futbolística que se
retroalimenta, en el verdadero futbolista alfa del grupo, en el gurú de un
nuevo horizonte deportivo. Por ascendencia, las llaves del equipo ya eran suyas
antes de esta campaña, pero faltaba alguien que se lo hiciese saber, que lo
empoderara dentro del terreno de juego con una propuesta acorde a su
extraordinaria calidad, que fuese capaz de motivar a un hombre de casi 37 años,
con todo hecho, hasta hacerlo brillar por lo menos al nivel de aquel
desequilibrante equilibrista que maravilló al fútbol español allá por 2002.
Hacía falta alguien que de verdad creyese que era el futbolista más importante
de todos, no solo por bagaje y caché. Que a su edad y con tanto pasado a sus
espaldas, era aún la mejor garantía de futuro posible para este Betis.

Todo lo conseguido y
representado por Don Joaquín Sánchez a lo largo y ancho de la presente
temporada encuentra una sinopsis perfecta en la maravillosa acción de Girona. La predisposición
de bajar a recibir en posición de interior, la clarividencia para levantar la
cabeza y dibujar en su mente el panorama de la jugada, el liderazgo de decidir
que él solito iba a ser el conductor de la acción, la creciente ilusión
contagiosa que se desprende de esas conducciones tan suyas en cada partido, la
arrancada de un veinteañero, la finta con la cadera patrimonio del fútbol y de
la humanidad ejecutada por un alma torera, el cambio de ritmo del más
desequilibrante número diez, la calidad imperecedera para ver el desmarque y
poner el balón entre líneas con la trayectoria y la velocidad exactas, la
apertura de brazos posterior al gol que, consciente de su espectacularidad y
plenamente satisfecha de comprobar que todavía, una vez más, puede ser propia
del futbolista más determinante por encima de los veintiuno restantes que pisan
el mismo césped al mismo tiempo; grita: venid a mí y redimíos.

La ilusión por el juego de una sonrisa ganadora.
La alegría de una manera de jugar y entender el fútbol y la vida. Abierto,
carismático, pasional, voluntarioso, luminoso y lúcido, esforzado, entrañable,
encomiable, artístico, intrépido, divertido, contagioso, risueño, fraternal,
natural, idiosincrásico a más no poder, cotidiano y extraordinario. Optimista
pese a haber, seguramente, obtenido mucho menos de lo merecido. El símbolo de
un estilo, de una afición, de las trece barras de un escudo.

Muchos creyeron que
Joaquín había quedado para contar chistes, para ejercer de capitán desde el banquillo,
para dar los últimos coletazos de brillantez en los minutos de la basura de los
partidos, para ser
protagonista de noticias en formato de fragmentos de vídeo extraídos de sus
apariciones televisivas o de las redes sociales, para representar la imagen
desenfadada y banal que del Betis han cosificado, establecido y explotado
tantos medios desde siempre de manera pseudohumorística
y reduccionista. Sin entender que su arte seguía siendo tan vigente en
el césped como fuera, que no es imprescindible ser un tipo serio en la calle
para serlo en el campo, que la capacidad de Joaquín de hacer sonreír al
beticismo todavía es muy superior desde dentro del terreno de juego a las
originadas a través de cualquier meme o viral, por mucho Hulio que valga. Y ya es decir.

De esa situación, tras dos años colectivos grises
oscuros casi negros, se ha pasado a que algunos se cuestionen por qué Joaquín
no merece una llamada del seleccionador Julen
Lopetegui. Por qué no. Por qué no va a tener ninguna chance de ir al
Mundial de Rusia. Por qué no si entiende el juego mejor que nunca. Por qué no
si está en un estado físico envidiable. Por qué no si es un gran intérprete del
juego asociativo, sobre todo desde que se desenvuelve por el carril intermedio
desde la izquierda. Por qué no si la calidad nunca sobra. Por qué no si es un
hijo extraviado de la gran generación española de la historia que, por
circunstancias, contexto y por haber sido referente de los últimos extremos
puros a pie natural no recondujo antes su juego o no se valoraron sus aptitudes
en ese sentido al nivel de su talento. Por qué no si no está brillando en la
MLS o en China, sino en la supuesta mejor liga del mundo. Por qué no si las
piernas siguen respondiendo con un brío espléndido a la altura de una cabeza
genuinamente privilegiada.

Por qué no hacer de Joaquín el jugador con una
trayectoria más prolongada en la selección (solo por detrás de Ricardo Zamora,
quien debutó en 1920 y jugó su último partido en 1937). Por qué no hacer de
Joaquín el jugador que más tiempo ha tardado en volver a una convocatoria de La Roja (el último encuentro del
capitán verdiblanco con España fue en 2007). Por qué no si lo está mereciendo. Por qué no si encaja como un guante.
Por qué no si su edad es un simple y mero número. Por qué no si el estilo
actual del 17 y de su equipo es muy semejante al de Lopetegui y su selección.
Por qué no si con él lo
utópico, como la inolvidable carrera y asistencia de Montilivi, se convierte en
tangible.
Escapa a
toda lógica por varias razones, sí, pero también puede escapar a toda lógica
que el auténtico líder FUTBOLÍSTICO del actual quinto clasificado de La Liga no
tenga ninguna opción de reconquistar la selección. Puede parecer un chiste, pero por puro nivel
FUTBOLÍSTICO no lo es en absoluto. Como tampoco es un chiste nada de lo que todavía sucede
alrededor de Joaquín Sánchez dentro de un campo de fútbol. Aunque también te
haga sonreír.

 

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