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Adaptación

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 14-02-2020

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Luka Jovic

La inversión que el Real Madrid realizó era un riesgo evidente, pese a la calidad mostrada en el pasado curso. Luka Jovic era (y es) un tremendo futbolista, pero como en todo, el cambio de entorno tan abrupto, tan grande, hace que las reglas del juego cambien, que uno arquee una ceja en señal de duda sobre aquel famoso y repetido mantra de la adaptación. Al serbio le está costando, igual que sufrió la capital de Portugal, en el Benfica, cuando se decía que quizás no era tan bueno. Nadie dijo que iba a ser fácil. Se tuvo que ir a un conjunto de menos enjundia, en la Bundesliga, para demostrar su valía.

El ex del Eintracht de Frankfurt ha enseñado poquísimo en el Real Madrid. Ha jugado en varios contextos en el que no se le veía cómodo porque cuando uno no está mentalmente cuesta todo mucho más. Es todo casi imposible. No todo es pizarra y táctica. Tampoco técnica. El fútbol sigue siendo un compendio de un todo mucho más inefable, Zinedine Zidane gestiona un vestuario y es de lo mejor del mundo porque un técnico lo tiene que hacer, y la confianza te puede dar o quitar muchos puntos. En Alemania Jovic no necesitaba pensar: ejecutaba, machacaba y luego preguntaba. No tenía miedo a recibir entre líneas, controlar de espaldas a puerta y descargar a banda. Su fútbol se acercaba a la máxima felicidad, al «dame el balón que yo decido». En Chamartín es lo contrario.

Es evidente que a su lado tenía un socio que hablaba un idioma parecido, un Sebastian Haller al que, al inicio de curso, cuando marcaba muchos goles en el West Ham, se llegó a decir que era realmente el bueno de aquella delantera en Frankfurt. Jovic parece seguir pidiendo permiso para hacer lo que mejor sabe y, por ello, ha llegado a un punto en el que ya no se acuerda qué es lo que sabía hacer. El balompié sigue siendo sencillo. Cuando tú no estás te introduces rápidamente en una novela de Kafka, encerrado en laberintos que no te dejan pensar ni actuar acorde al nivel que tienes. Todo un proceso.

Su gol ante Osasuna tiene que ser un impulso para un futbolista que sabe que posee calidad a raudales. Pero su propio bloqueo, que se hace bola con una facilidad pasmosa, complica todo. Con el paso de los partidos, acabará mejorando. El serbio lleva dos goles, tras su tanto en el Sadar, y ahora encamina la parte más importante del curso, donde el Real Madrid, con la música de la Champions League de fondo, empieza a darse golpes en el pecho y a creérselo todo. Que pueda ser importante no dependerá tanto de si Benzema se la da o si juega en un costado u otro. Será su cabeza la que dictamine, aunque, como se vio en Portugal, no siempre la primera temporada tiene que servir de paradigma de su nivel. Por algo existe aquel término que asusta en las secretarías técnicas: la adaptación.

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La inversión que el Real Madrid realizó era un riesgo evidente, pese a la calidad mostrada en el pasado curso. Luka Jovic era (y es) un tremendo futbolista, pero como en todo, el cambio de entorno tan abrupto, tan grande, hace que las reglas del juego cambien, que uno arquee una ceja en señal de duda sobre aquel famoso y repetido mantra de la adaptación. Al serbio le está costando, igual que sufrió la capital de Portugal, en el Benfica, cuando se decía que quizás no era tan bueno. Nadie dijo que iba a ser fácil. Se tuvo que ir a un conjunto de menos enjundia, en la Bundesliga, para demostrar su valía.

El ex del Eintracht de Frankfurt ha enseñado poquísimo en el Real Madrid. Ha jugado en varios contextos en el que no se le veía cómodo porque cuando uno no está mentalmente cuesta todo mucho más. Es todo casi imposible. No todo es pizarra y táctica. Tampoco técnica. El fútbol sigue siendo un compendio de un todo mucho más inefable, Zinedine Zidane gestiona un vestuario y es de lo mejor del mundo porque un técnico lo tiene que hacer, y la confianza te puede dar o quitar muchos puntos. En Alemania Jovic no necesitaba pensar: ejecutaba, machacaba y luego preguntaba. No tenía miedo a recibir entre líneas, controlar de espaldas a puerta y descargar a banda. Su fútbol se acercaba a la máxima felicidad, al «dame el balón que yo decido». En Chamartín es lo contrario.

Es evidente que a su lado tenía un socio que hablaba un idioma parecido, un Sebastian Haller al que, al inicio de curso, cuando marcaba muchos goles en el West Ham, se llegó a decir que era realmente el bueno de aquella delantera en Frankfurt. Jovic parece seguir pidiendo permiso para hacer lo que mejor sabe y, por ello, ha llegado a un punto en el que ya no se acuerda qué es lo que sabía hacer. El balompié sigue siendo sencillo. Cuando tú no estás te introduces rápidamente en una novela de Kafka, encerrado en laberintos que no te dejan pensar ni actuar acorde al nivel que tienes. Todo un proceso.

Su gol ante Osasuna tiene que ser un impulso para un futbolista que sabe que posee calidad a raudales. Pero su propio bloqueo, que se hace bola con una facilidad pasmosa, complica todo. Con el paso de los partidos, acabará mejorando. El serbio lleva dos goles, tras su tanto en el Sadar, y ahora encamina la parte más importante del curso, donde el Real Madrid, con la música de la Champions League de fondo, empieza a darse golpes en el pecho y a creérselo todo. Que pueda ser importante no dependerá tanto de si Benzema se la da o si juega en un costado u otro. Será su cabeza la que dictamine, aunque, como se vio en Portugal, no siempre la primera temporada tiene que servir de paradigma de su nivel. Por algo existe aquel término que asusta en las secretarías técnicas: la adaptación.

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