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Caerse 100 veces y levantarse 101

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 08-04-2018

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“Papá
aparcaba el coche cerca del campo. Entonces, yo saltaba del asiento trasero
casi en marcha, pegaba un sprint hacia el seto más cercano y vomitaba. Y me
escondía. Me sentía muy enfermo”. Era 1986, Jonny Wilkinson tenía solo siete
años y estaba afrontando sus primeros partidos, pero esa era su rutina de
domingos justo antes de cada partido oficial de mini rugby. Ese deporte que le
entusiasmaba desde que apenas tenía uso de razón, que le hacía pasarse horas y
horas todos los días de la semana en el jardín de casa pateando el oval junto a
sus hermanos. Pero los domingos… El día de partido, todo era distinto.

“No sé
si nací siendo un completo perfeccionista o me convertí en ello al poco de
nacer”, comienza su trepidante autobiografía ‘Jonny’, esa que está catalogada
como uno de los mejores libros deportivos del mundo y que otros profesionales
del calado de Iniesta o Cabaye han puesto en varias ocasiones entre sus listas
de mejores autobiografías. Porque Wilkinson, que más de una vez ha revelado sus
problemas de salud mental y sus eternas luchas contra la depresión, sirve en él
como ejemplo de autoayuda.

“Solía
despertarme a las 5 o 6 de la mañana y notaba cómo el miedo entraba en mí. Mi
corazón se aceleraba y el cuerpo me avisaba que algo iba a salir mal. Entonces
corría y a decirles a mis padres que no podía ir a jugar. Que por favor dijeran
que estaba enfermo, simplemente no podía”. A medida que se acercaba la hora del
partido, el pánico crecía, pero una vez pitaba el árbitro y no había vuelta
atrás, todo se olvidaba. Siempre acababa jugando, generalmente bien, y la
historia quedaba olvidada hasta que volvía a ser domingo.

Solo
faltaban cinco minutos para empezar el partido y en el estadio, los chicos de
Toulon se dan cuenta de que solo son 14 y les falta un componente. El árbitro
se mosquea, vuelve a contar a los jugadores con cautela, pero sigue faltando
uno. No es uno cualquiera. Wilkinson está encerrado en el baño, aislado de todo
el mundo y trata desesperadamente de contactar con Dave Alred, su entrenador de
pateo, pero también su ayuda psicológica. Es 2014, han pasado 28 años desde
aquel primer domingo para olvidar y todo un Campeón del Mundo como Jonny
Wilkinson no comparece junto a los hombres que tiene que liderar. Entre el
primer partido y los últimos días de Wilkinson como profesional no ha cambiado
absolutamente nada, títulos, drops, reconocimientos y pateos aparte.

El
miedo se ha vuelto a apoderar de él, un pánico que le envuelve por completo,
que le avisa de que todo va a salir mal, de que algo va a fallar y será
incorregible. Su oscuro pasajero toma posesión de su cabeza. Jonny no puede
jugar. “Se supone que debería estar dando el discurso grupal y animando a los
chicos, pero no podía convencerme ni a mí mismo, estaba bloqueado”.

Es la
historia detrás de la leyenda. Hace 15 años ya de aquel drop con su pierna
menos buena que le hizo pasar a los libros de historia del deporte inglés. El
caballero que llevó al XV de la rosa a su primera y de momento única corona mundial
de rugby en una final intrépida e inenarrable de manera recatada. Ese duelo de
locos. La apertura con más coraje y mayor meticulosidad en su rutina de pateo,
la estrella que fue nombrada Mejor Jugador del Mundo y condecorado como
Comendador de la Orden del Imperio Británico. Aquel incapaz de confiar en sí
mismo cuando toda una nación le confiaría la vida de sus seres más queridos a
un pateo suyo a más de 40 metros.

“He
sufrido problemas de salud mental durante toda mi vida”, admite. No se esconde,
por mucho que le costara hablar en su día de depresión. Son muchos los
deportistas que la sufren, muy pocos los valientes capaces a abrirse al mundo.
Sabedores de que un problema de semejante tamaño puede condicionar sus carreras
en forma de equipos que los rechacen, de rivales que los ridiculicen y
aprovechen sus debilidades, del miedo a ser diferentes.

Cuenta
Jonny en una reciente entrevista que en más de una ocasión ideaba excusas para
decirle a los entrenadores que no podía jugar. En su cabeza aparecían las
enfermedades ficticias y muertes de familiares y las propias como pretexto para
excusarse de su ausencia. Llamaba a su familia para que le cubrieran en la
coartada. Daba igual que fueran amistosos con los Falcons o eliminatorias
mundiales con Inglaterra. Jonny Wilkinson nunca se perdió un solo partido por
sus problemas mentales. Al final, el tiempo de espera se consumaba y él tenía
que acabar saliendo y liderar al equipo.

Sus
problemas se agravaron justo después de conquistar la Copa del Mundo de 2003,
porque fue entonces cuando llegaron cuatro largos años de problemas físicos,
una travesía en la que sufrió hasta 17 lesiones distinta, pasando por fracturas
de cuello, dislocaciones de hombro y sobre todo problemas en sus rodillas.
“Sentía que el tiempo se me acababa y necesitaba salir a jugar”.  

Jonny Wilkinson es
considerado uno de los mejores jugadores de la historia en su posición. Ganador
de una Copa del Mundo (2003) y de cuatro Torneos Seis Naciones. Es el máximo
anotador de puntos en la Rugby World Cup, así como el segundo jugador con más
puntos y participaciones con Inglaterra. Ha jugado en seis ocasiones para los
British and Iris Lions. En los inicios de su carrera logró una Premiership con
los Newcastle Falcons y en los años finales alzó el Top14 y dos Champions Cup
(entonces Heineken Cup) con Toulon. Su vida es la de la superación continua, la
de sobreponerse a las adversidades. La vida del perfeccionista al que nadie le
ha regalado nada. La del profesional con miedo a fallar capaz de tocar el cielo
tras caer al fondo. O como él la define: “Caerse 100 veces y levantarse 101”. 

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“Papá
aparcaba el coche cerca del campo. Entonces, yo saltaba del asiento trasero
casi en marcha, pegaba un sprint hacia el seto más cercano y vomitaba. Y me
escondía. Me sentía muy enfermo”. Era 1986, Jonny Wilkinson tenía solo siete
años y estaba afrontando sus primeros partidos, pero esa era su rutina de
domingos justo antes de cada partido oficial de mini rugby. Ese deporte que le
entusiasmaba desde que apenas tenía uso de razón, que le hacía pasarse horas y
horas todos los días de la semana en el jardín de casa pateando el oval junto a
sus hermanos. Pero los domingos… El día de partido, todo era distinto.

“No sé
si nací siendo un completo perfeccionista o me convertí en ello al poco de
nacer”, comienza su trepidante autobiografía ‘Jonny’, esa que está catalogada
como uno de los mejores libros deportivos del mundo y que otros profesionales
del calado de Iniesta o Cabaye han puesto en varias ocasiones entre sus listas
de mejores autobiografías. Porque Wilkinson, que más de una vez ha revelado sus
problemas de salud mental y sus eternas luchas contra la depresión, sirve en él
como ejemplo de autoayuda.

“Solía
despertarme a las 5 o 6 de la mañana y notaba cómo el miedo entraba en mí. Mi
corazón se aceleraba y el cuerpo me avisaba que algo iba a salir mal. Entonces
corría y a decirles a mis padres que no podía ir a jugar. Que por favor dijeran
que estaba enfermo, simplemente no podía”. A medida que se acercaba la hora del
partido, el pánico crecía, pero una vez pitaba el árbitro y no había vuelta
atrás, todo se olvidaba. Siempre acababa jugando, generalmente bien, y la
historia quedaba olvidada hasta que volvía a ser domingo.

Solo
faltaban cinco minutos para empezar el partido y en el estadio, los chicos de
Toulon se dan cuenta de que solo son 14 y les falta un componente. El árbitro
se mosquea, vuelve a contar a los jugadores con cautela, pero sigue faltando
uno. No es uno cualquiera. Wilkinson está encerrado en el baño, aislado de todo
el mundo y trata desesperadamente de contactar con Dave Alred, su entrenador de
pateo, pero también su ayuda psicológica. Es 2014, han pasado 28 años desde
aquel primer domingo para olvidar y todo un Campeón del Mundo como Jonny
Wilkinson no comparece junto a los hombres que tiene que liderar. Entre el
primer partido y los últimos días de Wilkinson como profesional no ha cambiado
absolutamente nada, títulos, drops, reconocimientos y pateos aparte.

El
miedo se ha vuelto a apoderar de él, un pánico que le envuelve por completo,
que le avisa de que todo va a salir mal, de que algo va a fallar y será
incorregible. Su oscuro pasajero toma posesión de su cabeza. Jonny no puede
jugar. “Se supone que debería estar dando el discurso grupal y animando a los
chicos, pero no podía convencerme ni a mí mismo, estaba bloqueado”.

Es la
historia detrás de la leyenda. Hace 15 años ya de aquel drop con su pierna
menos buena que le hizo pasar a los libros de historia del deporte inglés. El
caballero que llevó al XV de la rosa a su primera y de momento única corona mundial
de rugby en una final intrépida e inenarrable de manera recatada. Ese duelo de
locos. La apertura con más coraje y mayor meticulosidad en su rutina de pateo,
la estrella que fue nombrada Mejor Jugador del Mundo y condecorado como
Comendador de la Orden del Imperio Británico. Aquel incapaz de confiar en sí
mismo cuando toda una nación le confiaría la vida de sus seres más queridos a
un pateo suyo a más de 40 metros.

“He
sufrido problemas de salud mental durante toda mi vida”, admite. No se esconde,
por mucho que le costara hablar en su día de depresión. Son muchos los
deportistas que la sufren, muy pocos los valientes capaces a abrirse al mundo.
Sabedores de que un problema de semejante tamaño puede condicionar sus carreras
en forma de equipos que los rechacen, de rivales que los ridiculicen y
aprovechen sus debilidades, del miedo a ser diferentes.

Cuenta
Jonny en una reciente entrevista que en más de una ocasión ideaba excusas para
decirle a los entrenadores que no podía jugar. En su cabeza aparecían las
enfermedades ficticias y muertes de familiares y las propias como pretexto para
excusarse de su ausencia. Llamaba a su familia para que le cubrieran en la
coartada. Daba igual que fueran amistosos con los Falcons o eliminatorias
mundiales con Inglaterra. Jonny Wilkinson nunca se perdió un solo partido por
sus problemas mentales. Al final, el tiempo de espera se consumaba y él tenía
que acabar saliendo y liderar al equipo.

Sus
problemas se agravaron justo después de conquistar la Copa del Mundo de 2003,
porque fue entonces cuando llegaron cuatro largos años de problemas físicos,
una travesía en la que sufrió hasta 17 lesiones distinta, pasando por fracturas
de cuello, dislocaciones de hombro y sobre todo problemas en sus rodillas.
“Sentía que el tiempo se me acababa y necesitaba salir a jugar”.  

Jonny Wilkinson es
considerado uno de los mejores jugadores de la historia en su posición. Ganador
de una Copa del Mundo (2003) y de cuatro Torneos Seis Naciones. Es el máximo
anotador de puntos en la Rugby World Cup, así como el segundo jugador con más
puntos y participaciones con Inglaterra. Ha jugado en seis ocasiones para los
British and Iris Lions. En los inicios de su carrera logró una Premiership con
los Newcastle Falcons y en los años finales alzó el Top14 y dos Champions Cup
(entonces Heineken Cup) con Toulon. Su vida es la de la superación continua, la
de sobreponerse a las adversidades. La vida del perfeccionista al que nadie le
ha regalado nada. La del profesional con miedo a fallar capaz de tocar el cielo
tras caer al fondo. O como él la define: “Caerse 100 veces y levantarse 101”. 

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