_Champions League

A un paso

A Thiago Alcántara le hicieron un plano corto. Se le veía pidiéndola de nuevo, ajeno al error que acababa de cometer: una pérdida que finalizó con un disparo de Depay al lateral de la red. Sabía que lo de la anterior ronda no iba a suceder. Los dos delanteros del Barcelona no se habían ocupado de su presencia y disfrutó como un enano moviendo los hilos con agudeza, como el que se sienta en el mejor lugar de la mesa para comer un poco de todo, algo que el Lyon no le iba a permitir. No todos los días son fiesta. Así asustaron los franceses al Bayern durante los primeros veinte minutos de encuentro: basculando de un lado el otro y rompiendo al contragolpe al mínimo robo. Presto al hurto, como un carterista en el lugar más concurrido de la ciudad, estaba un joven engominado que juega con su edad. Por peinado y estilo Maxence Caqueret parece uno de los veteranos de la competición, pero tan solo tiene 20 años. Aunque ni eso, ni un buen planteamiento inicial ni las ganas de jaleo de los galos, parecen suficientes para detener a este Bayern. Requiere mucho más.

Esta vez los de Flick no fueron tan agresivos como en el choque previo a las semifinales. Es cierto que atosigaron la salida de los de Rudi García, como han hecho siempre, pero su línea no estaba tan arriba: sabían que esta vez debían estar muy atentos a la velocidad de los galos. Pese a ello lo pasaron mal porque Max Cornet, Depay y Toko Ekambi son amenazas constantes al espacio y, vaya, a veces las cosas no van como uno quiere. Aouar y Caqueret, dos grandes lanzadores para esas contras, destacaron los primeros veinte minutos y se lo creyeron. Sin embargo, el perdón ante el gol es el peor de tus pecados; algo que se agrava en la máxima competición continental. Así se lo hizo saber Serge Gnabry, salvador de un conjunto que ha pasado de no jugar en el West Brom a ser uno de los mejores futbolistas de este torneo. Que no te digan que hay imposibles.

Los dos tantos del de Stuttgart calmaron a los de Flick, temerosos ante el torrente de ocasiones que recibieron por distintos flancos de su defensa. A base de goles, la entidad alemana reposó y movió el balón con mucha más calma, incitando a los franceses a que movieran ficha. Sin embargo, Rudi García permanecía suscrito a su plan: esperar para robar, pero ya perdían 0-2. Necesitaban algo más. Aun así, García, con fama de autoritario y pragmático, no cambió nada en el segundo acto. De hecho, su 5-3-2 se fue convirtiendo poco a poco en un 5-4-1 ya que Toko Ekambi cayó al perfil derecho, por donde correteaba Alphonso Davies; una mala noticia si eres el rival. Lo del canadiense empieza a ser abusivo: en los videojuegos igual hay que prohibirlo por la tremenda velocidad que imprime a todas sus acciones. A sus 19 años parece un paso por encima de rivales mucho más contrastados.

El último cuarto de hora fue un ejercicio de fe del OL. Salió Cherki, un monaguillo que cumplió hace dos días 17 primaveras, destruyendo la maltrecha defensa de cinco que ya de poco servía. Lewandowski, que olfatea y percibe las dudas, lo aprovechó para sellar el pase de los teutones a la final de la Champions League. El campeón de este año lo habrá ganado todo. Seguramente los dos mejores conjuntos de este curso lucharán por el trono europeo. Ya están a un paso: es justicia poética.

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A Thiago Alcántara le hicieron un plano corto. Se le veía pidiéndola de nuevo, ajeno al error que acababa de cometer: una pérdida que finalizó con un disparo de Depay al lateral de la red. Sabía que lo de la anterior ronda no iba a suceder. Los dos delanteros del Barcelona no se habían ocupado de su presencia y disfrutó como un enano moviendo los hilos con agudeza, como el que se sienta en el mejor lugar de la mesa para comer un poco de todo, algo que el Lyon no le iba a permitir. No todos los días son fiesta. Así asustaron los franceses al Bayern durante los primeros veinte minutos de encuentro: basculando de un lado el otro y rompiendo al contragolpe al mínimo robo. Presto al hurto, como un carterista en el lugar más concurrido de la ciudad, estaba un joven engominado que juega con su edad. Por peinado y estilo Maxence Caqueret parece uno de los veteranos de la competición, pero tan solo tiene 20 años. Aunque ni eso, ni un buen planteamiento inicial ni las ganas de jaleo de los galos, parecen suficientes para detener a este Bayern. Requiere mucho más.

Esta vez los de Flick no fueron tan agresivos como en el choque previo a las semifinales. Es cierto que atosigaron la salida de los de Rudi García, como han hecho siempre, pero su línea no estaba tan arriba: sabían que esta vez debían estar muy atentos a la velocidad de los galos. Pese a ello lo pasaron mal porque Max Cornet, Depay y Toko Ekambi son amenazas constantes al espacio y, vaya, a veces las cosas no van como uno quiere. Aouar y Caqueret, dos grandes lanzadores para esas contras, destacaron los primeros veinte minutos y se lo creyeron. Sin embargo, el perdón ante el gol es el peor de tus pecados; algo que se agrava en la máxima competición continental. Así se lo hizo saber Serge Gnabry, salvador de un conjunto que ha pasado de no jugar en el West Brom a ser uno de los mejores futbolistas de este torneo. Que no te digan que hay imposibles.

Los dos tantos del de Stuttgart calmaron a los de Flick, temerosos ante el torrente de ocasiones que recibieron por distintos flancos de su defensa. A base de goles, la entidad alemana reposó y movió el balón con mucha más calma, incitando a los franceses a que movieran ficha. Sin embargo, Rudi García permanecía suscrito a su plan: esperar para robar, pero ya perdían 0-2. Necesitaban algo más. Aun así, García, con fama de autoritario y pragmático, no cambió nada en el segundo acto. De hecho, su 5-3-2 se fue convirtiendo poco a poco en un 5-4-1 ya que Toko Ekambi cayó al perfil derecho, por donde correteaba Alphonso Davies; una mala noticia si eres el rival. Lo del canadiense empieza a ser abusivo: en los videojuegos igual hay que prohibirlo por la tremenda velocidad que imprime a todas sus acciones. A sus 19 años parece un paso por encima de rivales mucho más contrastados.

El último cuarto de hora fue un ejercicio de fe del OL. Salió Cherki, un monaguillo que cumplió hace dos días 17 primaveras, destruyendo la maltrecha defensa de cinco que ya de poco servía. Lewandowski, que olfatea y percibe las dudas, lo aprovechó para sellar el pase de los teutones a la final de la Champions League. El campeón de este año lo habrá ganado todo. Seguramente los dos mejores conjuntos de este curso lucharán por el trono europeo. Ya están a un paso: es justicia poética.