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Ángel, todo corazón

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 02-10-2018

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Si Ángel Correa fuera norteamericano, posiblemente ya habrían escrito el guión de una película con él como protagonista y Netflix y Amazon se pelearían por los derechos de su vida para hacer una serie documental que narrase cómo este chico nacido en Rosario se ha abierto camino en una infancia y adolescencia que fue mucho más allá que en una carrera de obstáculos de los que te caes y ya nunca te levantas.

Hoy, con 23 años, Correa ha firmado la ampliación de su contrato por seis años más con el Atlético de Madrid. Quién le iba a decir al bueno de Angelito que llegaría donde ha llegado cuando, a los 10 años, la muerte de su padre le hizo coger los galones de la familia. Su sueldo, que le prestaba semanalmente su representante, era lo único que tenían para comer él y sus nueve hermanos. Pronto fueron dos menos, porque cuando Correa cumplió 12, uno de ellos falleció y el año también perdió a otro.

Fue en la infancia cuando Correa se dio cuenta de que no iba a ser un chico normal. En su barrio, Las Flores, lo común era que desde bien pequeños los chicos se drogaran, traficaran, o las dos. “A mi alrededor, todos los chicos tomaban drogas, pero nunca me dejaron, me decían que yo tenía que salir del barrio jugando al fútbol”. A Correa le tocó el turno cuando el Atlético llamó a su puerta. Él, que se había dejado ya fotografiar desde los 13 años con ropa colchonera (porque comparte agente con Salvio, entonces en el Atlético, que le enviaba algunas prendas) ya había cogido el gusto a eso de las rayas rojas y blancas y cuando surgió la posibilidad los ojos se le iluminaron.

De Correa entonces conocíamos poco. Era un puntal en San Lorenzo, un segundo delantero con desparpajo, con intención de dañar defensas rivales, un torbellino incapaz de frenar y de que le frenaran cuando giraba. El ansia de encontrar un nuevo Agüero nunca le vino bien a un chico que siempre fue más parecido a Tévez que al Kun y al que ahora Simeone ha reciclado a la banda. Porque Correa tiene muy difícil ya explotar y ser el jugador que prometía. Un diablo imparable. Le falta manejar el tempo del partido, leer los momentos y darle la pausa necesaria para no errar en demasía. Porque Correa se equivoca. Se equivoca mucho. Intenta 10 y le sale una… Pero ay la que le sale… Si algún día llega a eclosionar de esa manera, será uno de los mejores del mundo. 

Lo tiene complicado porque su ejercicio de sacrificio y su dar todo por el equipo le ha hecho ser vital en el costado derecho, donde deja de ser tan diferencial como lo sería jugando de Griezmann pero donde hace un trabajo que no se ve a la hora de apoyar al lateral y de recuperar el balón. 

Y muy cerca estuvo de no tener nada de esto. Porque en verano de 2014, cuando el Atlético le fichó, el reconocimiento médico le diagnosticó un problema de corazón. A Ángel los médicos le mintieron. “No pasa nada, vas a estar bien, podrás jugar al fútbol”, le dijeron, cuando en realidad lo que pensaban era que eso iba a ser imposible y que la operación podía tener un final incluso trágico.

Por su convalecencia se perdió la semifinal y la final de la Copa Libertadores, donde San Lorenzo levantó la copa, y un curso entero con el Atlético, que le dejó sin ficha para no meterle prisa. Él, ya sano y curado, se marchó con la Sub20 para ganar el Sudamericano, donde fue elegido Mejor Jugador sirviendo sin parar balones al Cholito Simeone. Hazaña que no pudo repetir en el Mundial, meses después, donde Argentina no dio la talla.

En el Atlético, ha ganado Correa un regusto personal por ser el primer marcador de cada partido, por abrir la lata y decantar los duelos desde el primer momento. Y eso, en un Atlético abonado en muchas ocasiones al unocerismo, es como salir ganando ya desde el vestuario. De los últimos nueve tantos que ha marcado, ocho han supuesto abrir el marcador. 

Correa ya ha debutado con Argentina. En la AFA le tenían como el sucesor real de Messi. Por eso, cuando el del Barcelona no pudo acudir en anteriores citas con la albiceleste, Correa pasó de no ser convocado a jugar de titular en la posición del ‘10’. Hoy, su progresión no concuerda con lo que se esperaba y, aunque se quedó sin ir al Mundial de manera sorprendente, es parte importantísima de la revolución que Argentina prepara tras el fracaso de 2018. 

Con su renovación en el Atlético, terminará como colchonero, como mínimo, cuando tenga 29 años. Queda así patente su importancia en el equipo. Correa no es titular indiscutible, pero es indispensable para Simeone. En tres temporadas y lo que va de esta no se ha perdido un solo partido por lesión y solo se ha quedado fuera de la lista sin estar sancionado en tres ocasiones: cuando fue padre, en un partido de primera ronda de Copa en la que los habituales descansaron y en un duelo que coincidió con un partido con la selección y con poco tiempo de descanso entre vuelo y duelo. 

Es, con 148 partidos disputados, el cuarto jugador de campo que más ha usado Simeone desde que él llegó. Solo Griezmann, Koke y Saúl le superan a él, que ha adelantado a jugadores como Godín, Giménez o Filipe. Este curso, además, ha recogido el 10, aunque siempre afirmó que le encantaba llevar el ‘11’, que ha portado tanto en Argentina como en San Lorenzo y el Atlético. Recoge así un dorsal con mucha responsabilidad y sin dueño desde que lo portara Arda Turan. Porque Óliver y Carrasco fracasaron en el intento.

Nos lo metieron por los ojos como el Nuevo Agüero y eso ha jugado un poco en su contra. Nos dijeron que nunca iba a poder jugar en banda porque Simeone no estaba loco y porque era un jugador que solo era imaginación. Pero Correa ha demostrado que, mucho más allá de su magia puntual y desbocada, porque a veces el tarro de las esencias se le cae cuando va a destaparlo, es un futbolista honrado, trabajador, que da todo por el equipo y que prefiere la eficacia a la brillantez. Que no se le caen los anillos por bajarse al barro. Que sabe de dónde viene, que juega con una sonrisa permanente en la cara y lo hace con los mejores del mundo igual que lo hacía en Las Flores hace 10 años. Que es todo corazón. Tiene Ángel.

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Si Ángel Correa fuera norteamericano, posiblemente ya habrían escrito el guión de una película con él como protagonista y Netflix y Amazon se pelearían por los derechos de su vida para hacer una serie documental que narrase cómo este chico nacido en Rosario se ha abierto camino en una infancia y adolescencia que fue mucho más allá que en una carrera de obstáculos de los que te caes y ya nunca te levantas.

Hoy, con 23 años, Correa ha firmado la ampliación de su contrato por seis años más con el Atlético de Madrid. Quién le iba a decir al bueno de Angelito que llegaría donde ha llegado cuando, a los 10 años, la muerte de su padre le hizo coger los galones de la familia. Su sueldo, que le prestaba semanalmente su representante, era lo único que tenían para comer él y sus nueve hermanos. Pronto fueron dos menos, porque cuando Correa cumplió 12, uno de ellos falleció y el año también perdió a otro.

Fue en la infancia cuando Correa se dio cuenta de que no iba a ser un chico normal. En su barrio, Las Flores, lo común era que desde bien pequeños los chicos se drogaran, traficaran, o las dos. “A mi alrededor, todos los chicos tomaban drogas, pero nunca me dejaron, me decían que yo tenía que salir del barrio jugando al fútbol”. A Correa le tocó el turno cuando el Atlético llamó a su puerta. Él, que se había dejado ya fotografiar desde los 13 años con ropa colchonera (porque comparte agente con Salvio, entonces en el Atlético, que le enviaba algunas prendas) ya había cogido el gusto a eso de las rayas rojas y blancas y cuando surgió la posibilidad los ojos se le iluminaron.

De Correa entonces conocíamos poco. Era un puntal en San Lorenzo, un segundo delantero con desparpajo, con intención de dañar defensas rivales, un torbellino incapaz de frenar y de que le frenaran cuando giraba. El ansia de encontrar un nuevo Agüero nunca le vino bien a un chico que siempre fue más parecido a Tévez que al Kun y al que ahora Simeone ha reciclado a la banda. Porque Correa tiene muy difícil ya explotar y ser el jugador que prometía. Un diablo imparable. Le falta manejar el tempo del partido, leer los momentos y darle la pausa necesaria para no errar en demasía. Porque Correa se equivoca. Se equivoca mucho. Intenta 10 y le sale una… Pero ay la que le sale… Si algún día llega a eclosionar de esa manera, será uno de los mejores del mundo. 

Lo tiene complicado porque su ejercicio de sacrificio y su dar todo por el equipo le ha hecho ser vital en el costado derecho, donde deja de ser tan diferencial como lo sería jugando de Griezmann pero donde hace un trabajo que no se ve a la hora de apoyar al lateral y de recuperar el balón. 

Y muy cerca estuvo de no tener nada de esto. Porque en verano de 2014, cuando el Atlético le fichó, el reconocimiento médico le diagnosticó un problema de corazón. A Ángel los médicos le mintieron. “No pasa nada, vas a estar bien, podrás jugar al fútbol”, le dijeron, cuando en realidad lo que pensaban era que eso iba a ser imposible y que la operación podía tener un final incluso trágico.

Por su convalecencia se perdió la semifinal y la final de la Copa Libertadores, donde San Lorenzo levantó la copa, y un curso entero con el Atlético, que le dejó sin ficha para no meterle prisa. Él, ya sano y curado, se marchó con la Sub20 para ganar el Sudamericano, donde fue elegido Mejor Jugador sirviendo sin parar balones al Cholito Simeone. Hazaña que no pudo repetir en el Mundial, meses después, donde Argentina no dio la talla.

En el Atlético, ha ganado Correa un regusto personal por ser el primer marcador de cada partido, por abrir la lata y decantar los duelos desde el primer momento. Y eso, en un Atlético abonado en muchas ocasiones al unocerismo, es como salir ganando ya desde el vestuario. De los últimos nueve tantos que ha marcado, ocho han supuesto abrir el marcador. 

Correa ya ha debutado con Argentina. En la AFA le tenían como el sucesor real de Messi. Por eso, cuando el del Barcelona no pudo acudir en anteriores citas con la albiceleste, Correa pasó de no ser convocado a jugar de titular en la posición del ‘10’. Hoy, su progresión no concuerda con lo que se esperaba y, aunque se quedó sin ir al Mundial de manera sorprendente, es parte importantísima de la revolución que Argentina prepara tras el fracaso de 2018. 

Con su renovación en el Atlético, terminará como colchonero, como mínimo, cuando tenga 29 años. Queda así patente su importancia en el equipo. Correa no es titular indiscutible, pero es indispensable para Simeone. En tres temporadas y lo que va de esta no se ha perdido un solo partido por lesión y solo se ha quedado fuera de la lista sin estar sancionado en tres ocasiones: cuando fue padre, en un partido de primera ronda de Copa en la que los habituales descansaron y en un duelo que coincidió con un partido con la selección y con poco tiempo de descanso entre vuelo y duelo. 

Es, con 148 partidos disputados, el cuarto jugador de campo que más ha usado Simeone desde que él llegó. Solo Griezmann, Koke y Saúl le superan a él, que ha adelantado a jugadores como Godín, Giménez o Filipe. Este curso, además, ha recogido el 10, aunque siempre afirmó que le encantaba llevar el ‘11’, que ha portado tanto en Argentina como en San Lorenzo y el Atlético. Recoge así un dorsal con mucha responsabilidad y sin dueño desde que lo portara Arda Turan. Porque Óliver y Carrasco fracasaron en el intento.

Nos lo metieron por los ojos como el Nuevo Agüero y eso ha jugado un poco en su contra. Nos dijeron que nunca iba a poder jugar en banda porque Simeone no estaba loco y porque era un jugador que solo era imaginación. Pero Correa ha demostrado que, mucho más allá de su magia puntual y desbocada, porque a veces el tarro de las esencias se le cae cuando va a destaparlo, es un futbolista honrado, trabajador, que da todo por el equipo y que prefiere la eficacia a la brillantez. Que no se le caen los anillos por bajarse al barro. Que sabe de dónde viene, que juega con una sonrisa permanente en la cara y lo hace con los mejores del mundo igual que lo hacía en Las Flores hace 10 años. Que es todo corazón. Tiene Ángel.

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