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Antonio Brown, del casi destierro al anillo en un año

La victoria de los Tampa Bay Buccaneers en la Super Bowl LV encierra varias historias. La de Tom Brady y su séptimo anillo es la que se llevó más atención, pero no es la única que merece unas líneas. La de Antonio Brown es una de ellas.

En 2018 AB era posiblemente el mejor wide receiver de la NFL. Venía de liderar la liga en yardas de recepción el año anterior y en esa temporada de 2018 fue portada del Madden NFL y nadie anotó más touchdowns por aire que él. Y eso que no jugó el último partido de la temporada. Pero precisamente ese fue el inicio de una serie de extraños acontecimientos que casi ponen fin a su carrera antes de tiempo.

El 30 de diciembre de 2018 los Pittsburgh Steelers recibían a los Cincinnati Bengals con los de Pensilvania jugándose el pase a Playoffs. Necesitaban ganar y que los Baltimore Ravens perdiesen con los Cleveland Browns. Los Steelers vencieron, pero la victoria de los Ravens los dejó sin postemporada. Sin embargo, el tema de conversación no fue la eliminación de los Steelers, sino la ausencia de Brown en un partido tan importante.

Se acabó sabiendo que Antonio Brown no jugó por motivos disciplinarios. El WR había faltado a los entrenamientos previos al choque con los Bengals tras discutir fuertemente con el quarterback Ben Roethlisberger. En 2018 los Pittsburgh Steelers fueron la casa de los líos y el de Brown y Big Ben fue tan solo la guinda. De todas formas, la etapa de AB en el Heinz Field había llegado a su fin.

En la primavera de 2019 fue traspasado a los Oakland Raiders, con los que firmó el contrato más cuantioso de la liga para un receptor. No llegó a vestir el negro y plata en partido oficial tras ser cortado por los californianos después de protagonizar un verano surrealista. Primero se perdió unos cuantos entrenamientos porque se congeló unas ampollas enormes en ambos pies por no usar un calzado adecuado para las sesiones de crioterapia. Después amenazó con retirarse si no le dejaban usar un modelo de casco que estaba prohibido por la NFL y, más adelante, tuvo sus más y sus menos con el mánager general Mike Mayock. Brown acabó disculpándose por su actitud (llegó a airear en Instagram las multas que le había puesto su equipo), pero unos días más tarde pidió que le liberasen de su contrato y los del norte de California accedieron.

Pocas horas después de ser cortado por los Raiders se filtró que había alcanzado un acuerdo con los New England Patriots. Los más conspiranoicos llegaron a creer que todo el circo montado por el jugador era una estratagema orquestada entre él y Bill Belichick desde un principio para fichar por los Patriots. La aventura de Antonio Brown en Foxborough duró dos semanas. Las múltiples acusaciones de agresión sexual hicieron que los Pats despidieran al WR tras disputar un único partido con ellos.

Antonio Brown pasó a ser noticia únicamente por sus líos fuera del campo. No fueron pocos los que temían que ese errático comportamiento se debiese a la enfermedad que peores secuelas deja en el football, la encefalopatía traumática crónica (CTE), aunque el propio Brown lo negó. En 2020 volvió a amagar con la retirada mientras la NFL anunció una suspensión para él de ocho partidos por violar la política de conducta de la liga.

En la recta final de la sanción aparecieron los Tampa Bay Buccaneers. Firmó con ellos por un millón de dólares hasta final de temporada. La última oportunidad. Integrándose poco a poco en la dinámica del equipo, Brown acabó siendo importante en la rotación de Bruce Arians. Tanto, que hasta anotó un touchdown en la Super Bowl LV. Un TD que fue prácticamente la sentencia del partido a favor de su equipo.

Quién le iba a decir a Antonio Brown a finales de 2019 que poco más de un año después iba a tener el Trofeo Vince Lombardi entre sus manos. Un anillo de campeón que, en un caso como el suyo, sabe aún mejor. Porque algunas veces el deporte da la oportunidad de redimirse.

Imagen de cabecera: Patrick Smith/Getty Images

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La victoria de los Tampa Bay Buccaneers en la Super Bowl LV encierra varias historias. La de Tom Brady y su séptimo anillo es la que se llevó más atención, pero no es la única que merece unas líneas. La de Antonio Brown es una de ellas.

En 2018 AB era posiblemente el mejor wide receiver de la NFL. Venía de liderar la liga en yardas de recepción el año anterior y en esa temporada de 2018 fue portada del Madden NFL y nadie anotó más touchdowns por aire que él. Y eso que no jugó el último partido de la temporada. Pero precisamente ese fue el inicio de una serie de extraños acontecimientos que casi ponen fin a su carrera antes de tiempo.

El 30 de diciembre de 2018 los Pittsburgh Steelers recibían a los Cincinnati Bengals con los de Pensilvania jugándose el pase a Playoffs. Necesitaban ganar y que los Baltimore Ravens perdiesen con los Cleveland Browns. Los Steelers vencieron, pero la victoria de los Ravens los dejó sin postemporada. Sin embargo, el tema de conversación no fue la eliminación de los Steelers, sino la ausencia de Brown en un partido tan importante.

Se acabó sabiendo que Antonio Brown no jugó por motivos disciplinarios. El WR había faltado a los entrenamientos previos al choque con los Bengals tras discutir fuertemente con el quarterback Ben Roethlisberger. En 2018 los Pittsburgh Steelers fueron la casa de los líos y el de Brown y Big Ben fue tan solo la guinda. De todas formas, la etapa de AB en el Heinz Field había llegado a su fin.

En la primavera de 2019 fue traspasado a los Oakland Raiders, con los que firmó el contrato más cuantioso de la liga para un receptor. No llegó a vestir el negro y plata en partido oficial tras ser cortado por los californianos después de protagonizar un verano surrealista. Primero se perdió unos cuantos entrenamientos porque se congeló unas ampollas enormes en ambos pies por no usar un calzado adecuado para las sesiones de crioterapia. Después amenazó con retirarse si no le dejaban usar un modelo de casco que estaba prohibido por la NFL y, más adelante, tuvo sus más y sus menos con el mánager general Mike Mayock. Brown acabó disculpándose por su actitud (llegó a airear en Instagram las multas que le había puesto su equipo), pero unos días más tarde pidió que le liberasen de su contrato y los del norte de California accedieron.

Pocas horas después de ser cortado por los Raiders se filtró que había alcanzado un acuerdo con los New England Patriots. Los más conspiranoicos llegaron a creer que todo el circo montado por el jugador era una estratagema orquestada entre él y Bill Belichick desde un principio para fichar por los Patriots. La aventura de Antonio Brown en Foxborough duró dos semanas. Las múltiples acusaciones de agresión sexual hicieron que los Pats despidieran al WR tras disputar un único partido con ellos.

Antonio Brown pasó a ser noticia únicamente por sus líos fuera del campo. No fueron pocos los que temían que ese errático comportamiento se debiese a la enfermedad que peores secuelas deja en el football, la encefalopatía traumática crónica (CTE), aunque el propio Brown lo negó. En 2020 volvió a amagar con la retirada mientras la NFL anunció una suspensión para él de ocho partidos por violar la política de conducta de la liga.

En la recta final de la sanción aparecieron los Tampa Bay Buccaneers. Firmó con ellos por un millón de dólares hasta final de temporada. La última oportunidad. Integrándose poco a poco en la dinámica del equipo, Brown acabó siendo importante en la rotación de Bruce Arians. Tanto, que hasta anotó un touchdown en la Super Bowl LV. Un TD que fue prácticamente la sentencia del partido a favor de su equipo.

Quién le iba a decir a Antonio Brown a finales de 2019 que poco más de un año después iba a tener el Trofeo Vince Lombardi entre sus manos. Un anillo de campeón que, en un caso como el suyo, sabe aún mejor. Porque algunas veces el deporte da la oportunidad de redimirse.

Imagen de cabecera: Patrick Smith/Getty Images