_Alemania

Callando bocas

Juanma Perera @juanmaHumilAfic 11-01-2022

Como si de una película se tratara, el giro argumental de la carrera de Patrick Schick dio un volantazo allá por el mes de junio de 2021. Más concretamente, el día 14. En aquel momento arrancaba en Hampden Park, para Escocia y la República Checa, la participación en aquella Eurocopa aplazada por el COVID, que terminó celebrándose un año después y en formato multisede. Los checos iban con un equipo apañado, sin más aspiraciones que intentar agradar y dar algún que otro susto. Y vaya si lo consiguieron. Pasaron la fase de grupos y una de las eliminatorias gracias a uno de sus hombres clave, Patrick Schick (traducido del alemán, la palabra ‘Schick’ quiere decir ‘elegante’). El delantero del Leverkusen llegó a aquel torneo como la referencia ofensiva checa y se marchó como uno de los delanteros de moda del fútbol europeo. Su trabajo le costó y los prejuicios no le favorecieron, pero los hechos están ahí.

Pero volvamos hacia atrás, aquel 14 de junio en Hampden Park. Schick ha tenido siempre muchos detractores. Un delantero alto, muy fallón… Normal que mucha gente no creyera en sus posibilidades. Pero llegó aquel debut y todo cambió. Primero, imponiéndose con un remate de cabeza y, luego, anotando uno de los goles del año, desde medio campo. A partir de ahí, la figura del delantero del Bayer Leverkusen creció, siendo el principal artífice en el avance de los suyos en la competición y, luego, durante la temporada, metiéndose en medio de la lucha entre dos colosos como Robert Lewandowski y Erling Braut Haaland, aprovechando las ausencias del noruego y sin alejarse mucho de las cifras del polaco.

La Eurocopa le convirtió en un delantero con muy buen cartel, pero para llegar a ese punto, el camino no había sido nada fácil. Patrick Schick tenía fama de ser un delantero muy fallón. Y eso que en la Sampdoria no hizo malos números, siendo un protagonista secundario en la plantilla. Estando allí quien se fijó en él fue uno de los grandes directores deportivos del momento, Monchi, que durante su etapa en la capital italiana decidió invertir mucho dinero en su fichaje y, quizás, haya sido esa una de las peores operaciones realizadas por Monchi, un hombre acostumbrado a sacar muy buen rendimiento a jugadores de perfil más bajo y revalorizarlos. Sin embargo, ese no fue el caso del checo, que en poco más de dos años tuvo un bajón considerable en cuanto a cifras.

Ahí es cuando entra en juego la Bundesliga, pero antes, un compatriota suyo casi interviene para desviar el camino. Era Pavel Nedved, que intervino para llevarle a la Juventus. Todas las partes estaban de acuerdo para que Schick fuera uno más en la plantilla del conjunto de Turín. Fue su corazón el que dijo que no al fichaje. Las pruebas médicas determinaron que el jugador tenía algunos problemas y fue eso suficiente para que se le cerraran las puertas de Turín, pero no las de la Bundesliga, donde recuperó el olfato goleador en un equipo como el RB Leipzig, donde tenía la difícil misión de hacer olvidar, entre otros, a Timo Werner.

Schick y Werner no tienen nada que ver. Su físico, su forma de jugar, su rol… Son muy distintos. Pero hay algo que les unía, su falta de acierto de cara al gol. Al alemán se le ha achacado eso desde que llegó al Chelsea y, al checo, en Roma y sus primeros años en tierras germanas, que no fueron malos, pero se desaprovechó la oportunidad de que fueran mejores. Ahora, en el fútbol profesional, eso mucho no afecta, pero de niño… Patrick Schick lo contó más de una vez. Con 12 años decidió decirles a sus familiares cercanos (sobre todo a su padre), que no fueran a verle jugar. ¿Por qué especialmente su padre? Él decía que era frustrante ver a su padre hacer malos gestos en la grada cada vez que él fallaba una ocasión de gol. Por eso decidió cortar por lo sano.

Y ahí está. Con ese cambio de chip desde verano, convirtiéndose en la referencia ofensiva de un club como el de Gerardo Seoane, al que le gusta jugar y con el que no para de marcar goles. Rodeado de gente como Wirtz, Diaby, Demirbay o Amiri. Si hasta su propio nombre le define. Es un futbolista de apariencia tosca, pero de trato de balón elegante. No es nada estático, no tiene miedo a regatear, ni a retrasar su posición para echar una mano. Incluso, para tirarse a banda. Y es que es eso. Patrick Schick es más que un delantero centro alto que solo sabe rematar de cabeza y eso le hace diferente. Su gran Eurocopa le colocó en una buena posición y su año en Leverkusen no hace más que callar bocas a todos aquellos que dudaban de si su rendimiento iba a ser óptimo.

Imagen de cabecera: Bayer Leverkusen

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Como si de una película se tratara, el giro argumental de la carrera de Patrick Schick dio un volantazo allá por el mes de junio de 2021. Más concretamente, el día 14. En aquel momento arrancaba en Hampden Park, para Escocia y la República Checa, la participación en aquella Eurocopa aplazada por el COVID, que terminó celebrándose un año después y en formato multisede. Los checos iban con un equipo apañado, sin más aspiraciones que intentar agradar y dar algún que otro susto. Y vaya si lo consiguieron. Pasaron la fase de grupos y una de las eliminatorias gracias a uno de sus hombres clave, Patrick Schick (traducido del alemán, la palabra ‘Schick’ quiere decir ‘elegante’). El delantero del Leverkusen llegó a aquel torneo como la referencia ofensiva checa y se marchó como uno de los delanteros de moda del fútbol europeo. Su trabajo le costó y los prejuicios no le favorecieron, pero los hechos están ahí.

Pero volvamos hacia atrás, aquel 14 de junio en Hampden Park. Schick ha tenido siempre muchos detractores. Un delantero alto, muy fallón… Normal que mucha gente no creyera en sus posibilidades. Pero llegó aquel debut y todo cambió. Primero, imponiéndose con un remate de cabeza y, luego, anotando uno de los goles del año, desde medio campo. A partir de ahí, la figura del delantero del Bayer Leverkusen creció, siendo el principal artífice en el avance de los suyos en la competición y, luego, durante la temporada, metiéndose en medio de la lucha entre dos colosos como Robert Lewandowski y Erling Braut Haaland, aprovechando las ausencias del noruego y sin alejarse mucho de las cifras del polaco.

La Eurocopa le convirtió en un delantero con muy buen cartel, pero para llegar a ese punto, el camino no había sido nada fácil. Patrick Schick tenía fama de ser un delantero muy fallón. Y eso que en la Sampdoria no hizo malos números, siendo un protagonista secundario en la plantilla. Estando allí quien se fijó en él fue uno de los grandes directores deportivos del momento, Monchi, que durante su etapa en la capital italiana decidió invertir mucho dinero en su fichaje y, quizás, haya sido esa una de las peores operaciones realizadas por Monchi, un hombre acostumbrado a sacar muy buen rendimiento a jugadores de perfil más bajo y revalorizarlos. Sin embargo, ese no fue el caso del checo, que en poco más de dos años tuvo un bajón considerable en cuanto a cifras.

Ahí es cuando entra en juego la Bundesliga, pero antes, un compatriota suyo casi interviene para desviar el camino. Era Pavel Nedved, que intervino para llevarle a la Juventus. Todas las partes estaban de acuerdo para que Schick fuera uno más en la plantilla del conjunto de Turín. Fue su corazón el que dijo que no al fichaje. Las pruebas médicas determinaron que el jugador tenía algunos problemas y fue eso suficiente para que se le cerraran las puertas de Turín, pero no las de la Bundesliga, donde recuperó el olfato goleador en un equipo como el RB Leipzig, donde tenía la difícil misión de hacer olvidar, entre otros, a Timo Werner.

Schick y Werner no tienen nada que ver. Su físico, su forma de jugar, su rol… Son muy distintos. Pero hay algo que les unía, su falta de acierto de cara al gol. Al alemán se le ha achacado eso desde que llegó al Chelsea y, al checo, en Roma y sus primeros años en tierras germanas, que no fueron malos, pero se desaprovechó la oportunidad de que fueran mejores. Ahora, en el fútbol profesional, eso mucho no afecta, pero de niño… Patrick Schick lo contó más de una vez. Con 12 años decidió decirles a sus familiares cercanos (sobre todo a su padre), que no fueran a verle jugar. ¿Por qué especialmente su padre? Él decía que era frustrante ver a su padre hacer malos gestos en la grada cada vez que él fallaba una ocasión de gol. Por eso decidió cortar por lo sano.

Y ahí está. Con ese cambio de chip desde verano, convirtiéndose en la referencia ofensiva de un club como el de Gerardo Seoane, al que le gusta jugar y con el que no para de marcar goles. Rodeado de gente como Wirtz, Diaby, Demirbay o Amiri. Si hasta su propio nombre le define. Es un futbolista de apariencia tosca, pero de trato de balón elegante. No es nada estático, no tiene miedo a regatear, ni a retrasar su posición para echar una mano. Incluso, para tirarse a banda. Y es que es eso. Patrick Schick es más que un delantero centro alto que solo sabe rematar de cabeza y eso le hace diferente. Su gran Eurocopa le colocó en una buena posición y su año en Leverkusen no hace más que callar bocas a todos aquellos que dudaban de si su rendimiento iba a ser óptimo.

Imagen de cabecera: Bayer Leverkusen

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