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Breitner, fútbol y ciervos

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 05-09-2018

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Pocas derrotas tan duras como la que sientes cuando tu sobrino, impasible y frío, recoge del suelo el balón con las manos, tras haber recibido un pase tuyo medido, rasito y con el interior. Así, como si no hiciera nada malo. Y te mira. Y sonríe. Pero se siente uno idiota. Y piensas que, por el momento, parece que el virus fútbol (aún) no ha llamado a su puerta.

Dan ganas de irse a emborrachar, sin demora, para olvidar que sigues solo, sin poder enseñar tus videos clásicos de jugadas y goles a ninguna esponja de pequeño tamaño, que quiera aprender de ti. Pero ni de esa manera conseguiría quitarme el fútbol de la cabeza, para qué vamos a engañarnos. Recuerdo el día que, acompañando a una amiga a un bar, acabó por dejarme solo tras comenzar a hablar con un amigo común valenciano sobre la mala racha del Valencia y sobre la importante baja de David Silva. Y otra, esta fue peor, explicando a un camarero que esa bebida que se estaba poniendo tan de moda, no era para nada una novedad, que ya patrocinó en los setenta a un equipo de la Bundesliga, el Eintracht Braunschweig, que, por cierto, fue el primer equipo en llevar publicidad en la camiseta.

Seguro que al camarero tampoco le importaría mucho saber que en ese equipo siguió la carrera de uno de los grandes futbolistas alemanes de siempre, tras haber recalado en Real Madrid y Bayern de Múnich. Hablo, por supuesto, de Paul Breitner, nacido hoy hace 67 años en Kolbermoor, una ciudad bávara a menos de setenta kilómetros de Múnich. Esas tres paradas decorarían la trayectoria de un futbolista famoso por su posicionamiento a nivel social y político. El ‘Káiser rojo’, como llegaron a llamarlo, no ocultaba sus ideas progresistas y su maoísmo, cosa que le llegó a causar algún problema incluso ante su presidente en el Real Madrid, Santiago Bernabéu, e incluso le apartó, por principios, de formar parte de la ‘Mannschaft’ en Argentina 78, por su repulsa a la dictadura de Videla.

Su pelo afro, característico y decorado además por una poblada barba rubia, le reportó también el sobrenombre de “El abisinio”, además de facilitar la localización de sus movimientos en el campo. Movimientos que fueron de la defensa al mediocampo, destacando como lateral izquierdo, pero sorprendiendo en labores de creación de juego como interior. Junto a Netzer formaba parte de un dúo que hizo las delicias en el Real Madrid, dejando muestras de clase y desempeño asociativo con el balón pocas veces visto. Unos adelantados a su época, por estilo y por habilidad, que fueron capaces de frenar el ímpetu con el que había aterrizado Cruyff en el FC Barcelona, ganando dos ligas consecutivas las temporadas 1974/75 y 1975/76.

Su no participación en 1978 sorprendió aún más por ser uno de los héroes del equipo solo cuatro años antes. Un gol suyo desde los once metros supuso el anticipo de la victoria ante Países Bajos. Él, como mi sobrino, no dudo en coger el balón con las manos, esta vez para ponerlo a once metros de la portería de Jongbloed. Ese gol fue el 1-1, que luego remataría su compañero Gerd Müller y que acabaría con la Copa del Mundo en manos de los germanos. En una gran entrevista de Faustino Sáez para ‘El País’ en 2010, Breitner confiesa que, desde pequeño, había oído que “en situaciones así nacen los héroes o los grandes perdedores”. Por suerte para él, como dice seguidamente, “salió bien”. No acabaría ahí su idilio con las grandes citas y solo necesitó ocho años para volver a formar parte del equipo titular de Alemania Occidental en la final de un Mundial. En España 1982, sin embargo, el héroe se llamó Rossi.
Hoy, 5 de septiembre de 2018, cuando se cumple el 67 cumpleaños de Breitner, sin estar en la barra de ningún bar, comparto con vosotros lo que Breitner, con su pelo afro, su barba y sus principios, dedicó al fútbol, antes y después de llevar el logotipo del ciervo sobre amarillo en el equipo de Braunschweig, con la esperanza de que, esta vez sí, os interese lo contado.

Pero, sobre todo, con la esperanza de que, en fútbol o fuera de él, mi sobrino llegue a comprender la importancia de recoger el balón con las manos con la determinación suficiente para para ponerlo a once metros de cualquier portería que deba enfrentar en su vida. Como Paul “Abisinio” Breitner.

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Pocas derrotas tan duras como la que sientes cuando tu sobrino, impasible y frío, recoge del suelo el balón con las manos, tras haber recibido un pase tuyo medido, rasito y con el interior. Así, como si no hiciera nada malo. Y te mira. Y sonríe. Pero se siente uno idiota. Y piensas que, por el momento, parece que el virus fútbol (aún) no ha llamado a su puerta.

Dan ganas de irse a emborrachar, sin demora, para olvidar que sigues solo, sin poder enseñar tus videos clásicos de jugadas y goles a ninguna esponja de pequeño tamaño, que quiera aprender de ti. Pero ni de esa manera conseguiría quitarme el fútbol de la cabeza, para qué vamos a engañarnos. Recuerdo el día que, acompañando a una amiga a un bar, acabó por dejarme solo tras comenzar a hablar con un amigo común valenciano sobre la mala racha del Valencia y sobre la importante baja de David Silva. Y otra, esta fue peor, explicando a un camarero que esa bebida que se estaba poniendo tan de moda, no era para nada una novedad, que ya patrocinó en los setenta a un equipo de la Bundesliga, el Eintracht Braunschweig, que, por cierto, fue el primer equipo en llevar publicidad en la camiseta.

Seguro que al camarero tampoco le importaría mucho saber que en ese equipo siguió la carrera de uno de los grandes futbolistas alemanes de siempre, tras haber recalado en Real Madrid y Bayern de Múnich. Hablo, por supuesto, de Paul Breitner, nacido hoy hace 67 años en Kolbermoor, una ciudad bávara a menos de setenta kilómetros de Múnich. Esas tres paradas decorarían la trayectoria de un futbolista famoso por su posicionamiento a nivel social y político. El ‘Káiser rojo’, como llegaron a llamarlo, no ocultaba sus ideas progresistas y su maoísmo, cosa que le llegó a causar algún problema incluso ante su presidente en el Real Madrid, Santiago Bernabéu, e incluso le apartó, por principios, de formar parte de la ‘Mannschaft’ en Argentina 78, por su repulsa a la dictadura de Videla.

Su pelo afro, característico y decorado además por una poblada barba rubia, le reportó también el sobrenombre de “El abisinio”, además de facilitar la localización de sus movimientos en el campo. Movimientos que fueron de la defensa al mediocampo, destacando como lateral izquierdo, pero sorprendiendo en labores de creación de juego como interior. Junto a Netzer formaba parte de un dúo que hizo las delicias en el Real Madrid, dejando muestras de clase y desempeño asociativo con el balón pocas veces visto. Unos adelantados a su época, por estilo y por habilidad, que fueron capaces de frenar el ímpetu con el que había aterrizado Cruyff en el FC Barcelona, ganando dos ligas consecutivas las temporadas 1974/75 y 1975/76.

Su no participación en 1978 sorprendió aún más por ser uno de los héroes del equipo solo cuatro años antes. Un gol suyo desde los once metros supuso el anticipo de la victoria ante Países Bajos. Él, como mi sobrino, no dudo en coger el balón con las manos, esta vez para ponerlo a once metros de la portería de Jongbloed. Ese gol fue el 1-1, que luego remataría su compañero Gerd Müller y que acabaría con la Copa del Mundo en manos de los germanos. En una gran entrevista de Faustino Sáez para ‘El País’ en 2010, Breitner confiesa que, desde pequeño, había oído que “en situaciones así nacen los héroes o los grandes perdedores”. Por suerte para él, como dice seguidamente, “salió bien”. No acabaría ahí su idilio con las grandes citas y solo necesitó ocho años para volver a formar parte del equipo titular de Alemania Occidental en la final de un Mundial. En España 1982, sin embargo, el héroe se llamó Rossi.
Hoy, 5 de septiembre de 2018, cuando se cumple el 67 cumpleaños de Breitner, sin estar en la barra de ningún bar, comparto con vosotros lo que Breitner, con su pelo afro, su barba y sus principios, dedicó al fútbol, antes y después de llevar el logotipo del ciervo sobre amarillo en el equipo de Braunschweig, con la esperanza de que, esta vez sí, os interese lo contado.

Pero, sobre todo, con la esperanza de que, en fútbol o fuera de él, mi sobrino llegue a comprender la importancia de recoger el balón con las manos con la determinación suficiente para para ponerlo a once metros de cualquier portería que deba enfrentar en su vida. Como Paul “Abisinio” Breitner.

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