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Casillas y la portería que nunca veríamos

Juan Carlos González Guerrero @jcgonzalez87 09-05-2018

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Cuando éramos pequeños, nadie quería ser portero. Para ver quién empezaba recibiendo goles nos lo jugábamos a una carrera desde el centro del campo y se ponía quien llegara el último a tocar el larguero. Eso cuando no había alguno que fuese infinitamente peor que los demás con el balón en los pies y él mismo asumiera que por el bien del equipo debía quedarse guardando la meta. Aquel desprecio hacia la portería propia cambió con la llegada de Casillas al primer equipo del Real Madrid. Ser portero ya no era un castigo, era una oportunidad de emular a aquel chaval de 18 años que llevaba el 27 a la espalda, a alguien con quien identificarse.

Ya se veía algo especial en él en el año 99. Iker siempre ha estado predestinado a estar en el lugar adecuado en el momento justo. Ocurrió cuando debutó en el Madrid: Illgner y Bizarri estaban lesionados y Toshack le puso de titular en San Mamés. Jugó dos partidos en los que hizo buenas paradas, pero también encajó dos goles, de Julen Guerrero y de Djalminha, en los que el entrenador galés entendió que pudo hacer algo más y lo quitó de la portería. Toshack acabó destituido un par de meses después por decir que era «más fácil ver un cerdo volando encima del Bernabéu» que a él dejando de criticar en público a sus jugadores. Eran otros tiempos.

Al banquillo llegó Vicente del Bosque, quien conocía a Iker desde que el mostoleño entró en la vieja ciudad deportiva con 9 años. Tras un empate y dos derrotas (1-5 en casa contra el Zaragoza), Del Bosque cambió a Bizarri por Casillas. El portero acabó la temporada con La Octava entre las manos. Dos años después, en La Novena, Iker volvió a estar el primero en la cola del casting de los milagros. César, que le había quitado la titularidad un par de meses antes, se lesionó en la final contra el Bayer Leverkusen y Casillas salvó el título con tres paradas inolvidables y muchas lágrimas de desahogo. 

Unas semanas después, a Cañizares, que iba a ser el portero titular de la Selección en el Mundial, se le cayó un frasco de colonia en el pie y le entregó el 1 a Casillas. Dicen que la buena suerte hay que buscarla, yo creo que más bien hay que atraerla. E Iker tiene imán. Llegaron unos años en los que el Madrid se basaba en Casillas parando y Ronaldo marcando, no había más. El éxito con la Selección le encumbró y fue nombrado mejor portero del mundo entre 2008 y 2012: el lustro del portero que no era galáctico. 

El paso de Mourinho por el Madrid se llevó por delante muchas cosas (de eso hablaremos otro día) y una de ellas fue la inmunidad de Iker. Lo peor no fue la suplencia, fue poner en contra a una parte de la afición que seguía el dedo acusador del portugués sin reparar en la víctima y la camiseta que vestía. Eran verdugos al dictado de Mou. Hay gente que piensa que es más madridista un entrenador que hablaba más de ganar su tercera Champions que La Décima del Madrid que un portero que entró en el equipo de sus amores con 9 años, lo ganó todo con él y defendió los valores que le enseñaron a lo largo de su paso por las diferentes categorías del club. Y se piensan mejores madridistas por ello. Defender lo tuyo no es declarar la guerra cada tres días.

Acusaron a Iker de plegarse al Barça por llamar a Xavi y Puyol para intentar apagar el incendio infinito en que se había convertido cada Madrid-Barça y que no afectara al ciclo más exitoso de la historia de la Selección. Hicieron la cruz a Casillas por «perder y dar la mano» como dice el himno del Madrid, el único estatuto del club que todo madridista ha leído alguna vez. 

Iker cambió la idea que una generación de niños teníamos de la portería que no veíamos nunca. Parar la propaganda ya era demasiado, incluso para él.

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Cuando éramos pequeños, nadie quería ser portero. Para ver quién empezaba recibiendo goles nos lo jugábamos a una carrera desde el centro del campo y se ponía quien llegara el último a tocar el larguero. Eso cuando no había alguno que fuese infinitamente peor que los demás con el balón en los pies y él mismo asumiera que por el bien del equipo debía quedarse guardando la meta. Aquel desprecio hacia la portería propia cambió con la llegada de Casillas al primer equipo del Real Madrid. Ser portero ya no era un castigo, era una oportunidad de emular a aquel chaval de 18 años que llevaba el 27 a la espalda, a alguien con quien identificarse.

Ya se veía algo especial en él en el año 99. Iker siempre ha estado predestinado a estar en el lugar adecuado en el momento justo. Ocurrió cuando debutó en el Madrid: Illgner y Bizarri estaban lesionados y Toshack le puso de titular en San Mamés. Jugó dos partidos en los que hizo buenas paradas, pero también encajó dos goles, de Julen Guerrero y de Djalminha, en los que el entrenador galés entendió que pudo hacer algo más y lo quitó de la portería. Toshack acabó destituido un par de meses después por decir que era «más fácil ver un cerdo volando encima del Bernabéu» que a él dejando de criticar en público a sus jugadores. Eran otros tiempos.

Al banquillo llegó Vicente del Bosque, quien conocía a Iker desde que el mostoleño entró en la vieja ciudad deportiva con 9 años. Tras un empate y dos derrotas (1-5 en casa contra el Zaragoza), Del Bosque cambió a Bizarri por Casillas. El portero acabó la temporada con La Octava entre las manos. Dos años después, en La Novena, Iker volvió a estar el primero en la cola del casting de los milagros. César, que le había quitado la titularidad un par de meses antes, se lesionó en la final contra el Bayer Leverkusen y Casillas salvó el título con tres paradas inolvidables y muchas lágrimas de desahogo. 

Unas semanas después, a Cañizares, que iba a ser el portero titular de la Selección en el Mundial, se le cayó un frasco de colonia en el pie y le entregó el 1 a Casillas. Dicen que la buena suerte hay que buscarla, yo creo que más bien hay que atraerla. E Iker tiene imán. Llegaron unos años en los que el Madrid se basaba en Casillas parando y Ronaldo marcando, no había más. El éxito con la Selección le encumbró y fue nombrado mejor portero del mundo entre 2008 y 2012: el lustro del portero que no era galáctico. 

El paso de Mourinho por el Madrid se llevó por delante muchas cosas (de eso hablaremos otro día) y una de ellas fue la inmunidad de Iker. Lo peor no fue la suplencia, fue poner en contra a una parte de la afición que seguía el dedo acusador del portugués sin reparar en la víctima y la camiseta que vestía. Eran verdugos al dictado de Mou. Hay gente que piensa que es más madridista un entrenador que hablaba más de ganar su tercera Champions que La Décima del Madrid que un portero que entró en el equipo de sus amores con 9 años, lo ganó todo con él y defendió los valores que le enseñaron a lo largo de su paso por las diferentes categorías del club. Y se piensan mejores madridistas por ello. Defender lo tuyo no es declarar la guerra cada tres días.

Acusaron a Iker de plegarse al Barça por llamar a Xavi y Puyol para intentar apagar el incendio infinito en que se había convertido cada Madrid-Barça y que no afectara al ciclo más exitoso de la historia de la Selección. Hicieron la cruz a Casillas por «perder y dar la mano» como dice el himno del Madrid, el único estatuto del club que todo madridista ha leído alguna vez. 

Iker cambió la idea que una generación de niños teníamos de la portería que no veíamos nunca. Parar la propaganda ya era demasiado, incluso para él.

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