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Bienvenidos al fútbol profesional

“En la vida no hay clases para principiantes. Enseguida exigen de uno lo más difícil”. Esta desesperante verdad sacada de la obra del novelista checo Rainer Maria Rilke presenta una tesitura que, en mayor o menor medida, todos hemos afrontado alguna vez a lo largo de nuestra vida, también en el fútbol. Situaciones que, en su día, nos hicieron chocar por primera vez con algo que anhelábamos desde hacía tiempo, pero que a la vez nos hacía sentir un enorme respeto. Algo por lo que suspirábamos, pero que nos mirábamos desde cierta distancia. Alguna experiencia deseada en la que nos estrenábamos y con la que, al principio, no nos sentíamos del todo cómodos dada su dificultad o exigencia. La confrontación con todo lo nuevo va, además, acompañada a veces de una sensación negativa de la que es imposible despegarse durante horas o días, provocada por el constante análisis interno que hacemos sobre nuestro rendimiento.

Lo llamamos período de adaptación. En él afloran un revoltijo de emociones en el que destacan la ilusión por lo nuevo (de ahí las referencias a anhelar o suspirar del parágrafo anterior) mezclada con un miedo provocado por la auto exigencia que generamos sobre nosotros mismos. Un buen ejemplo que hallo en mi interior podría ser, precisamente, el hecho de estar escribiendo aquí, en Sphera Sports: el primer día, había en mí tanta emoción como preocupación por saber cómo iba a interpretar el lector mis textos. Ahora, sigo imaginándomelo aunque sin la misma carga de preocupación que antes llevaba encima. ¿Qué motivo genera este pequeño cambio interno? Sencillo: cuestión de adaptación a un espacio, a un contexto, a un momento.

La cruda realidad de los períodos de adaptación es algo con lo que está topando, a lo largo de la presente temporada de la Liga123, el magnífico grupo de futbolistas del  Barcelona B, entrenados por Gerard López. A pesar de los numerosos detalles y muestras de talento que varios componentes del equipo nos regalan en cada jornada, falta acompañar las sensaciones de algo absolutamente necesario en el deporte de élite: efectividad. Ya son cinco los partidos que el filial azulgrana suma sin ganar (precisamente hoy se cumple un mes desde la última victoria frente a La Hoya Lorca FC, el equipo que marca el descenso a día de hoy) y el aficionado puede tener la sensación de que este grupo de jóvenes, que empezó este desafío con un desbordante empuje que les hacía ganar partidos y coleccionar elogios, está pasando por este momento de duda y preocupación acerca de lo que está sucediendo a su alrededor y del que prácticamente nadie escapa, tal como trataba de explicar al inicio de este texto.

Las situaciones a las que gente como Carles Aleñá, Oriol Busquets, Sergi Palencia, Abel Ruiz o Marc Cucurella deben enfrentarse como grupo son nuevas, distintas a lo que hasta ahora habían conocido. En este nuevo contexto llamado Liga123 (cada vez que lo escribo me doy cuenta de que, para mí, siempre será la Segunda División) es donde se ha producido la confrontación entre su abundante talento y la exigencia del fútbol profesional. Una categoría donde no basta con ser el más talentoso, tener la mejor pierna izquierda de la liga o ser el equipo que mejor practica el fútbol de toque.

El alentador inicio del Barcelona B en la categoría de plata, en forma de buenas sensaciones y una más que aceptable efectividad, liberó a sus jugadores y les permitió desplegar su mejor versión sobre el terreno de juego. Este contagio positivo generalizado estuvo refrendado por los elogios de parte de la comunidad culé, en la que me incluyo, que no dudó en asegurar que estamos asistiendo a otra gran hornada de talento procedente del Miniestadi. Una sensación que a día de hoy (y les hablo desde el punto de vista más personal) sigo defendiendo y que no tiene nada que ver con la posición clasificatoria que ocupe el filial azulgrana al finalizar la temporada, ya que la máxima prioridad del Barcelona B siempre ha sido y debe seguir siendo la formación de jugadores para abastecer al primer equipo en el futuro.

Tengo la impresión de que el staff técnico de Gerard López, encargados de tutelar la formación de estos futbolistas (que recordemos, aún no ha acabado), sabía que momentos como el actual acabarían llegando. La dureza de la Liga123 te acaba abocando, a lo largo de la temporada, a algún tramo donde las cosas no salen tan bien como uno desea. En el caso de una plantilla así de joven e inexperta, esta probabilidad es aún mayor al encajar perfectamente dentro de este proceso conocido como período de adaptación. Ni antes, cuando todo iba mejor, se podía dar este período por solventado ni ahora puede entenderse la situación como un retroceso, ya que estas situaciones adversas también son las que construyen los cimientos de un futbolista.

Y es que solamente este debe ser el propósito de un equipo como el Barcelona B: construir. Edificar una identidad futbolística personal y de pertinencia a un grupo. No significa esto que las estadísticas y los resultados dejen de ser importantes, pero desde hace un tiempo es algo que considero secundario si esto acaba implicando que la columna vertebral del primer equipo sea Made in La Masia. Por eso (aunque lo prefiero en la categoría de plata, está claro) el descenso del filial azulgrana a Segunda B no sería un escenario dramático para mí. No si en aquel equipo se vislumbran piezas fundamentales para el futuro del FC Barcelona. Unas piezas que dentro de unos años, de bien seguro, agradecerán este bache por el que están pasando ahora mismo. Unas piezas a las que (aunque ahora no lo parezca) les viene de maravilla esta bienvenida, en forma de colosal choque de trenes, que están teniendo con la cara más férrea y dura del fútbol profesional.

 

«Jugar al fútbol es muy simple, pero jugar un fútbol simple es la cosa más difícil que existe». #GràciesJohan

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