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Alta competición

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 24-04-2018

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El Betis acumula siete
partidos sin conocer la derrota, ostenta durante ese periodo la segunda mejor
racha invicta y vigente de puntos de las cinco grandes ligas junto al PSG y
al Olympique de Lyon, ha dejado la portería a cero en los últimos seis
encuentros de forma consecutiva por primera vez en su historia, es el cuarto
mejor equipo de La Liga desde el inicio de la segunda vuelta y directamente el
mejor desde el debut de Marc Bartra. El hombre que le dio sentido a todo
el trabajo construido desde el pasado verano, la pieza maestra que ha elevado
el techo del equipo verdiblanco hasta darle las hechuras y las garantías de
poder batirse el cobre ante los mejores, el pilar que faltaba para que Quique
Setién armase, en tiempo récord, una estructura de alta competición en su
primera temporada al frente del club, con una plantilla no del todo completa en
algunos de sus puestos, ni con todos sus miembros capacitados para adaptarse al
cien por cien a la idea, como es lógico en todo proceso que se inicia, y que no
ha dejado de lidiar con numerosos contratiempos en forma de lesiones que han
mermado todo su potencial.

Pero eso son
«solamente» fríos números, estadísticas de aséptica base de datos. Lo
mejor de todo son las candentes sensaciones. Si el choque ante Las Palmas
fue un trabajo constante consistente en pisar las uvas de la paciencia para
ganar un lugar en la ubicuidad del tiempo y convertirlo en el gol de la
victoria con desbordante alegría agónica, el debut del Betis en el flamante Metropolitano
fue, sin ser un estallido tan épico, incluso mejor. Fue la demostración
definitiva del cuajo competitivo y de la fehaciente dimensión que ha adquirido
su forma de hacer las cosas. Un ejercicio definitivo de poso y madurez. De
estilo. Los verdiblancos pudieron perder por claridad de ocasiones, pero por
juego colectivo y por voluntad de mando estuvieron más cerca de ganar que de
perder ante uno de los conjuntos más potentes y compactos de todo el
continente.

Ya hace varias semanas que el
Betis se dio cuenta de lo que necesitaba para aspirar a desarrollar y sostener
la actual magnitud competitiva que manifiesta en cada partido. Es obvio que el
sistema y el rendimiento defensivos han mejorado de forma sobresaliente, pero
lo que más ha trabajado el cuerpo técnico no son los marcajes, los tackles,
los despejes, las ayudas o las transiciones ataque-defensa. No. Lo que más ha
trabajado y mejorado el Betis es su sistema de salida con pelota desde atrás,
como quedó patente, de forma fantástica y de la mano de una confianza colectiva
impresionante, en numerosas ocasiones en el encuentro ante un Atlético de
Madrid que es pura élite a la hora de ir a presionar, de morder, de
transitar con velocidad y precisión y de no perdonar ni el más mínimo
desacierto en fase de inicio de sus rivales.

Alimentándose de sus propios
déficits para paliarlos, insistiendo en que todos los integrantes de su sistema
defensivo se desprendieran definitivamente de sus respectivas zonas de confort,
inculcando la asunción de riesgos como parte de la rutina, elevando la calidad
de la toma de decisiones; el Betis ha convertido el agobio de las presiones a
su salida por parte de los rivales en una especie de boomerang del que se
aprovecha para explotar los espacios que su causa y su voluntad generan una vez
puede desplegarse hacia delante con todo el talento del que dispone. La fase
dos, ahora que todos saben de lo que es capaz de hacer, debe ser desde pulir su
pegada, su relación con el punta, rellenar mejor el área, aumentar la
productividad de las ventajas que genera su modus operandi. El único campo de
mejora visible de todo el proceso iniciado con el cambio de sistema y la
llegada de Marc Bartra, a su vez, el verdadero punto de inflexión entre el gris
pasado reciente y el optimista futuro cercano.

En eso consiste la alta
competición: en el continuo progreso, en la búsqueda incesante de la mejora
individual y colectiva, en encontrar soluciones permanentes sin desviarse del
carril marcado y de la idea global imbuida, en encontrar satisfacción al hecho
de nunca darse por satisfecho. Y este cuerpo técnico, junto a la acertada
secretaría técnica del club, ha demostrado sobradamente ser el mejor para
seguir llevando adelante el recorrido que el Betis ya ha iniciado, que
prácticamente acaba de iniciar. Y de qué manera. Ese que pretende, además de
jugar bonito, competir siempre al máximo de sus posibilidades para estar
capacitado de ganar cualquier partido. Pellizquémonos. Es real. Y valorémoslo. El
Betis ha pasado de la tétrica racanería a la alta competición en un tiempo
récord. Un salto que nada tiene que ver con la casualidad, un peldaño al
que todavía se le intuyen algunos otros tan ambiciosos como alcanzables por
encima. Y ese, precisamente, es el mejor síntoma posible, más allá de cualquier
resultado puntual, por brillante o paradigmático que este sea. Con o sin Europa
ese es el gran mérito del Betis 2017/18. Aunque mejor con ella, claro está.

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El Betis acumula siete
partidos sin conocer la derrota, ostenta durante ese periodo la segunda mejor
racha invicta y vigente de puntos de las cinco grandes ligas junto al PSG y
al Olympique de Lyon, ha dejado la portería a cero en los últimos seis
encuentros de forma consecutiva por primera vez en su historia, es el cuarto
mejor equipo de La Liga desde el inicio de la segunda vuelta y directamente el
mejor desde el debut de Marc Bartra. El hombre que le dio sentido a todo
el trabajo construido desde el pasado verano, la pieza maestra que ha elevado
el techo del equipo verdiblanco hasta darle las hechuras y las garantías de
poder batirse el cobre ante los mejores, el pilar que faltaba para que Quique
Setién armase, en tiempo récord, una estructura de alta competición en su
primera temporada al frente del club, con una plantilla no del todo completa en
algunos de sus puestos, ni con todos sus miembros capacitados para adaptarse al
cien por cien a la idea, como es lógico en todo proceso que se inicia, y que no
ha dejado de lidiar con numerosos contratiempos en forma de lesiones que han
mermado todo su potencial.

Pero eso son
«solamente» fríos números, estadísticas de aséptica base de datos. Lo
mejor de todo son las candentes sensaciones. Si el choque ante Las Palmas
fue un trabajo constante consistente en pisar las uvas de la paciencia para
ganar un lugar en la ubicuidad del tiempo y convertirlo en el gol de la
victoria con desbordante alegría agónica, el debut del Betis en el flamante Metropolitano
fue, sin ser un estallido tan épico, incluso mejor. Fue la demostración
definitiva del cuajo competitivo y de la fehaciente dimensión que ha adquirido
su forma de hacer las cosas. Un ejercicio definitivo de poso y madurez. De
estilo. Los verdiblancos pudieron perder por claridad de ocasiones, pero por
juego colectivo y por voluntad de mando estuvieron más cerca de ganar que de
perder ante uno de los conjuntos más potentes y compactos de todo el
continente.

Ya hace varias semanas que el
Betis se dio cuenta de lo que necesitaba para aspirar a desarrollar y sostener
la actual magnitud competitiva que manifiesta en cada partido. Es obvio que el
sistema y el rendimiento defensivos han mejorado de forma sobresaliente, pero
lo que más ha trabajado el cuerpo técnico no son los marcajes, los tackles,
los despejes, las ayudas o las transiciones ataque-defensa. No. Lo que más ha
trabajado y mejorado el Betis es su sistema de salida con pelota desde atrás,
como quedó patente, de forma fantástica y de la mano de una confianza colectiva
impresionante, en numerosas ocasiones en el encuentro ante un Atlético de
Madrid que es pura élite a la hora de ir a presionar, de morder, de
transitar con velocidad y precisión y de no perdonar ni el más mínimo
desacierto en fase de inicio de sus rivales.

Alimentándose de sus propios
déficits para paliarlos, insistiendo en que todos los integrantes de su sistema
defensivo se desprendieran definitivamente de sus respectivas zonas de confort,
inculcando la asunción de riesgos como parte de la rutina, elevando la calidad
de la toma de decisiones; el Betis ha convertido el agobio de las presiones a
su salida por parte de los rivales en una especie de boomerang del que se
aprovecha para explotar los espacios que su causa y su voluntad generan una vez
puede desplegarse hacia delante con todo el talento del que dispone. La fase
dos, ahora que todos saben de lo que es capaz de hacer, debe ser desde pulir su
pegada, su relación con el punta, rellenar mejor el área, aumentar la
productividad de las ventajas que genera su modus operandi. El único campo de
mejora visible de todo el proceso iniciado con el cambio de sistema y la
llegada de Marc Bartra, a su vez, el verdadero punto de inflexión entre el gris
pasado reciente y el optimista futuro cercano.

En eso consiste la alta
competición: en el continuo progreso, en la búsqueda incesante de la mejora
individual y colectiva, en encontrar soluciones permanentes sin desviarse del
carril marcado y de la idea global imbuida, en encontrar satisfacción al hecho
de nunca darse por satisfecho. Y este cuerpo técnico, junto a la acertada
secretaría técnica del club, ha demostrado sobradamente ser el mejor para
seguir llevando adelante el recorrido que el Betis ya ha iniciado, que
prácticamente acaba de iniciar. Y de qué manera. Ese que pretende, además de
jugar bonito, competir siempre al máximo de sus posibilidades para estar
capacitado de ganar cualquier partido. Pellizquémonos. Es real. Y valorémoslo. El
Betis ha pasado de la tétrica racanería a la alta competición en un tiempo
récord. Un salto que nada tiene que ver con la casualidad, un peldaño al
que todavía se le intuyen algunos otros tan ambiciosos como alcanzables por
encima. Y ese, precisamente, es el mejor síntoma posible, más allá de cualquier
resultado puntual, por brillante o paradigmático que este sea. Con o sin Europa
ese es el gran mérito del Betis 2017/18. Aunque mejor con ella, claro está.

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