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El acto de florecer

El Barça está lejos de su mejor primavera. Aunque el cambio de hora acecha para oscurecer los días y el frío empiece a calentar en el banquillo, el paisaje blaugrana parece más propio de la estación que más lo hace sufrir y lo acaba agostando. Ha perdido sus colores, y una vez más se muestra debilitado. Si le va la vida, no muerde. La pasividad parece perseguirle, pegada a su espalda. Y el balón, su gran aliado, se ha ralentizado con una lenta circulación. Tan previsible como poco ingenioso, insiste en los centros al área o bien toca atrás y vuelta a empezar. Y así, una y otra vez, como aprenderse la tabla del seis, las capitales de Europa o la caligrafía repipi. No tiene apego con la creatividad, ni asume riesgos, ni es capaz de creerse superior.

En un paisaje cada vez más árido que ruega que caiga la lluvia, Busquets sigue sobreviviendo en un contexto que no es favorecedor y las virtudes de un pilar del futuro como Frenkie de Jong están cada vez más apagadas. Ante los equipos bien organizados, no es capaz de encontrar, ante una ausencia de mecanismos, esa velocidad en la zona de tres cuartos. No es suficiente la intención de Memphis, ni la insistencia de un Jordi Alba como el mejor recurso ofensivo, ni el freestyle de Sergiño Dest, ni los 1,88m de altura y el supuesto juego aéreo poderoso de Luuk de Jong. Y si al final llega, porque Piqué lleva la fe en la sangre y 16 goles en Champions que le convierten en el defensor más goleador de la competición junto a Roberto Carlos, sientes que hasta el propio gol ha perdido una parte de su divino éxtasis. Todo se pone más dantesco si el transcurso del partido evidencia un intervencionismo en el que ya apenas nadie cree ni reza. Se te acaba haciendo bola, con un justito marcador y una complacencia barata.

La misma noche que el conformismo y la exigencia se debatían de nuevo, el FC Barcelona tenía preparada su jugada maestra: la renovación de Ansu Fati. Hasta 2027 y con una cláusula de 1.000 millones de euros. Una esperanza depositada en un chico que tan solo tiene 18 años, la sonrisa llena de argumentos y una mochila que, en ocasiones, podría pesarle demasiado de manera injusta. Parece tocado por una varita mágica, por su efectividad, por ser desatascador y por una lectura de la jugada que nace en mentes privilegiadas. Tiene una chispa que todo enciende, le devuelve color. En un denominado Dream Teen, algunos son semillas y otros ya han germinado, pero todos necesitan un plan, confianza y que las gradas se llenen. Entre todas, Ansu Fati es la flor más vistosa en la antesis, con un gran margen para madurar y desarrollarse.

A las puertas, un nuevo Clásico. Su nombre se ha hecho protagonista casi sin quererlo. A pesar de esa sensación amarga, la ilusión que siempre provoca un encuentro de tal magnitud recae, de forma inconsciente, sobre esa pequeña luz de optimismo que genera el nuevo 10 del Barça. En un conjunto que parece haber olvidado el acelerador y la inventiva, hay razones de futuro que ya empezaron a ser parte del presente. “El fútbol es un estado de ánimo” y éste cambia constantemente. Depende del Barça volver a ser capaz de ver que cada escenario es una nueva oportunidad para empezar a florecer.

Imagen de cabecera: FC Barcelona

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El Barça está lejos de su mejor primavera. Aunque el cambio de hora acecha para oscurecer los días y el frío empiece a calentar en el banquillo, el paisaje blaugrana parece más propio de la estación que más lo hace sufrir y lo acaba agostando. Ha perdido sus colores, y una vez más se muestra debilitado. Si le va la vida, no muerde. La pasividad parece perseguirle, pegada a su espalda. Y el balón, su gran aliado, se ha ralentizado con una lenta circulación. Tan previsible como poco ingenioso, insiste en los centros al área o bien toca atrás y vuelta a empezar. Y así, una y otra vez, como aprenderse la tabla del seis, las capitales de Europa o la caligrafía repipi. No tiene apego con la creatividad, ni asume riesgos, ni es capaz de creerse superior.

En un paisaje cada vez más árido que ruega que caiga la lluvia, Busquets sigue sobreviviendo en un contexto que no es favorecedor y las virtudes de un pilar del futuro como Frenkie de Jong están cada vez más apagadas. Ante los equipos bien organizados, no es capaz de encontrar, ante una ausencia de mecanismos, esa velocidad en la zona de tres cuartos. No es suficiente la intención de Memphis, ni la insistencia de un Jordi Alba como el mejor recurso ofensivo, ni el freestyle de Sergiño Dest, ni los 1,88m de altura y el supuesto juego aéreo poderoso de Luuk de Jong. Y si al final llega, porque Piqué lleva la fe en la sangre y 16 goles en Champions que le convierten en el defensor más goleador de la competición junto a Roberto Carlos, sientes que hasta el propio gol ha perdido una parte de su divino éxtasis. Todo se pone más dantesco si el transcurso del partido evidencia un intervencionismo en el que ya apenas nadie cree ni reza. Se te acaba haciendo bola, con un justito marcador y una complacencia barata.

La misma noche que el conformismo y la exigencia se debatían de nuevo, el FC Barcelona tenía preparada su jugada maestra: la renovación de Ansu Fati. Hasta 2027 y con una cláusula de 1.000 millones de euros. Una esperanza depositada en un chico que tan solo tiene 18 años, la sonrisa llena de argumentos y una mochila que, en ocasiones, podría pesarle demasiado de manera injusta. Parece tocado por una varita mágica, por su efectividad, por ser desatascador y por una lectura de la jugada que nace en mentes privilegiadas. Tiene una chispa que todo enciende, le devuelve color. En un denominado Dream Teen, algunos son semillas y otros ya han germinado, pero todos necesitan un plan, confianza y que las gradas se llenen. Entre todas, Ansu Fati es la flor más vistosa en la antesis, con un gran margen para madurar y desarrollarse.

A las puertas, un nuevo Clásico. Su nombre se ha hecho protagonista casi sin quererlo. A pesar de esa sensación amarga, la ilusión que siempre provoca un encuentro de tal magnitud recae, de forma inconsciente, sobre esa pequeña luz de optimismo que genera el nuevo 10 del Barça. En un conjunto que parece haber olvidado el acelerador y la inventiva, hay razones de futuro que ya empezaron a ser parte del presente. “El fútbol es un estado de ánimo” y éste cambia constantemente. Depende del Barça volver a ser capaz de ver que cada escenario es una nueva oportunidad para empezar a florecer.

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