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Serie A

Antonio Conte, sinónimo de victoria

Hace años que no echo ni una sola partida a un videojuego de fútbol en una consola (¿se siguen llamando así?), pero no se me olvida el primero de todos al que jugué. Se trataba de un inefable juego para la underground y fracasada Sega Saturn en el que nada más sacar de centro, si caminabas un par de pasos con tu jugador en horizontal hacia el borde del círculo central, te girabas hacia la portería y chutabas raso y recto, casi siempre conseguías hacer el 1-0. Un cheat que te daba una ventaja enorme ya de primeras para acabar logrando la victoria.

Algo así es Antonio Conte. Un truco en el juego, un atajo competitivo capaz de poner a su club en disposición de vencer desde el segundo uno, una serie de patrones ofensivos de eficacia sobradamente demostrada que logran acortar de forma increíble los tiempos que serían medianamente asumibles y normales para cualquier otro proyecto que aspirase a ser ganador sin estar acostumbrado a serlo. Después de llevar al Inter durante la temporada pasada a pelear por el Scudetto (con el tiempo se valorará más esa liga ganada por Sarri) y a las puertas de un título europeo, el segundo curso del técnico de Lecce como nerazzurro era un ganar o ganar. Y esta vez el tiro con truco desde el mediocampo que supone su pizarra iba a culminar con un campeonato histórico por ser el primero del club en once años y aún más por haber derrocado al fin el reinado tiránico de la Juventus, que precisamente él se encargó de erigir.

El camino hacia el Scudetto, aunque contundente, no ha sido fácil en absoluto. Conte comenzó la campaña intentando descargar responsabilidades de las anchas espaldas de Romelu Lukaku. El delantero centro interista fue la temporada pasada un atajo constante para superar la medular y trasladar la acción al último tercio, con una cuota de organización y de toma de decisiones ofensivas altísima, mientras que en esta el objetivo primordial era rodearlo mejor para que pasase a ser, más bien, el principal ejecutor, concentrando mejor sus esfuerzos más físicos en los duelos en situaciones de aclarado contra un solo central que, alejado de su zona de confort cerca del área, tuviese todas las de perder frente al cuerpo a cuerpo, giro y carrera del belga. Un Lukaku que ahora no tendría que aguantar tantos balones de espaldas en el círculo central ni actuar a modo de pivote para luego tener que recorrer 40 metros sin la pelota para poder sumarse a la finalización. Podemos decir que Conte sí ha conseguido lo que pretendía a inicio de la temporada, pero no de la manera que tenía pensada en un principio.

El entrenador nerazzurro era plenamente consciente del riesgo de anquilosarse tácticamente, de encorsetarse, de apostar demasiadas fichas a un solo número (el nueve), de ponerle las cosas un poco más fáciles a sus rivales si no intentaba ir un paso más allá en su sistema. Por eso decidió implantar durante los primeros meses de la temporada un 3-4-1-2 que contase con un apoyo más cercano para sus dos delanteros, tanto con balón como sobre todo sin él a fin de tapar más líneas de pase, que diese un impulso ofensivo y se basase de manera marcada en una presión alta más constante, agresiva y efusiva a la hora de ir a buscar el rival para propiciar robos altos y poder llevar muchos hombres a zonas de remate. Tal vez demasiados.

El cuadro lombardo, para intentar ahogar al rival en su propia mitad de campo, se estiraba más de lo debido, Marcelo Brozovic era incapaz de tapar agujeros por su falta de físico de doble recorrido y el espacio entre la zaga y la medular era un surco demasiado ancho y jugoso para los adversarios, lo que le llevaba a sufrir en transición defensiva y a no cerrar bien el área de un modo casi impensable para un equipo de Conte. Un técnico de un cariz ofensivo evidente y muy marcado por un cierto número de patrones muy definidos, pero un amante también de la organización defensiva y del equilibrio táctico para poder desarrollar la primera parte del plan.

La debacle que supuso la decepcionante eliminación de la Champions en fase de grupos lo puso de manifiesto: Conte necesitaba un giro de timón hacia una versión más conservadora para ganar solidez y competitividad. Una versión que, sin embargo, no restó volumen ni peligrosidad al Inter, que mantuvo unos parámetros de creación de ocasiones muy similares.

El 3-4-1-2 se transformó entonces en un 3-5-2 con una altura defensiva bastante más baja. El Inter presionaba menos, pero pasó a ser muchísimo más sólido. Cuando posiblemente ni él mismo confiaba ya en tener una incidencia relevante en Milán, Christian Eriksen se fue acomodando paulatinamente el rol de interior izquierdo, mientras que Nicolò Barella, en el rol de compensador de todo y de todos, pasó del doble pivote a hacer lo que mejor hace: de todo.

El sardo, desde el perfil derecho de un centro del campo ahora compuesto por tres piezas como simple punto de partida, ha ejercido al unísono de interior, de extremo eventual, de trequartista, de mediocentro iniciador cuando rotaba con Brozovic para mover la presión alta del rival, de centrocampista lateralizado al lado del central del medio para permitir abrirse a Milan Skriniar y a Achraf Hakimi partir desde muy arriba, de robador en permanente atención a una posible intercepción para transitar de inmediato, de llegador, de conductor de contragolpes, de devorador de espacios amplios con el balón al pie… El comodín de la llamada.

Los notables problemas de cobertura espacial desaparecieron por completo. Los dos centrales de fuera agradecieron la menor distancia entre las líneas y sus acciones defensivas hacia delante empezaron a ser más seleccionadas, pero también mucho más efectivas sin una zona tan amplia que gestionar, debido a la inclusión de una pieza extra delante y a no tener que acompañar tan arriba los movimientos agresivos sin balón por parte de los dos carrileros.

Por otro lado, del mismo modo que el Inter de Conte ha preferido siempre el costado derecho para atacar, más si cabe con la locomotora que supone Hakimi para ganar metros en conducción de manera individual y aparentemente sencilla, también ha intentado desde entonces dirigir la salida rival hacia ese mismo sector con su primera presión, agresiva ahora solamente en un primer momento para dar paso a un repliegue mucho más efusivo en lugar de a los saltos de presión de las líneas anteriores para acompañar y reforzar ese pressing alto.

Una zona, el perfil derecho de su sistema, donde están sus hombres de mayor actividad defensiva (Barella y Skriniar) y también los que más capacidad para infligir un posterior castigo atacando espacios abiertos en caso de producirse una transición (Barella, Hakimi y Lukaku), que son ahora más largas desde el necesario cambio de paradigma con el que los nerazzurri únicamente han cosechado una sola derrota en Serie A desde el pasado mes de diciembre.

Un plan diferente de las grandes ambiciones precedentes, pero que ha otorgado al Inter una pátina de madurez, de inteligencia, de toma de elecciones a su debido momento, de gestión de los ritmos del partido tras un tramo inicial siendo todavía muy agresivo a nivel posicional y de imposición del contexto táctico más favorable a sus intereses que ha resultado una amalgama decisiva para su crecimiento competitivo y para el consecuente y ansiado Scudetto.

Los de Conte se han servido en muchas ocasiones de ese comportamiento táctico más pragmático, del hecho de conseguir el 1-0 relativamente pronto y luego pasar a llevar las riendas del encuentro de una manera ligeramente más conservadora, desde un bloque medio imponente y logrando hacer mucho daño transitando a campo abierto, aunque sin dejar de lado la gran cantidad de recursos de los que también dispone y que su técnico ha sido capaz de hacer valer como son sus pulidos mecanismos en salida desde atrás, plagados de rotaciones para mover las piezas del contrario y conseguir atraer la presión, para poner a Lautaro y a Lukaku en ventaja, haciendo recular a la zaga rival con su intimidación y complementariedad.

La interpretación colectiva de las diferentes fases del juego ha sido casi siempre perfecta y su simbiótica dupla atacante ha bastado muchas veces para construir ataques rápidos, profundos y amenazantes. Lautaro y Lukaku se reparten los espacios por mitades verticales del terreno de juego y son asimismo capaces de activar ambos el tercer hombre para permitir al Inter encontrar siempre de cara y entre líneas una pieza, mientras que el recurso más directo sobre el belga también se ha mantenido como vía de escape ante rivales más propositivos y dominantes desde la posesión, haciendo del Biscione un equipo riquísimo ofensivamente, con capacidad para abrir puertas de múltiples maneras y todas efectivas.

Cuando uno viene, el otro va, sus movimientos en uve son ya todo un clásico del Calcio contemporáneo, aunque también en situaciones de ataques más elaborados y un poco más estáticos el Inter ha encontrado en su dupla atacante una garantía. Antonio Conte suele situar en esas instancias al interior derecho en zonas 100% propias de un mediapunta (Barella) a la misma altura que el carrilero contiguo bien abierto (Hakimi) y hace lo mismo en un escalón superior con sus puntas, muy cerca de la media luna y con una distancia entre ellos más corta.

Esto le permite contar con dos zonas posibles de recepción por dentro, con una amenaza al desmarque en profundidad por fuera o en diagonal hacia la portería por parte del carrilero diestro justo después de que haya soltado la pelota en horizontal hacia el interior y, en caso de que el cuero termine llegando a los delanteros, uno de ellos actúa como señuelo, saca de zona a su central y aprovecha el arrastre para romper hacia el área en busca del pase del segundo, que tiene margen y un jugoso espacio para enviarle el balón o buscar la finalización. Una acción tipo que, con sus variantes, el Inter ha repetido en múltiples ocasiones en este curso.

Una serie de triangulaciones a las que, a su modo, también se ha sumado Eriksen por el otro sector en los últimos meses de competición, para así comenzar a involucrarse mucho más allá de su peligrosidad lanzando cada balón parado. El danés viene ejerciendo el rol de segundo mediocentro, bajando su posición para colaborar en fase de inicio y poner su calidad al servicio de la construcción ofensiva y la asociación colectiva, quedándose habitualmente más fijo para permitir que Alessandro Bastoni (un central, recordemos) desdoble por el pasillo interior hasta la zona de tres cuartos, o cuando su equipo ya está plantado en campo rival con cierto aplomo, ofreciéndose como trequartista puro cerca de la frontal para amenazar con su excelso disparo desde lejos, un arma que el Inter de Conte había explotado muy poco hasta su consagración.

Su figura ayudó en un grado de contribución muy significativo a reequilibrar el paso atrás que impuso Conte a finales de 2020 a nivel posicional y a no perder a pesar de ello un ápice de vigor en cuanto a calidad, dotes organizativas, recursos en ambos perfiles y patrones sólidos en la construcción del juego o creación ofensiva, consolidando por otras vías la imprevisibilidad de la que tanto necesitaba hacer acopio el Inter de Milán respecto a la campaña pasada y que con tanto afán buscaba su entrenador al inicio del presente curso.

Nueve temporadas más tarde, el Inter, ahora dispuesto y en disposición de dar comienzo el suyo propio, ha puesto fin a un ciclo juventino que parecía incólume e imposible de derrocar. Los nombres propios del proyecto nerazzurro (si consiguen retener a todos en una situación económica siempre delicada actualmente) y los fichajes realizados en los dos últimos cursos no son únicamente para ganar el Scudetto una temporada y basta. O no deberían serlo.

Además, con cinco campeonatos ligueros ya en la mochila en las siete campañas en las que ha dirigido a un equipo en disposición de pelear por el título doméstico hasta el final, y a pesar de la gran asignatura pendiente que supone Europa para su currículum y a un carácter casi ciclotímico, exigente hasta límites difícilmente soportables y que le lleva a estar en una fricción permanente con las directivas de sus clubes sean estas cuales sean, Antonio Conte continuará siendo uno de los sinónimos de victoria a 38 jornadas más contundentes, fiables y rotundos que existen en el panorama futbolístico internacional actual. Casi una certeza, un truco, un cheat en el juego. “Sé que mi apellido conlleva por sí mismo la responsabilidad de ganar”. Misión cumplida… de nuevo. Se acabó un ciclo glorioso y ahora uno nuevo pretende abrirse paso mientras la era Conte, diez años después, aún sigue triunfante y vivaz su propio camino.

Imagen de cabecera: Imago

Sevilla. Periodista | #FVCG | Calcio en @SpheraSports | @ug_football | De portero melenudo, defensa leñero, trequartista de clase y delantero canchero

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