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Baby bleu

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 16-07-2018

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A todo aquel que haya visto
Breaking Bad se le habrá quedado seguramente prendida en la mente, desde el
mismo desenlace de la serie, la canción de la última escena del último episodio
de las aventuras y desventuras de Walter White. ‘Baby blue’. O quizá deberíamos
decir ‘Baby bleu’ y cambiar parcial y brevemente el idioma de su título
en honor al nuevo campeón mundial. Y es que el inicio de la maravillosa
canción no puede ser más definitorio de lo que la selección francesa ha
conseguido en este Mundial de Rusia. “Creo que tengo lo que merezco”,
escribió para comenzar el tema Pete Ham, el vocalista y guitarrista de la
genial pero efímera banda galesa. Los reyes del power pop, como los
reyes del power pop futbolístico han sido los chicos de Didier Deschamps.
Y también la mejor generación de futbolistas de cuantas se han presentado en
Rusia. Nadie ha sabido ganar sus partidos de una forma tan eficaz como lo han
hecho los galos.

Pocas veces armar y moldear una
enorme generación de futbolistas que coincidan en su gran mayoría en el cénit
de sus trayectorias, un híbrido ideal entre físico fresco y suficiente
sapiencia competitiva, no se paga con la conquista de una Copa del Mundo. Lo
consiguió España con los Xavi, Iniesta, Busquets, Xabi, Iker, Ramos, Piqué,
Villa y Torres. Lo hizo cuatro años después Alemania con los Neuer, Lahm,
Kroos, Khedira, Müller, Hummels, Boateng y Özil. En un momento conjunto de las
carreras de sus futbolistas clave que nunca más volvimos a ver. Y lo ha hecho
ahora la Francia de Varane, Umtiti, Lucas, Pogba, Kanté, Griezmann o Mbappé
para certificar la importancia crucial de la gestación de una generación de
tanta calidad y chispa y para, paradójicamente y al mismo tiempo, poner fin a
la supremacía de los estilos asociativos español y alemán ante, precisamente,
una Croacia que ha sido la única selección de las verdaderas contendientes que
ha basado sus probabilidades de éxito en esta Copa del Mundo, o más bien habría
que decir que lo han basado ellos mismos a título individual, en un Modric y un
Rakitic que pertenecen a la misma estirpe de dominadores centrocampistas a la
que los galos han hecho capitular en este Mundial.

Después de la eliminación de
Brasil, Francia encarnaba como nadie el estilo que ha marcado claramente esta
Copa del Mundo. Fuerza colectiva, orden defensivo, defensa férrea del área,
protección fantástica de todo el carril central, individualidades trabajando a
destajo a nivel táctico en lugar de en la búsqueda del lucimiento personal,
dinamita en las transiciones ofensivas, un delantero que no ha marcado ningún
gol y que tampoco le ha hecho falta para erigirse en imprescindible a través de
su trabajo constante para ser un punto de referencia en la salida directa y en
la ocupación de los centrales rivales, un pulpo que responde al nombre de Kanté
y que además de sacar a relucir sus tentáculos no ha debido soltar ni un solo
balón de forma defectuosa en todo el torneo, un torbellino jovencísimo llamado
Mbappé que ha supuesto una terrible amenaza muy difícil de contrarrestar para
el adversario y tremendamente fácil de encontrar para sus compañeros y un
Antoine Griezmann encargado de ser gestor de ataques y de poner su decisivo pie
zurdo al servicio del crucial balón parado en vez de preferir vestirse de
estrella finalizadora como sus galones hacía indicar.

Francia ha sido tan austera en su
idea como rica en recursos, ha sacado petróleo de esa combinación en su justo
equilibrio para convertirse en un frontón plagado de resortes prácticamente
incontenibles y ha hecho un arte de la economización de sus fortalezas. Su
robustez defensiva y su colmillo y facilidad para aprovechar las ocasiones en
ataque, preferentemente explotando espacios, le ha permitido no comenzar nunca
por debajo del marcador y, a excepción del banal partido ante Dinamarca, le ha
posibilitado asimismo marcar siempre el primer gol, un aspecto fundamental para
su ejemplar gestión de los ritmos del partido y de las alturas a la que este se
desarrollaba, que eran con suma frecuencia las que Francia deseaba o, al menos,
a las que Francia no le importaba que se jugase, como se pudo deducir del
elevado dominio en campo rival que ejerció Croacia en la primera parte de la
final. Un sometimiento más visual que concreto. Tan real como infructuoso.
Francia resistía y esperaba con la seguridad de tener todo bajo su control y de
poder y de saber sacar ventaja en cualquier momento propicio a través de su
actitud siempre reactiva, contundente, ágil, potente y eficaz.

El fútbol es de los futbolistas y
Francia tiene a los mejores, en cuanto a combinación de calidad y cantidad, de
todo el panorama futbolístico mundial. La presente generación, conformada por
los 23 flamantes campeones del mundo, ha sido la quinta selección más joven de
las 32 selecciones que han estado presentes en Rusia, con una media de poco más
de 25 años. Y por si la proyección de sus figuras ya consagradas no fuese
suficiente, cuenta con una fantástica amalgama de jugadores que irá matizando,
si la gestión del triunfo se realiza con inteligencia, su condición de gran
rival a batir a partir de ya con los Lafont, Aouar, Upamecano, Rabiot, Maxime
López, NDombele, Coman, Augustin y un larguísimo etcétera de futbolistas igual
de preparados para seguir reafirmando, solidificando y haciendo más competitivo
si cabe el nuevo estilo imperante en el universo futbolístico, al menos a nivel
de selecciones. El nuevo estilo imperante que Francia ejemplifica como nadie.
La pura y dura imposición en todas las fases del juego de una mezcla
físico-técnica que no tiene parangón hoy día.

Poco importa que su fútbol no
represente la vertiente más brillante posible del juego, ni la más estética, ni
la más seductora o fascinante… Poco importa porque han demostrado que su
fútbol sí es el más ganador. Y nadie más tiene esa fórmula de una forma tan
natural en toda una generación de jugadores y también en sus potenciales
sucesores. Francia ha utilizado el himno de Badfinger para musicalizar un final
radicalmente opuesto al de Breaking Bad, un final igualmente apoteósico e
histórico, pero apoteósica e históricamente feliz en su caso. Ya lo dice la
primera estrofa de ‘Baby blue’, o ‘Baby bleu’ para los franceses: “creo
que tengo lo que merezco”
. Y lo que puede tener Francia ante sí, después de
conseguir su segunda estrella, es la apertura de un ciclo de dominio en el
fútbol de selecciones si, como ha ocurrido en Rusia, vuelve a demostrar que
está más preparada que nadie para volver a merecerlo. Y estarlo lo está
actualmente. Si ninguna selección da un contundente paso al frente y si
Deschamps sabe generar el hambre del que suele pecar quien ya ha sido campeón,
esta generación ‘Baby bleu’ tiene todos los mimbres a su alcance para
seguir aspirando a ganar y para seguir teniendo, como esta Copa del Mundo de
2018, aquello que merece. Como cantaba Badfinger.

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A todo aquel que haya visto
Breaking Bad se le habrá quedado seguramente prendida en la mente, desde el
mismo desenlace de la serie, la canción de la última escena del último episodio
de las aventuras y desventuras de Walter White. ‘Baby blue’. O quizá deberíamos
decir ‘Baby bleu’ y cambiar parcial y brevemente el idioma de su título
en honor al nuevo campeón mundial. Y es que el inicio de la maravillosa
canción no puede ser más definitorio de lo que la selección francesa ha
conseguido en este Mundial de Rusia. “Creo que tengo lo que merezco”,
escribió para comenzar el tema Pete Ham, el vocalista y guitarrista de la
genial pero efímera banda galesa. Los reyes del power pop, como los
reyes del power pop futbolístico han sido los chicos de Didier Deschamps.
Y también la mejor generación de futbolistas de cuantas se han presentado en
Rusia. Nadie ha sabido ganar sus partidos de una forma tan eficaz como lo han
hecho los galos.

Pocas veces armar y moldear una
enorme generación de futbolistas que coincidan en su gran mayoría en el cénit
de sus trayectorias, un híbrido ideal entre físico fresco y suficiente
sapiencia competitiva, no se paga con la conquista de una Copa del Mundo. Lo
consiguió España con los Xavi, Iniesta, Busquets, Xabi, Iker, Ramos, Piqué,
Villa y Torres. Lo hizo cuatro años después Alemania con los Neuer, Lahm,
Kroos, Khedira, Müller, Hummels, Boateng y Özil. En un momento conjunto de las
carreras de sus futbolistas clave que nunca más volvimos a ver. Y lo ha hecho
ahora la Francia de Varane, Umtiti, Lucas, Pogba, Kanté, Griezmann o Mbappé
para certificar la importancia crucial de la gestación de una generación de
tanta calidad y chispa y para, paradójicamente y al mismo tiempo, poner fin a
la supremacía de los estilos asociativos español y alemán ante, precisamente,
una Croacia que ha sido la única selección de las verdaderas contendientes que
ha basado sus probabilidades de éxito en esta Copa del Mundo, o más bien habría
que decir que lo han basado ellos mismos a título individual, en un Modric y un
Rakitic que pertenecen a la misma estirpe de dominadores centrocampistas a la
que los galos han hecho capitular en este Mundial.

Después de la eliminación de
Brasil, Francia encarnaba como nadie el estilo que ha marcado claramente esta
Copa del Mundo. Fuerza colectiva, orden defensivo, defensa férrea del área,
protección fantástica de todo el carril central, individualidades trabajando a
destajo a nivel táctico en lugar de en la búsqueda del lucimiento personal,
dinamita en las transiciones ofensivas, un delantero que no ha marcado ningún
gol y que tampoco le ha hecho falta para erigirse en imprescindible a través de
su trabajo constante para ser un punto de referencia en la salida directa y en
la ocupación de los centrales rivales, un pulpo que responde al nombre de Kanté
y que además de sacar a relucir sus tentáculos no ha debido soltar ni un solo
balón de forma defectuosa en todo el torneo, un torbellino jovencísimo llamado
Mbappé que ha supuesto una terrible amenaza muy difícil de contrarrestar para
el adversario y tremendamente fácil de encontrar para sus compañeros y un
Antoine Griezmann encargado de ser gestor de ataques y de poner su decisivo pie
zurdo al servicio del crucial balón parado en vez de preferir vestirse de
estrella finalizadora como sus galones hacía indicar.

Francia ha sido tan austera en su
idea como rica en recursos, ha sacado petróleo de esa combinación en su justo
equilibrio para convertirse en un frontón plagado de resortes prácticamente
incontenibles y ha hecho un arte de la economización de sus fortalezas. Su
robustez defensiva y su colmillo y facilidad para aprovechar las ocasiones en
ataque, preferentemente explotando espacios, le ha permitido no comenzar nunca
por debajo del marcador y, a excepción del banal partido ante Dinamarca, le ha
posibilitado asimismo marcar siempre el primer gol, un aspecto fundamental para
su ejemplar gestión de los ritmos del partido y de las alturas a la que este se
desarrollaba, que eran con suma frecuencia las que Francia deseaba o, al menos,
a las que Francia no le importaba que se jugase, como se pudo deducir del
elevado dominio en campo rival que ejerció Croacia en la primera parte de la
final. Un sometimiento más visual que concreto. Tan real como infructuoso.
Francia resistía y esperaba con la seguridad de tener todo bajo su control y de
poder y de saber sacar ventaja en cualquier momento propicio a través de su
actitud siempre reactiva, contundente, ágil, potente y eficaz.

El fútbol es de los futbolistas y
Francia tiene a los mejores, en cuanto a combinación de calidad y cantidad, de
todo el panorama futbolístico mundial. La presente generación, conformada por
los 23 flamantes campeones del mundo, ha sido la quinta selección más joven de
las 32 selecciones que han estado presentes en Rusia, con una media de poco más
de 25 años. Y por si la proyección de sus figuras ya consagradas no fuese
suficiente, cuenta con una fantástica amalgama de jugadores que irá matizando,
si la gestión del triunfo se realiza con inteligencia, su condición de gran
rival a batir a partir de ya con los Lafont, Aouar, Upamecano, Rabiot, Maxime
López, NDombele, Coman, Augustin y un larguísimo etcétera de futbolistas igual
de preparados para seguir reafirmando, solidificando y haciendo más competitivo
si cabe el nuevo estilo imperante en el universo futbolístico, al menos a nivel
de selecciones. El nuevo estilo imperante que Francia ejemplifica como nadie.
La pura y dura imposición en todas las fases del juego de una mezcla
físico-técnica que no tiene parangón hoy día.

Poco importa que su fútbol no
represente la vertiente más brillante posible del juego, ni la más estética, ni
la más seductora o fascinante… Poco importa porque han demostrado que su
fútbol sí es el más ganador. Y nadie más tiene esa fórmula de una forma tan
natural en toda una generación de jugadores y también en sus potenciales
sucesores. Francia ha utilizado el himno de Badfinger para musicalizar un final
radicalmente opuesto al de Breaking Bad, un final igualmente apoteósico e
histórico, pero apoteósica e históricamente feliz en su caso. Ya lo dice la
primera estrofa de ‘Baby blue’, o ‘Baby bleu’ para los franceses: “creo
que tengo lo que merezco”
. Y lo que puede tener Francia ante sí, después de
conseguir su segunda estrella, es la apertura de un ciclo de dominio en el
fútbol de selecciones si, como ha ocurrido en Rusia, vuelve a demostrar que
está más preparada que nadie para volver a merecerlo. Y estarlo lo está
actualmente. Si ninguna selección da un contundente paso al frente y si
Deschamps sabe generar el hambre del que suele pecar quien ya ha sido campeón,
esta generación ‘Baby bleu’ tiene todos los mimbres a su alcance para
seguir aspirando a ganar y para seguir teniendo, como esta Copa del Mundo de
2018, aquello que merece. Como cantaba Badfinger.

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