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Brasil, un bello autómata

Si el Mundial pudiera explicarse con música, Brasil sería imprescindible en la banda sonora. Una melodía pegadiza que suena en todos lados. Es como la mítica canción del verano que todos esperan escuchar. Si no la conoces, te acabará gustando por narices. Entras en la discoteca y te sacuden los decibelios. Los de Tite hacen lo mismo en el césped. Arrollan de la misma manera, como un rodillo. Le bastó un primer tiempo para noquear a su rival en octavos. Se encuentran, combinan, sonríen. Con una convicción tan aplastante como la del despertador de un lunes por la mañana. No hay nada que hacer contra eso.

Adenor Leonardo Bacchi ha logrado que Brasil no baile solamente en los últimos metros. Es una selección que se sostiene defensivamente y apenas concede espacios donde puedan hacerle daño. Todo va más allá de la explosión final. De aquella que, dotada de una característica inspiración, complace a la vista. Va bien por arriba y por abajo. Como un outfit que se ajusta a la perfección. No hay un atuendo de diez si los zapatos no combinan. Pajarita y mocasines, bata y zapatillas. Casemiro se pone el mejor traje de trabajo. Laborioso, se impone, recupera, anticipa, llega. Thiago Silva, con su liderazgo, se ha dejado el pasaporte en casa para que nadie aprecie los 38 años en sus piernas. La expresión del tópico literario ‘Carpe Diem’ en su máximo esplendor. Nadie está aprovechando mejor el momento.

En el último tercio, donde todo explota, se divierten. Como los niños en la calle, que piden alargar cinco minutos más un partido interrumpido por las agujas del reloj que les reclaman volver a su hogar. Un repertorio de coreografías que acontece mientras tú todavía adivinas cómo colocar uno de los pies. Una serie de personajes de una ficción exuberante y exagerada, dividida entre los que la aman y la detestan, los que la admiran y los que aborrecieron la floritura hace mucho tiempo. Necesitan muy poco para plantarse en la portería rival y tener una ocasión. Con un reparto que intimida, a Brasil la imaginamos con una chupa de cuero, gafas de sol y echándote el humo en la cara sin titubear. No la miras mucho, no quieres problemas, pero te aparece hasta en los tweets promocionados. Visit Brasil te invita a conocer sus playas, con retintín, mientras nosotros nos colamos debajo del edredón con la nariz congelada.

@fifaworldcup_es

Con ese desparpajo volvió a brillar, a fluir, a sentirse liberada de las dudas y de la presión de su historia; aquella que aprieta cada músculo de su espalda. Vinicius despega como un cohete. Ha dado cinco vueltas a la manzana en el mismo tiempo que tú giras las llaves para cerrar la puerta de casa. Raphinha, que ansía demostrar de lo que es capaz, es un gran argumento cada vez que encuentra al compañero. Richarlison, severo en la red. Un tijeretazo al pasado. Neymar, el genio capaz de concederte tres deseos: gol, asitencia y un espectáculo de fantasía. Puro ilusionismo. Entre ellos atraen, se regalan espacios y definen. Tite ha entendido qué piezas disponía para hacerlas mover con equilibrio y armonía, como un bello autómata.

Su alegría es patente. No tiene mucha pinta de nublarse, porque Brasil solo quiere ser contada a través de la claridad. Quedan por ver esos capítulos donde una gran potencia les exija mucho más. Allí donde todo lo que han contado puede tomar forma o desaparecer sin más trascendencia con un simple soplido. El Mundial es ese entresijo que va contando sus acontecimientos escritos entre guiones predecibles y la magia de lo fortuito. La única evidencia es aquella que nos recuerda que esto sucede cada cuatro años. Que los goles pueden ser héroes y villanos a la misma vez, que la alegría y la tristeza bailan agarradas una misma balada. Que los protagonistas menos esperados son los más aclamados. Que los carteles de favoritos son los Reyes Magos. Que la única que tiene potestad para dictar cualquier sentencia es la pelota.

Imagen de cabecera: @fifaworldcup_es

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Si el Mundial pudiera explicarse con música, Brasil sería imprescindible en la banda sonora. Una melodía pegadiza que suena en todos lados. Es como la mítica canción del verano que todos esperan escuchar. Si no la conoces, te acabará gustando por narices. Entras en la discoteca y te sacuden los decibelios. Los de Tite hacen lo mismo en el césped. Arrollan de la misma manera, como un rodillo. Le bastó un primer tiempo para noquear a su rival en octavos. Se encuentran, combinan, sonríen. Con una convicción tan aplastante como la del despertador de un lunes por la mañana. No hay nada que hacer contra eso.

Adenor Leonardo Bacchi ha logrado que Brasil no baile solamente en los últimos metros. Es una selección que se sostiene defensivamente y apenas concede espacios donde puedan hacerle daño. Todo va más allá de la explosión final. De aquella que, dotada de una característica inspiración, complace a la vista. Va bien por arriba y por abajo. Como un outfit que se ajusta a la perfección. No hay un atuendo de diez si los zapatos no combinan. Pajarita y mocasines, bata y zapatillas. Casemiro se pone el mejor traje de trabajo. Laborioso, se impone, recupera, anticipa, llega. Thiago Silva, con su liderazgo, se ha dejado el pasaporte en casa para que nadie aprecie los 38 años en sus piernas. La expresión del tópico literario ‘Carpe Diem’ en su máximo esplendor. Nadie está aprovechando mejor el momento.

En el último tercio, donde todo explota, se divierten. Como los niños en la calle, que piden alargar cinco minutos más un partido interrumpido por las agujas del reloj que les reclaman volver a su hogar. Un repertorio de coreografías que acontece mientras tú todavía adivinas cómo colocar uno de los pies. Una serie de personajes de una ficción exuberante y exagerada, dividida entre los que la aman y la detestan, los que la admiran y los que aborrecieron la floritura hace mucho tiempo. Necesitan muy poco para plantarse en la portería rival y tener una ocasión. Con un reparto que intimida, a Brasil la imaginamos con una chupa de cuero, gafas de sol y echándote el humo en la cara sin titubear. No la miras mucho, no quieres problemas, pero te aparece hasta en los tweets promocionados. Visit Brasil te invita a conocer sus playas, con retintín, mientras nosotros nos colamos debajo del edredón con la nariz congelada.

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Con ese desparpajo volvió a brillar, a fluir, a sentirse liberada de las dudas y de la presión de su historia; aquella que aprieta cada músculo de su espalda. Vinicius despega como un cohete. Ha dado cinco vueltas a la manzana en el mismo tiempo que tú giras las llaves para cerrar la puerta de casa. Raphinha, que ansía demostrar de lo que es capaz, es un gran argumento cada vez que encuentra al compañero. Richarlison, severo en la red. Un tijeretazo al pasado. Neymar, el genio capaz de concederte tres deseos: gol, asitencia y un espectáculo de fantasía. Puro ilusionismo. Entre ellos atraen, se regalan espacios y definen. Tite ha entendido qué piezas disponía para hacerlas mover con equilibrio y armonía, como un bello autómata.

Su alegría es patente. No tiene mucha pinta de nublarse, porque Brasil solo quiere ser contada a través de la claridad. Quedan por ver esos capítulos donde una gran potencia les exija mucho más. Allí donde todo lo que han contado puede tomar forma o desaparecer sin más trascendencia con un simple soplido. El Mundial es ese entresijo que va contando sus acontecimientos escritos entre guiones predecibles y la magia de lo fortuito. La única evidencia es aquella que nos recuerda que esto sucede cada cuatro años. Que los goles pueden ser héroes y villanos a la misma vez, que la alegría y la tristeza bailan agarradas una misma balada. Que los protagonistas menos esperados son los más aclamados. Que los carteles de favoritos son los Reyes Magos. Que la única que tiene potestad para dictar cualquier sentencia es la pelota.

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