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Adiós prematuro y doloroso de Camacho

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 15-09-2020

En la temporada 2007-2008, Javier Aguirre tenía un problema tremendo en su plantilla. Enfadado con Maniche, había mandado al portugués cedido al Inter de Milán porque las diferencias entre ambos eran insalvables. Y así, se quedaba sin efectivos en la medular, donde solo contaba con un Raúl García que no era pivote pero cuyo físico era un bastión, y con un Cléber Santana que no daba la talla ni de lejos. En la enfermería estaba Motta, firmado para un curso en el que solo pudo disputar 300 minutos repartidos en seis duelos y como solución de emergencia, un Maxi Rodríguez que era más arrojo que otra cosa en una posición que desconocía. Así, apareció la oportunidad de darle la alternativa a una de las perlas de la cantera, un Ignacio Camacho que solo tenía 17 años, que es de los debutantes más jóvenes de la historia del club y que hoy, a sus 30 años, anuncia que cuelga las botas de manera prematura.

Las lesiones han podido con él, concretamente focalizadas en su tobillo izquierdo, que ha pasado ya por numerosas cirugías sin éxito. Camacho lleva dos años sin vestirse de corto, amargado por problemas y con un final que, cosas de la vida, recuerdan también a lo que le sucedió a uno de sus mejores amigos y compañero Álvaro Domínguez, quien colgó las botas ya hace algunas temporadas por sus problemas en la espalda.

Aquel muchacho de media melena que capitaneaba a una España Sub17 (2007) en el Europeo de la categoría y que era la voz cantante entre un conglomerado de jugadores entre los que destacaban, sobre la media, De Gea, Bojan, Aquino, Iago Falqué y Fran Mérida. Pero Camacho, elegido uno de los mejores jugadores del torneo, siempre mostró un arrojo y unas condiciones que le auguraban un futuro profesional más allá del talento innato que pudieran poseer otros compañeros de su quinta.

Unos meses después de aquella conquista le llegó el debut profesional, ante el Granada 74 en Copa del Rey, pero su puesta de largo real y consagración tuvo lugar en un escenario inmejorable. El Barcelona de los 4 fantásticos (Henry, Ronaldinho, Eto’o y Messi) llegaba al Vicente Calderón. El argentino era suplente y en la medular, el técnico había puesto a Iniesta y Xavi a ordenar el juego. Parecía imposible que el Atlético pudiera contrarrestar aquella superioridad, pero Aguirre se sacó un as de la manga. Ignacio Camacho, a quien prácticamente nadie en el estadio conocía cuando la megafonía anunció su titularidad (sin foto siquiera en el videomarcador), debutó en LaLiga y secó al mejor equipo del planeta.

Ignacio Camacho, con la selección española.

Ronaldinho marcó un gol asombroso (su último como culé) de chilena, pero el partido fue propiedad del Kun Agüero, que metió dos goles y provocó otros dos, haciendo pasar la peor tarde de su vida a Puyol y Milito. Nunca en el Vicente Calderón se escuchó una pitada semejante a la que la grada profirió cuando, a 20 minutos del final, el técnico mexicano decidió quitar a su canterano debutante para sacar a Cleber Santana. La ilusión por seguir viendo a un chico de la casa que, con 17 años estaba ya pidiendo la hora, provocó la ira de quienes habían encontrado en Camacho una nueva esperanza en años que no eran precisamente de bonanza para los fieles rojiblancos.

Pero la carrera de Camacho nunca despegó como se esperaba. Ni Abel ni Quique le dieron oportunidades y terminó saliendo por la puerta de atrás, pero con un maravilloso recuerdo, con el brazalete de capitán, presentando al Vicente Calderón la Europa League que el club acababa de conquistar en 2010. ¿Por qué fue él, si apenas contaba para el técnico? Sencillo. El Atleti jugaba tres días después la final de Copa del Rey, y en la última jornada liguera iban a jugar aquellos que no disputarían el partido por el título.

Camacho salió al Málaga y el tiempo le acabó dando la razón a él y quitándosela en quienes no confiaron en él. Con el Atlético varios años intentando recuperarle, con todo el mundo viendo cómo se salía en Málaga un jugador con unas condiciones ideales para el juego de Simeone y con gran parte de la afición queriéndole como el nuevo Gabi, aquel chico que tuvo que salir para romperla y volver, el caso es que Camacho nunca regresó. Su descomunal rendimiento le brindó la posibilidad de debutar como internacional absoluto como uno de los llamados al relevo generacional de la generación de oro del fútbol español. Y cuando de verdad parecía que su destino volvía a ser el Atlético, aparecieron las lesiones.

Primero fue una pubalgia más fastidiosa de la cuenta que ahuyentó el interés rojiblanco, pues le obligó a pasar por quirófano. Y cuando la opción del Atleti desapareció, el Málaga hizo buena caja con él cuando salió al Wolfsburgo. En tierras teutonas demostró la pasta de la que estaba hecho. Al cuarto partido allí, de manera literal, ya le dieron la capitanía y vieron que valía tanto para un roto como para un descosido, tanto para jugar como mediocentro como para ejercer de central. Pero poco más fue lo que le duró la salud. En tres años en Alemania apenas ha jugado 21 partidos y lleva más de dos años sin poder disputar ninguno. Solo en una ocasión se vistió de corto, en un amistoso del que se tuvo que retirar al poco de intentarlo. Las lesiones se han cebado con un futbolista de los de jerarquía, de los que enamoran por su solidez a las primeras de cambio, de los que sabes que tienen tablas para llegar lejos cuando los ves desde niño. Ojalá le veamos en los banquillos. El fútbol le debe una.

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En la temporada 2007-2008, Javier Aguirre tenía un problema tremendo en su plantilla. Enfadado con Maniche, había mandado al portugués cedido al Inter de Milán porque las diferencias entre ambos eran insalvables. Y así, se quedaba sin efectivos en la medular, donde solo contaba con un Raúl García que no era pivote pero cuyo físico era un bastión, y con un Cléber Santana que no daba la talla ni de lejos. En la enfermería estaba Motta, firmado para un curso en el que solo pudo disputar 300 minutos repartidos en seis duelos y como solución de emergencia, un Maxi Rodríguez que era más arrojo que otra cosa en una posición que desconocía. Así, apareció la oportunidad de darle la alternativa a una de las perlas de la cantera, un Ignacio Camacho que solo tenía 17 años, que es de los debutantes más jóvenes de la historia del club y que hoy, a sus 30 años, anuncia que cuelga las botas de manera prematura.

Las lesiones han podido con él, concretamente focalizadas en su tobillo izquierdo, que ha pasado ya por numerosas cirugías sin éxito. Camacho lleva dos años sin vestirse de corto, amargado por problemas y con un final que, cosas de la vida, recuerdan también a lo que le sucedió a uno de sus mejores amigos y compañero Álvaro Domínguez, quien colgó las botas ya hace algunas temporadas por sus problemas en la espalda.

Aquel muchacho de media melena que capitaneaba a una España Sub17 (2007) en el Europeo de la categoría y que era la voz cantante entre un conglomerado de jugadores entre los que destacaban, sobre la media, De Gea, Bojan, Aquino, Iago Falqué y Fran Mérida. Pero Camacho, elegido uno de los mejores jugadores del torneo, siempre mostró un arrojo y unas condiciones que le auguraban un futuro profesional más allá del talento innato que pudieran poseer otros compañeros de su quinta.

Unos meses después de aquella conquista le llegó el debut profesional, ante el Granada 74 en Copa del Rey, pero su puesta de largo real y consagración tuvo lugar en un escenario inmejorable. El Barcelona de los 4 fantásticos (Henry, Ronaldinho, Eto’o y Messi) llegaba al Vicente Calderón. El argentino era suplente y en la medular, el técnico había puesto a Iniesta y Xavi a ordenar el juego. Parecía imposible que el Atlético pudiera contrarrestar aquella superioridad, pero Aguirre se sacó un as de la manga. Ignacio Camacho, a quien prácticamente nadie en el estadio conocía cuando la megafonía anunció su titularidad (sin foto siquiera en el videomarcador), debutó en LaLiga y secó al mejor equipo del planeta.

Ignacio Camacho, con la selección española.

Ronaldinho marcó un gol asombroso (su último como culé) de chilena, pero el partido fue propiedad del Kun Agüero, que metió dos goles y provocó otros dos, haciendo pasar la peor tarde de su vida a Puyol y Milito. Nunca en el Vicente Calderón se escuchó una pitada semejante a la que la grada profirió cuando, a 20 minutos del final, el técnico mexicano decidió quitar a su canterano debutante para sacar a Cleber Santana. La ilusión por seguir viendo a un chico de la casa que, con 17 años estaba ya pidiendo la hora, provocó la ira de quienes habían encontrado en Camacho una nueva esperanza en años que no eran precisamente de bonanza para los fieles rojiblancos.

Pero la carrera de Camacho nunca despegó como se esperaba. Ni Abel ni Quique le dieron oportunidades y terminó saliendo por la puerta de atrás, pero con un maravilloso recuerdo, con el brazalete de capitán, presentando al Vicente Calderón la Europa League que el club acababa de conquistar en 2010. ¿Por qué fue él, si apenas contaba para el técnico? Sencillo. El Atleti jugaba tres días después la final de Copa del Rey, y en la última jornada liguera iban a jugar aquellos que no disputarían el partido por el título.

Camacho salió al Málaga y el tiempo le acabó dando la razón a él y quitándosela en quienes no confiaron en él. Con el Atlético varios años intentando recuperarle, con todo el mundo viendo cómo se salía en Málaga un jugador con unas condiciones ideales para el juego de Simeone y con gran parte de la afición queriéndole como el nuevo Gabi, aquel chico que tuvo que salir para romperla y volver, el caso es que Camacho nunca regresó. Su descomunal rendimiento le brindó la posibilidad de debutar como internacional absoluto como uno de los llamados al relevo generacional de la generación de oro del fútbol español. Y cuando de verdad parecía que su destino volvía a ser el Atlético, aparecieron las lesiones.

Primero fue una pubalgia más fastidiosa de la cuenta que ahuyentó el interés rojiblanco, pues le obligó a pasar por quirófano. Y cuando la opción del Atleti desapareció, el Málaga hizo buena caja con él cuando salió al Wolfsburgo. En tierras teutonas demostró la pasta de la que estaba hecho. Al cuarto partido allí, de manera literal, ya le dieron la capitanía y vieron que valía tanto para un roto como para un descosido, tanto para jugar como mediocentro como para ejercer de central. Pero poco más fue lo que le duró la salud. En tres años en Alemania apenas ha jugado 21 partidos y lleva más de dos años sin poder disputar ninguno. Solo en una ocasión se vistió de corto, en un amistoso del que se tuvo que retirar al poco de intentarlo. Las lesiones se han cebado con un futbolista de los de jerarquía, de los que enamoran por su solidez a las primeras de cambio, de los que sabes que tienen tablas para llegar lejos cuando los ves desde niño. Ojalá le veamos en los banquillos. El fútbol le debe una.