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Coutinho y la capa de invisibilidad

Xavi Vallés @xavivalles14 05-11-2018

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Siempre ha sido una de las habilidades más deseadas por el ser humano. Un
anhelo, una ambición, un querer probarlo al menos una vez. Increíble y
estremecedora a partes iguales, la invisibilidad es algo más que una de las
respuestas más repetidas a la típica pregunta de “¿qué superpoder te gustaría
tener?”. Se trata de una ficticia capacidad cuyo análisis siempre nos acaba
conduciendo a conductas negativas, por el mal uso que en algún momento (todos y
sin excepción, ya que es la naturaleza humana) acabaríamos haciendo de ella. Un
ejemplo podría ser, más allá de las acciones individuales a las que cada uno
daría prioridad aprovechando que no es visto por nadie, la opción que nos daría
de fugarnos y desaparecer en momentos que requieren nuestro compromiso, en
escenarios que forman parte de nuestra responsabilidad o en problemas que desde
nuestra posición tenemos la obligación de solucionar.

Philippe Coutinho llegó a Barcelona con la etiqueta de crack mundial y con la
sensación generalizada de que estábamos ante uno de los pocos jugadores que
podían llenar el espacio que separa a una muy buena plantilla de una plantilla
que opta a todo. De calidad técnica exquisita, es un perfil de jugador con
capacidad para interiorizar fácilmente mecanismos técnicos y tácticos, en este
caso referentes al juego combinativo y posicional. A la vez, es capaz de
conducir rápidamente y desbordar en el uno contra uno, y aporta además un
recurso poco habitual en el Barça contemporáneo: un magnífico y teledirigido disparo
desde media-larga distancia.

Coutinho empezó la temporada tal como acabó el Mundial: jugando en la
posición de interior, una situación que no es la más cómoda para él, y por lo
tanto, para el equipo. La introducción y consolidación de Arthur Melo como
titular, algo que debía acabar cayendo por su propio peso, desplazó al
brasileño hacia el flanco izquierdo del ataque, en un movimiento de piezas que
(pese a que el sacrificado fue el hasta entonces efectivo Ousmane Dembélé) apostaba
por focalizar el desempeño de un jugador como Coutinho hacia tareas cada vez
más ofensivas y decisivas, liberándole de una carga defensiva con la que debe
trabajar no solo desde el punto de vista procedimental, sino también conceptual.

Estrenándose como tridente junto a Messi y Suárez en un épico partido disputado
en Wembley, no había ninguna duda de que (por fin) estábamos cerca de volver a
ver al Coutinho de los 120 millones, en ‘modo Liverpool’. Aquel talentoso
jugador que a las órdenes de Jurgen Klopp se había convertido en una absoluta
estrella mundial y que, habiendo llegado con 25 años al Barça, debía aportar un
plus de calidad de manera inmediata. Un tipo acostumbrado a un juego más
anárquico, de idas y venidas, de transiciones frenéticas, de rock’n’roll futbolístico
pero con una calidad que le convertía en un elemento fácilmente adaptable al
estilo de juego que propone el Barça. Un beatle
del terreno de juego en su versión más cavern,
intérprete principal de un twist and
shout
continuado… pero que no debería tener problema en evolucionar,
cambiar el chip y dejar todo lo anterior como una nostálgica parte de su yesterday particular.

Porque en realidad es así: con verle jugar pocos minutos, uno tiene la
sensación de que Coutinho tiene habilidades de sobra para sincronizarse
perfectamente con todo lo que el FC Barcelona representa a nivel futbolístico.
Sin embargo, ha sido en el tramo en el que más se esperaba de él cuando se ha
visto física y anímicamente recubierto por una capa de invisibilidad que ha
convertido su participación en algo meramente anecdótico y puntual. Un
destello, una jugada, un dribbling,
un remate a gol… Acciones en forma de chispazo que encajan con lo que la propia
palabra significa: un suceso súbito y pasajero, a veces incluso aislado y con
poca importancia en el desarrollo de algo de mayor importancia. Coutinho ha
estado presente en el gran paso al frente que, sin Messi, ha hecho todo el
conjunto para resolver un complicado octubre, pero no con la intensidad con la
que por precio, estatus y condición debería haber aparecido. No con la
intensidad de alguien que es capaz de resolver partidos gracias a su importante
desarrollo a lo largo de los noventa minutos. No con la intensidad de alguien
de quien se espera no solo una eficiente conducción, sino también una
inteligente distribución y circulación. No con la intensidad de alguien que
tiene el encargo de hacer jugar al equipo, de ser más visible que invisible.

Es el momento de dejar la capa a un lado, Philippe. Es el momento de
desenvolverse y corresponder al aficionado y al club con todo lo que se espera
de una figura de tu calibre. Es el momento de querer estar donde apuntan los
focos y conseguir que lo único invisible sea el trabajo que hay detrás de lo
que vas a mostrarnos, de la forma más visible posible, sobre el terreno de
juego.

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Siempre ha sido una de las habilidades más deseadas por el ser humano. Un
anhelo, una ambición, un querer probarlo al menos una vez. Increíble y
estremecedora a partes iguales, la invisibilidad es algo más que una de las
respuestas más repetidas a la típica pregunta de “¿qué superpoder te gustaría
tener?”. Se trata de una ficticia capacidad cuyo análisis siempre nos acaba
conduciendo a conductas negativas, por el mal uso que en algún momento (todos y
sin excepción, ya que es la naturaleza humana) acabaríamos haciendo de ella. Un
ejemplo podría ser, más allá de las acciones individuales a las que cada uno
daría prioridad aprovechando que no es visto por nadie, la opción que nos daría
de fugarnos y desaparecer en momentos que requieren nuestro compromiso, en
escenarios que forman parte de nuestra responsabilidad o en problemas que desde
nuestra posición tenemos la obligación de solucionar.

Philippe Coutinho llegó a Barcelona con la etiqueta de crack mundial y con la
sensación generalizada de que estábamos ante uno de los pocos jugadores que
podían llenar el espacio que separa a una muy buena plantilla de una plantilla
que opta a todo. De calidad técnica exquisita, es un perfil de jugador con
capacidad para interiorizar fácilmente mecanismos técnicos y tácticos, en este
caso referentes al juego combinativo y posicional. A la vez, es capaz de
conducir rápidamente y desbordar en el uno contra uno, y aporta además un
recurso poco habitual en el Barça contemporáneo: un magnífico y teledirigido disparo
desde media-larga distancia.

Coutinho empezó la temporada tal como acabó el Mundial: jugando en la
posición de interior, una situación que no es la más cómoda para él, y por lo
tanto, para el equipo. La introducción y consolidación de Arthur Melo como
titular, algo que debía acabar cayendo por su propio peso, desplazó al
brasileño hacia el flanco izquierdo del ataque, en un movimiento de piezas que
(pese a que el sacrificado fue el hasta entonces efectivo Ousmane Dembélé) apostaba
por focalizar el desempeño de un jugador como Coutinho hacia tareas cada vez
más ofensivas y decisivas, liberándole de una carga defensiva con la que debe
trabajar no solo desde el punto de vista procedimental, sino también conceptual.

Estrenándose como tridente junto a Messi y Suárez en un épico partido disputado
en Wembley, no había ninguna duda de que (por fin) estábamos cerca de volver a
ver al Coutinho de los 120 millones, en ‘modo Liverpool’. Aquel talentoso
jugador que a las órdenes de Jurgen Klopp se había convertido en una absoluta
estrella mundial y que, habiendo llegado con 25 años al Barça, debía aportar un
plus de calidad de manera inmediata. Un tipo acostumbrado a un juego más
anárquico, de idas y venidas, de transiciones frenéticas, de rock’n’roll futbolístico
pero con una calidad que le convertía en un elemento fácilmente adaptable al
estilo de juego que propone el Barça. Un beatle
del terreno de juego en su versión más cavern,
intérprete principal de un twist and
shout
continuado… pero que no debería tener problema en evolucionar,
cambiar el chip y dejar todo lo anterior como una nostálgica parte de su yesterday particular.

Porque en realidad es así: con verle jugar pocos minutos, uno tiene la
sensación de que Coutinho tiene habilidades de sobra para sincronizarse
perfectamente con todo lo que el FC Barcelona representa a nivel futbolístico.
Sin embargo, ha sido en el tramo en el que más se esperaba de él cuando se ha
visto física y anímicamente recubierto por una capa de invisibilidad que ha
convertido su participación en algo meramente anecdótico y puntual. Un
destello, una jugada, un dribbling,
un remate a gol… Acciones en forma de chispazo que encajan con lo que la propia
palabra significa: un suceso súbito y pasajero, a veces incluso aislado y con
poca importancia en el desarrollo de algo de mayor importancia. Coutinho ha
estado presente en el gran paso al frente que, sin Messi, ha hecho todo el
conjunto para resolver un complicado octubre, pero no con la intensidad con la
que por precio, estatus y condición debería haber aparecido. No con la
intensidad de alguien que es capaz de resolver partidos gracias a su importante
desarrollo a lo largo de los noventa minutos. No con la intensidad de alguien
de quien se espera no solo una eficiente conducción, sino también una
inteligente distribución y circulación. No con la intensidad de alguien que
tiene el encargo de hacer jugar al equipo, de ser más visible que invisible.

Es el momento de dejar la capa a un lado, Philippe. Es el momento de
desenvolverse y corresponder al aficionado y al club con todo lo que se espera
de una figura de tu calibre. Es el momento de querer estar donde apuntan los
focos y conseguir que lo único invisible sea el trabajo que hay detrás de lo
que vas a mostrarnos, de la forma más visible posible, sobre el terreno de
juego.

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