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Aritz Aduriz: el gol por bandera

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 20-05-2020

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Detrás de cada remate, cada pase y cada gol ante millones de espectadores hay una fecha de caducidad. Quizás puedas imaginártela, pero por mucho que uno se esmere nunca la puede vaticinar. Aritz Aduriz por los azares de Dios, el diablo o el destino se ha encontrado ante una tesitura distinta: la de decir adiós sin poder realizarlo como quiso; como él merecía: rematando, pasando y marcando. Sin embargo, y, pensándolo bien, Casablanca ya nos enseñó hace muchas décadas que eso de las despedidas nunca fue lo nuestro. Su cadera ha dicho basta y él ya lo había insinuado en más de una entrevista. No podía seguir.

Su carrera no muestra un sinfín de trofeos, ni mucho menos. Aun así, su trayectoria, solo con ver sus números y los conjuntos por los que pasó, exhibe a un delantero que tuvo que fajarse en empresas muy complejas para cumplir sueños tardíos. En esto del fútbol, al fin y al cabo, no se regala nada a nadie. Y si hay alguien que lo sabe bien ese es Aduriz, que tuvo que marcharse del club de su vida dos veces para hacerse un nombre. Bien lejos de sus raíces y tras una salida traumática de San Mamés, en Mallorca y Valencia, volvió a insinuar con atino que, en esa vieja tarea de hacer goles, algo que viene de cuna, era muy bueno. Hasta que volvió al Athletic.

Allí, en su hogar, no se cansó de hacer dobles cifras hasta el último aliento. Levantó la bandera del Athletic por Europa, una hazaña a la que poco a poco los vascos se van acostumbrando, y naufragó en una final de Copa ante un Barcelona imparable. Pese a ello, el donostiarra pudo tocar un metal preciado al ganar una Supercopa de España para el recuerdo tras golear 4-0 a los catalanes. Nunca pudimos imaginarnos que futbolistas como él, de los que han copado demasiadas mañanas, tardes y noches de fútbol, se nos vayan. Quizás, solo quizás, nos dimos cuenta en aquel primer encuentro liguero de este año, cuando firmó uno de los goles más bellos de su carrera, que esto era el principio del fin. Con su último tanto. El ariete, ante el Barça, cazó un centro llovido para componer una volea que se asemejó más a una sinfonía que a un simple aliento, abrazo o grito de gol. Levantó los brazos y nos dijo, a modo de partida, que a él no solo le quedará París.

Foto de portada: Edu del Fresno/ZumaPress

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Detrás de cada remate, cada pase y cada gol ante millones de espectadores hay una fecha de caducidad. Quizás puedas imaginártela, pero por mucho que uno se esmere nunca la puede vaticinar. Aritz Aduriz por los azares de Dios, el diablo o el destino se ha encontrado ante una tesitura distinta: la de decir adiós sin poder realizarlo como quiso; como él merecía: rematando, pasando y marcando. Sin embargo, y, pensándolo bien, Casablanca ya nos enseñó hace muchas décadas que eso de las despedidas nunca fue lo nuestro. Su cadera ha dicho basta y él ya lo había insinuado en más de una entrevista. No podía seguir.

Su carrera no muestra un sinfín de trofeos, ni mucho menos. Aun así, su trayectoria, solo con ver sus números y los conjuntos por los que pasó, exhibe a un delantero que tuvo que fajarse en empresas muy complejas para cumplir sueños tardíos. En esto del fútbol, al fin y al cabo, no se regala nada a nadie. Y si hay alguien que lo sabe bien ese es Aduriz, que tuvo que marcharse del club de su vida dos veces para hacerse un nombre. Bien lejos de sus raíces y tras una salida traumática de San Mamés, en Mallorca y Valencia, volvió a insinuar con atino que, en esa vieja tarea de hacer goles, algo que viene de cuna, era muy bueno. Hasta que volvió al Athletic.

Allí, en su hogar, no se cansó de hacer dobles cifras hasta el último aliento. Levantó la bandera del Athletic por Europa, una hazaña a la que poco a poco los vascos se van acostumbrando, y naufragó en una final de Copa ante un Barcelona imparable. Pese a ello, el donostiarra pudo tocar un metal preciado al ganar una Supercopa de España para el recuerdo tras golear 4-0 a los catalanes. Nunca pudimos imaginarnos que futbolistas como él, de los que han copado demasiadas mañanas, tardes y noches de fútbol, se nos vayan. Quizás, solo quizás, nos dimos cuenta en aquel primer encuentro liguero de este año, cuando firmó uno de los goles más bellos de su carrera, que esto era el principio del fin. Con su último tanto. El ariete, ante el Barça, cazó un centro llovido para componer una volea que se asemejó más a una sinfonía que a un simple aliento, abrazo o grito de gol. Levantó los brazos y nos dijo, a modo de partida, que a él no solo le quedará París.

Foto de portada: Edu del Fresno/ZumaPress

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