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Jugar como una diosa

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 12-02-2020

Más allá de las efusivas marcas individuales a todo campo que la Atalanta de Gian Piero Gasperini lleva grabadas a fuego en su ADN y de la igualmente interiorizada concepción de defender colectivamente siempre hacia adelante y con una gran agresividad para enfatizar la anticipación y apretar al receptor antes de que este pueda girarse, el equipo bergamasco se convierte en un rival especialmente difícil de superar cuando logra asentar su plan ofensivo predilecto, que es realmente en la mayoría de las ocasiones.

Una forma de atacar que se estructura en dos alternativas principales: la búsqueda de una incisiva verticalidad desde los primeros pases a través de los pasillos interiores, o por medio de su insistencia, ritmo y precisión en las triangulaciones llevadas a cabo por los carriles exteriores, donde estas sociedades laterales constantes acaban por llevar el balón de vuelta a posiciones interiores en situaciones ventajosas para el remate o para encontrar desde la frontal el definitivo pase filtrado al corazón del área. Jugar sin regista ya deja claro cómo quiere salir la Dea de su campo: siempre por fuera para encontrar los espacios por dentro muy arriba.

Si puede elegir, para disfrutar de más metros y de mejores zonas que explotar y a través de ellos poder llegar más rápido a situaciones de peligro, Gasperini prefiere romper una o incluso dos líneas rivales directamente a través de esos envíos verticales en fase de inicio ejecutados por sus dos centrales exteriores, que además tienen licencia absoluta para avanzar con la pelota y atraer antes de dividir con el pase. El objetivo primordial con el balón en los pies de Rafael Tolói por la derecha y de Berat Djimsiti por la izquierda es el mismo: saltarse directamente el centro del campo para, con los carrileros fijados muy arriba, conectar ya en campo contrario con Josip Ilicic y con el ‘Papu’ Gómez, respectivamente. 

Tanto el esloveno como aún más el argentino son los encargados de activar todos los automatismos ofensivos desde sus recepciones al pie en estos carriles intermedios, mientras el segundo pivote o los propios carrileros rompen hacia delante multiplicando las opciones de pase y generando muchísima amplitud y generosos espacios interiores para profundizar con suma facilidad. De hecho, la Atalanta es el único equipo de las cinco grandes ligas que puede contar con dos futbolistas entre los diez que más pases dan por partido desde dentro del área: Ilicic y Gómez, sus dos grandes talentos creativos. Un dato manifiesto del grado de profundidad con el que es capaz de atacar sistemáticamente a sus rivales.

Ya sea juntando al equipo arriba, dando continuidad a la circulación, lanzando el pase filtrado, activando los carriles con sus aperturas y sus apoyos constantes, pausando la vertiginosidad del ataque por un instante para enriquecerlo y sumar potenciales receptores, estirando lateralmente u oxigenando el juego yéndose al centro, superando marcas por medio del regate, esperando cuando la acción se desarrolla por el otro costado o aprovechándose de las pobladas cadenas de pases exteriores para recibir en los picos de área con el pie natural completamente abierto hacia el arco, Ilicic y Gómez son cruciales para guiar a la Atalanta a los últimos metros y para realizar el antepenúltimo, el penúltimo o el último toque decisivo para que llegue el gol. 

Además, con el regreso de Duván Zapata, la Dea ha recuperado un importantísimo activo para fijar entre centrales dentro del área y hacer así mucho más compleja para su rival la defensa de esas esquinas del área donde el equipo lombardo logra hacerse tan poderoso, especialmente con el pase atrás ya comentado hacia sus dos geniecillos o el centro raso lateral hacia la llegada al punto de penalti de la segunda línea o hacia el segundo palo buscando la diagonal del otro carrilero, todo un clásico en el libro de jugadas de Gasperini. Robin Gosens, el carrilero izquierdo, suma once goles producidos entre tantos y asistencias. La misma productividad que nombres como Andrea Belotti o Antoine Griezmann, por ejemplo. Una muestra palmaria de la coral capacidad productiva del equipo, todos suman cuota goleadora, y una definición en sí misma del estilo Gasperini.

Por si no fuera suficiente, la Atalanta está adquiriendo en mayores dosis esta temporada, seguramente fruto de los duros escarmientos sufridos en sus primeros partidos en la Champions, un registro añadido a su fase ofensiva: una ágil circulación de lado a lado a través de poso, de pausa y de esconder el cuero para ganar continuidad, capacidad defensiva a través de la pelota y una superioridad territorial un poco menos frenética cuando no quiere dividir tanto la posesión derivada de su asunción de riesgos o cuando se ve obligada a masticar un repliegue más espeso. No es en absoluto su mecanismo favorito, ya que la inmensa mayoría de las veces su esencia le conduce a buscar la progresión vertical y a ritmos altos permanentes, pero ha aprendido a manejarse también en este contexto para transportar las dosis de control de su fútbol de los centrales a los mediapuntas.

Un plan B ofensivo que, sumado a sus intenciones más habituales, le permite un dominio por momentos abrumador. La consecuencia suele ser una encerrona para su oponente cuando las pérdidas se producen de la manera y en las zonas que Gasperini quiere. Es decir, en los costados y a mucha altura, con el rival girado hacia su portería y en un bloque bajo, con escasos efectivos por delante del balón a los que buscar al espacio y allí donde uno de los dos centrales de fuera –situados de base más allá de la medular– y el mediocentro de ese sector puedan acudir al unísono al pressing para robar con cierta facilidad y reiniciar constantemente el mismo plan de juego, ya sea desde la preferible transición o desde la nueva óptica más estática.

Es justo ahí donde el ‘Papu’ Gómez se está vistiendo cada vez más con el traje de organizador desde posiciones centrales que le permite su sobresaliente calidad y su excelsa agilidad mental, a veces incluso recogiendo el balón en el círculo central para distribuir hacia los lados o romper la medular del rival colándose en conducción. Un paso del 3-4-2-1 al 3-4-1-2 y un rol que además hace que el argentino pueda ver de cara y activar a todo el equipo, ocupar muy bien los espacios ante una eventual pérdida, acercarse a Ilicic para crear sociedades por el sector fuerte y despejar el débil para que Gosens encuentre su particular autopista y pueda despegarse unos cuantos metros de la línea de banda en el último tercio para ganar en peligrosidad. 

En este vertical, profundo y reiterado dominio plagado de automatismos pulidos cotidianamente desde hace años y, sobre todo, en la velocidad de recuperación de la pelota es donde la Atalanta basa su éxito. Si huele sangre, si detecta dudas en el adversario sobre cómo salir, cómo amenazar a los bergamascos en su propio campo, cómo sacudirse la sensación real de inferioridad y cómo girar su sistema para llevarlo atrás al menos puntualmente, este te atropella, ya que sabe aprovechar de maravilla la amplitud de su estructura para amenazar por todo el frente de ataque después de cada recuperación. Y en el caso de que lograse superar su presión, los nerazzurri le exigirán posteriormente una potente transición defensiva si se atreve a salir con muchos efectivos al ataque y no ajusta muy bien tras pérdida sus espacios entre líneas.

Hay estadísticas que no engañan ni necesitan prácticamente interpretación y la Dea es élite absoluta en términos ofensivos y en volumen de generación de ocasiones entre los clubes de las cinco grandes ligas. Es el equipo que más veces remata en total (20,2) y el que más tiros a puerta realiza por partido (7,9). Tiene el mejor promedio goleador liguero por encuentro (2,65), es el conjunto que más veces dispara desde dentro del área (12), el que más goles marca desde más allá de la frontal junto al FC Barcelona y al Girondins de Burdeos (12) y el segundo que más pases que preceden a un remate realiza, solo detrás del Manchester City de Pep Guardiola (14,9). Por si fuera poco, Gian Piero Gasperini ha encontrado dos recursos ofensivos fantásticos desde el banquillo para no dejar de alimentar su idea.

El primero es Luis Muriel, menos corpulento, menos potente, menos contundente en el área, menos ducho para fijar a los centrales, menos inamovible para poner de cara a sus compañeros jugando de espaldas y en definitiva menos nueve que su compatriota Duván Zapata, pero más móvil, más fino en los apoyos, más hábil para mezclar el juego y con la misma capacidad para atacar la profundidad, pero con un punto más de sutileza para insertarse hacia el área desde espacios más reducidos. Tanto es así que, aun siendo un suplente habitual, el exsevillista tiene, junto a Immobile y al ‘Kun’ Agüero, el mejor promedio goleador por cada noventa minutos de las grandes ligas de Europa entre aquellos futbolistas que han disputado al menos diez partidos de liga durante la presente temporada.

La otra gran baza desde el banquillo es Ruslan Malinovskyi, quien puede actuar a alturas muy diferentes aportando su regate, su colmillo y su fantástico disparo lejano en todas ellas. El ucraniano ha jugado con Gasperini como falso nueve para dejar sin una referencia clara a la zaga contraria y ser todavía más dinámicos en los últimos metros, como mediapunta en su hábitat seguramente más natural para potenciar su finalización o incluso como uno de los dos centrocampistas del sistema de cara a exaltar sus peligrosas conducciones con el balón al pie, buscar el espacio entre líneas para desgarrar el bloque defensivo por dentro y explotar con más metros por delante los mayores espacios que siempre aparecen a medida que avanzan los minutos de los partidos. 

Más allá de conjuntos como el Manchester City o la Juventus, con los que la Atalanta no puede compararse en cuanto a calidad diferencial en sus plantillas, los equipos que más daño han conseguido hacer a la Dea este curso son aquellos que han logrado igualar numéricamente las fuerzas por fuera, que saben defender con contundencia su carril central y que tienen calidad para transitar, es decir, un buen lanzador en vertical, movilidad sin balón y desmarques de ruptura de calidad, regate y velocidad. Los ejemplos de la Lazio de Luis Alberto, Joaquín Correa y Ciro Immobile; de la Fiorentina de Erick Pulgar, Gaetano Castrovilli y Federico Chiesa; del Inter de Milán de Stefano Sensi, Romelu Lukaku y Lautaro Martínez; o del Dinamo de Zagreb de Dani Olmo plantado en un 3-4-3 de una sobresaliente capacidad para escapar de la presión a través del dribbling son ejemplos elocuentes, de una estructura bastante similar y que tienen bastante que ver con aquello de darle a tu enemigo de su propia medicina. 

Los duelos individuales que la Atalanta promulga por todo el terreno de juego exigen un nivel de eficacia extremo en cada situación de este tipo, ya que si el rival vence la disputa y logra orientarse hacia portería con una descarga o por medio un regate que deje atrás la efusiva salida a campo abierto de uno de los tres centrales en busca de la anticipación, robustos en el cuerpo a cuerpo pero bastante pesados a la hora de corregir hacia atrás en carrera, todo el sistema de Gian Piero Gasperini se desestructura en cadena y la jugada se convierte sí o sí en una ocasión de peligro en potencia.

Los desajustes en esa presión colectiva tan arriesgada y las desconcentraciones de índole individual son los dos elementos que más pueden abrir la puerta de la fragilidad y los que en mayor grado pueden alejar definitivamente a la Atalanta de la elevada continuidad en su particular forma de entender el juego, esa que necesita sentir en su piel de manera constante para afianzarse como dueña de los espacios y del contexto. Para sus rivales, encontrar el espacio a la espalda de sus avanzados centrocampistas y a los lados de la posición de José Luis Palomino en su rol de epicentro habitual de la zaga resulta fundamental para acercarse a la victoria ante el club bergamasco, pero antes hay que conseguir salir del círculo vicioso que Gasperini es capaz de imponer en la mitad de campo contraria. 

Y es ahí exactamente donde reside el doble reto que tendrá que afrontar el Valencia de Albert Celades para poder pensar en acceder a los cuartos de final de la Champions League como una opción plausible. Un cuadro che que contará con las durísimas bajas de Ezequiel Garay en ambos duelos y de Gabriel Paulista en la ida, a fin de aspirar a contener lo mejor posible el músculo creativo de los nerazzurri en los picos de su área. La experiencia en la competición también jugará evidentemente su papel en la contienda, pero la Atalanta es un equipo de una sola pieza, que afronta sus partidos con algunos matices, pero siempre con la misma voluntad de ser muy profunda y vertical, aunque ello repercuta muy ocasionalmente en salir goleada de la escena. Poco importa, porque la moneda normalmente cae de su lado. 

Encontrar a Dani Parejo para que este logre sumar pases y lanzar al espacio y estirarse bien y escalonarse mejor como equipo serán labores fundamentales para el Valencia, pero antes tendrá que conseguir robar los pases verticales de la Atalanta cuanto más arriba mejor para salir con ventaja, superando la presión tras pérdida y el gran control y atención sobre todo tipo de recepciones que la Atalanta tiene como una de sus grandes señas de identidad. Su capacidad regateadora para hacer saltar esta agresiva presión, los apoyos de Rodrigo Moreno entre líneas, el ataque de los espacios con y sobre todo sin balón que lleven a cabo nombres como Ferran Torres o José Luis Gayà, si Carlos Soler sabe o puede esperarlo, y recursos incisivos como puede ser el canterano Kang-in Lee serán decisivos para comprobar si el Valencia logra alejar y girar a los de Gasperini y conducirlos al escenario de partido que menos desean. 

Si los de Celades no lo consiguen y la Atalanta logra reiniciar jugadas y armar y rearmar ataques constantemente, les resultará prácticamente imposible quitarse de encima el agobiante peso de la agresividad, la verticalidad, la profundidad, la presión, la tenacidad, la pegada y la calidad técnica de los hombres de Gian Piero Gasperini. Una tarea no solamente difícil para el Valencia, sino para cualquier otro adversario que no logra tener respuestas para esas preguntas concretas de compleja respuesta que siempre plantea la Atalanta. Cuando la Dea juega a lo que quiere, acaba jugando como lo que es: como una diosa.

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Más allá de las efusivas marcas individuales a todo campo que la Atalanta de Gian Piero Gasperini lleva grabadas a fuego en su ADN y de la igualmente interiorizada concepción de defender colectivamente siempre hacia adelante y con una gran agresividad para enfatizar la anticipación y apretar al receptor antes de que este pueda girarse, el equipo bergamasco se convierte en un rival especialmente difícil de superar cuando logra asentar su plan ofensivo predilecto, que es realmente en la mayoría de las ocasiones.

Una forma de atacar que se estructura en dos alternativas principales: la búsqueda de una incisiva verticalidad desde los primeros pases a través de los pasillos interiores, o por medio de su insistencia, ritmo y precisión en las triangulaciones llevadas a cabo por los carriles exteriores, donde estas sociedades laterales constantes acaban por llevar el balón de vuelta a posiciones interiores en situaciones ventajosas para el remate o para encontrar desde la frontal el definitivo pase filtrado al corazón del área. Jugar sin regista ya deja claro cómo quiere salir la Dea de su campo: siempre por fuera para encontrar los espacios por dentro muy arriba.

Si puede elegir, para disfrutar de más metros y de mejores zonas que explotar y a través de ellos poder llegar más rápido a situaciones de peligro, Gasperini prefiere romper una o incluso dos líneas rivales directamente a través de esos envíos verticales en fase de inicio ejecutados por sus dos centrales exteriores, que además tienen licencia absoluta para avanzar con la pelota y atraer antes de dividir con el pase. El objetivo primordial con el balón en los pies de Rafael Tolói por la derecha y de Berat Djimsiti por la izquierda es el mismo: saltarse directamente el centro del campo para, con los carrileros fijados muy arriba, conectar ya en campo contrario con Josip Ilicic y con el ‘Papu’ Gómez, respectivamente. 

Tanto el esloveno como aún más el argentino son los encargados de activar todos los automatismos ofensivos desde sus recepciones al pie en estos carriles intermedios, mientras el segundo pivote o los propios carrileros rompen hacia delante multiplicando las opciones de pase y generando muchísima amplitud y generosos espacios interiores para profundizar con suma facilidad. De hecho, la Atalanta es el único equipo de las cinco grandes ligas que puede contar con dos futbolistas entre los diez que más pases dan por partido desde dentro del área: Ilicic y Gómez, sus dos grandes talentos creativos. Un dato manifiesto del grado de profundidad con el que es capaz de atacar sistemáticamente a sus rivales.

Ya sea juntando al equipo arriba, dando continuidad a la circulación, lanzando el pase filtrado, activando los carriles con sus aperturas y sus apoyos constantes, pausando la vertiginosidad del ataque por un instante para enriquecerlo y sumar potenciales receptores, estirando lateralmente u oxigenando el juego yéndose al centro, superando marcas por medio del regate, esperando cuando la acción se desarrolla por el otro costado o aprovechándose de las pobladas cadenas de pases exteriores para recibir en los picos de área con el pie natural completamente abierto hacia el arco, Ilicic y Gómez son cruciales para guiar a la Atalanta a los últimos metros y para realizar el antepenúltimo, el penúltimo o el último toque decisivo para que llegue el gol. 

Además, con el regreso de Duván Zapata, la Dea ha recuperado un importantísimo activo para fijar entre centrales dentro del área y hacer así mucho más compleja para su rival la defensa de esas esquinas del área donde el equipo lombardo logra hacerse tan poderoso, especialmente con el pase atrás ya comentado hacia sus dos geniecillos o el centro raso lateral hacia la llegada al punto de penalti de la segunda línea o hacia el segundo palo buscando la diagonal del otro carrilero, todo un clásico en el libro de jugadas de Gasperini. Robin Gosens, el carrilero izquierdo, suma once goles producidos entre tantos y asistencias. La misma productividad que nombres como Andrea Belotti o Antoine Griezmann, por ejemplo. Una muestra palmaria de la coral capacidad productiva del equipo, todos suman cuota goleadora, y una definición en sí misma del estilo Gasperini.

Por si no fuera suficiente, la Atalanta está adquiriendo en mayores dosis esta temporada, seguramente fruto de los duros escarmientos sufridos en sus primeros partidos en la Champions, un registro añadido a su fase ofensiva: una ágil circulación de lado a lado a través de poso, de pausa y de esconder el cuero para ganar continuidad, capacidad defensiva a través de la pelota y una superioridad territorial un poco menos frenética cuando no quiere dividir tanto la posesión derivada de su asunción de riesgos o cuando se ve obligada a masticar un repliegue más espeso. No es en absoluto su mecanismo favorito, ya que la inmensa mayoría de las veces su esencia le conduce a buscar la progresión vertical y a ritmos altos permanentes, pero ha aprendido a manejarse también en este contexto para transportar las dosis de control de su fútbol de los centrales a los mediapuntas.

Un plan B ofensivo que, sumado a sus intenciones más habituales, le permite un dominio por momentos abrumador. La consecuencia suele ser una encerrona para su oponente cuando las pérdidas se producen de la manera y en las zonas que Gasperini quiere. Es decir, en los costados y a mucha altura, con el rival girado hacia su portería y en un bloque bajo, con escasos efectivos por delante del balón a los que buscar al espacio y allí donde uno de los dos centrales de fuera –situados de base más allá de la medular– y el mediocentro de ese sector puedan acudir al unísono al pressing para robar con cierta facilidad y reiniciar constantemente el mismo plan de juego, ya sea desde la preferible transición o desde la nueva óptica más estática.

Es justo ahí donde el ‘Papu’ Gómez se está vistiendo cada vez más con el traje de organizador desde posiciones centrales que le permite su sobresaliente calidad y su excelsa agilidad mental, a veces incluso recogiendo el balón en el círculo central para distribuir hacia los lados o romper la medular del rival colándose en conducción. Un paso del 3-4-2-1 al 3-4-1-2 y un rol que además hace que el argentino pueda ver de cara y activar a todo el equipo, ocupar muy bien los espacios ante una eventual pérdida, acercarse a Ilicic para crear sociedades por el sector fuerte y despejar el débil para que Gosens encuentre su particular autopista y pueda despegarse unos cuantos metros de la línea de banda en el último tercio para ganar en peligrosidad. 

En este vertical, profundo y reiterado dominio plagado de automatismos pulidos cotidianamente desde hace años y, sobre todo, en la velocidad de recuperación de la pelota es donde la Atalanta basa su éxito. Si huele sangre, si detecta dudas en el adversario sobre cómo salir, cómo amenazar a los bergamascos en su propio campo, cómo sacudirse la sensación real de inferioridad y cómo girar su sistema para llevarlo atrás al menos puntualmente, este te atropella, ya que sabe aprovechar de maravilla la amplitud de su estructura para amenazar por todo el frente de ataque después de cada recuperación. Y en el caso de que lograse superar su presión, los nerazzurri le exigirán posteriormente una potente transición defensiva si se atreve a salir con muchos efectivos al ataque y no ajusta muy bien tras pérdida sus espacios entre líneas.

Hay estadísticas que no engañan ni necesitan prácticamente interpretación y la Dea es élite absoluta en términos ofensivos y en volumen de generación de ocasiones entre los clubes de las cinco grandes ligas. Es el equipo que más veces remata en total (20,2) y el que más tiros a puerta realiza por partido (7,9). Tiene el mejor promedio goleador liguero por encuentro (2,65), es el conjunto que más veces dispara desde dentro del área (12), el que más goles marca desde más allá de la frontal junto al FC Barcelona y al Girondins de Burdeos (12) y el segundo que más pases que preceden a un remate realiza, solo detrás del Manchester City de Pep Guardiola (14,9). Por si fuera poco, Gian Piero Gasperini ha encontrado dos recursos ofensivos fantásticos desde el banquillo para no dejar de alimentar su idea.

El primero es Luis Muriel, menos corpulento, menos potente, menos contundente en el área, menos ducho para fijar a los centrales, menos inamovible para poner de cara a sus compañeros jugando de espaldas y en definitiva menos nueve que su compatriota Duván Zapata, pero más móvil, más fino en los apoyos, más hábil para mezclar el juego y con la misma capacidad para atacar la profundidad, pero con un punto más de sutileza para insertarse hacia el área desde espacios más reducidos. Tanto es así que, aun siendo un suplente habitual, el exsevillista tiene, junto a Immobile y al ‘Kun’ Agüero, el mejor promedio goleador por cada noventa minutos de las grandes ligas de Europa entre aquellos futbolistas que han disputado al menos diez partidos de liga durante la presente temporada.

La otra gran baza desde el banquillo es Ruslan Malinovskyi, quien puede actuar a alturas muy diferentes aportando su regate, su colmillo y su fantástico disparo lejano en todas ellas. El ucraniano ha jugado con Gasperini como falso nueve para dejar sin una referencia clara a la zaga contraria y ser todavía más dinámicos en los últimos metros, como mediapunta en su hábitat seguramente más natural para potenciar su finalización o incluso como uno de los dos centrocampistas del sistema de cara a exaltar sus peligrosas conducciones con el balón al pie, buscar el espacio entre líneas para desgarrar el bloque defensivo por dentro y explotar con más metros por delante los mayores espacios que siempre aparecen a medida que avanzan los minutos de los partidos. 

Más allá de conjuntos como el Manchester City o la Juventus, con los que la Atalanta no puede compararse en cuanto a calidad diferencial en sus plantillas, los equipos que más daño han conseguido hacer a la Dea este curso son aquellos que han logrado igualar numéricamente las fuerzas por fuera, que saben defender con contundencia su carril central y que tienen calidad para transitar, es decir, un buen lanzador en vertical, movilidad sin balón y desmarques de ruptura de calidad, regate y velocidad. Los ejemplos de la Lazio de Luis Alberto, Joaquín Correa y Ciro Immobile; de la Fiorentina de Erick Pulgar, Gaetano Castrovilli y Federico Chiesa; del Inter de Milán de Stefano Sensi, Romelu Lukaku y Lautaro Martínez; o del Dinamo de Zagreb de Dani Olmo plantado en un 3-4-3 de una sobresaliente capacidad para escapar de la presión a través del dribbling son ejemplos elocuentes, de una estructura bastante similar y que tienen bastante que ver con aquello de darle a tu enemigo de su propia medicina. 

Los duelos individuales que la Atalanta promulga por todo el terreno de juego exigen un nivel de eficacia extremo en cada situación de este tipo, ya que si el rival vence la disputa y logra orientarse hacia portería con una descarga o por medio un regate que deje atrás la efusiva salida a campo abierto de uno de los tres centrales en busca de la anticipación, robustos en el cuerpo a cuerpo pero bastante pesados a la hora de corregir hacia atrás en carrera, todo el sistema de Gian Piero Gasperini se desestructura en cadena y la jugada se convierte sí o sí en una ocasión de peligro en potencia.

Los desajustes en esa presión colectiva tan arriesgada y las desconcentraciones de índole individual son los dos elementos que más pueden abrir la puerta de la fragilidad y los que en mayor grado pueden alejar definitivamente a la Atalanta de la elevada continuidad en su particular forma de entender el juego, esa que necesita sentir en su piel de manera constante para afianzarse como dueña de los espacios y del contexto. Para sus rivales, encontrar el espacio a la espalda de sus avanzados centrocampistas y a los lados de la posición de José Luis Palomino en su rol de epicentro habitual de la zaga resulta fundamental para acercarse a la victoria ante el club bergamasco, pero antes hay que conseguir salir del círculo vicioso que Gasperini es capaz de imponer en la mitad de campo contraria. 

Y es ahí exactamente donde reside el doble reto que tendrá que afrontar el Valencia de Albert Celades para poder pensar en acceder a los cuartos de final de la Champions League como una opción plausible. Un cuadro che que contará con las durísimas bajas de Ezequiel Garay en ambos duelos y de Gabriel Paulista en la ida, a fin de aspirar a contener lo mejor posible el músculo creativo de los nerazzurri en los picos de su área. La experiencia en la competición también jugará evidentemente su papel en la contienda, pero la Atalanta es un equipo de una sola pieza, que afronta sus partidos con algunos matices, pero siempre con la misma voluntad de ser muy profunda y vertical, aunque ello repercuta muy ocasionalmente en salir goleada de la escena. Poco importa, porque la moneda normalmente cae de su lado. 

Encontrar a Dani Parejo para que este logre sumar pases y lanzar al espacio y estirarse bien y escalonarse mejor como equipo serán labores fundamentales para el Valencia, pero antes tendrá que conseguir robar los pases verticales de la Atalanta cuanto más arriba mejor para salir con ventaja, superando la presión tras pérdida y el gran control y atención sobre todo tipo de recepciones que la Atalanta tiene como una de sus grandes señas de identidad. Su capacidad regateadora para hacer saltar esta agresiva presión, los apoyos de Rodrigo Moreno entre líneas, el ataque de los espacios con y sobre todo sin balón que lleven a cabo nombres como Ferran Torres o José Luis Gayà, si Carlos Soler sabe o puede esperarlo, y recursos incisivos como puede ser el canterano Kang-in Lee serán decisivos para comprobar si el Valencia logra alejar y girar a los de Gasperini y conducirlos al escenario de partido que menos desean. 

Si los de Celades no lo consiguen y la Atalanta logra reiniciar jugadas y armar y rearmar ataques constantemente, les resultará prácticamente imposible quitarse de encima el agobiante peso de la agresividad, la verticalidad, la profundidad, la presión, la tenacidad, la pegada y la calidad técnica de los hombres de Gian Piero Gasperini. Una tarea no solamente difícil para el Valencia, sino para cualquier otro adversario que no logra tener respuestas para esas preguntas concretas de compleja respuesta que siempre plantea la Atalanta. Cuando la Dea juega a lo que quiere, acaba jugando como lo que es: como una diosa.

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